Kavli, día #1 astrofísica

Conferencias de astrofísica

Kavli Prize, Oslo, Noruega

Septiembre 2014

Alan Guth. “The Big Bang Theory” pero de verdad.

Andrei Linde. “Ahí viene el multiverso”

Kavli, día #1 nanociencias

Conferencias de nanociencias 

John Pendry, el “sir” de la invisibilidad.

Stefan Hell, axones en 3D

El nano-óptico, Thomas Ebbesen 

Groupies científicos

Los científicos también  se sacan fotos con sus ídolos

Premio Kavli. Oslo, Noruega. Septiembre 2014

Premio Kavli, día #1

Primer día de actividades de los Premios Kavli, entregados a la neurociencia, nanociencias y astrofísica.

Universidad de Oslo

Apertura: el biólogo Nils Christian Stenseth, presidente de la Norwegian Academy of Science and Letters.

Conferencias de Neurociencia

La “neuropsicóloga de la memoria”: la canadiense Brenda Milner trabajó con el paciente más famoso de la historia de la neurociencia, H.M.


El neurólogo Marcus Raichle, el fotógrafo de la mente. “El cerebro nunca se apaga”.

El rey del hipocampo: John O´Keefe (y sus extrañas corbatas)

El neurólogo Marcus Reichle:

Neuro-nano-astro, la magia del Premio Kavli

Cada dos años. ellos (y ellas) se toman un avión o tren a Oslo (Noruega). Alrededor del caviar, de copas colmadas de vino, de canapés de salmón que no paran de llegar y con risas y conversaciones intelectualmente adictivas de fondo, se reúne una élite: los mejores neurocientíficos, astrofísicos y nanocientíficos del mundo, galardonados con el cada vez más prestigioso “Premio Kavli”, que otorga un millón de dólares. Y sí: hay mucho más en ciencia que la física, la medicina y la química, disciplinas bendecidas todos los años con los Nobel. Mucho ocurrió desde que el “Nobelpriste” —como originalmente le dicen los suecos— se comenzó a entregar en 1905. Las ciencias se diversificaron, se especializaron. En pocas palabras, el premio Nobel quedó chico.

Ahora, en 2014, le tocó el turno a otra camada de investigadores: científicos, cada uno celebridades en sus propios campos de estudio, que aterrizaron en Oslo para recibir su medalla y cheque de las manos del propio rey noruego Harld V.

Por ejemplo, está la banda de los astrofísicos: el mítico Alan Guth (MIT); Andrei Linde, de la Universidad de Stanford; y Alexei Starobinsky, de la Academia Rusa de Ciencias en Moscú, conocidos por haber elaborado la teoría cósmica de la inflación, según la cual el universo creció con extrema rapidez en la fracción de segundo que siguió al Big Bang.

Menos retraídos y siempre hablando del cerebro y de su magia interna, están la eternamente joven y menuda Brenda Milner, de la Universidad McGill en Montreal; John O’Keefe de la University College de Londres; y Marcus Raichle de la Universidad Washington en St. Louis, Missouri, los tres verdaderos “lectores de la mente”. Gracias a Milner y O’Keefe se logró vincular zonas específicas del cerebro con distintas clases de memoria y otras facultades cognitivas. Raichle, por su parte, diseñó técnicas para visualizar el funcionamiento del cerebro humano.

Y también está el club de los nanocientíficos. Aunque su especialidad es lo extremadamente pequeño, a ellos se los ve muy bien: Thomas Ebbesen, de la Universidad de Estrasburgo; Stefan Hell del Instituto Max Planck y Sir John Pendry del Imperial College de Londres, quienes entre copa y copa hablan de sus trabajos cruciales en fotónica y nano óptica.

Lo que sigue (y seguirá) son algunas escenas detrás de la entrega de los Premios Kavli 2014 (y, de paso, imágenes sobre cómo se vive en Noruega). image

Ultrakitsch: uno de los astrofísicos más importantes del mundo, Andrei Linde, fotografía a Tweety de Jeff Koons.

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Ciencia en las calles de Oslo

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Sobredosis de neuronas. Los ganadores del Premio Kavli 2014

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Canapés científicos

Las voces de la ciencia

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Por Federico Kukso (@fedkukso)

Los leo con frecuencia. Los veo de vez en cuando en conferencias de prensa, deambulando por laboratorios impulsados por la curiosidad y el asombro. En cafés, cenas y cócteles, charlo con ellos (y ellas) en aquel dialecto cargado de elipsis y sobrentendidos, propio de un grupo de personas que comparten una profesión y cierta mirada del mundo. Y aún así, hay preguntas que permanecen sin respuestas. Acechan quizás porque nunca se formulan. Hasta ahora: ¿quiénes son las personas que escriben y comunican las ciencias? ¿Qué leen? ¿Cómo comenzaron a hacer lo que hacen?

Así fue cómo se me ocurrió esto. Al fin: volcar esas preguntas en palabras y lanzarlas al éter electrónico. Y comenzar a saber más de ellos y ellas.

En un sondeo arbitrario y antojadizo (y con el único rigor de quien pregunta por curiosidad e inquietud), contestaron —con mi respuesta incluida— 18 periodistas científicos argentinos de gráfica, radio y televisión, miembros todos de la Red Argentina de Periodismo Científico.

Los disparadores fueron:
- ¿Cuándo comenzaste en el periodismo científico?
- ¿Cuáles son las características que distinguen a un buen periodista científico?
- ¿Qué imagen crees que tienen los/las científicos/as de los periodistas científicos?
- ¿Cuáles son en tu opinión los medios/sitios que mejor difunden la ciencia?
- ¿A qué científico/a no argentino te gustaría entrevistar?
- ¿Qué libro(s) estás leyendo?
- ¿Cuál fue la última película/serie que viste?
-¿Cuáles son para vos los libros imprescindibles que debería leer todo periodista científico y persona interesada en las ciencias?
- ¿Quiénes son para vos los mejores escritores de ciencia del mundo?
- ¿Cuál es el mejor lugar para hacer una entrevista? ¿Cuál es el peor?
- ¿Qué es lo que no debe faltar en el bolso/mochila de un periodista científico?
- ¿Cuáles son los secretos de una buena nota/artículo de ciencia?
- ¿Cuáles son tus temas científicos favoritos? ¿Y los que menos te interesan?
- ¿Tenés un sitio web? ¿Cuenta en Twitter, etc.?

Acá abajo, las respuestas en orden alfabético.

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Por @fedkukso

El miedo invisible: cómo películas y series inciden en nuestra percepción de los virus y pandemias
http://j.mp/1B1JAso

Why you should take notes by hand — not on a laptop
http://j.mp/1qq54f1

Haruki Murakami: ‘My lifetime dream is to be sitting at the bottom of a well’
http://j.mp/1pv8pte

Susan Sontag: a letter to Borges
http://j.mp/1puLfTY

The Bliss of Solitude in an Era of Constant Connection
http://j.mp/1rGtBiG

Kindle e-readers make it ‘significantly harder’ to absorb the plot of a book, scientists claim
http://j.mp/1rGtEuT

El miedo invisible

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Cómo el cine y la televisión inciden en nuestra percepción de los virus y las pandemias.

Muy Interesante Argentina, septiembre 2014

POR FEDERICO KUKSO

@fedkukso

En el corazón del Artico, un hombre tiembla. Pero no de frío. Lo persiguen dos hombres vestidos con trajes azules propios de un laboratorio de bioseguridad. Algo anda mal: ya tumbado en el piso, una sustancia negra sale de su boca. No puede hablar. Sólo tiembla. “¿Qué es eso?”, le pregunta uno de los hombres trajeados al otro. “Progreso”.

Así comienza Helix, la más reciente serie de Ronald D. Moore, bien conocido por los seguidores del género de ciencia ficción por su gran odisea espacial, Battlestar Galactica, y por ser el responsable de los mejores capítulos de las últimas versiones televisivas de Viaje a las Estrellas. Emitido en la Argentina por AXN los domingos a las 22, este thriller científico-médico resucita un puñado de miedos bien explotados por la ficción: el pavor por el contagio, la psicosis provocada por la propagación de un virus mortal en este caso no en una ciudad o país sino en una peculiar estación científica subterránea de una compañía farmacéutica llamada Arctic Biosystems. ¿Ebola? ¿Virus de Marburgo? ¿Un virus manipulado genéticamente? Nadie lo sabe. Y en ese desconocimiento y clima de encierro se esconde la tensión y el misterio.

Si la segunda mitad del siglo XX estuvo marcada por el temor nuclear —resabio de Hiroshima y Nagasaki y telón de fondo durante la Guerra Fría—, el siglo XXI entra en la adolescencia acosado por el temor despertado por las pandemias.

Los guionistas se aprovechan de este miedo atávico que nos invade a todos por igual. Y lo explotan. Antes de que baje la cortina el siglo XX, en 1995, la película Outbreak —con Dustin Hoffman, Renee Russo y Morgan Freeman— nos sacudió por dentro proponiendo la emergencia de una especie de Apocalipsis viral producto del contagio masivo del virus del Ébola. Aquellas escenas de horror hasta entonces lejanas —en Africa, dónde si no— se volvía cercanas, cotidianas: de repente, una persona estornudaba en un cine y el virus se desparramaba por toda la sala y la población.

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Ese mismo año —un año bien epidemiológico para el cine—, la película 12 Monos llevó a la gran pantalla las amenazas y consecuencias del terrorismo biotecnológico y los virus manipulados por seres humanos. La aniquilación ya no provenía de tropas, aviones y granadas sino de un puñado de individuos invadidos por el odio y la rabia que, como si se tratara de un antojo, les abren las puertas del mundo a microorganismos que deberían permanecer enjaulados en laboratorios de alta seguridad: las bombas ya no estallaban afuera sino adentro, en aquel campo de batalla cotidiana que es nuestro cuerpo.

"Esto es lo que puede llegar a suceder si no se hace nada", es lo que parecen advertir con inusual insistencia películas de terror científico como 28 días después (2002), sobre una epidemia de una variante del virus de la rabia, Resident Evil (2002), Contagion (2011) y World War Z (2013), entre muchas otras.

Brotes, infecciones, amenazas, caos, teorías conspiratorias, muerte: un combo perfecto para productores y guionistas, ya un poco hartos de enemigos bien identificables —alienígenas, asteroides amenazantes, tornados asesinos, rebeliones de robots—, que ahora se aferran a los virus, invasores casi invisibles y silenciosas pero en muchos casos tan letales como ejércitos, capaces de infiltrarse tanto en nuestros cuerpos como en nuestras cabezas.

Al fin y al cabo, no hay ataque viral y epidemia —por ejemplo, la gripe aviar o el síndrome agudo respiratorio severo o SARS— que no desate psicosis y paranoia.

Como explicó con genialidad Susan Sontag en sus ensayos La enfermedad y sus metáforas y El sida y sus metáforas, la eficiencia de los virus no radica exclusivamente en ser sólo agentes de infección y de contaminación. Su potencia reside también en las maneras en que son representados en una sociedad.

Cómo los pensamos precede a cómo los sentimos. 

El Código Pitágoras

Adoraron a los números como dioses, eran vegetarianos acérrimos, creían en la transmigración de las almas y el parentesco de todos los seres vivos y encontraron en la música la armonía intrínseca del universo. Secta, culto, grupo o escuela del siglo VI a.C., los pitagóricos vieron al mundo con ojos matemáticos e infundieron orden donde había caos, construyendo todo un edificio científico y místico que se desplomó con la aparición de sus máximos verdugos: los números irracionales.

Por Federico Kukso 

@fedkukso

“Todo es número”. Así, taxativos, totalitarios y tal vez un poco tiránicos, se pronunciaban ellos, los seguidores del gran Pitágoras al borde del siglo VI a.C., en un punto de la historia en el que todo estaba por hacer y todo estaba haciéndose. Y en el epicentro del saber: Grecia. Músicos, filósofos, astrónomos, matemáticos: sin etiquetas ni títulos que ostentar, ni chapas a las que abrazarse en momentos de desesperación existencial, los pitagóricos conformaron una organización tan misteriosa como fascinante, de secretos y tradiciones premasónicas, y que con persistencia y tesón, logró sobrevivir hasta mediados del siglo XIX, mutando siempre al calor de una nueva generación y un nuevo ambiente.

Es interesante porque sus vidas tronantes, sus sueños imberbes, su visión díscola y dislocada del mundo y del universo, sus costumbres fantásticamente elucubradas, conformaría el argumento ideal para una película perfecta (con una buena banda sonora, una escenografía ambiciosa y un casting estelar y de cachés millonarios). O el libro propicio para que Dan Brown retome el primer puesto de ventas en la megalibrería virtual amazon.com.

Sin embargo, los pitagóricos aún permanecen en silencio, como colectivo místico y prodigioso en la historia de la matemática, cuando en realidad fue con ellos que empezó todo: como ocurre con Tales de Mileto, a Pitágoras (582-500 a.C.) se lo conoce por las estatuas barbudas –esos retratos en piedra que exhalan seriedad, protocolo, sabiduría en cada pliegue (vaya a saber uno si guarda alguna similitud con el referente)–. Se los recuerda también por sus nombres solitarios y sin apellido como figuras deportivas o estrellas que olvidaron sus orígenes; y por un teorema que no descubrió sino que demostró (la formulación más antigua que se conoce del famoso teorema a²+b²=c² fue hecha por un matemático indio llamado Baudhoyana en el 800 a.C.). Y aun así, el teorema figura siempre como el comienzo oficial y arbitrario de la matemática en la cultura occidental (como si se pudiera elegir un solo momento), según monstruos intelectuales como Bertrand Russell and Ludwig Wittgenstein.

¿Walter White de Breaking Bad?

No, Dr.G (Diego Golombek)

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#Leyendo 

Cosmicómic 

Amedeo Balbi / Rossano Piccioni

Ed. Salamandra

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Los tronos de la historia

Para crear la serie Game of thrones y su saga literaria Canción de hielo y fuego, el escritor G.R.R. Martin se inspiró en hechos y personajes reales. Quién es quién en este universo sangriento lleno de reyes, dragones, enanos, traiciones y muros de hielo.

Muy Interesante Argentina, agosto 2014

Es julio de 1991. Mientras el reinado del escritor inglés J.R.R. Tolkien sigue en pie y su novela de fantasía épica El Señor de los Anillos —publicada originalmente en 1954— se dirige sin escalas al cine, un hombre bajito, corpulento, de look papanoelesco y con una frondosa imaginación escribe afiebradamente en su casa de la ciudad de Santa Fe, Nuevo México, Estados Unidos. Primero un párrafo. Luego un capítulo. Y otro. No puede parar: en su cabeza, un universo se expande casi a la velocidad de la luz. Lo sabe: debe volcarlo al papel antes de que desaparezca todo lo que habita en él: una tierra imaginaria llamada Poniente en la que las estaciones duran años, donde varias familias nobles luchan por el control del Trono de Hierro y de sus siete reinos. Una mezcla de fantasía épica y ficción histórica con un elenco de miles de personajes, violencia, asesinatos, traiciones, incesto, lobos, dragones, leones, cuervos de tres ojos, dioses, gigantes, mamuts, muros de hielo, bodas sangrientas y batallas navales.

Así, a un ritmo frenético y desaforado, nació la saga Canción de hielo y fuego, cuyo título se inspira en los versos del poema “Fire and Ice” de Robert Frost escrito en 1920. Lo que estaba destinado a ser una trilogía —con tres volúmenes de más de mil páginas cada uno— no paró de crecer. Cinco años después de aquel Big Bang literario, en 1996, desembarcaba en las librerías el primer tomo, Juego de Tronos. En 1998, llegó el segundo: Choque de reyes. El tercero —Tormenta de espadas— lo hizo en 2000, el cuarto —Festín de cuervos— en 2007 y el quinto —Danza de dragones— en 2012. Y aún restan aparecer Vientos de invierno y Un sueño de primavera.

Fue, sin embargo, su llegada a la televisión en la serie Game of thrones de HBO lo que hizo que esta verdadera fábula política abandonara la categoría de fenómeno de nicho, disfrutado por unos pocos, para convertirse en furor internacional. “Quería escribir una epopeya en tamaño gigantesco, una narración épica con cientos de personajes y batallas que partiera de un conflicto menor y poco a poco se fuera desarrollando hasta abarcar todo el mundo”, cuenta Martin, que nunca ocultó sus trucos literarios. “Las Cruzadas, la Guerra de las Dos Rosas o la Guerra de los cien años han sido grandes fuentes de inspiración para mí –cuenta este hombre de 65 años que aun escribe en un procesador de textos del viejo sistema operativo DOS—. Ciertamente leo mucha historia, y tomo cosas de ella. También me baso en mis observaciones sobre la vida, donde parece que el poder y el sexo son los dos grandes motores del deseo y la necesidad humana a escala universal”.

Si bien este escritor y hasta hace no mucho guionista desconocido de Hollywood insiste en que no hay ningún personaje de Canción de Hielo y Fuego —y por ende en Game of thrones, serie de la que también es productor— que esté basado específicamente en una figura real, nunca negó los parecidos con hombres y mujeres de carne y hueso que engrosan la historia real del mundo. En especial, la historia inglesa y escocesa.

Confirmado por el autor, la llamada “guerra de los cinco reyes” por ocupar el famoso trono en la ficción de Game of thrones es una clara reinterpretación de la Guerra de las dos Rosas, una serie de conflictos y guerras civiles que tuvieron lugar en Inglaterra entre 1455 y 1485. Durante estos 30 años, se enfrentaron las casas o dinastías de Lancaster —los Lannister en la serie— y la casa de York, los desdichados Stark de Invernalia.

Pero acá es donde la ficción y la realidad se mezclan y confunden. Los personajes de Game of thrones son verdaderos combos históricos: agrupan rasgos de varias figuras reales y de distintas épocas. Los Lannister, por ejemplo, comparten con los Borgia —una familia cruel y deseosa de poder del Renacimiento español— la frialdad y el despotismo. Pero el malvado rey Joffrey —uno de los personajes menos queridos de la serie—muestra a la vez rasgos tanto del emperador romano Calígula —asesinado en el año 41— y de Eduardo de Lancaster (1453-1471). Escribió una vez el embajador de Milán, Giovanni Pietro Panicharolla: “Este chico de solo trece años solo habla de decapitar a sus enemigos o de ir a la guerra como si fuera un dios de la batalla o un pacífico ocupante del trono”.

El robusto Robert Baratheon recuerda mucho a Enrique VIII y Cersei Lannister a Margaret de Anjou, de la casa de Lancaster (1429-1482), quien  luchó duramente por los derechos dinásticos de su hijo Eduardo a alcanzar el trono. Ambas gobernaron en el lugar de sus maridos: Cersei tomó el poder mientras Robert cazaba y se acostaba con otras mujeres y Margaret gobernó Inglaterra cuando Enrique VI se volvió loco. Las unen también los rumores que pendían sobre la legitimidad de sus hijos, ambos asesinados cruelmente: el hijo de Cersei, Joffrey, fue envenenado en la llamada “boda púrpura” de la serie y el hijo de Margaret, Eduardo, fue decapitado en la batalla de Tewkesbury de 1471.

Otro caso es el de Jaime Lannister que sigue los pasos de Gottfried von Berlichingen, caballero y mercenario alemán (1480-1562) y apodado “mano de hierro”. Al igual que Jaime, tenía una prótesis: una especie de guante que partía desde el codo que reemplazó su mano derecha, la cual perdió luego de recibir un tiro de cañón.

Muchos ven en el genial personaje de Tyrion Lannister a Jeffery Hudson (1619-1682), enano y paje al servicio de Henrietta Maria, esposa de Charles I, rey de Inglaterra. Otros una clara referencia al rey Ricardo III (1452-1485), muchas veces descrito como “un hombre deforme de pequeña en estatura”. 

Por su parte, Robb Stark, heredero de la casa de Invernalia, recuerda a Ricardo Plantagenet (1411-1460), duque de York, quien inició las disputas con los Lancaster en 1455. Y el personaje de Petyr Baelish remite al estadista inglés Thomas Cromwell. Ambos —pertenecientes a familias poco acomodadas y sumamente inteligentes— traicionaron a sus reyes.

"Si comparo la sangre que hay en mi obra con las dosis de violencia que han existido en la historia, diría que mis novelas son suavecitas", advierte G.R.R. Martin. Y tiene razón: la orden medieval Los Pobres Caballeros de Cristo —más conocida  como la orden del Temple o los Templarios— es responsable por más muertes que los hermanos de la Guardia de la Noche en la serie. Creada en el año 1118, comparte con su par de la ficción el voto de austeridad y castidad a sus miembros. En el caso de los personajes de la serie y la saga de libros (entre los que se incluye a Jon Snow), protegen el Muro del Norte, cuya principal función es evitar la entrada al mundo civilizado de los “salvajes” y de los llamados white walkers o Caminantes. Similar al Muro de Adriano, de 117 km, construido en época del emperador de origen hispano entre los años 122 y 132 con el fin de defender las posesiones de las colonias romanas en Britania de los celtas.

Otro ejemplo es el de los Dothrakis que remiten en parte a los mongoles y turcos, pero también a los hunos. Y la batalla de Blackwater, que se inspira en el segundo asedio árabe de Constantinopla (del año 674 al 678) en el que los bizantinos usaron una sustancia inflamable —el llamado “fuego griego”— para repeler a los invasores.

Y finalmente, la platinada Daenerys Targaryen, la “madre de los dragones”, quien es muchas veces comparada con la Reina Isabel I de Inglaterra (1533-1603), una gobernante que contó con la fidelidad de su ejército y decidió no casarse para expandir y preservar su poder y así acrecentar la influencia de Inglaterra en su época. Daenerys tiene dragones. La Reina Isabel tenía barcos.

"Los verdaderos horrores de la humanidad no los cometen orcos o señores oscuros, sino los propios humanos —nos recuerda G.R.R. Martin en cada página de su saga—. Nosotros somos a la vez monstruos y héroes, por lo que está en nuestra mano obrar haciendo el bien o el mal". Con alusiones directas y obvias a la real y sangrienta historia del mundo, este escritor utiliza su saga literaria —y por consecuencia a la serie Game of thrones— como un espejo resquebrajado donde vernos reflejados: un mundo en el que los buenos no siempre ganan y en el que lo único seguro es que todos los hombres (y mujeres) eventualmente mueren.

El robusto Robert Baratheon recuerda mucho al rey Enrique VIII (1491-1547) de Inglaterra.

EL MAL CON CARA DE MUJER. Cersei Lannister remite a la inglesa Margaret de Anjou, de la casa de Lancaster (1429-1482). Ambas tuvieron hijos despóticos.

MAQUIAVELICO. El malvado rey Joffrey, uno de los personajes menos queridos de la serie, muestra rasgos tanto del emperador romano Calígula como de Eduardo de Lancaster (1453-1471).

LA MADRE DE LOS DRAGONES. Daenerys Targaryen es muchas veces comparada con la Reina Isabel I de Inglaterra (1533-1603), quien contó con la fidelidad de su ejército y decidió no casarse para expandir y preservar su poder y así acrecentar la influencia de Inglaterra. 

PARECIDOS. Como Jaime Lannister, el caballero y mercenario alemán Gottfried von Berlichingen (1480-1562), usaba una prótesis. 

Newton según Keynes. 

Ideas: Historia intelectual de la humanidad

Peter Watson

Internet y mensajes de texto según las películas

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1. The sad devolution of Discovery Channel → http://j.mp/1rPBtd7

2. Mario Bunge: “Hoy día la ciencia asusta tanto a la izquierda como a la derecha” → http://j.mp/Vu3Z9J

3. Concert violinist Roger Frisch plays during BRAIN SURGERY to help surgeons cure tremor → http://j.mp/Vu3jRM

4. Online collaboration: Scientists and the social Network → http://j.mp/1sGwzmM

5. Call Me Ed: A Day With Edward Snowden→http://j.mp/1uSA2wr

@fedkukso

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