Lista de episodios de “Cosmos: a space-time odyssey”

Lista de episodios de “Cosmos: a space-time odyssey”

(fechas de emisión de EEUU)

Episodio 1 
Marzo 9
“Standing Up in the Milky Way”

Con la nave de la imaginación, Neil deGrasse Tyson viaja al pasado para conocer a Giordano Bruno en el siglo XVI. Luego muestra el Calendario Cósmico en el que se condensan los 13,8 mil millones de años del universo en 12 meses.

Episodio 2
Marzo 16
“The Rivers of Life”


Historia de la evolución y selección natural: desde los microbios a la increíble biodiversidad actual. Eventos de extinción masiva.

Episodio 3 
Marzo 23

“When Knowledge Conquered Fear”

Los estudios de Newton y Halley sobre el movimiento orbital del planeta y los cometas.

Episodio 4
Marzo 30
“Hiding in the Light”
El nacimiento del método científico

Episodio 5 
Abril 6

“A Sky Full of Ghosts”
Cómo la luz, el tiempo y la gravedad se combinan para distorsionar nuestras percepciones del universo visible. Relatividad.


Episodio 6 
Abril 13

“Deeper, Deeper, Deeper Still”
La nave de la imaginación se interna en la intimidad de la materia.

Episodio 7 
Abril 20

“The Clean Room”


Cómo se determinó la verdadera edad de la Tierra.

Episodio 8
Abril 27

“Sisters of the Sun”

Estrellas y mujeres astrónomas del siglo XX.

Episodio 9 
Mayo 4

“The Electric Boy”

La historia de Michael Faraday.


Episdio 10 
Mayo 11
“The Lost Worlds of Planet Earth”
Un vistazo cercano al planeta Tierra.

Episodio 11 
Mayo 18

“The Immortals”
¿Tenemos que morir? ¿Las civilizaciones tienen una fecha de vencimiento?
Intentos de comunicarnos con otras civilizaciones alienígenas.

Episodio 12
Mayo 25

“The World Set Free”
Cambio climático. ¿Terminaremos siendo Venus?

Episodio 13 
Junio 1
“Unafraid of the Dark”

Del corazón del átomo a las orillas lejanas del cosmos.
Lo poco que sabemos del océano cósmico.

Neil deGrasse Tyson: el científico más famoso del mundo en 25 fotos

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25 fotos para conocer al nuevo presentador de la serie “Cosmos”.

1

Es hijo de un sociólogo de origen caribeño y una gerontóloga.

Como Lisa en un capítulo de Los Simpson, un día cuando tenía 9 años —cansado de la contaminación lumínica— fue al Planetario Hayden de Nueva York y descubrió las estrellas. “Ese día supe que quería ser astrofísico”, dice.

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2

Su papá Cyril le compró un telescopio. Un día mientras entraba con él a un parque de Nueva York la policía lo detuvo pensando que era una bazuka.

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3 

Mientras estaba en la secundaria le escribió pidiéndole consejos al astrónomo Carl Sagan.

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4 

Y Carl Sagan le contestó.

De hecho, lo invitó a su laboratorio en la Universidad de Cornell.

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5 

Fue campeón universitario de lucha.

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…y de danza

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6 

Es el director del Planetario Hayden en Nueva York.

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7 

En el año 2000, mandó rediseñar la maqueta de los planetas. Y sacó a Plutón. Los primeros en darse cuenta fueron los chicos que inundaron su oficina con toda clase de cartas amenazantes. En 2006, la Unión Astronómica Internacional le dio la razón a Neil deGrasse Tyson: Plutón no es un planeta.

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8

En la web circula un meme con esta expresión tomada de una entrevista:

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9 

Fue considerado el “astrofísico más sexy”.

O mejor: con la mejor onda.

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10

Apareció en The Big Bang Theory.

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11

Es un gran defensor de la exploración espacial no como un capricho científico sino como una vía para impulsar la economía de una nación.

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12

Es un fanático de la ciencia ficción. Por ej., de Star Trek. 

Utiliza referencias de la cultura pop para contar la ciencia.

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13 

Suele aparecer en shows como The Daily Show con Jon Stewart.

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14

Sos groso cuando te sacás una selfie con el presidente de EEUU:

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15 

Es amigo de Superman. Lo ayudó a encontrar Kriptón.

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16 

Aparece en la tapa de toda clase de revistas y suplementos culturales.

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17

Suele criticar los errores científicos de grandes películas como “Gravity” y “Titanic” (James Cameron cambió el cielo nocturno estrellado de Titanic por recomendación de Tyson). 

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…y tiene en Twitter (twitter.com/neiltyson) más de un millón y medio de seguidores.

18

Aparece en esta maravillosa colección de “héroes de la ciencia”.

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19

Sus charlas son magníficas.

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20

Es amigo de Pluto.

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21

Con Richard Dawkins combate los fanatismos y las pseudociencias.

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22

Este es uno de sus mejores videos en Youtube

23

Es el resultado de esta ecuación:

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24

Se unió con Seth MacFarlane en una nueva aventura

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25

En Cosmos: a space time odyssey, es nuestro guía estelar.

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Crónicas espaciales

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Neil deGrasse Tyson. “El universo incide en la cultura”, dice este astrofísico, que en la nueva versión de la serie “Cosmos” continúa los pasos de Carl Sagan.

Ñ. marzo 2014

Hasta no hace mucho a Neil deGrasse Tyson no lo querían ni sus hijos. Ninguno de los dos. En el año 2000, este astrofísico estadounidense decidió redecorar su segunda casa –el Planetario Hayden en Nueva York, que dirige– y en el rediseño de las maquetas de los planetas voló a Plutón. Y el mundo se le vino encima. Los primeros que advirtieron la ausencia fueron los chicos. Y se lo hicieron saber. De un día para el otro, decenas de cartas –amenazadoras algunas– comenzaron a inundar la desordenada oficina de este científico fornido de 55 años. “¡Plutón es mi planeta favorito! –decía una de ellas–. No me pueden hacer esto”.

Hasta que seis años después la Unión Astronómica Internacional dio su veredicto y la furia espacial se disipó: el pequeño Plutón fue descendido de categoría –y excomulgado del título de planeta– y el honor de Neil deGrasse Tyson, restaurado. Desde entonces, la celebridad de este coleccionista de vinos y amante del jazz no para de crecer. Sus apariciones en la serie The Big Bang theory, en las páginas del cómic de Superman –con su llamativo chaleco invadido de estrellas– y en programas nocturnos como The Daily Show y The Colbert Report así como sus críticas a los errores astronómicos de las películas Titanic y Gravity y un meme que no deja de circular en Internet lo elevaron a la categoría de científico pop. Uno con un millón y medio de seguidores en Twitter (@neiltyson), un asteroide bautizado en su honor y acceso directo a la Casa Blanca.

Sus primeros contactos con la astronomía, sin embargo, no fueron todos felices. Cuando tenía nueve años el pequeño Neil se enamoró de las estrellas: como Lisa en uno de los capítulos de Los Simpson, este hijo de un sociólogo y una gerontóloga de orígenes caribeños se refugió en el Planetario Hayden huyendo de la contaminación lumínica que cegaba el cielo nocturno en su casa en el Bronx y descubrió el universo.

–Más bien, el universo me encontró a mí –recuerda–. Desde entonces, supe que quería ser astrofísico.

“¿Por qué querés meterte en la ciencia? –le preguntó dos años más tarde un profesor–. No hay negros en el campo. ¿Por qué mejor no te dedicás a los deportes?”.

Pero Neil estaba decidido. No flaqueó entonces ni cuando, entrando al Parque Van Cortlandt con un telescopio que le había regalado su padre Cyril, la policía lo detuvo pensando que se trataba de una bazuca. O cuando sus vecinos llamaron al 911 y reportaron actividades sospechosas en el techo de su edificio. Tyson terminó enseñándoles a los oficiales las estrellas.

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Así, Neil deGrasse Tyson creció para convertirse en el científico más popular de Estados Unidos no por sus papers o por sus descubrimientos estridentes sino por un estilo efusivo y contagioso –distinto– de contar (y vender) la ciencia. Un poder de comunicación que lo volvió una estrella del rock científica a punto de convertirse en supernova cuando el próximo 11 de marzo a las 22 horas por los canales NatGeo y Fox –y en otros 170 países y 48 idiomas– se ponga en los zapatos del sacerdote supremo de la divulgación, Carl Sagan, el poeta del universo, y en la secuela de Cosmos tome la posta como nuestro guía del espacio.

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–Pasaron casi 34 años de la emisión de Cosmos: un viaje personal, una serie que siempre fue más que un documental de ciencia. ¿Cuál es la necesidad de emprender otra vez esta travesía? Ya hay otros programas que lo hacen comoThe Universe o hrough the Wormhole con Morgan Freeman.
–Pero Cosmos es distinto. Como Carl Sagan, excedió el campo de la ciencia, para devenir en todo un fenómeno cultural. Cosmos es una historia con muchos héroes, una saga sobre cómo varias generaciones descubrieron nuestras coordenadas en el espacio y el tiempo y comenzaron a comprender las leyes de la naturaleza. Cosmos se grabó y emitió durante la Guerra Fría. Internet no era lo que hoy conocemos. Para entonces, no teníamos evidencias de la existencia de planetas más allá de nuestro sistema solar. Ahora sabemos que hay miles. Las preguntas cambiaron como también lo hizo la audiencia.

–Lo que no cambia es la persistencia de cierta aversión hacia la ciencia. Según una reciente encuesta de la Fundación Nacional de la Ciencia de los Estados Unidos, uno de cada cuatro estadounidenses piensa que el Sol gira alrededor de la Tierra.
–Esa es una de las razones por la que Cosmos vuelve. Queremos cambiar cómo mucha gente piensa sobre la ciencia. Sobre su rol, como un elemento fundamental en nuestras sociedades modernas. Mostrar por qué la ciencia importa. Y transmitir algunas de las grandes preguntas: de dónde venimos, dónde estamos, adónde vamos. Una vía de hacerlo es a través del asombro, una de las más altas emociones de nuestra especie que aúna a la ciencia con el arte y la religión. Conocer nuestro lugar en el universo tiene profundos alcances emocionales, filosóficos y espirituales. En cada cultura a lo largo del tiempo, siempre ha habido alguien que se preguntó por nuestro lugar en el universo. Es algo muy profundo, inherente a lo que significa ser humano.

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–Usted conoció a Sagan. ¿Cómo fue el primer encuentro con el famoso astrónomo y escritor?
–Fue en 1975. Yo tenía 17 años. Me tiré el lance y le escribí para que me recomendara una universidad. Y me respondió. No lo podía creer. El ya era famoso. Me invitó a su laboratorio en Cornell. Fue una fuente de inspiración. Antes de Carl, la ciencia y la televisión no se llevaban bien. Hasta que llegó con su oda poética y nos voló la cabeza. Aunque mi verdadero ídolo científico es Newton. Leí prácticamente todo lo que escribió. Estaba conectado al universo como ninguna otra persona, antes o después de él.

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–La reciente llegada de un robot chino a la Luna no produjo una conmoción mundial. ¿La sociedad le dio la espalda al espacio?
–Nos olvidamos de aspirar a más. La novedad pasó a ser más de lo mismo. Si no continuamos avanzando en la frontera a nadie le va a importar más. En los sesentas, vivimos en una cultura de la innovación. Cada semana, cada mes, un nuevo avance espacial aparecía en las noticias. Por entonces, todo el mundo soñaba con el mañana. Era algo que importaba. Este clima de época impulsó el nacimiento de series como La dimensión desconocida o Viaje a las estrellas . Lo olvidamos pero nuestra presencia en el espacio afecta no sólo a los ingenieros y matemáticos. Afecta a la creatividad de aquello que llamamos cultura. La famosa fotografía de la NASA “Earthrise” o “Salida de la Tierra” tomada por la tripulación de la Apolo 8 en 1968 tuvo un impacto enorme. Fuimos a la Luna y descubrimos a la Tierra: un planeta sin separaciones geográficas, sin países coloreados. La Tierra como un todo. Su impacto en la cultura fue inmediato. El mundo reaccionó ante esta nueva perspectiva y lo que significaba estar vivo en este planeta que todos compartimos. El universo incide y opera en nuestra cultura y no se le puede poner un precio. Vemos sus efectos en el arte, en el cine, en producciones televisivas. Por entonces, no necesitabas buenos programas para convencer a la gente que la ciencia era buena y necesaria para nuestra identidad. Cruzábamos la frontera de la ciencia todas las semanas. Estaba en nuestra mente, en nuestra cultura, en nuestro Zeitgeist . Hasta que llegaron los setenta, el programa espacial se desinfló y nos despedimos de la Luna.

–Películas recientes como Gravity, Last days in Mars y Europa reportretratan al espacio como un lugar peligroso para ir.
–Es que lo es pero también es excitante. Cuando me preguntan “¿por qué gastar tanta plata para ir al espacio teniendo acá en la Tierra tantos problemas?”, me imagino a un individuo hace 20 mil años preguntándose a sí mismo: “¿Por qué subir a esa montaña, por qué cruzar el valle si estoy tan cómodo y seguro acá en mi cueva?”. O, “¿por qué salir de Africa y conocer el resto del mundo?”. Las personas que restringen y critican la exploración son las personas que están condenando a la especie humana a la extinción. Olvidan que el espacio es también un motor de la innovación. Y de la economía. Financiar la exploración espacial conduce directamente al crecimiento económico, impulsa la creación de empleos. Muchas veces les digo a los empresarios: “Inviertan en la actividad espacial no porque el espacio es lindo sino para hacerse ricos”. No es una actividad lujosa que sólo pueden darse el lujo aquellos países que tienen el dinero. Mejora la economía de tu nación. En el pasado, tres motivaciones condujeron a las sociedades a emprender proyectos ambiciosos y especulativos: la celebración de un poder divino o real, la guerra o la búsqueda de riquezas. La construcción de las pirámides de Egipto, del ejército de terracota en China y del Taj Mahal en la India son ejemplos de lo primero. El miedo a una invasión impulsó la edificación de la Gran Muralla China y la guerra justificó el Proyecto Manhattan. La sed de riqueza de la corona española financió los viajes de Magallanes y de Colón al Nuevo Mundo y la Guerra fría y lo que yo llamo el “momento Sputnik” encendió el Programa Apolo. Fuerzas geopolíticas y económicas deberían impulsar también nuestra expansión por el espacio. Si se duplicara el presupuesto de la NASA y se emprendieran misiones ambiciosas, épicas, los resultados se desparramarían por la economía, la sociedad y la cultura.

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–Hablando de desparrames, en su oficina se mezclan ciencia y cultura: tiene, por ejemplo, una copia de La noche estrellada de Van Gogh y una tercera edición de los Principia de Newton.
–Me fascina siempre que un artista trata de expresar la influencia que el universo ejerce en él o ella. Eso buscamos en Cosmos : no sólo inspirar a la gente a la que ya le interesa la ciencia sino también a los que no. Lo expresé en un video que se hizo muy famoso en la web hace unos años. Para mí el hecho más sorprendente es saber que los átomos que forman la vida en la Tierra, los átomos que forman parte del cuerpo humano se crearon en los grandes hornos espaciales que son las estrellas y que una vez que explotaron desparramaron sus entrañas por el espacio. Somos parte de este universo pero más importante es que el universo está dentro de nosotros.

–¿Esto es lo que usted llama la “perspectiva cósmica” que busca compartir en sus libros y su nuevo programa?
–Exacto. Es un baño de humildad. Algunos de los átomos de agua que tomamos atravesaron los riñones de Sócrates, de Juana de Arco o Genghis Khan. El aire que respiramos pasó por los pulmones de Napoleón o Beethoven. Hay más estrellas en el universo que partículas de arena en cualquier playa, más estrellas que la cantidad de segundos que pasaron desde que se formó la Tierra. La luz tarda mucho tiempo en llegar a los observatorios terrestres desde las profundidades del espacio; por ende, los objetos y fenómenos que vemos no están más allí. El universo, así, actúa como una gigantesca máquina del tiempo. Cuanto más lejos vemos, más nos adentramos en su pasado. Nuestro universo entero emergió de un punto más pequeño que un átomo y como especie somos recién llegados en una historia que tiene más de 13 mil millones de años. La perspectiva cósmica abre nuestras mentes a ideas extraordinarias. Nos muestra a la Tierra como un punto en el espacio, por el momento el único hogar que tenemos. Muchas personas dicen que saber esto las hace sentirse pequeñas en un universo inmenso. Sin embargo, saberlo nos conecta con el cosmos, nos hace sentir que formamos parte de algo más importante que nosotros mismos.

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RECUADRO

El universo desnudo

Cuando murió Carl Sagan en diciembre de 1996, el universo se volvió un lugar un poco más oscuro. Nadie explicó el espacio y su gloria desconcertante como él, en el show sobre ciencia más visto de la historia de la televisión –y emitido en septiembre de 1980– cuyo impacto cultural es aún incalculable (curiosamente el título original de “Cosmos” era “El hombre y el cosmos”, descartado por machista; otra opción que se barajó fue “There” o “Allí”). La visión y el legado de este showman de la ciencia –como lo bautizó la revista Time– y escéptico militante que combatió hasta su último respiro a los charlatanes de la astrología y demás pseudociencias sobrevive en sus libros (“La conexión cósmica”, “Sombras de antepasados olvidados”, “Un punto azul pálido” y “El mundo y sus demonios”, entre otros), en sus hijos, en su archivo personal recientemente inaugurado en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos y también en la escritora Ann Druyan, su última compañera, coautora de gran parte de sus obras y guionista de “Contacto” y “Cosmos”, serie que ahora regresa y en la que –con increíbles efectos especiales– 14 mil millones de años de historia del universo se condensan en 13 nuevos episodios, un viaje del Big Bang a la teoría de la evolución, de los orígenes de la vida a las extinciones masivas, de los secretos de la luz a los misterios galácticos.

“Tuve la suerte de tener a mi lado al mejor maestro del siglo XX –cuenta Druyan–. Cada una de sus respuestas a mis dudas me ponían la piel de gallina. Eso es lo que queremos lograr con esta nueva edición del show: no sólo informar sino emocionar, transmitir una pasión por el conocimiento, y por el misterio, en esta época aún hostil con la ciencia”.

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MINI-BIO

Neil deGrasse Tyson

Astrofísico estadounidense

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Director del Planetario Hayden en el Museo Nacional de Historia Natural en Nueva York. Es el conductor del programa radial “StarTalk” y de “Nova” de la PBS. Ahora será el presen-tador de “Cosmos: a space-time odyssey”. Publicó diez libros entre ellos “The Pluto Files: The Rise and Fall of America’s Favorite Planet” y “Space Chronicles”. Atención editoriales argentinas:ninguno fue traducido al castellano

La fórmula de la vida extraterrestre

Revista QUO (México), febrero 2014

La ciencia se replantea la búsqueda de vida extraterrestre

A la hora de invertir, Dmitry Itskov lo hace a lo grande. Encandilado por el futuro, este multimillonario ruso de 32 años que amasó su fortuna en Internet quiere ser inmortal. Y lo desea mucho: tanto que, para él, arañar uno de los sueños más persistentes en la historia de la humanidad se convirtió en toda una obsesión. Con su “Iniciativa 2045” (http://2045.com), este hombre que no come carne ni pescado, no toma alcohol ni agua fría busca vivir eternamente a través de un método bastante conocido por los fanáticos de la ciencia ficción: descargar el contenido de nuestros cerebros en cerebros artificiales. No es un delirio: ya contrató a más de 30 científicos para comenzar a trabajar en ello y planea abrir una oficina en San Francisco para informar sobre el progreso de sus investigaciones. “Estoy 100% convencido que para 2045 conseguiremos ser inmortales”, dice.

Lo que no sabe este millonario moscovita es que ya existen maneras más sutiles de pasar a la inmortalidad: que un asteroide o un cráter en la Luna o en Marte sea bautizado con nuestro nombre. O, como le sucedió a la canadiense Sara Seager, que una ecuación de ahora en más lleve su apellido.

La astrónoma y profesora del departamento de ciencias planetarias y física del Massachusetts Institute of Technology en Estados Unidos no tuvo que depositar un sólo dólar por este honor, este pasaje directo a la inmortalidad. A esta “Indiana Jones de la astronomía”, le bastaron con sus investigaciones pioneras en la búsqueda de exoplanetas, es decir, aquellos planetas fuera de nuestro Sistema Solar. Sus estudios atmosféricos de estos mundos lejanos, realizados con el telescopio espacial Kepler —una de las joyas de la astronomía moderna—, derivaron en una corta pero potente fórmula: la ecuación Seager, un nuevo modelo que, asegura esta científica, actualiza nuestras probabilidades de encontrar en algún momento vida extraterrestre en el espacio exterior.

"La ecuación en sí no tiene un verdadero poder predictivo en la actualidad —cuenta Seager a Quo—. Su intención es ilustrar el hecho de que estamos trabajando en una real búsqueda de vida alienígena. Nuestra idea es encontrar en la gran vastedad del espacio planetas rocosos similares a la Tierra, husmear en la composición química de sus atmósferas con sofisticados telescopios espaciales y buscar allí gases que podrían ser producidos por alguna clase de organismos. No sabremos inmediatamente si esos gases son el efecto de la existencia de bacterias, de algún tipo de vida simple o de complejas civilizaciones hasta investigarlos a fondo. Así hallaremos vida extraterrestre".

La ecuación pionera

Hace 50 años un astrofísico estadounidense curioso y para muchos alocado causó un revuelo en el mundo de las ciencias. Era 1961 y Frank Drake, la primera persona en en utilizar un radiotelescopio para escuchar una señal de vida extraterrestre, condensó todo lo que se sabía para entonces sobre el universo en una ecuación. Metió en ella el número de estrellas que nacen en nuestra galaxia cada año, la fracción de esas estrellas que cuentan con planetas orbitando a su alrededor, el número de mundos situados en la zona óptima para la vida, la fracción de estos planetas que pueden desarrollar vida, los planetas donde la vida inteligente podría alcanzar un desarrollo tecnológico que permita la comunicación interestelar y la vida media de una civilización avanzada tecnológicamente. El resultado de este verdadero trabajo de síntesis fue la famosa “ecuación de Drake”, una herramienta altamente especulativa que, pese a ello, brindaba la esperanza para que algún día nos sintamos menos solos: indicaba las probabilidades de un eventual contacto humano con otras civilizaciones de la Vía Láctea.

"Nadie había organizado jamás cuantitativamente nuestros pensamientos antes —recuerda Seager—. Esa es la naturaleza revolucionaria de la ecuación".

Desde entonces, mucho ha cambiado. En los últimos 20 años, astrónomos de todo el mundo han encontrado miles de exoplanetas o planetas extrasolares fuera de nuestro pequeño vecindario cósmico, el Sistema Solar. Son tantos que estiman que todas las estrellas de nuestra galaxia tienen al menos un planeta que gira a su alrededor. En la base de datos mantenida por el Exoplanet Data Explorer (http://exoplanets.org), figuran 755 exoplanetas confirmados y otros 3470 aun sin confirmar. Estamos aprendiendo más que nunca sobre la formación, distribución y evolución de los exoplanetas.

En este breve pero fecundo tiempo de estudio, los científicos sobre todo se han percatado de un detalle nada minúsculo: nuestro Sistema Solar es sumamente raro. Tanto que por el momento no han hallado otro sistema planetario que se le compare.

Sí han encontrado, sin embargo, planetas sumamente diversos: de todo tipo de masa, tamaño y órbitas, desde planetas rocosos tan cercanos a sus estrella con lagos de lava en su superficie a mundos que orbitan sistemas binarios de dos estrellas.

Las ecuación de Drake, así, necesitaba de una actualización, un upgrade: así surgió la ecuación Seager, una fórmula mucho menos especulativa y al mismo tiempo más humilde. Ya entre sus variables no incluye la ilusión de hacer contacto con otras civilizaciones desarrolladas como la nuestra. Se conforma con detectar simplemente vida fuera de la Tierra.

"Buscamos planetas que estén a una distancia prudencial de su estrella —dice la astrónoma, ganadora de la beca MacArthur, la llamada ‘beca de los genios’—. No muy cerca pero no muy lejos. Que se encuentren en la llamada zona habitable. Hasta el momento hay dos docenas de candidatos planetas habitables como Gliese 163 C, Kepler 62 F, Tau Ceti E, HD 40307 G. Lo que queremos es estudiar su atmósferas, evaluar qué clase de gases tienen".

Seager, sin embargo, señala que no hay que desechar la ecuación de Drake. Su fórmula es una herramienta más, una para usar en paralelo: en lugar de enfocarse en señales de radio procedentes de otras civilizaciones, esta investigadora y su equipo van al acecho de “gases de biofirma” o “firmas biológicas atmosféricas detectables”, concentraciones de gases químicos que estén fuera de equilibrio. En la Tierra, por ejemplo, nuestra atmósfera está cargada de oxígeno, ozono y metano sólo porque existe vida. De no ser así, hace tiempo que estos gases se hubieran eliminado.

“Puede que hayamos encontrado ya un planeta con vida —dijo recientemente el astrónomo suizo Didier Queloz, quien descubrió en 1995, el primer planeta en órbita de una estrella que no fuera el Sol—. Pero mientras no analicemos su atmósfera no podremos saberlo”.

Una sombrilla para cazar planetas

Jubilado el telescopio espacial Kepler —el gran cazador de exoplanetas que comenzó a fallar en julio de 2012—, ha comenzado una nueva época para la astronomía. Una con flamantes y más potentes ojos en el espacio como el próximo supertelescopio TESS, siglas en inglés de Satélite de Sondeo de Exoplanetas en Tránsito. Programada para ser lanzado en 2017, esta misión de 200 millones de dólares buscará exoplanetas rocosos entre las estrellas clase M más pequeñas y más frías que están relativamente cerca de nuestro Sistema Solar. Un año más tarde combinará fuerzas con el Telescopio Espacial James Webb, mucho más potente y capaz de analizar las atmósferas de los exoplanetas y la búsqueda de señales de vida: tendrá, por ejemplo, un espejo de 6,5 metros de diámetro, el más grande jamás lanzado al espacio.

Seager, además, tiene otra carta bajo la manga: una sombrilla espacial gigante que permitiría visualizar exoplanetas. La llama “Starshade”. Ocurre que los exoplanetas son tímidos a las cámaras: normalmente para detectar estos mundos lejanos fuera de nuestro Sistema Solar se utilizan métodos indirectos. Apenas se ha logrado fotografiar unos pocos exoplanetas. A la gran mayoría no se los ve directamente. El observatorio Kepler, por ejemplo, detectaba exoplanetas cuando pasaban delante de su estrella y se producía una pequeña disminución en la luz. “Es un trabajo muy difícil —revela Seager—: divisar un exoplaneta rocoso pequeño es como ver desde la ciudad de Boston una luciérnaga que está al lado de un faro marítimo en San Francisco”.

Los cazadores de exoplanetas están obsesionados con encontrar mundos rocosos y pequeños como la Tierra y relativamente cerca de su sol. Así, Seager pergeñó un sistema mediante el cual se pudiera tapar la cegadora luz procedente de la estrella y así observar al exoplaneta en cuestión: una sombrilla espacial cazaplanetas de unos 50 metros de diámetro que orbitaría alineada a miles de kilómetros de un telescopio. Junto a investigadores de otras universidades, Seager ya diseñó una prototipo a tamaño casi real. La Starshade tiene pétalos, como si fuera una flor, y se estacionaría entre el Telescopio Espacial James Webb y la estrella observada. Con la luz de la estrella suprimida, la luz proveniente de los exoplanetas en su órbita sería visible. Su diseño está pensado para que la difracción producida por el borde de la sombrilla cree el menor número posible de imágenes fantasma del exoplaneta. Los científicos esperan así poder tomar imágenes directas de los exoplanetas y observar sus atmósferas en busca de signos que puedan delatar la vida, como el vapor de agua y el oxígeno.

La astrobiología y la exometeorología se están desarrollando a pasos agigantados. Con diversos métodos, recientemente se ha detectado en un planeta extrasolar sólo 2,5 veces mayor que la Tierra y a 40 años luz llamado Gliese 1214b una atmósfera rica en agua. Otro joven exoplaneta conocido como HR 8799c, que orbita la estrella HR 8799, tiene agua y monóxido de carbono en su atmósfera, pero no metano. El primer mapa de nubes de un planeta exterior al Sistema Solar lo realizaron colegas de Seager en el MIT: como cuentan en la revista Astrophysical Journal Letters, en la atmósfera del planeta gigante gaseoso Kepler 7b, ubicado a unos mil años luz de distancia de la Tierra, hay nubes en el oeste y cielos claros en el este. Fue el primer reporte meteorológico extraterrestre.

Lo más curioso ocurrirá el día en que estudiando la atmósfera de uno de estos mundos se detecte una señal anómala, un marcador biológico, un gas procedente de algún tipo de actividad orgánica, un elemento sorpresa. Entonces, ¿qué harán los astrónomos? ¿A quién llamarán? “Por el momento, no hay establecido ningún protocolo —cuenta Seager—. Debería haber. Los primeros datos deberían ser chequeados una y otra vez para comprobar que se trata de vida. Por ejemplo, el gas metano es producido por organismos pero también por fenómenos geológicos”.

Como varios de sus colegas, la astrónoma reconoce que al buscar vida en otros planetas las investigaciones están condicionadas por las características de la vida que conocemos. De ahí que el descubrimiento en la Tierra de formas de vida extremas capaces de sobrevivir en las condiciones más inverosímiles —los organismos llamados “extremófilos” habitan en fosas submarinas y en ambientes de menos de -270ºC— ampliaron las perspectivas de encontrar vida en planetas con condiciones muy hostiles

Seager tiene confianza. Considera que encontrar próximamente indicios de la presencia de vida fuera de la Tierra es más probable que recibir una señal de alguna civilización extraterrestre. “Creo que en un tiempo no muy lejanos, podremos llevar a nuestros hijos a un parque y ver el cielo nocturno, apuntar a una estrella y decirles: ‘Ese sol tiene un planeta con señales de vida en su atmósfera. Esa estrella tiene un planeta como la Tierra’. Creo que dentro algunos cientos de años, cuando las personas viajen a las estrellas más cercanas mirarán atrás en el tiempo y nos recordarán colectivamente como la primera generación que descubrió otros mundos como el nuestro”.

Quizás suceda en una década, tal vez en dos, en cincuenta o en doscientos años. El multimillonario Dmitry Itskov, por su parte, espera estar para entonces vivo para celebrar la noticia con una gran fiesta.

RECUADRO 

HISTORIA PLANETARIA

El 6 de octubre de 1995 no fue un día cualquiera. Pocos lo recuerdan pero la humanidad por un momento se sintió menos sola. Los astrónomos suizos Michel Mayor y Didier Queloz abandonaron el anonimato habían descubierto el primer planeta extrasolar, una roca girando alrededor de otro sol distinto al nuestro. 51 Pegasi b, también conocido como Belerofonte (por el héroe griego mítico que capturó a Pegaso, el caballo con alas), fue oficialmente el primer exoplaneta detectado fuera de nuestro sistema solar. Se encuentra a 48 años luz de la Tierra en la constelación de Pegaso. Es un poco más grande que Júpiter y da una vuelta alrededor de su estrella cada cuatro días a una velocidad de 136 km/s.

Desde entonces, la lista no hace más que aumentar. Los hay para todos los gustos pero sobre todo gigantes y gaseosos. O peor: con órbitas muy cercanas a su estrella. Por ejemplo, COROT-3b, descubierto en mayo de 2008, 21,6 veces más denso que Júpiter. Tarda sólo 4 días y 6 horas en orbitar a su estrella que es un poco más grande que la nuestra.

PSR B1620-26 b, en cambio, es el exoplaneta más viejo jamás hallado: se formó hace 13.000 millones de años, menos de mil millones de años después del Big Bang. Apodado “Matusalén”, está en la constelación de Escorpio, a unos 5600 años-luz de distancia y gira en torno a una estrella enana blanca y un púlsar.

Los exoplanetas más famosos, sin embargo, no son ellos sino otros: aquellos parecidos en tamaño a la Tierra. Si bien hasta el momento hay cerca de 80 exoplanetas confirmados con un tamaño similar a la Tierra, solo unos pocos tienen la distancia adecuada hasta su estrella para tener agua líquida en la superficie. Según el Catálogo de Exoplanetas Habitables realizado por la Universidad de Puerto Rico en Arecibo, hay que prestarle atención a los siguientes exoplanetas:

- Gliese 581g: descubierto en 2010 y conocido informalmente como Zarmina. Es el planeta más parecido al nuestro de los descubiertos hasta ahora. Tiene poco más del doble de masa que la Tierra.

- Gliese 581d: hallado en 2007, podría tratarse de un planeta oceánico, según uno de sus descubridores, Stéphane Udry.

- HD85512b: tiene 3,6 veces la masa de nuestro planeta. Está cubierto de nubes.

- Kepler 22b: Se encuentra en la zona habitable de su sistema planetario. Gira alrededor de una estrella similar al Sol aunque más pequeña.

- Gliese 667Cc: es bastante más grande que la Tierra. Tiene 4,5 veces la masa de nuestro planeta. Y tarda sólo 28 días en dar una vuelta a su estrella.

RECUADRO II

El cazador de ETs

Cuando Frank Drake dio a conocer al mundo su famosa ecuación en los sesentas, se produjo una conmoción. No sólo porque aportaba un poco de coherencia a un campo en el que la confusión abunda. Aún en las posturas más conservadoras anunciaba algo sorprendente: matemáticamente hablando, no estaríamos solos. Con lo que se conocía para los sesenta, Drake estimaba que en la Vía Láctea, habría diez civilizaciones alienígenas.

La esperanza que incentivaba esta ecuación impulsó a diversos intentos de comunicación interplanetaria. El propio Drake fue el autor del llamado El “mensaje de Arecibo”, una llamada de radio enviada al cúmulo de estrellas M13 desde el radiotelescopio de Arecibo el 16 de noviembre de 1974. Fue el primer mensaje enviado a las estrellas. Consistía en unos 210 bytes de información y en él se describían ciertos aspectos de la Tierra y la especie humana (la altura media, su forma, la cantidad de población mundial para esa fecha), nuestra ubicación en el Sistema Solar, los símbolos de los elementos básicos que sustentan la vida en el planeta (hidrógeno, carbono, fósforo, oxígeno y nitrógeno). En el caso de que hubiera respuesta, esta llegaría dentro de 50 mil años.

Le siguieron otros intentos de comunicación. Como el realizado en 1999 desde el radiotelescopio Yevpatoria RT-70 en Ucrania. Se dirigió un mensaje a las estrellas 16 Cygni A y 16 Cygni B en la constelación del Cisne: incluía información codificada sobre la Tierra y la humanidad y los nombres y mensajes personales de unos 50 mil participantes de este proyecto.

La ecuación de Drake también ayudó al nacimiento del proyecto SETI (acrónimo de Search for ExtraTerrestrial Intelligence o Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) que desde hace 50 años busca una señal de la existencia de una civilización alienígena. Pese a los diversos golpes financieros, lo hace con sus “orejas espaciales” el Allen Telescope Array, un conjunto de 42 antenas, ubicadas a 450 kilómetros de San Francisco.

Las investigaciones realizadas por el telescopio espacial Kepler no hicieron más que alimentar la esperanza abierta por la ecuación de Drake. Científicos de la Universidad de Chicago, Estados Unidos, por ejemplo, señalaron recientemente en la revista Astrophysical Journal Letters que en nuestra galaxia puede haber unos 60.000 millones de planetas que podrían albergar vida, mucho más de lo que se estimaba hasta el momento.

El club de la testosterona

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Así como está la chic-lit, existe su reverso: la dick, guy o lad lit, literatura escrita por hombres para hombres.

Ñ, febrero 2014

Por Federico Kukso (@fedkukso)

En un edificio perdido de Barcelona, una máquina coquetea con lo imposible. Quienes la han visto aseguran que, cual banco porteño un minuto antes de las diez de la mañana, a sus afueras se forman largas colas de voluntarios para usarla y sentir de cerca la potencia estimulante de su presencia. Esperan, cruzan los brazos y, con la misión secreta de burlar al tiempo, contornean sus cuerpos y rostros en figuras aún no catalogadas por la geometría. Hasta que son aceptados y estallan de alegría. Ellos y ellas se desnudan. Excitados, comienzan a tocar sus cuerpos por los que no corre un átomo de vergüenza.

                Los creadores de esta máquina imposible insisten que no intervienen en ella drogas alucinógenas. En sus cables no fluyen moléculas de LSD, mescalina o peyote. Sólo electrones, muchos, que, amontonados como pelotón del Tour de France, fluyen hacia la meta dándole forma a aquella entidad invisible que dirige nuestras vidas y llamamos electricidad. Una máquina de este tipo podría haber salido fácilmente de la imaginación de Isaac Asimov y haberse llamado Multivac. Pero no: entre los pasillos se la conoce simplemente como The Machine to be Another o la máquina para ser otro. Una pregunta cruza el experimento del colectivo artístico Be Another Lab: ¿qué se siente ser una persona del sexo opuesto?

                Rotas las cadenas del pudor, programadores y hackers se desvisten para calzarse luego anteojos de realidad virtual, los tentáculos visuales de este artefacto. Frente a frente, bailarines sincronizan sus movimientos para ver el mundo por primera vez a través de otros ojos. Diseñadoras y músicos exploran la cartografía personal de cuerpos extraños, tan radicalmente ajenos que parecen de otra especie.

                Sólo faltaron escritores. No les hacía falta. De hecho, esta experiencia de gender swapping o cambio de sexo, tan común en juegos como World of Warcraft, no resulta una novedad para ellos. Por una razón simple: todos los escritores —por definición— son travestis.

                A la mañana, a la noche, en cafés sobrevolado por una mosca molesta, en la sala de espera de un consultorio odontológico cruzado por una cordillera de revistas añosas, ellos y ellas escriben, martillean el teclado, engordan sus libretas con ideas, nombres, frases sueltas, sueños dispersos. Y ahí, en el rincón más íntimo del universo —su imaginación—, burlan la dictadura fisiológica. Abandonan sus cuerpos. Son otros. Durante las noches de 2001, el sueco Stieg Larsson, por ejemplo, se volvía gótico: en sus cejas, lengua, nariz, ombligo y pezones afloraban piercings. Le crecían las tetas. Su espalda era surcada por un gran dragón de tinta. Dentro de la habitación infinita de su cabeza, Larsson —montado— era la hacker Lisbeth Salander.

                A su modo, en la indescifrable alquimia de la creación —el misterio por el cual un escritor engendra una voz, un personaje multidimensional—, cada autor construye una identidad literaria mediante estos enroques. Tolstói es Anna Karenina. Gustave Flaubert, madame Bovary. Patricia Highsmith, Tom Ripley. Marguerite Yourcenar, Adriano. Pero, por más bien que lo hagan, este cambio de género se produce siempre con fisuras. No importa cuánto sepa un hombre del universo femenino y una mujer del cosmos masculino —no hay que olvidarlo: como recuerda Judith Butler, el género es una construcción social y cultural—, su descripción y confección siempre resulta incompleta.

                A veces, los lectores lo advertimos. En nuestro paladar, queda flotando un incómodo sabor a engaño. Más allá de los esfuerzos inverosímiles de críticos literarios, semiólogos y lingüistas de separar quirúrgicamente al autor del narrador y el enunciador, cuando nos sumergimos en un libro —y entramos en hipnosis: nos olvidamos del calor y de la histeria verde— entablamos un vínculo personal, íntimo con el autor, persona a la que con seguridad nunca veremos a los ojos, nunca abrazaremos.

                Temibles instrumentos de desconexión, los libros son siempre el acto de una voz, el acto de una persona. No existen personajes huérfanos de un creador. Sin antes ver el nombre y apellido de quien engalana la tapa, no aceptamos convertirnos en víctimas de un hechizo, un trance únicamente interrumpido por un españolismo, una mina plantada en el texto por un mal traductor.

                Por más que ciertos escritores idealistas repitan, sin correrse un centímetro de la siempre mojigata corrección política, que “sólo existe la literatura, sin distinción de sexo”, quien escribe —y quien lee— está también anclado en su género. No hay literatura sin cuerpo (sin biología), así como no hay autor divorciado de su época, de su Zeitgeist.

                En el fondo, géneros literarios como la chick lit o literatura escrita por mujeres para mujeres y su reverso, la guy, lad o dick lit, libros escritos por hombres para hombres, emergen como la traducción de este síntoma. En un paréntesis de la búsqueda idealizada de lo bueno y lo bello, el lector anhela respuestas para su vida. Desea hallar en ese tsunami de nombres de autores que lo inundan y marean desde las vidieras de las librerías y los suplementos culturales a alguien capaz de poner en palabras lo que siente. Aquello que lo desconcierta. Chuck Palahniuk lo deja bien claro en el prólogo de Stranger than fiction: “Vivimos nuestras vidas a través de historias. Acerca de trabajar duro o inyectarnos heroína. Ser hombre o mujer. Nos pasamos la vida buscando evidencias, hechos, pruebas que apoyen nuestra historia”.

                A los libros les hacemos muchos pedidos: ser la catapulta de nuestra distracción, llaves para la diversión y enriquecimiento personal. Buscamos una relación perfecta, sin infidelidades, sin peleas embarazosas en restaurantes, sin reproches (hasta que en un vagón del subte vemos a alguien con el mismo libro entre las manos. Lo toca, lo acaricia. Y, entonces, sin golpear la puerta los celos nos invaden. ¿Acaso el autor, esa voz descorporizada y totalmente reconstruida por nuestra imaginación no me hablaba sólo a mí y a nadie más?). Pero de vez en cuando, deseamos hallar en ellos más que frases lindas. Queremos identificación, empatía, conexión: claves, un manual de instrucciones para el funcionamiento de nuestra vida. Como dice George Steiner, los libros son nuestra contraseña para llegar a ser lo que somos.

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                Todo es marketing. Desde la elección de las iniciales dobles o triples que preceden la presentación del apellido de un autor (J. R. R. Tolkien, J.K. Rowling, G.R.R. Martin, C.S. Lewis), a la foto que asoma en la solapa, la tipografía en la portada. Todo: los fenómenos etiqueteados como slow reading o book-crossing. Y las categorías que, además de provocar y encender debates, fragmentan el paisaje literario, también. Muchos autores en silencio —o en revistas literarias— disparan contra ellas. Pero a los lectores perdidos nos sirven. Mucho: funcionan como brújula para saber hacia dónde correr, una flecha verde flúo que frente a nuestro desconcierto existencial y literario nos grite “lee esto”. 

                Para muchos hombres —de 20, 30, 40— esto es ellos: Chuck Palahniuk (el de Fight club, Snuff, Fantasmas), Bret Easton Ellis (American Psycho, Menos que cero), Irvine Welsh (Trainspotting, Porno), Nick Hornby (Alta fidelidad, Fiebre en las gradas), Henry Miller (Trópico de cáncer), David Leavitt (Arkansas), Jonathan Safran Foer (Extremely Loud and Incredibly Close), Kurt Vonnegut (Matadero cinco), Douglas Coupland (Generation A), Martin Amis (London Fields), Jack Kerouac (En el camino), Hunter S. Thompson (Los diarios del ron), Michael Chabon (El sindicato de policía yiddish), Charles Bukowski (Ham on Rye). Y más. Miembros de un club cargado de testosterona —algunos de ellos “freaks barrocos”, como los definió alguna vez Rodrigo Fresán por su pulsión a bucear en el lado más oscuro del mundo contemporáneo— que, entre sus frases-látigo, sábanas manchadas, sátiras, manifiestos nihilistas, reguero de diatribas sobre la alienación, el estado de ánimo de la sociedad moderna y las frustraciones emocionales del consumo consumo, filtran guías para un sujeto en perpetua (de)construcción.

                Son más que cronista sociales del universo masculino. No se lo proponen en conjunto pero lo hacen: ponen en palabras una angustia, la insolencia del ser. Esconden entre sus historias manuales de autoayuda. Se dirigen a una generación, así como Salinger les habla a los adolescentes a través de Holden Caulfield.

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                “No sos un hermoso copo de nieve individual. Estás hecho de la misma materia orgánica corrompible que todos los demás y todos formamos parte del mismo montón de mierda —golpea Palahniuk en uno de los pasajes más recordados de Fight club—. Nuestra civilización nos ha hecho a todos iguales. Como individuos no somos nada”.

                Como señala Santiago Roncagliolo, el órgano sexual masculino es el gran personaje de la obra de Philip Roth. En un mercado lleno de best sellers para mujeres, Roth escribe fundamentalmente sobre la relación de esos hombres con sus cuerpos. “Tu cuerpo te hace traicionar a quienes te aman. Y luego tu cuerpo te traiciona a vos”, dice el autor de La contravida.

                De vez en cuando, como quien nos cuenta una historia que transcurre en una ciudad por uno conocida, este tipo de escritores recuerdan algo que sabemos (“Preguntale a cualquier tipo por su madre mientras está cogiendo y podrás retrasar el gran estallido para siempre”, susurra Palahniuk —de nuevo— en Asfixia). En otras ocasiones, vuelcan en tinta un grito (“Tengo todas las características de un ser humano: carne, sangre, piel, pelo —confiesa el protagonista de American Psycho de Bret Easton Ellis—. Pero ninguna emoción clara e identificable, excepto la avaricia y la aversión. Está ocurriendo algo horrible dentro de mí y no sé por qué. Mis sangrientas lujurias nocturnas están empezando a apoderarse de mí, me siento letal, al borde del frenesí, creo que mi máscara de cordura está a punto de desmoronarse”).

                Y no falta la confesión incómoda, el pensamiento border, como el de Alan Pauls en “Mi vida como hombre”: “No hay caso: el hombre es el colmo de lo primitivo. Mientras la mujer es pura cultura —autoproducción, autogeneración: los self made men ya no existen, son sólo un mito ejemplar del capitalismo norteamericano, mientras que toda mujer es siempre una self made woman–-, el hombre es la naturaleza misma: toda su identidad está armada a partir del efecto de una inyección de sangre en un órgano cavernoso. Y cuando a un hombre se le da por ser cultura… ¡deja de ser hombre! Es puto (o ‘puto reprimido’), es travesti (o ‘travesti reprimido’), es mujer (o ‘mujer reprimida’). O es Michael Jackson. Lo más notable de la identidad masculina es la cantidad inconmensurable de peligros que lo amenazan. Ser hombre es apenas vivir todo el tiempo la posibilidad de dejar de serlo”.

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                No hay fenomenología más compleja que aquella que se despliega en los encuentros íntimos entre un autor y un lector. Decimos que leemos un libro aunque, tal vez en un nivel más profundo, el libro nos lee a nosotros. En diferentes momentos de la vida, desencadena efectos diferentes. Toca fibras distintas.

                En este preciso momento, alguien busca hacer contacto: en algún lugar del planeta un hombre o una mujer está escribiendo aquel libro que detonará en nuestras cabezas —y nos transformará en adictos— dentro de cinco, diez, veinte años. Quizás no sea un libro monumental ni esté destinado a ser considerado clásico. Sólo bastará con que nos llegue. Que sus palabras nos golpeen con la fuerza con la que nos despierta el narrador de Fight Club: “Si estás leyendo esto, el aviso va dirigido a vos. Cada palabra que leas de esta letra pequeña inútil, es un segundo menos de tu vida. ¿Tu vida está tan vacía que no se te ocurre otra forma de pasar estos momentos? ¿Lees todo lo que te dicen que leas? ¿Pensás todo lo que te dicen que pienses? ¿Comprás todo lo que te dicen que necesitás? Salí de tu casa. Basta ya de tantas compras y masturbaciones. Dejá tu trabajo. Empezá a luchar. Demostrá que estás vivo. Si no reivindicás tu humanidad te convertirás en una estadística. Estás avisado”.

(Versión que debía haber salido impresa, pero no salió)

El libro de los autógrafos científicos

The Royal Society Charter Book: el libro de los autógrafos científicos. Newton, Darwin, Hooke, Boyle, Mendeleyev…

El himno en una bacteria

Para demostrar las potencialidades de la bioinformática y de la biología sintética, este investigador logró almacenar el himno argentino dentro de una bacteria. Y ahora va por más: quiere convertir el ADN humano en música. 

Muy Interesante Argentina, febrero 2014.

Un día de 1813 un hombre apasionado por la botánica y la astronomía —en especial por los cometas— recibió uno de los encargos más difíciles que se le pueden encomendar a un ciudadano de una nación en plena gestación: escribir las estrofas de la principal canción patria, la letra de una marcha capaz de unir con sus proclamas de emancipación a miles de personas bajo una misma bandera así como de contarle al mundo quiénes somos, que acá estamos. Sus tataranietos cuentan que, luego de asistir a una obra de teatro muy patriótica y en la que se hablaba de la libertad, Vicente López y Planes corrió a su casa impulsado por la inspiración, pidió que nadie lo molestara y se puso a escribir afiebradamente. Así estuvo horas. El resultado es conocido: de aquel trance salieron nueve estrofas inicialmente llamadas “Canción Patriótica Nacional”, musicalizadas después por el catalán Blas Parera, las cuales fueron recitadas por primera vez el 14 de mayo de 1813, en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson. Desde entonces, el Himno Nacional Argentino —nombre que adoptó en 1847— atravesó por varias mutaciones: cambios de letra, recortes y alteraciones en la música, adaptaciones en las canchas de fútbol y reversiones al compás del tango, la cumbia, el rock y la música electrónica. Recientemente, su larga historia sumó un capítulo más. Vicente López y Planes nunca hubiera imaginado que 200 años en el futuro su creación iba a ser ser insertada en bacterias, como quien guarda un mensaje dentro de una botella. Pero así fue.

Para homenajear al Himno Nacional en su bicentenario, el biólogo Federico Prada y un equipo de docentes, alumnos y músicos —Veronica Di Mateo, Guido De Luca, Julieta Nafissi— lograron almacenar la pieza musical de todos los argentinos dentro del ADN de una bacteria E. coli. “Queríamos mezclar arte con ciencia —cuenta el director de las carreras de Bioinformática y Biotecnología y del laboratorio de Biología Sintética de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE)—. Y también demostrar que utilizando herramientas informáticas simples era posible guardar datos no biológicos en ADN, la molécula de la vida, aquella que todos los seres vivos usamos para almacenar información. Le hicimos trampa a la naturaleza”.

—¿Cuáles fueron los primeros pasos de esta iniciativa?

—El proyecto se llama BaNDA. Una vez que decidimos cuál iba a ser la pieza musical y cuál iba a ser el “recipiente”, la biblioteca portadora de información, fabricamos un algoritmo, funciones matemáticas que con un software transforman la información de un lenguaje a otro automáticamente, como lo hace un traductor online. Es como una caja negra pero en una computadora: le metés una nota en formato MIDI y sale una secuencia de ADN. La secuencia es más larga o más corta según la cantidad de notas que le metés. O sea, tomamos información en formato musical y la transformamos en información en formato genético. Podría haber sido hecho con una foto también.

—Pero entonces se obtiene sólo una secuencia de letras —muchas A, C, G y T— en una computadora. ¿Qué hicieron después?

—Necesitábamos sintentizarlas, o sea, “fabricarlas”, “imprimirlas”. Le mandamos en un mail la secuencia de la molécula que habíamos generado en la computadora a una empresa especializada en síntesis y al tiempo nos enviaron un sobre con un papelito: ahí estaba, seco, el ADN del himno. Luego, lo pusimos en una solución como si fuera un té. Y se lo metimos a la bacteria a través de un procedimiento llamado transformación bacteriana: a través de cambios de temperatura, le incorporamos ese ADN a la bacteria. La gracia está en que cuando la bacteria se divide cada 20 minutos hace todas las copias del himno que nosotros queramos.

—¿Como si fuera una fotocopiadora?

—Sí. Las bacterias son tan eficientes que en 18 horas se pueden obtener tantas copias del himno como personas hay en el mundo. El ADN es magnífico porque en un volumen pequeño contiene gran cantidad de información. Y no sólo eso: tiene una durabilidad alucinante. Es una cápsula del tiempo perfecta. Podríamos guardar cualquier clase de información en células, como si fuera un pendrive de ADN. Es muy posible que dentro de poco tiempo utilicemos soportes moleculares de información. Si Carl Sagan hubiera conocido estos métodos, habría mandado en la sonda Viking o en las Voyager bacterias con información de la humanidad adentro. Hubiera sido genial.

Malabaristas de datos

—Este proyecto demuestra las potencialidades de la bioinformática. ¿Cuándo surgió esta disciplina encargada del análisis de grandes volúmenes de datos para resolver problemas biológicos complejos?

—Nació indirectamente con el Proyecto Genoma Humano. Hace unas décadas nomás apareció por necesidad un nuevo profesional con conocimientos de informática y biología. En los ‘60 en los avisos de los diarios se buscaban físicos y matemáticos para predecir el movimiento de la Bolsa. Hoy se buscan bioinformáticos. Somos los nuevos malabaristas de los datos. La vida es una ecuación multivariada: cuando dos personas charlan en cada uno de sus cuerpos miles de proteínas hacen cosas distintas. Somos el producto de 23 mil llaves —nuestros genes— que se prenden y apagan en distintas circunstancias. De repente, te parás y cambia todo. Esa combinación de llaves encendidas y apagadas es de determinada manera cuando estás bailando en un boliche. De otra cuando te cepillás los dientes.

—Pero no estamos determinados exclusivamente por nuestros genes, ¿no?

—Yo antes era un determinista. Decía: “somos lo que nuestros genes dictan”. Hasta que me dí cuenta que el ambiente tiene un efecto muy importante, como también la cultura. Somos el producto de nuestro genoma, del ambiente y de la cultura. Yo lo veo así: desde la concepción, somos un bloque granito macizo. A partir de ese momento, comienzan 23 mil llaves a cincelarte desde adentro hacia afuera. Y desde afuera hacia adentro, el ambiente con su temperatura, con la cultura hace lo mismo. Así el bloque de granizo, nosotros, se moldea. Es plástico. A medida que va pasando tu vida ese moldeado continúa. Ese resultado es lo que somos en apariencia y en comportamiento.

—Usted dirige el laboratorio de Biología sintética de la UADE. ¿Cree que esta nueva rama de la biología que busca amaestrar a las células, conseguir que organismos vivos realicen funciones que normalmente no hacen, impone un cambio de paradigma?

—La verdadera revolución se produjo con el advenimiento de la biotecnología que no es otra cosa que domesticar a un bicho para que produzca lo que vos quieras. Ese fue el cambio. Y fue hace unos 40 años cuando apareció la primera proteína recombinante y la primera empresa de biotech. Ahora podemos agarrar a un organismo más grande, tocarle ciertas vías y hacer que crezca o produzca el doble, que haga lo que no hacía antes.

—O sea, pasamos de ser observadores de la naturaleza a actuar sobre ella.

—Y a modificarla, a domesticarla para sacarle un usufructo para la humanidad.

—¿Se podrían comparar a la biología sintética con el comienzo de la agricultura y la domesticación de los animales hace unos diez mil años?

—No se me había ocurrido. Pero podría ser. Ese fue un cambio fundamental en la civilización. La biología sintética hoy es una rama de la biotecnología y de la biología molecular. Tiene un futuro que no nos podemos imaginar. Porque por el momento no somos originales haciendo biología sintética. Por ahora copiamos lo que ya hacen ciertos organismos y lo hacemos en otros. No creamos vida. Eso no es biología sintética. Biología sintética es modificar los procesos, las moléculas existentes o los metabolismos de ciertas células y organismos para que comiencen a hacer cosas distintas con beneficios en las más diversas áreas como la salud, la ciencia de los materiales, en el agro.

Hacer hablar al genoma

—En la Argentina, ¿cuál es la situación de la biología sintética?

—Acá no hay muchos grupos declarados de biología sintética. Hay un equipo de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA que participa en la competencia mundial de biología sintética iGEM (siglas en inglés para máquinas genéticamente modificadas) pero no es un laboratorio. Está muy bueno. Pero no hay más que eso. Lo que hicimos nosotros con el himno y la bacteria es sólo una chispa de lo que se puede hacer.

—¿Y tienen otros proyectos?

—Sí. Un proyecto de genómica: queremos seguir utilizando el ADN como soporte de información no biológica para hacer lo que se llama “trazabilidad” de animales y plantas. Saber de dónde sale y a dónde llegan para que cualquier persona o un ente regulador sepa de dónde proviene algo que tomamos o comemos. Se le puede poner un marcador o buscar los marcadores existentes. Por ejemplo, en una quinta de Mendoza podemos buscar una cepa determinada de uva y encontrás marcadores moleculares que son únicos de la región. La idea es ir un día al Mercado Central de Buenos Aires, tomar un par de uvas, hacer una extracción de ADN y chequear si son de allá. Sería una validación molecular. También se puede saber en qué época del año se cosechó. Los marcadores moleculares son variaciones que están dentro de los genomas que se pueden asociar a una característica o fenotipo determinado. También queremos hacer pequeños sellos o estampillas que contengan biomoléculas para que uno pueda validar un documento utilizando moléculas que estén embebidas en el mismo papel. Además, en el laboratorio trabajamos con microalgas, buscamos alargarle la vida media a ciertos alimentos, generamos olores y sabores que no existen en el mercado, y estudiamos métodos para diagnosticar molecularmente para una enfermedad muy rara llamado Síndrome de Ondina que consiste en un trastorno respiratorio durante el sueño.

—¿Hay alguna diferencia entre estudiar biología antes y después del Proyecto Genoma Humano?

—Muchas. Yo estudié para ver qué había en el genoma. Mis actuales alumnos desde el primer año utilizan modelos biológicos como peces cebra, moscas Drosophila y gusanos C. elegans para hacer investigación. Ellos buscan entender cómo funciona el genoma para modificarlo. Quieren hacerlo hablar. Y esa es una diferencia terriblemente grande.

Para saber más

Sitio oficial del proyecto BaNDA

http://adnmusica.uade.edu.ar/

RECUADRO

La música de tu ADN

Según Prada, podríamos tener como ringtone del celular nuestro propio ADN sonoro.

No es la primera vez que se logra almacenar datos en forma de ADN. Por ejemplo, un grupo de investigadores del Instituto europeo de Bioinformática recientemente logró insertar en ADN todos los sonetos de Shakespeare, un PDF del famoso paper de Watson y Crick y el discurso de Martin Luther King “I have a dream”. Esto, sin embargo, no le quita al mérito del proyecto de Prada y su equipo, el primero en su clase en la Argentina, que funciona en ambas direcciones: así como se puede traducir información musical a información genética, gracias a la iniciativa BaNDA es posible convertir ADN en música. “¿Cómo sonará el virus del HIV? —se pregunta este investigador de 41 años—. Me imagino a la insulina tocada por Charly García. Cada ser humano tiene su propia melodía. ¿Cómo suena nuestro ADN? Podríamos tener como ringtone del celular nuestro propio ADN sonoro”.

Consciente del poder de la información, Prada también forma parte de otro gran proyecto: WikiLife (http://wikilife.org), una plataforma abierta fundada por el emprendedor Daniel Nofal que recolecta datos personales sobre el estilo de vida —cantidad de pasos hechos en un día registrados con un podómetro tipo FitBit, cómo duerme— donados de manera altruista, anónima y gratuita para con ellos diseñar mejores medicamentos y planes de salud. “Somos máquinas que producimos información todo el tiempo. Somos máquinas gobernadas por nuestros genes —dice Prada—. Somos como un cometa que a su paso va dejando una estela de datos en todo lo que hacemos. Cuando nos subimos a un colectivo con la tarjeta SUBE, cuando usamos un teléfono, cuando compramos algo con la tarjeta de crédito. La idea es conocer eso y volver a esos datos útiles”.

Estampita

#DarwinDAY

Más —> http://instagram.com/fedkukso

Arqueología de la palabra escrita

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Manuscritos. En la era digital, los papeles escritos a mano tienen una magia que hipnotiza porque transmiten una esencia y dan cuenta de una época que ya pasó y no volverá.

Ñ, noviembre 2013

http://j.mp/1eSzXo8

En un perfecto día de verano en San Petersburgo, un guardia de seguridad se sacude el sueño del cuerpo a través de un bostezo. Con un movimiento seco, acomoda la gorra desproporcionadamente grande que pende sobre su cabeza mientras su mirada es arrastrada por la sombra de dos chicas que caminan agarradas de la mano –una señal de amistad femenina tan rusa– en el callejón Kuznechny. Sabe que sólo seis escalones lo separan de uno de los tesoros de esta ciudad injustamente reducida al eslogan de “la Venecia del norte”. Y aún así le da la espalda a la última casa donde vivió Fiodor Dostoyevski.

Una orquesta silenciosa de gestos que envidiaría cualquier estudiante de mimo –los empleados de museo en Rusia hablan tanto inglés como los argentinos manejan el coreano– y 160 rublos funcionan como llave de entrada a estos seis cuartos congelados en el tiempo que transportan al visitante al 9 de febrero de 1881, el día en que una de las estrellas de la literatura rusa dejó físicamente de existir. Ahí, en el segundo piso, está el comedor familiar donde se reunían Fiodor, su esposa Anna Grigorievna y sus dos hijos. La mesa aún está servida (un mantel blanco, tasas y platos de porcelana). Un silencio estancado recorre los pasillos de paredes empapeladas con retratos y con cartelitos que recuerdan de mala gana “prohíbo tomar fotografías”. Hay mecedoras, mesitas, una biblioteca y el gran trono: el mismísimo escritorio donde, por las noches, Dostoyevski escribió Los hermanos Karamazov .

No importa que su cuerpo haya sido enterrado en el cementerio Tikhvinskoe, en las afueras de San Petersburgo. Dostoyevski aún habita su departamento: vive en la lapicera con la que escribía y en la última receta que le dio su médico que descansan sobre una mesa. Está en el reloj detenido en el minuto de su muerte, en sus cigarrillos, en un ejemplar de la novela Eugenio Oneguin de Aleksandr Pushkin abierto en el capítulo ocho. Y sobre todo a Dostoyevski (y la epilepsia que lo endemonió durante toda su vida) aún se lo encuentra en las notas, páginas garabateadas y manuscritos que acá se exhiben.

Al igual que todo texto escrito a mano, estos papeles antiguos y los ríos de tinta que los bañan en las más curiosas formas transmiten una esencia. Algo que excede lo dicho. Ya sean documentos de escritores, políticos o de cualquier otra figura pública, sus cualidades rebasan las propiedades físicas de los átomos que los componen. Irradian un hálito vital, como lo llamaba Marco Aurelio, emanan ectoplasma. Hay en estas escrituras fantasmales un quantum de magia.

El autor desnudo 
En nuestra era digital en la que “lo último” es lo óptimo y en la que la palabra escrita ha sido dictatorialmente estandarizada –sustituimos nuestra firma por un pin, escribimos mediados por teclados y nos extrañamos incluso de la forma que adquiere nuestra letra (cuando recordamos que tenemos aún la habilidad de escribir a mano, nuestro más personal y subvalorado acto artístico)–, la palabra manuscrita de los escritores nos fascina porque actúa como catapulta de la nostalgia: funciona como un vaso conductor a la intimidad de quien escribe, un bypass a la sensibilidad de una época que ya pasó y que no volverá.

Ver la letra pelada de un autor es como ver a ese autor desnudo.  Así como no se termina de conocer a alguien cercano hasta que no se visita su casa –la principal obra espacial de cada individuo–, no se conoce a un escritor hasta que no se descubre su particular manera de acentuar las íes, de inclinar la cola de sus “g”, el grosor del trazo infundido en estado de temblor, el difuminado de un acento, sus puntos, sus comas siempre únicas. La obra de Borges, por ejemplo, no es independiente de su curiosa verticalidad caligráfica. Y nunca se completa –aunque se la haya leído toda– si no se echa un vistazo a las increíbles ilustraciones con las que engalanaba sus textos, como, por ejemplo, los dibujos del manuscrito de nueve páginas “Viejo hábito argentino de 1946” –un monstruo de muchas cabezas donde conviven Rosas, Perón, Mussolini, Hitler y Marx– que tiene la Universidad de Virginia entre sus colecciones.

Tendemos a elevar a ciertos autores en un pedestal y al hacerlo los convertimos en personajes de sus propias obras. Descubrir anotaciones al margen, la intensidad de la letra de escritores como Kafka, sus garabatos –las ilustraciones fálicas de Chuck Palahniuk, los dibujos de Lewis Carroll y de Victor Hugo–, la espontaneidad que enciende cada palabra y las heridas de sus textos –los tachones de los manuscritos de Proust, de Sartre y de James Joyce– los regresan a la tierra. Les devuelven su humanidad. A través de sus manuscritos y de la búsqueda de su voz en videos borrosos de Youtube, los invocamos.

Es como si en esa revelación, en ese acto de descubrimiento –el de la voz, el de la letra–, el o la autor/a muerto/a hace décadas diera una nueva bocanada de aire. Los manuscritos son letra viva por la simple razón de que son prolongaciones de sus cuerpos, aquello que la técnica expulsa del objeto literario. No hay soporte más visceral. Y a la vez, son espejos en los que vemos reflejados fragmentos de su yo interior. Cortázar resucita en sus ilustraciones de Rayuela como Tolkien vuelve a Mordor en sus impresionantes dibujos que acompañan las palabras que componen El señor de los anillos .

Cada arabesco en el papel es más que la traducción material de una idea. Cada pliego, cada vuelta condensa un estado de ánimo, una sensación, la emotividad que los tipos estandarizados despojan. La traducción, así, no es la única mediación que separa al lector del pensamiento e imaginación creativa de un autor con el que no se comparte el mismo idioma. La tipografía misma de los libros –aquella que naturalizamos tanto que no la cuestionamos ni la advertimos– nos aleja.

Si, como decía Voltaire, la escritura a mano es la pintura de la voz, los libros que leemos –y amamos– están desteñidos y son silenciosos.

Sismógrafos del alma
Por definición, la esencia de los manuscritos es la de aparecer, así como la esencia de los informes ultra-secretos es la de ser filtrados. Y una vez que asoman, cautivan. Tanto el hallazgo de un matambre de papeles hace tiempo considerados extraviados como la digitalización de un archivo privado y su exhibición en la Web son presentados mediáticamente siempre con la misma efervescencia triunfalista de la localización de un tesoro. Por una simple razón: ver un texto original –por ejemplo, el manuscrito deFrankenstein en el Shelley-Godwin Archive (http://shelleygodwinarchive.org), o las anotaciones al margen de Drácula hechas por Bram Stoker, los dibujos de las lunas de Júpiter de Galileo y las ecuaciones de Einstein en el paraíso de los manuscritos Fuck Yeah, Manuscripts! (http://fuckyeahmanuscripts.tumblr.com)– altera para siempre nuestra experiencia con una obra. Levanta el velo, hace tácito el conjuro del que se nutre la literatura y su industria: al leer un libro en realidad no leemos las palabras del autor; leemos cadáveres tipográficos. Una copia de una copia. Ecos lejanos, palabras travestidas y trajeadas de letras de molde, todas iguales.

Ahí anida la razón por la cual la caligrafía ajena secuestra nuestra atención. Le agrega a un autor que se supone conocido –y tantas veces leído– una nueva capa de significación. Es como ver por primera vez una foto rara de una figura pública demasiado familiar. Un escritor en una pose que en el fondo no es una pose: Borges orinando en los baños del Colegio San Ildefonso, Susan Sontag disfrazada de oso de peluche, Ernest Hemingway pateando una lata, Truman Capote dormido en el boliche Studio 54, Mark Twain jugando al pool.

Su estilo único de escribir –el recuerdo de su materialidad última– nos revela una faceta de ellos para nosotros inédita. Como quien escarba en la basura de una persona de su devoción y descubre entre cáscaras de banana y colillas de cigarrillos aquellos despojos que hablan de sus hábitos secretos e íntimos, asomarse a esta dimensión olvidada por la industria cultural nos permite adentrarnos en la estructura del pensamiento de un escritor: por ejemplo, cómo Gay Talese ordenó sus ideas y testimonios en su artículo “Frank Sinatra está resfriado”. “Los nombres de las casas de Hogwarts fueron escritos en la parte de detrás de una bolsa de vomitar de un avión. Eso sí, vacía”, contó J. K. Rowling, quien para organizar la maraña de datos que animan la saga de Harry Potter acudió al clásico cuadro sinóptico hecho con lapicera.

Desde hace miles de años, los chinos saben que la caligrafía expresa estados del ánimo. Y su dominio es un arte, un certificado de aptitud intelectual. Como dice el sociólogo Christian Ferrer, el ideograma es un sismógrafo del alma, así como la mano es el ventrículo de la imaginación, su médium.

Instrumentos de disección 
Las cartas personales, los cuadernos de notas, los apuntes de viaje, los borradores, las ideas espontáneas estampadas en alguna libreta Moleskine, los garabatos hechos con el lápiz-fetiche de Vladimir Nabokov, John Steinbeck, Capote –el Eberhard Faber Blackwing 602, un talismán para la creación– son tentaciones demasiado fuertes para los grafólogos, aquellos que dicen poder analizar la personalidad de un individuo sólo con un vistazo a su letra, representantes de una disciplina siempre en tensión por su estatus epistemológico: pseudociencia para muchos científicos, lectura del alma para los devoradores de horóscopos y habitués de las lecturas de manos.

Si es cierto que el lápiz y las teclas forjan estilos de escritura distintos, entonces la literatura puede –y debe– ser disecada de acuerdo a los instrumentos de su producción, a sus condiciones materiales, aquellas referencias siempre ausentes en las notas al pie y en las aclaraciones de los libros.  Pero deberían estar.

Los manuscritos y borradores son los esqueletos de toda obra. Lo cual, de cierto modo, nos convierte a los que los amamos y buscamos con fruición  en arqueólogos forenses. Indiana Jones literarios.

EXTRA: 10 asombrosos manuscritos

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1. J.L. BORGES

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C. PALAHNIUK

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2. DOSTOIEVSKY

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3. BRAM STOCKER

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4. GAY TALESE

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5. KAFKA

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6. POE

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7. MURAKAMI

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8. PROUST

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9. TOLKIEN

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10. DAVID FOREST WALLACE

Mini manifiesto de Carl sagan sobre la importancia de que los científicos comuniquen la ciencia. 

La tecnología como segunda piel

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Entrevista al historiador de la tecnología Helmuth Trischler (Deutsches Museum en Munich).

Ñ, febrero 2014

Se llama Anita. Así: “Aní-ta”, con una “t” bien marcada como sólo los escandinavos la saben pronunciar. De pelo negro lacio e imperturbable como el de una muñeca, rasgos orientales y una piel perfecta, ella es una Hubot, uno de los androides de la serie Äkta människor o Real humans (Humanos reales), seres artificiales –que tanto recuerdan a los robots de Isaac Asimov– empleados como mucamas, niñeras, repositores de supermercado, incluso como amantes. La creación de Lars Lundström, especie de producción-hermana de la inglesa Black mirror, no se sitúa dentro de cien años. La lluvia no se desploma sobre una megalópolis cosmopolita y siempre gris. El acá es ahora, un universo alternativo en el que el sueco se cuela en el monopolio del inglés como idioma oficial de la ciencia ficción. Todos lo  hablan: los chicos, los grandes, los robots. ¿Cómo no hacerlo? Es Suecia.


Además de plantear dilemas éticos sobre los derechos individuales, la identidad y la libertad –¿puede una cosa, un artefacto, tener derechos?– e incitar la reflexión sobre la soledad, la amistad y el amor, Äkta människor en un nivel más profundo dispara en la mente del espectador una duda que escapa la arena de la ficción: ¿la cultura en la que uno vive afecta la percepción social de la tecnología? “Claro que sí”, responde sin pestañar el
alemán Helmuth Trischler, historiador de la ciencia y la tecnología y director del departamento de investigación del Deutsches Museum en Munich, recientemente invitado a Buenos Aires por la Universidad Nacional de San Martín.


–¿En qué se aprecian estas diferentes perspectivas?
–Si bien como especie existen constantes y usos comunes, hay diferencias culturales en la utilización y apropiación de las tecnologías. Nos valemos de ellas para expandir nuestros sentidos y para experimentar de una manera diferente el mundo, al mismo tiempo que transforman nuestra sensibilidad e imaginación. Somos moldeados por las tecnologías. Pero además de estos factores antropológicos, como decía, hay diferencias culturales: los argentinos no tienen la misma percepción de la tecnología que los europeos, así como los alemanes no compartimos exactamente la misma percepción que los franceses, los españoles, los ingleses, etcétera.


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–¿Dónde se ven esas variaciones?
–Por ejemplo, está el caso de la tecnología nuclear. En Alemania, estamos atravesando por lo que llamamos una “transición de energía”: deliberadamente y como consecuencia en gran parte de lo ocurrido en
Fukushima, nos estamos alejando de la energía nuclear. Desde hace un tiempo y luego de un gran debate se están cerrando las plantas nucleares. En contraste, en Francia impera otra mentalidad: planean construir nuevos reactores nucleares y no hay una oposición de la sociedad relativamente
fuerte. Son tecnonacionalismos. Los alemanes somos más escépticos respecto a la tecnología que los franceses: hay cierta vacilación a la hora de aceptar grandes tecnologías como la energía nuclear. 


–¿Y a qué se debe?
–Tiene una larga historia. En Alemania se remonta al año 1890 cuando tuvimos el primer gran debate sobre la tecnología y la intervención humana en la naturaleza. Así surgió el primer movimiento ambientalista alemán y la idea de que la naturaleza debía ser salvaguardada. Sus primeras críticas fueron dirigidas a la urbanización y a la contaminación. Esta tradición romántica de la naturaleza es distinta a la de otras sociedades. En Alemania hay una obsesión con los bosques y los árboles. En 1980 tuvimos un gran debate sobre la muerte de los bosques debido a la lluvia ácida. Eso no ocurrió en otros países como Francia. Experimentan los mismos problemas pero no se dio tal discusión en la opinión pública. La percepción de lo tecnología así está enraizada en la cultura. Si bien en la actualidad la tecnología es nuestra segunda piel, no entablamos una relación ahistórica, abstracta, con los artefactos que nos rodean.

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–¿Por qué cree que cuando se habla de tecnología se piensa casi exclusivamente en gadgets y no en procesos culturales, modos de uso?
–Desde hace mucho tiempo, los estudios de ciencia, tecnología y sociedad subrayan cómo los seres humanos incidimos en la tecnología. Hablamos de una construcción social de la tecnología. No hay una evolución abstracta de la tecnología, independiente de su contexto social. La sociedad dirige sus transformaciones. Y en muchos casos son las decisiones e intereses de los consumidores las que marcan su paso. 

–Pero hay tendencias globales… 

–…y adaptaciones locales. Son las dos caras de la misma moneda. Y esa tensión se expresa en la percepción de la tecnología. Por ejemplo, la tan mentada idea del fin del libro. Se piensa que, porque en un país con gran penetración tecnológica como Estados Unidos se venden muchos iPads, esa tendencia se va a trasladar automáticamente al resto del mundo. Hay países con una cultura literaria muy fuerte como la Argentina, en los que el libro como objeto palpable ocupa un rol central, con sus librerías y cafés donde sentarse a leer. No se suelen tener en cuenta estos rasgos culturales.


–Es cierto. Más allá de eso, la mirada que impera es la opuesta: que es la tecnología la que nos cambia. Y no que nosotros cambiamos a la tecnología.
–Es un feedback permanente. La tecnología es el resultado de una negociación: entre el productor y el consumidor. La tecnología no evoluciona por sí misma. Y no hay que olvidarlo: la tecnología nos ha mejorado la vida pero también nos la ha empeorado.

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–En estos tiempos tan tecnologizados, ¿todavía le podemos decir que “no” a la tecnología?
–Por supuesto. La sociedad constantemente le dice “no” a la tecnología. Somos nosotros los que decidimos. No la tecnología. Los seres humanos estamos siempre tomando decisiones. Y es una de las dos grandes tareas para nosotros los historiadores: subrayar que siempre ha habido la posibilidad de elegir. Y recordar que no hay tal cosa como un progreso natural o lineal. Las tecnologías no evolucionan en línea recta, no siempre se reemplazan entre sí, se superponen, conviven. Han habido muchos callejones sin salida, tecnologías que han fallado no porque fueran malas sino porque no fueron socialmente aceptadas. El cementerio de las invenciones fallidas es inmenso.


–Aun así hubo grandes momentos de aceleración de la tecnología a lo largo de la historia. 
–Sí, pero no se dieron con un sentido teleológico. La primera aceleración ocurrió en la revolución neolítica hace más de nueve mil años con el desarrollo de la agricultura, si bien varias sociedades pre-neolíticas
tenían alguna clase de tecnología. Desde entonces, no dejamos de intervenir
en la naturaleza. Tanto que hemos inaugurado una nueva era geológica, el Antropoceno. La huella tecnológica humana se aprecia ya en el registro geológico. Los sedimentos que se van a encontrar dentro de miles de años estarán contaminados por vestigios de actividades de origen humano
tales como residuos químicos de la agricultura industrializada, restos de materiales plásticos sin biodegradar. La segunda aceleración ocurrió en la Revolución Industrial, cuando la población alcanzó la cifra de 1.000 millones y los niveles de dióxido de carbono se dispararon. Y la tercera en 1950, con el desarrollo de cohetes y la bomba atómica.


–Usted decía que no existe tal cosa como el progreso permanente y lineal de la tecnología pero no hay día sin que mi computadora o celular me obligue a actualizar el software, el antivirus, las aplicaciones.
–Ese estado de cambio permanente e impuesto desde afuera es promovido por el concepto de que lo nuevo sólo por ser nuevo es por definición mejor y deseable. Por eso siempre digo: “No, no quiero actualizar el software de mi computadora. Está muy bien como está. Déjenme en paz”.

Jared Diamond: Lo que aprendí de la tribu

Clarín, 28 de enero 2014

Bill Gates está viejo. Ya alejado de la cúpula de Microsoft, el hombre más rico del mundo divide sus días entre su fundación filantrópica y su gran pasión, leer. Ultimamente, un libro —de papel— lo desvela: lo lleva a todos lados y no deja de recomendarlo: El mundo hasta ayer: ¿qué podemos aprender de las sociedades tradicionales?, recientemente publicado en castellano por la editorial Debate, de Jared Diamond. En él, este geógrafo cultural de la Universidad de California y uno de los más reconocidos divulgadores científicos de la actualidad —cuya afición por el avistamiento de aves lo llevó a fascinarse hace cincuenta años con las poblaciones de Papúa Nueva Guinea— compara las sociedades tribales pequeñas con nuestras grandes sociedades modernas, en temas como la educación de los niños, la resolución de conflictos, el envejecimiento, la salud, la religión y la importancia de hablar varios idiomas.

"Las pequeñas tribus que aún sobreviven en el planeta representan infinidad de experimentos naturales milenarios en la organización de las vidas humanas de los que podemos aprender —cuenta desde su casa en Los Angeles este escritor ganador del Premio Pulitzer—. Las sociedades tribales como los Pirahã en Brasil, los Inuit en Alaska, los !Kung, Nuer y Hadza en Africa no deberían ser desdeñadas por primitivas pero tampoco hay que idealizar la vida tradicional como felices y pacíficas. Son una ventana al mundo humano tal como era ayer. Son tan similiares a nosotros y a la vez muy distintas. Por ejemplo, en Nueva Guinea es dificil encontrar personas con problemas coronarios, obesidad o diabetes".

—¿Qué nos pueden enseñar estas culturas respecto al cuidado infantil y la justicia?

—Depende de la sociedad. Las sociedades tradicionales son mucho más diversas en numerosas prácticas culturales que las sociedades industriales modernas. En muchas de ellas es común el  infanticidio, la guerra permanente y las viudas son estranguladas. En la mayoría, la mitad de los niños muere a los  cinco años. Sin embargo, en Nueva Guinea y en el Amazonas los niños tienen mucha libertad, incluso desde bebés, y así aprenden a tomar sus propias decisiones con más confianza y de manera independiente. Los grupos no se dividen por edades: los más jóvenes aprenden de los mayores que cuidan a los más pequeños. En cuanto a la resolución de conflictos, en el sistema judicial de nuestras sociedades modernas no se tienen en cuenta los sentimientos de los implicados. En las sociedades tradicionales sí: son grupos humanos en los que todos se conocen entre sí y donde la soledad no es un problema. Lo importante en ellas no es diferenciar entre el bien y el mal, ni imponer castigos, sino restaurar los sentimientos, mantener una buena relación entre sus miembros.     

—En estas décadas de viajes a Nueva Guinea, ¿qué prácticas o costumbres les son aún un misterio?

—Después de 50 años de visitar Nueva Guinea, hay prácticas que todavía las siento ajenas, aunque entiendo sus razones. Los argentinos y estadounidenses entablamos nuevas amistades con extraños simplemente porque nos cae bien tal o cual persona. Para muchos habitantes de Nueva Guinea, en cambio, los extraños son vistos o como personas a temer o de los cuales aprovecharse. Tienen un concepto de amistad muy diferente al nuestro. Una actitud respecto al matrimonio también me es extraña. Recuerdo que una vez alguien me dijo que iba a ser leal a su esposa mientras ella viviera, pero que si ella muriera él procedería a conseguir otra esposa inmediatamente. Por supuesto, los estadounidenses y argentinos que se convierten en viudos también pueden volverse a casar, pero no es probable que lo digan con tanta sangre fría.

—¿Está familiarizado con sociedades tradicionales que habitan en el territorio argentino?

—He leído acerca de las sociedades tradicionales en el extremo sur de Argentina. Los Alakaluf, Ona y Yagán. 

—¿Pueden las sociedades tradicionales evitar ser “contaminadas” por las sociedades modernas?
—Las sociedades tradicionales se transforman por el mundo moderno en dos maneras. Por la fuerza cuando las sociedades tradicionales son conquistadas y obligadas a cambiar. Y por su propia elección, cuando las sociedades tradicionales gozan de la libertad de decidir qué características de la sociedad moderna adoptar. En Nueva Guinea las características de la sociedad moderna que suelen ser adoptadas son las medicinas modernas, los alimentos, la ropa, la escritura, y la educación de sus hijos.

—¿Lee algo en sus viajes? ¿Los habitantes de Papúa Nueva Guinea le preguntan qué es, qué lee?
—Siempre llevo conmigo algún libro en italiano para leer. Mis amigos de Nueva Guinea no me preguntan acerca de mi lectura pero sí me preguntan acerca de la música que suelo silbar. Recuerdo una ocasión en que estaba silbando el primer movimiento del quinteto para piano de Brahms y me preguntaron si se trataba de una canción de Estados Unidos.

—¿Hay en estas sociedades alguna práctica que remotamente pueda ser emparentada con la ciencia?

—Sí, en Nueva Guinea tienen un conocimiento increíbemente detallado de su ambiente natural, saben mucho de las especies de aves, plantas e insectos. Todas las sociedades de Nueva Guinea que he visitado tienen un conocimiento muy detallado de su entorno natural, incluyendo sus especies de aves, plantas e insectos. Cada vez que voy a un nuevo pueblo en Nueva Guinea para estudiar las aves, le pregunto a la población local sobre las especies que conocen. La gente habitualmente me da más de 100 nombres para diferentes especies de aves. 

—¿Y existen en ellas innovadores como Bill Gates?

—Sí, toda sociedad, tradicional o moderna, tiene su propio Bill Gates. La diferencia radica en las oportunidades que se les dan a estas personas inventivas para usar sus talentos.

JARED DIAMOND (1937)

www.jareddiamond.org

Comenzó su carrera en el campo de la fisiología humana (el estudio de las funciones de los seres vivos). Luego de visitar por primera vez Papúa Nueva Guinea y otras islas del Pacífico sur en 1964 para estudiar aves, su interés se diversificó y se dedicó de lleno a la geografía cultural. Su primer best-seller fue Armas, gérmenes y acero: breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años, con el que ganó el Pulitzer en 1997. Lo siguió Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen y ¿Por qué es divertido el sexo?. Toca el piano y habla once idiomas.

Cvas, la coca cola rusa #Russia