La ciencia del pecado

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Todos somos pecadores, es parte de nuestra naturaleza. Detrás del catálogo de emociones y conductas condenadas por la Iglesia católica, hay mecanismos que nos han permitido evolucionar y dar forma a lo que significa ser humano.

Revista Quo (quo.mx). México. Abril 2014.

Amamos las listas. Somos adictos a los rankings musicales, nos obsesionan las enumeraciones de las personas más ricas de la Tierra y los top ten, durante Navidad, a fin de año, todo el tiempo, como si esta costumbre arbitraria e incompleta de ordenar el mundo estuviera codificada en algún oscuro rincón de nuestro genoma y, al igual que el color de ojos o la estatura, saltara de generación en generación. “Las listas están en el origen de la cultura. Las queremos para enfrentarnos a lo infinito, para comprender lo incomprensible —asegura el semiólogo italiano Umberto Eco en su libro El vértigo de las listas—. Existe una serie vertiginosa de listas: de santos, de ejércitos y plantas medicinales, de tesoros y títulos de libros”.

Y también hay listas de pecados o conductas condenables. La más conocida es, quizás, la de los “pecados capitales” —a saber: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia—, un catálogo de vicios algo anticuado confeccionado por la Iglesia Católica durante la Edad Media con el único fin de mantener en la raya a los monjes. Por entonces, las autoridades eclesiásticas no soportaban la idea de párrocos borrachos y la posibilidad de que se abalanzaran lujuriosamente sobre sus fieles. Había que controlar los excesos, lograr que no se apartaran del camino espiritual y el orden social se mantuviera en los monasterios. Sin embargo, esta guía moral de pensamientos y acciones —que, de ser practicadas, conducían al infierno— rápidamente se desparramó por la cultura occidental tanto como vía eficaz de adoctrinamiento y control religioso como para criminalizar conductas supuestamente desviadas y sobre todo para asustar a grandes y chicos: desde los púlpitos de las iglesias, las obras de escritores como Geoffrey Chaucer (Los cuentos de Canterbury), Dante Alighieri (La divina comedia) y John Milton (El paraíso perdido) a los cuadros como los del holandés Hieronymus Bosch o El Bosco (La mesa de los pecados capitales) y Pieter Brueghel en el siglo XVI.

Las lecciones sobre las conductas pecaminosas incluso llegaron a asomar en  varios cuentos infantiles que ponían en palabras a la antigua cultura oral: la envidia aparece en las hermanastras de la Cenicienta y en la reina en Blancanieves, la pereza en Pinocho, la lujuria en el lobo de Caperucita roja, la avaricia en Rumpelstiltskin y la gula en Hansel y Gretel.

Las décadas y siglos pasaron y, pese a haberse desinflado, la idea de los pecados capitales, curiosamente,  aún sobrevive. Como si se trataran de invitados que se niegan a retirarse de una fiesta, aún sobrevuelan la cultura. Todavía retumban en la imaginación moderna. Se aprecia en Seven, la película de David Fincher protagonizada por Brad Pitt. La avaricia y el desenfreno son festejados —y al mismo tiempo condenados— en películas recientes como The Wolf of Wall Street. La gula —tan presente en Charlie and the Chocolate Factory— dirige la epidemia mundial de obesidad y, como la pereza, habitan en Homero Simpson. La lujuria se esconde y es incitada por las páginas de videos pornográficos que inundan la web. La ira es la principal fuerza que mueve a Khan en la segunda parte de Star trek. El orgullo corre por las venas del personaje de Patrick Bateman en American Psycho. Y la envidia se enciende en Facebook cuando vemos en fotografías que nuestros amigos pasándola mucho mejor que nosotros.

A su modo, todos somos pecadores. Es parte de nuestra naturaleza: envidiamos, deseamos, nos enojamos. Somos orgullosos, glotones. Por momentos, resultamos avaros. Y a las primeras horas de la mañana cada uno es el rey de la pereza en su propia cama. Los científicos lo saben: así como el famoso neurólogo Oliver Sacks explica en su libro Alucinaciones los delirios religiosos, las supuestas posesiones demoníacas y el avistamiento de vírgenes sangrantes como síntomas de un cerebro enfermo, neurocientíficos, psicólogos experimentales y biólogos entienden que detrás de estos supuestos pecados en realidad se esconden complejos fenómenos psicológicos, mecanismos de nuestros cuerpos y mentes capaces de ser racionalmente explicados, pese a la persistencia del gran misterio de lo que significa ser humano.

Los beneficios del mal

Mientras el Imperio Romano se desplomaba, un monje cristiano huyó de las tentaciones de Constantinopla alrededor del año 375. Se llamaba Evagrio Póntico y se dirigió a Egipto. En la soledad devastadora de un monasterio rodeado por el desierto, leyó, rezó y meditó. En ese orden. Y un día, aburrido, se puso a contar. Enumeró uno a uno los “vicios malvados” que, a su entender, eran capaces de debilitar la devoción de cualquier hombre que dedica su vida a Dios. Aquellos “pensamientos malignos” que había que combatir. Según escribió Póntico en su obra Antirrhetikós, eran ocho: gula (y ebriedad) —“el deseo de comida engendra desobediencia”, señaló—, lujuria —“mirar a una mujer es como un dardo venenoso, hiere el alma, nos inocula el veneno”—, avaricia —“el monje rico es como una nave demasiado cargada que es hundida por el ímpetu de una tempestad”—, ira —“una pasión furiosa que con frecuencia hacer perder el juicio a quienes tienen el conocimiento”—, tristeza —“es un gusano del corazón y se come a la madre que lo ha generado”—, pereza o acedia —“la debilidad del alma que irrumpe cuando no se vive según la naturaleza ni se enfrenta noblemente la tentación”—, la soberbia —“es un tumor del alma lleno de pus que si madura explota emanando un horrible hedor”— y la vanagloria.

La lista se hizo tan popular —y demandada— entre los monjes que pasó de mano en mano durante siglos, con pequeñas modificaciones. Por ejemplo, el monje rumano Juan Casiano, un tiempo después, en el siglo V, amplió el pecado de la lujuria: condenó la fornicación, la masturbación y hasta el sólo hecho de pensar en sexo. Hasta que un día del año 590 este ranking moral llegó a las manos del papa Gregorio El Magno y fueron oficializados —sin incluir la tristeza— como los siete pecados capitales, la raíz de todas las demás infracciones arbitrariamente establecidas por la Iglesia Católica.

En 2008, la Penitenciaría Apostólica del Vaticano, que se autoasigna la potestad de fijar los castigos e indulgencias a los pecadores, pretendió modernizar la lista al incluir como conductas pecaminosas la modificación genética, los experimentos con personas, la contaminación ambiental, la posesión o venta de drogas consideradas ilegales, la injusticia social, el causar pobreza y la codicia financiera. Inmediatamente, le llovieron las críticas.

De una manera u otra, los siete pecados capitales sobreviven. Para demostrarlo, la revista inglesa Focus en 2010 realizó un mapa de los países más pecadores del mundo. Con un modelo desarrollado por el geógrafo Thomas Vought de la Universidad de Kansas, los editores se valieron de estadísticas de crímenes violentos para medir la ira, del número de cadenas de comida rápida per cápita para rastrear la gula, de la cantidad de días feriados para computar la pereza y de los índices de transmisión de enfermedades sexuales para identificar la lujuria. En este mapamundi del vicio, por ejemplo, México aparece como el país mundial de la avaricia, al calcular la cantidad de personas que viven con un nivel de vida 50% inferior a la media. El país más goloso resultó ser Estados Unidos, la nación con mayor cantidad de individuos obesos del planeta. La etiqueta del país de la ira le correspondió a Sudáfrica. La envidia tiene como sede mundial a Australia y la lujuria, Corea del Sur. España y Noruega son los más perezosos. E Islandia es la tierra de la soberbia.

A decir verdad, no es una distinción para ofenderse. Hoy, muchos psicólogos sostienen que estos supuestos “pecados” son en realidad buenos para la salud. O sea, tienen efectos psicológicos positivos: la ira alimenta la perseverancia. La envidia eleva la autoestima, la seguridad y la creatividad. La avaricia fomenta el ahorro. La pereza nos recuerda la necesidad del descanso y tranquilidad. Y las personas lujuriosas, como cuenta el psicólogo australiano Simon M. Laham de la Universidad de Melbourne, son más amorosas mientras que los golosos son más propensos a realizar donaciones. “Estos erróneamente llamados ‘pecados’ son estados psicológicos funcionales y adaptativos —señala el autor de The Science of Sin: The Psychology of the Seven Deadlies (and Why They Are So Good For You)—. Las raíces de estas supuestas transgresiones puede ahora ser reveladas a través de potentes herramientas como escáners cerebrales”.

Otros investigadores, en cambio, los conciben como desórdenes psicológicos. “Tiendo a pensar que los pecados capitales son formas exacerbadas de emociones básicas rayanas con la psicopatología —dice el doctor en psicología Sebastián Lipina—. Desde esta perspectiva podría pensarse a la gula como un trastorno alimentario, a la envidia como una forma de celotipia o celos enfermizos, la soberbia como una alteración narcisista y así con el resto”.

Consecuencias directas de la biología y la complejidad humana, los pecados capitales no nos conducen al infierno. Ante los ojos de la ciencia, más bien, ayudan a revelar uno de los grandes misterios de la naturaleza: ¿por qué nos comportamos como nos comportamos?


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GULA

En las primeras décadas del siglo XIII, comenzó a circular por lo que hoy es Francia una palabra que definía cabalmente a una persona que comía de manera exagerada: “gluton”, combinación de las palabras latinas gula (garganta) y gluttire (el acto de tragar). “Si los viejos franceses hubieran sido testigos de la cantidad de estudios que se han llevado a cabo en las últimas décadas sobre conductas alimenticias excesivas —dice el doctor Ezequiel Gleichgerrcht, investigador en neurociencias cognitivas—, la palabra probablemente no haría referencia a la garganta, sino más bien al cerebro”.

Los científicos saben que las mismas neuronas que controlan el apetito desde el cerebro también están relacionadas con la búsqueda de novedades y la atracción por las drogas. Recientes estudios demuestran que los alimentos con alto contenido de grasas, azúcar y sal tienen un efecto similar al de la cocaína y la heroína.

Si bien gula y obesidad no son sinónimos, el placer irrefrenable por comer —en un ambiente que nos induce a comer todo el tiempo— es una de las causas de esta enfermedad que, según la Organización Mundial de la Salud, mata cada año a 2,6 millones de personas.

El centro de regulación del apetito se localiza en las profundidades de nuestro cerebro: en el hipotálamo, una estructura del tamaño de una almendra que controla aquellas funciones inconscientes que nos mantienen vivos: la frecuencia cardíaca, la respiración, el control de la vejiga, la temperatura corporal, los ciclos biológicos. Cuando el organismo precisa nutrientes, disminuyen los niveles de una hormona llamada leptina, un mensajero químico que, al emitir una señal a las neuronas del hipotálamo, hace que aumente el apetito.

Hay investigadores como Ellen Schur, de la Universidad de Washington, que señalan que estamos programados para ser atraídos por alimentos con alto contenido calórico y para disfrutarlos: así el organismo se asegura de tener las calorías necesarias para poder funcionar.

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LUJURIA

Condenada por el cristianismo pero celebrada por griegos y romanos, la lujuria hace tiempo dejó de ser vista por los científicos como una desviación. “Desde el surgimiento de las neurociencias, muchas conductas socialmente inaceptables se han interpretado como resultado de disfunciones o lesiones de ciertas zonas cerebrales —cuenta la neuropsicóloga argentina Paula Harris, investigadora del FLENI (o Fundación para la Lucha contra las enfermedades neurológicas de la infancia)—. El síndrome de Klüver Bucy, con síntomas tales como hipersexualidad (lujuria), hiperoralidad (gula) y desinhibición a causa de una alteración cerebral en los lóbulos temporales, es un ejemplo de estas”.

El cerebro es el principal órgano sexual. Como señala la neuropsicóloga Feggy Ostrosky, investigadora de la UNAM, durante la actividad sexual nuestro cerebro produce un poderoso coctel de químicos que nos hacen sentir muy bien. De tal manera que ciertas personas se vuelven adictas a ellos. Su cuerpo desarrolla tolerancia y cada vez necesita más para sentir lo mismo.

Si bien lujuria no es sinónimo del amor, una cosa puede conducir a otra. Helen Fisher, profesora de la Rutgers University de New Jersey, afirma que el cerebro enamorado se caracteriza por el aumento de las cantidades de dopamina que, entre otras cosas, producen que una persona presente una enorme tendencia a obviar los aspectos negativos de su ser especial y a obviar al resto de parejas posibles. “Amamos porque, hace millones de años, nuestros antepasados necesitaban este flujo cerebral, estos impulsos y sentimientos para dirigir su cortejo, apareamiento, reproducción y paternidad —dice—. El impulso del amor está profundamente imbricado en el cerebro humano. Por lo tanto, el amor es una necesidad fisiológica, un instinto animal y también el resultado de un flujo químico en el cerebro”.


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SOBERBIA

Según Dante Alighieri, era el mayor de todos los pecados, aquel que habría causado la caída de Satanás. Para psicólogos como Jessica L. Tracy, de la Universidad de British Columbia, la soberbia u orgullo es aquella fuerza emotiva que nos empuja a sentirnos bien con nosotros mismos y a conquistar mayores logros. En una serie de estudios, descubrió que se puede experimentar de dos maneras: una positiva, que nos motiva a trabajar más duro y una negativa, que nos lleva a ser arrogantes y egoístas. En esto podría intervenir un trastorno narcisista, es decir, la sensación de omnipotencia, la falta de humildad, una psicopatología individual y cultural, un mecanismo de defensa que permite a muchas personas enfrentarse al mundo vistiendo una máscara que los lleve a conseguir logros.

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IRA

Existen varias evidencias de que ciertas regiones del cerebro contribuyen desproporcionadamente —aunque no exclusivamente— para el reconocimiento de ciertas emociones humanas. Por ejemplo, la amígdala tiene un rol especial en codificar señales de temor, mientras que la ínsula es importante para el asco. Una pregunta central de las neurociencias es si ocurre lo mismo con otras emociones. “En un estudio publicado en la revista Brain, hemos provisto nueva evidencia de que un área del cerebro, el estriado ventral, que se asocia con el procesamiento de la recompensa es importante para codificar manifestaciones humanas de agresión y experiencia de ira —indica el neurocientífico Facundo Manes, director del Instituto de Neurociencias en la Universidad Favaloro en Argentina—. Estos hallazgos demuestran por primera vez un circuito neural independiente para la codificación de la agresión en los humanos”.

Cuando nos enfadamos, nuestro sistema nervioso autónomo y en el sistema endocrino atraviesan por grandes cambios: se produce un incremento de la frecuencia cardiaca, de la tensión arterial y de la testosterona, hormona vinculada a la conducta agresiva.

Recientes estudios sugieren incluso que el cerebro de las personas violentas o agresivas es diferente: en una investigación publicada en la revista especializada Archives of General Psychiatry, se sugiere tienen más materia gris en ciertas áreas cerebrales donde se libera donde dopamina, la hormona de la recompensa.

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AVARICIA

Entendido como el apetito insaciable por la riqueza, es el principal pecado del corredor de bolsa —y estafador— Jordan Belfort, personificado en la película El lobo de Wall Street por Leonardo Di Caprio. Para ciertas personas el dinero y sobre todo el poder funcionan como una droga: Hans Breiter, especialista en la neurociencia de la emoción y motivación del Hospital General de Massachusetts, descubrió a partir de imágenes de resonancia magnética que el ansia por dinero activa las mismas regiones del cerebro que el ansia por cocaína, el sexo o cualquier otro placer instantáneo e intenso: los ganglios basales, una zona cerebral involucrada con las emociones del placer. Es lo que ocurre, por ejemplo, en el cerebro del ludópata o jugador patológico: son incapaces de resistir o controlar el impulso hacia el juego. Como la codicia, consiste en un trastorno de la personalidad crónico.

Para el biólogo molecular John Medina, autor del libro El gen y los siete pecados capitales, la avaricia está relacionada en gran medida con el temor a perder lo que tenemos. Así, la gran responsable de este pecado es la amígdala, aquella estructura cerebral encargada de dar la voz de alarma cuando sentimos temor.

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PEREZA

Por muchos considerada una debilidad del carácter, la pereza durante décadas fue asociada a la depresión, a una apatía irresistible y debilitante. Hoy, en cambio, se la vincula a la llamada “procrastinación”, la actitud de postergar o dejar para mañana una lectura, un trabajo, una visita al gimnasio. Como sugieren varios psicólogos, el hecho de quedarse quietos —en un sofá, por ejemplo— y no hacer nada podría tratarse de un mecanismo de defensa: el acto de evitar o postergar conscientemente lo que se percibe como desagradable o incómodo.

El  psicólogo canadiense Piers Steel, de la Universidad de Calgary, señala que esta conducta de evitación y que a través del autoengaño se debe a nuestra constitución mental: nuestro cerebro —hecho a la medida de la época en que éramos cazadores y recolectores— atribuye un valor muy superior a aquellas satisfacciones materiales e inmediatas respecto a las que tardan más tiempo en concretarse. Como organismos que buscamos el placer a toda hora, nos distraen aquellas actividades gratificantes inmediatas. Durante miles de años de evolución, en nuestro continuo ida y vuelta con el ambiente nos adaptamos para un mundo donde el futuro era impredecible. De ahí que seamos una especie cortoplacista: el mañana ha estado siempre fuera de nuestro control.

La clave para superar esta parálisis estaría en el optimismo y en la capacidad de enfocarse: no dejarse arrastrar por distracciones —el teléfono celular, Twitter, Facebook, etcétera— y descomponer grandes tareas en actos realizables paso a paso.

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ENVIDIA

Fenómeno universal, no existe una expresión facial que delate a la envidia, una emoción silenciosa, una declaración de inferioridad que no conviene revelar en público. La desdicha por no poseer o lograr aquello que posee o logra otro puede producir dos tipos de reacciones: la de utilizar este sentimiento de inferioridad para esforzarse más para conseguir aquello que se envidia o, simplemente, la depresión y crítica, lo que los alemanes llaman Schadenfreude, sentimiento de alegría creado por el sufrimiento o la infelicidad ajena.

Para la psicoanalista austríaca Melanie Klein, la envidia consiste en una actitud inherente a los seres humanos y que se desarrolla en las primeras etapas de la infancia. Investigadores como el español Antonio Cabrales, este sentimiento de aversión a la desigualdad tiene fuertes raíces evolutivas: a la hora de tomar decisiones, las personas no sólo se guían por su propio beneficio sino también por las ganancias materiales que pueden tener otros individuos cercanos. Para este especialista de la Universidad de California, la envidia es el resultado de una competición por unos recursos limitados. “Para el ser humano, la victoria no solamente depende de tener mucho, sino de tener más que el otro”, indica Cabrales.

Sin embargo, hay psicólogos evolucionistas que la envidia es la responsable de que evolucionemos hacia sociedades cada vez más igualitarias y democráticas: su universalidad en toda época y lugar y su relación con la vergüenza la han convertido en un motor de superación que tiende a menos inequidad.

Varios científicos, por su parte, han intentado detectar el nacimiento de este sentimiento de desdicha en el cerebro. Hidehiko Takahashi es uno de los que lo ha logrado: este investigador del Departamento de Neuroimagen Molecular del Instituto Nacional de Ciencias Radiológicas de Japón encontró que cuando un grupo de voluntarios leía sobre la vida de una persona exitosa y con una pareja atractiva los escáneres cerebrales registraban una reacción en la corteza cingulada anterior, una región del cerebro vinculada en el procesamiento del dolor físico. “La envidia es una emoción dolorosa”, indica este investigador japonés quien publicó sus hallazgos en la revista Science.

@fedkukso

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La ciencia del pecado.

Revista Quo (México), abril 2014.

Retropublicidad. 1987.

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Tócala de nuevo, Sam

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Las spin-offs o “series derivadas” son una costumbre original de los 70 que se actualiza con “Better Call Saul”, sobre un rol de reparto de “Breaking Bad”.

Ñ, marzo 2014.

La imagen funde a negro. Caen los títulos, nombres y apellidos en cascada de personas que, confesémoslo, no nos dicen nada y que mucho no nos importan (aunque deberían). Y adiós. Bajada de telón de una historia televisiva con la que mantuvimos una relación infiel –porque los seriófilos siempre le metemos los cuernos a una serie con otra–, un matrimonio seguramente mucho más extenso que cualquier vínculo entablado con otro ser humano. Y aunque todos –actores, productores, críticos– juren que se terminó y que se remató hasta la última pieza de utilería y escenografía a miles de dólares, en realidad, no se acabó nada. Porque, a decir verdad, muchas –la mayoría– de las producciones televisivas seriadas encuentran la manera de volverse eternas. De las más diversas formas: saltando al cine, en formato de novelas gráficas, en parodias, memes que circulan en la Web, en el loop infinito que empujan las repeticiones en el cable. Y, sobre todo, en las spin-offs .

En épocas de precuelas, reboots, remakes, secuelas, cross-overs , narraciones transmediáticas y webisodios, las llamadas “series derivadas” emergen como la expansión de un universo narrativo, una continuación, una segunda vuelta en la que un personaje satelital en el show original emprende su propio camino como protagonista. O como suelen llamarlo: se vuelve el show-runner .

En toda spin-off, así, se percibe una cuota de abandono del hogar. Y también de independencia. Como la que ya se huele desde lejos en cada noticia que se filtra de Better Call Saul , la próxima precuela de Breaking Bad : sin la tensión emotiva (y explosiva) de su predecesora, o sea, aquella historia de un profesor de química que se coronó como el rey del narcotráfico, admitió su creador –Vince Gilligan–, retrocederá en el tiempo para explorar la vida de Saul Goodman, el siempre interesado abogado de Walter White.

Hasta que debute en Netflix en noviembre nadie puede predecir con certeza cómo le irá. La incertidumbre se esconde en su propia estructura. Más que descendientes directas –una serie-hija o hermana–, estas producciones suelen ser primas lejanas: emparentadas por un código genético similar –la misma productora, el actor o actriz ahora al mando del barco– pero separadas por las siempre azarosas mutaciones. O sea, pequeñas grandes diferencias que dirigen ciegamente su destino y hacen que termine siendo un éxito o fracaso. Ejemplos no faltan: ahí, hundida como un cadáver, una nota al pie entre miles de páginas de Wikipedia, descansa olvidada Joey (2004), serie con la que los estudios Warner pretendieron perpetuar la década ganada de Friends.

En ella, Joey Tribbiani, ya independizado de Chandler, prueba suerte como actor en Hollywood. Sólo duró 46 episodios hasta que bajó el hacha de la cancelación.

La razón de la existencia de estas segundas partes (a medias) es clara: vivimos en una época en la que los fans –ni espectadores patológicos ni inadaptados sociales– son fundamentales para el funcionamiento de la cultura. Su gula permanente insatisfecha exige siempre más. Y si tiene algún vínculo o conexión con un universo narrativo aprobado por su gusto mejor.

No es un fenómeno ciento por ciento del siglo XXI: de El hombre nuclear emergió en 1975La Mujer Biónica. En 1989, del The Tracey Ullman Show nacieron Los SimpsonAngelcontinuó en paralelo a Buffy: la cazavampiros, como Private Practice a Grey’s Anatomy.Frasier surgió de Cheers y Star trek: Deep Space Nine de Star trek: the next generation.Los expedientes X se diversificaron en Millennium y en la fallida The Lone GunmenLa ley y el orden se multiplicó en Special Victims UnitCriminal Intent y varias más, así comoCSI en CSI: Miami y CSI: NY. Y, si bien es una serie –una narconovela– previa a El patrón del malEl cartel de los sapos oficia como continuidad: la historia arranca justo después de la muerte de Pablo Escobar.

Cada una a su manera, estas producciones pretenden seguir una tradición comprobada efectiva, extienden el linaje con otra dinámica, escenarios, tonos. Se amplían. En la era de la pos televisión, de streaming y downloads , las historias dejaron de ser universos cerrados como frascos. Lo quieran o no sus creadores. Se expanden como los tentáculos de un pulpo. Como bien lo explica el gran mediólogo Henry Jenkins en su libro Fans, blogueros y videojuegos, un determinado producto cultural se ramifica con nuevos mensajes en diferentes spin-offs , adaptados a diversos canales (series para TV, mobisodios para la Web y el celular, videojuegos, adaptaciones en cine).

Vivimos el auge de las narraciones transmediáticas que se despliegan a través de múltiples plataformas no como repetición de más de lo mismo sino como ampliación: con historias periféricas o satélites, mobisodios, contenidos intersticiales, esquirlas de mundos narrativos, formatos breves ideales para una economía de la atención fragmentada, propios de la cultura snack . A este proceso, un Big Bang serial, el rosarino Carlos Alberto Scolari en su libro Narrativas transmedia: cuando todos los medios cuentan lo denomina metástasis textual”. “Las narrativas transmedia se sabe dónde comienzan pero nunca dónde terminan –dice este investigador especialista en medios digitales, interfaces y ecología de la comunicación–. Son entidades orgánicas que contagian medios y plataformas de comunicación”.

Como lo comprobaron los etnógrafos de audiencias, la relación que establecen los espectadores con una serie no es únicamente la de consumo pasivo. Entablan más que nada vínculos afectivos, afiliaciones ideológicas (fortalecidas por los “Me gusta” de Facebook, las adhesiones en Twitter e Instagram donde un espectador puede ver la cocina de una serie y asomarse a la ventana de la vida cotidiana de sus actores favoritos). Ellos –nosotros, los “prosumidores”– también generan contenido a partir de las series. Se las apropian. En la semiosis infinita, las resignifican. Las vuelven chistes –como los de House of Cards y su curioso nexo con la realidad política nacional– y las hacen circular. Toman aquellas imágenes que quedan estampadas en la memoria (Walter White de Breaking Bad en calzoncillos, Jack de Lost y el grito de “¡Tenemos que volver!” –a la isla–) y las hacen eternas. Nuestras.

El 19 de abril de 1882 moría Charles Darwin.

Pocos días después, el diario argentino La Nación publicaba este GRAN obituario (es cierto, con algunos errores ortográficos)

El director del diario Bartolomé Mitre, ávido lector de Darwin, cortó la hoja y la guardó en uno de los libros de Darwin.

Hoy se conserva en el Museo Mitre (http://www.museomitre.gov.ar/exposiciones-Darwin-03.htm)

¿Quién habrá sido el privilegiado “obituarista”, responsable de este texto?

@fedkukso

Adelanto #Cosmos s01e04 “A Sky Full Of Ghosts”

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Twitter —> https://twitter.com/fedkukso

El Chavo del 8 y el cometa Halley

Hasta en El Chavo del 8 hablaron del cometa Halley 

@fedkukso

Anticipos del capítulo s01e03 de Cosmos

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@fedkukso

Lectura zapping

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Efectos colaterales del libro electrónico

A lo largo de la historia, los cambios de técnicas y soportes han ido modificando las prácticas de lectura. Algo parecido a lo que sucede hoy con la expansión del libro electrónico. Lejos de los diagnósticos apocalípticos, el libro en papel no está –aún– en vías de desaparición; el acto de leer, en cambio, sufre transformaciones profundas.

Le monde diplomatique, marzo 2014

@fedkukso

Se los ve en el fuelle de un subterráneo ensardinado de gente a las nueve de la mañana. Asoman como animales exóticos en asientos de un tren rumbo a Munro. Ahí, en esos tiempos muertos de la casa al trabajo (y del trabajo a la casa), fotocopias del día anterior, momentos donde se diluyen las horas y en los que la vida se congela en un continuum de rostros, ruidos y olores anónimos, ahí, los libros electrónicos poco a poco se muestran. No lo hacen ya como estandartes de lo último y de lo óptimo –aquello que, como un imán, atrae todas las miradas por su esencia de artefacto nuevo– sino como una alternativa con el tiempo mimetizada con el paisaje y con nuestra orquesta de objetos cotidianos.

Unos hablan y otros miran de frente a la nada. Están los pasajeros que escuchan música y sin moverse de su asiento se transportan a miles de kilómetros de distancia con sólo cerrar los ojos como ticket aéreo. Hay quienes empeoran su ludopatía con el Candy Crush. Los que refriegan su vida privada al hablar a los gritos por celular sin un átomo de vergüenza y, también, una minoría silenciosa y vital: personas que leen, personas que consumen signos. Son pocas, pero incluso entre ellas ha surgido recientemente una nueva subespecie: los lectores anfibios, los que un día devoramos palabras ancladas con tinta en papel y al siguiente nos nutrimos de los bits que desfilan en aquellos rectángulos negros descendientes lejanos de las tablillas cuneiformes de la Mesopotamia, embajadores de una nueva época que desde hace un tiempo protagonizan un terremoto cultural que sacude industrias y costumbres, aunque todavía no del todo.

Kindle, Kobo, Reader, iLiad, Papyre, CyBook, no importa cómo se los llame, cómo se los venda, los libros electrónicos tardaron pero de a poco están introduciéndose en los hábitos lectores de cada vez más argentinos de una forma tan rápida que ni siquiera nos percatamos de los efectos colaterales que silenciosamente producen. 

Aún difíciles de conseguir (y a precios astronómicos –objetos suntuosos–, comparados con los de su lugar de origen), estos libros infinitos aterrizan en nuestras manos cargando una promesa: la de la lectura total, el acceso instantáneo a aquellas obras raras y lejanas que las editoriales locales no tienen el coraje o la inteligencia suficiente como para publicar. Sólo basta con encenderlos para que las puertas del paraíso literario se abran.



Biblioteca infinita

Pero, claro, nuestra predisposición hacia ellos no fue siempre la misma: acostumbrados desde hace siglos a una cultura que enaltece lo táctil e impreso –lo que se puede tocar, oler, abrazar, el “aura del libro” según Walter Benjamin–, estos artefactos, hace unos años exageradamente promocionados como verdugos de la tinta y el papel como soporte primordial del conocimiento humano, no se presentan ante los ojos del bibliófilo como otra cosa más que como una amenaza. Aquello de lo que hay que mantenerse alejados. Hasta que las excusas, los caprichos vacíos y la tecnofobia sucumben y, al fin, se lo conoce. Y un nuevo estado de la materia, entonces, se conoce.

“En épocas en que la heladera se quiere transformar en tele, el teléfono en cámara de fotos, la laptop en el mundo, un Kindle es monómano, obcecado –escribía hace un tiempo con elegancia Martín Caparrós–. Un Kindle no tiene luz propia como las chicas irresistibles, no canta ni baila como las resistibles, no te ofrece juegos, orientaciones, sabiduría inagotable como todas: sólo sirve para leer textos. Un Kindle es un libro que no sirve para equilibrar mesas ni vestir bibliotecas ni sobaquear para que todos sepan qué buen poeta estoy leyendo. Un Kindle es, en realidad, el estado actual de la gran máquina libro.”

Ahí reside su ambivalencia, su magia, su delicioso engaño: el de ser un libro que contiene todos los libros –los que se escribieron y los que van a ser escritos–, pero que curiosamente no se lee como un libro. Tal vez porque en el fondo los e-readers sean otra cosa, una especie aún sin una taxonomía, cuasi-libros, artefactos cuyas claves recién ahora empezamos tibiamente a decodificar.

Lo percibimos apenas los tocamos: la migración del libro al reino digital no es un simple trueque de tinta por píxeles. Desde Marshall McLuhan sabemos que el embalaje del texto modifica la manera en que es leído. El medio interfiere con la naturaleza del mensaje que vehicula. Como recuerda el investigador belga Christian Vandendorpe, autor de Del papiro al hipertexto, la actividad del lector varía según la naturaleza del texto leído. Uno examina un contrato, devora una novela, recorre una revista, hojea un diario. Un diario no se lee como una receta, así como un e-book no se lee como un libro. 

“Desde hace muchos años diversas profecías sobre el futuro del libro anuncian la muerte del papel y la llegada de la ola digital –dice Germán Echeverría, director de AutoresDeArgentina.com–. Según ellas, pantallas, botones y diferentes dispositivos invadirían nuestra vida como lector cambiándola por completo. Con el paso del tiempo, estos anuncios fueron perdiendo fuerza. La tan esperada revolución digital se presentó de una forma diferente a la prevista, tardó en desarrollarse más de lo pensado y el libro en papel aún continúa mostrando signos vitales en la mayoría de los países del mundo. La revolución digital no se da en todas partes, ni de la misma forma. Realidades y culturas diferentes conllevan adopción, distribución y usos distintos a los de los países donde estas tecnologías fueron pensadas y desarrolladas.”

En un Kindle, una biblioteca infinita se expande bajo las yemas de nuestros dedos. Libro que quiero, libro que consigo, compro, descargo, libro que leo. Se acabó aquello de esperar un envío, aguardar que una editorial se digne a traducir y publicar una obra. Ahora el acceso es total e instantáneo. Y su costo simbólico es mayor que el económico: pronto se descubre que su contrapeso es la profundización de la gula. La gula literaria, un anhelo coleccionista y acaparador, nos consume y nos guía. Ya sea en tiendas oficiales (como la de Apple, Bajalibros.com, Grammata.com.ar, Librocity.com o la reciente Google Play Books) o en las no tanto, el deporte es conseguir, descargar, instalar. El desplazamiento a través de librerías virtuales nos empodera. Nos otorga la sensación de tener el control total de un objeto. Como el mouse de la computadora, navegar en una oferta ilimitada de títulos y autores es el equivalente exacto del control remoto para la televisión. La misión es alimentar nuestro chiche omnívoro literario. Conseguir la figurita difícil, aquella que –tal vez– alguna vez disfrutaremos. 

Entre una búsqueda y otra, nos calmamos y lo advertimos. Tenemos acceso a lo que nuestro deseo literario nos manda. Y si bien nuestra espalda lo agradece al viajar más ligeros, cargamos una verdadera biblioteca de Babel en nuestro bolso o mochila. Leemos mucho más que antes. Aunque, cuando lo pensamos bien, nos damos cuenta de que no leemos como antes. Lo hacemos de otra manera. Leemos haciendo zapping. 

La estructura del libro, tal como lo conocemos, se vuelve abstracta en estos dispositivos. Aquella entidad que conocíamos como “página” –que nació junto al códice– se diluye. Ya no existe. Los fragmentos de textos que aparecen en la pantalla no son páginas, sino composiciones singulares y efímeras. No hay más anverso y reverso. Cubiertas, contratapas y portadas pierden su peso. Sólo basta con aburrirse, estancarse en cierto pasaje de un libro para abandonarlo y saltar a otro. Y al siguiente sin siquiera tener que despegar nuestra humanidad del asiento. Excitados por la promesa de nuevos estímulos (aquella a la que tan bien nos acostumbran redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram con su bombardeo constante de datos, palabras, imágenes), en un movimiento seco –un doble click– rumbeamos a un nuevo autor, a otra época, a un escenario distinto con otros personajes y otras aventuras. Y entonces, vemos venir la idea: de los cientos o miles de libros que digitalmente almacenamos en aquel rectángulo negro infinito, no podemos decir que hayamos terminado muchos. 


Mutaciones

Los libros electrónicos proponen una nueva forma de presencia de lo escrito. Como señala la editora y correctora de estilo Cecilia Espósito –una de las máximas referentes de la edición digital en Argentina–, otra relación con nuestra corporalidad. “La lectura cambia como cambian también los gestos del cuerpo al sostener el libro –dice la encargada de Los Proyectos (www.los-proyectos.com.ar), una editorial digital de ficción breve argentina y latinoamericana–, cambia la adaptación a la luz o a la oscuridad del ambiente, el estar online u offline, la legibilidad material del texto, las aplicaciones empleadas para leer (constructores de vocabulario, diccionarios, interfaces), las coordenadas espaciales dentro de la obra y la memoria que de ellas tenemos: cómo recuperamos páginas marcadas, pasajes, anotaciones, líneas dentro del blanco del papel.” 

La dinámica de lectura es muy distinta de un soporte a otro. Mientras que la lectura del libro se ubica bajo el signo de la duración y de cierta continuidad, la lectura electrónica –como la navegación a través de hipertextos– se caracteriza por un sentimiento de urgencia, de discontinuidad y de una elección que debe renovarse constantemente. Los e-books nos inducen a terminar leyendo libros de la misma manera como leemos revistas y diarios: picoteando de acá y de allá. 

Los nuevos modos de leer, alejados de la lectura meditativa o intensiva valorizada en el pasado, ponen en tensión nuestra relación de inmersión con la literatura: el llamado “efecto ficción” no funciona realmente bien sino en la medida en que el lector se deje absorber totalmente en un relato, lo cual supone una plena atención. Extinguidas las páginas, en un Kindle no hay percepción física de avance, de aproximación al final. 

Ni siquiera la lectura tradicional y la lectura electrónica implican los mismos procesos neurofisiológicos: como describe el analista de medios Robert Logan en El fin de los medios masivos: el comienzo de un debate (La Crujía, 2009), no importa la resolución del monitor o del gadget: leer un libro en una pantalla implica que, primero, el hemisferio derecho convierta en el cerebro píxeles en letras, y que luego el hemisferio izquierdo convierta las letras en palabras, oraciones, significados.

Los libros impresos tienen una mayor presencia física que las palabras que discurren sobre una pantalla: cuando leemos, construimos una representación mental del texto en la que el significado se ancla a la estructura. La lectura, así, es una experiencia visual y táctil. En un libro recordamos la ubicación de una frase, de una idea: en una esquina a la derecha, arriba a la izquierda, y así… En los libros electrónicos, en cambio, esta asociación espacial se extingue. Los e-books no sólo no pesan. Los más recientes estudios cognitivos concluyen que los textos digitales se asientan menos en la memoria.

Pero aunque todas estas prácticas se presenten bajo la etiqueta de lo nuevo, en realidad no lo son del todo. La transformación del acto de lectura que hoy se observa se halla en curso desde hace varios siglos. Lo olvidamos, pero la lectura no fue siempre igual. Desde la aparición de los primeros sistemas de la escritura a finales del IV milenio antes de Cristo, ha conocido varias revoluciones. La manera de leer que hoy nos parece normal, no lo era entre los griegos ni los romanos, que concebían la lectura como el medio de restituir el texto a través de la voz. Las personas con suficiente dinero, por entonces, no leían; se hacían leer un rollo por un esclavo especializado. Mucho más tarde, la lectura se volvió plenamente visual. Y recién en el siglo XII los libros comenzaron a concebirse para una lectura silenciosa.

El gran investigador de la historia de la lectura, el francés Roger Chartier, señala que la situación por la que atravesamos actualmente es comparable con lo que ocurrió entre los siglos I y IV, cuando se pasó de los textos manuscritos en rollos a los códices, antecedentes de los libros tras la aparición de Gutenberg con su imprenta de tipos móviles en 1448. Con una peculiaridad: la revolución del códice no se limitó al orden ergonómico –la manera de agarrar la materia escrita–, sino que también tuvo una incidencia sobre la índole de los contenidos y la evolución de las mentalidades en general.

Aquello que llamamos “libro”, así visto, es el resultado de una construcción histórica que en cada época adoptó una nueva forma. Para tristeza de los apocalípticos, cada migración (la aparición de los papiros egipcios –el libro por excelencia durante tres milenios–, los pergaminos romanos –en el siglo III a.C.–, los códices –dominantes durante la Edad Media–, el libro impreso –con el que aparecieron el punto y aparte y la división en párrafos y capítulos– y ahora el libro electrónico) incitó no la desaparición de su antecesor, sino una coexistencia original entre los antiguos objetos y gestos y las nuevas técnicas y prácticas. 

La larga historia de la lectura, además, muestra que las mutaciones en el orden de las prácticas a menudo corren más lento que las revoluciones de las técnicas y los soportes. No se impusieron nuevas maneras de leer inmediatamente después de la invención de la imprenta. Hay ahí una buena razón para no caer en el fatalismo que suele envolver esta cuestión. Los libros electrónicos no son los enemigos de los libros de papel. Son una alternativa y una mutación que los enaltece. Pero no por eso hay que permanecer ciego a las transformaciones que están en curso. Si, como decía el escritor André Malraux, una modificación de las actitudes de lectura acarrea necesariamente una modificación del imaginario, tal cual ocurrió en la Edad Media con el advenimiento del libro, es en el cruce de estos dos artefactos emparentados –uno en cuyas páginas marcadas se exhibe la historia de su apropiación y otro que en su digitalidad invita a una fiesta literaria infinita– donde se gesta un nuevo mundo. 

Cómo perderse en un museo y nunca ser encontrado

Un recorrido por los pasillos infinitos del Museo del Hermitage en San Petersburgo, Rusia.

Ñ, marzo 2014. 

@fedkukso

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Con toda la prepotencia de aquellos que saben que están condenados al fracaso, ella alza el brazo derecho e intenta tapar el sol con su ridículamente pequeña mano. No importa que se llame Valentina por la primera mujer que viajó al espacio (Valentina Tereshkova). O que tenga el pelo oscuro y trenzado como los cables de un ascensor. Ella —una menuda oficinista de Moscú, madre de tres, fanática del arte (ruso, en especial) y de vacaciones con su marido panzón y cincuentón en San Petersburgo— es una de las 200, ahora 250 y un minuto después 300 turistas que se agolpan en una fila que bordea la Plaza del Palacio (o Dvortsovaya Ploshchad), el corazón de cemento de esta ciudad hasta 1991 conocida como Leningrado, el escenario de dos de los grandes acontecimientos de la historia rusa: el Domingo Sangriento (1905) y la Revolución de Octubre (1917).

Valentina observa con un ojo la colosal y maciza columna de Alejandro, cuya sombra funciona como las manecillas de este reloj urbano, y con el otro al grupo de japoneses que tiene a su lado y que ratifican en silencio el estereotipo que sobre ellos pende casi desde siempre: todos —hasta un nenito— portan un arsenal fotográfico, cámaras con teleobjetivos XL. Son las 9.55 de la mañana y, como Valentina, queremos entrar ya mismo al palacio blanco y verde pastel de estilo barroco que tenemos enfrente: el museo del Hermitage.

Toda ciudad tiene un ancla en alguna de las dimensiones del tiempo: algunas miran y se encuentran en el futuro, como Seúl y Tokio. Otras trascienden en un presente continuo, inmutable. Y están, también, las que no se despegan de su pasado. Es el caso de San Petersburgo. Ruidosa, colmada de autos y gente a ambos lados de la vertebral avenida Nevsky, cruzada por canales y calles eternamente largas y de confusa numeración, Píter —como la llaman los locales—, la ciudad más europea de Rusia, la casa de Pushkin, Dostoievski y Nabokov exuda nostalgia. Añora la opulencia zarista, su esencia arquitectónica nobiliaria. La época lejana en la que era grande, rica, majestuosa.

Más que la Fortaleza de Pedro y Pablo, la catedral de San Isaac, la Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada, su subte bien profundo o el río Neva —la morada final de Rasputín—, el órgano emotivo central de esta ciudad es el Hermitage —durante siglos palacio de invierno de los zares—, sólo comparable por su empacho artístico con el British Museum, el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York y el Louvre de París.

Los guardias desganados y de mirada apática para los que estas escenas son meras fotocopias del día anterior —hordas de turistas de todas partes del mundo que se colan y gritan— al fin abren las rejas. Y el malón pasa de largo un cartel electrónico con una cuenta regresiva para el 250° aniversario en 2014 de este museo integrado por cinco edificios y creado por la zarina Catalina La Grande en 1764.

Luego de dejar mochilas y bolsos en los gigantescos guardarropas subterráneos, una maratón comienza: tres millones y medio de piezas de arte a ver en 400 salas distribuidas en 22.000 metros cuadrados. Alguien ya se tomó el tiempo de calcularlo: si se contemplase durante un minuto cada obra —la Madonna Litta y la Virgen de la Flor de Da Vinci, El almuerzo de Velázquez, Baco de Rubens y obras de Rafael, Tiziano, El Greco, Goya, Van Dyck, Rembrandt, Monet, Van Gogh, Gauguin, Picasso, Kandinsky y Malevitch—, el recorrido completo duraría algo más de cuatro años.

Más que un museo, el Hermitage (www.hermitagemuseum.org) es un laberinto en el que cada giro alienta la desorientación y provoca los más variados encuentros: con guardias dormidas en sus sillas, con recuerdos de robos y de despreciables ataques como el de un un lituano de 48 años que en 1985 lanzó ácido sulfúrico contra la Dánae de Rembrandt.

Mientras que en los pasillos sobrevuela la historia de los 65 gatos que patrullan en los sótanos de este complejo para evitar que las ratas dañen sus tesoros, los salones son atravesados por la fuerza que impone el cara a cara con un microcosmos de la diversidad cultural, colecciones que representan una galaxia de pueblos y culturas. Los restos del Egipto faraónico se mezclan con los de la antigua Grecia y de la Roma Imperial. Frescos budistas, porcelana francesa y el célebre cuadro La Danza de Matisse se empalman con techos, sillas y escritorios rebosantes de oro, salones recargados en estilo neoclásico y barroco ruso, destellos del esplendor zarista.

La solemnidad se mezcla con la gula visual del visitante. Las cámaras fotográficas son los verdugos tanto de la memoria como de la contemplación desnuda. No se mira ni se disfruta, se consume. Se fotografía como un acto de apropiación. Con las horas, el entusiasmo se aplaca. Se convierte en otra cosa. Sopor. Lo majestuoso y el exceso suntuoso de los Romanov se vuelve más de lo mismo: pasado petrificado y congelado detrás de una vidriera o de una cinta. Los innumerables nombres de pintores y escultores se mezclan en un gran pastiche. En el recuerdo, se vuelven un remix. Sólo permanece una sensación vaga de haberse perdido en un pasado encapsulado en un edificio verde, una cárcel de cristal con una historia tan ajetreada como la personalidad rusa: un edificio bombardeado sucesivamente, cuyas colecciones fueron trasladadas a Moscú durante la revolución bolchevique y a los Urales en la Segunda Guerra Mundial.

Es imposible entender una ciudad sin sus museos y un museo sin su ciudad. El caos interno del Hermitage es así la prolongación del ritmo de una San Petersburgo vívidamente violenta que, pese a los locales de McDonalds, Starbucks y Subway, aún habita en el siglo XIX.

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Shows espaciales

Si te gustó “Cosmos”, acá otros seis grandes shows espaciales:

@fedkukso

1.
The fabric of cosmos

2.
The Universe

3.

Through the wormhole

4.
Into the Universe with Stephen Hawking

5.
How the Universe Works

6.
Wonders of the Universe

 

Escritorios científicos

Qué hay en el escritorio del astrofísico Neil deGrasse Tyson 

Nuestra dirección cósmica #Cosmos 

(vía we-are-star-stuff)