El olor del universo

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Muy Interesante Argentina, octubre 2013

Si bien no pueden sacarse los cascos y olfatear por su cuenta, los astronautas aseguran que el espacio -–frío, oscuro y silencioso-– tiene su particular aroma. Ahora, un químico inglés pretende reproducirlo en el laboratorio.

Steve Pearce tiene una nariz privilegiada. No es una nariz carnosa como la del actor francés Gérard Depardieu ni minúscula como un botón. Si hubiera un campeonato mundial de narices, este bioquímico inglés no clasificaría ni siquiera para la primera rueda. Su secreto no reside en su forma sino en su potencia, la envidiable habilidad de identificar al instante muchos más de los diez mil olores diferentes que la gran mayoría de los seres humanos somos capaces de percibir en un buen día.

Es un superpoder olfativo marcó la vida de este científico fanático del olor de las monedas, la vainilla y el polvo para bebés. Lo llevó, por ejemplo, a fundar una importante empresa de perfumes, Omega Ingredients, a las afueras de un pequeño pueblo inglés llamado Ipswich, donde, como el protagonista de la novela El perfumede Patrick Süskind, crea las fragancias más fascinantes en su laboratorio. “El olfato es el único de nuestros sentidos directamente conectado a nuestros cerebros, es su extensión directa —dice—. Es, a la vez, nuestro sentido más poderoso y a la vez el menos valorado”.

Soft Byron

Lord Byron tuvo una hija a la que vio una sola vez antes de abandonarla para siempre. Su madre, odiada con el tarambana del padre, prohibió que la chica tuviera cualquier tipo de contacto con la poesía. Resultado: Ada Byron (Ada Lovelace) se convirtió en la primera programadora de software de la historia. Un siglo antes de la primera PC.

Radar (Página/12), septiembre de 2004

Los Byron nunca fueron una familia muy normal que digamos. Del árbol genealógico en el que descuella el dandy romántico inglés cuelgan asesinos, aristócratas, ahorcados, libertinos, piratas, conquistadores con mala suerte, desquiciadas con asma, un rengo antiimperialista orfebre de la palabra y apostadoras compulsivas maníacodepresivas. El abuelo-capitán John Byron (1723-1786), por ejemplo, que dio varias vueltas al mundo y no descubrió nada, tuvo un privilegio del que pocos mortales pueden (o quieren) gozar: ir por la vida con dos apodos. Uno de ellos, “Jack maltiempo”, se lo ganó debido a que apenas abandonaba un puerto se despertaban las tormentas; y el otro, “Jack el loco”, se lo endilgó su tripulación por sus repentinos arranques temperamentales como el de maldecir olas y ballenas, y reclamar como suyas las islas Malvinas en 1761.

Querida, achiqué el mundo: Skype cumple diez años

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Una visita al corazón de Skype

Brando, octubre 2013

Desde Tallin, Estonia

Acostado al lado de la puerta, un auto amarillo espera. Las extrañas palabras “Tallink Takso” y “Meie Soidame Kogu AEG” y un número de teléfono —1921— cruzan en diagonal dos de sus cuatro puertas. El conductor del taxi, de camisa color limón, mira hipnotizado hacia adelante. No pestañea. Hace diez minutos que está ahí, congelado y con ambas manos esposadas al volante. No tiene idea de a quién tiene que llevar ni a dónde, si el o la pasajera le dejará una buena propina, si le llenará el auto de humo, o si su voz le amplificará su dolor de cabeza. Sólo sabe que detrás de esa puerta de madera adornada con una gran “S” de la que lo separan dos metros, ahí, en el interior de un edificio monolítico gris y de look soviético, comenzó hace exactamente diez años una revolución, una que desde entonces volvió al mundo un lugar pequeño, virtual, pixelado.

En Estonia no hay chico, viejo, hombre o mujer que no haya oído hablar alguna vez de Skype o que no use uno de los softwares de comunicación de voz y video más famosos del mundo: una tecnología disruptiva que cambió la manera en que nos comunicamos. Fundada la compañía hace diez años por Janus Friis y Niklas Zennström pero desarrollado el software por tres programadores —Ahti Heinla, Priit Kasesalu y Jaan Tallinn, los creadores del Kazaa, algo así como el abuelo de los actuales programas P2P de descarga de archivos—, Skype es una de las marcas más populares de Internet: tiene más de 663 millones de usuarios y en 2011 Microsoft desembolsó 8.500 millones de dólares para comprarla.

Muy Interesante Argentina

Octubre 2013

Para mí, todo empezó con este libro.

La termodinámica de la pizza (Harold Morowitz)

http://www.publishersweekly.com/978-0-8135-1635-6

Más en mi cuenta de INSTAGRAM —-> http://instagram.com/fedkukso

Naturaleza artificial

Naturaleza artificial: el nacimiento de los “bio-robots”

Los biorrobots están viendo la luz en laboratorios de todo el mundo. Con ellos, los científicos buscan imitar las estrategias de la naturaleza.

Quo (México), sept 2013

 

Desde Tallin, Estonia

En el Centro de Biorobótica de la Universidad Tecnológica de Tallin, en Estonia, sobrevuela un fuerte olor a salmón a la plancha. El aroma no pidió permiso para entrar. Con la fuerza de quien ingresa en una habitación sin ser invitado, irrumpe en fuertes oleadas en los salones de este instituto científico ubicado a pocos kilómetros del mar Báltico. Es la una de la tarde, hace calor y afuera un sol prepotente golpea por igual a todos los que se atreven a deambular bajo su presencia.

“La enfermedad expone la fragilidad de la existencia humana”

Muy Interesante Argentina, septiembre 2013

Desde la medicina mágico-religiosa de los chamanes y curanderos de la antigüedad hasta las cirugías robóticas, el lugar del médico ha variado con el tiempo y con las distintas culturas. Este destacado investigador argentino rastrea su metamorfosis y destaca los principales hitos en las ciencias de la salud. 

Ñ, noviembre 2010.

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/tecnologia-comunicacion/Jorge_Wagensberg_0_374962752.html

Dirige una de las colecciones de libros científicos más prestigiosas en castellano y dice que el lugar clave de un instituto de investigación “es y debe ser la cafetería”, porque allí se intercambian ideas. 

 

En la habitación 1011 del hotel Castelar de Avenida de Mayo, se aloja un físico que ama las letras y los museos tanto como a los números. La devoción del español Jorge Wagensberg es tal que hace 27 años dirige la colección Metatemas de Tusquets, la misma que año tras año se disputa con la colección Drakontos (Crítica) el título de la colección más importante de libros de ciencia en habla hispana.

“Fue curioso cómo surgió”, hace memoria el catalán, de paso por Buenos Aires. “En su fiesta de cumpleaños de 1983, Beatriz de Moura, la fundadora de la editorial, me preguntó entre copa y copa qué era la entropía. Y, de repente, cuando se lo explicaba en la cocina, me vi rodeado por seis o siete personas que me escuchaban atentamente. ‘¿Por qué no ampliar el círculo de nuestras amistades con una colección?’, pensamos. Y así publicamos ¿Qué es la vida? de Erwin Schrödinger, uno de lo fundadores de la física cuántica a principios del siglo XX y para mí uno de los grandes divulgadores de la ciencia”.

Desde entonces, Metatemas –reconocida por el Alef, el símbolo de los números transinfinitos de Cantor– y el físico español no paran. De hecho, Wagensberg aprovecha su lugar de director para colar entre los 115 títulos que ya tiene la colección, sus reflexiones, aforismos y pensamientos más profundos. Así lo hizo con Ideas sobre la complejidad del mundo, La rebelión de las formas, El gozo intelectual y, entre otros, el pronto a publicarse por estas latitudes, Las raíces triviales de lo fundamental, libros en los que Wagensberg contagia el virus de la curiosidad y se asoma a las fronteras que más que separar unen a las ciencias y al arte.

¿Costó mantenerse todos estos años en el mercado editorial?

Esa fue la sorpresa: la verdad que no. Es un gran error pensar que no hay personas interesadas en las ciencias y las reflexiones de los científicos. Hay muchos mitos, como ese de que cuantas más fórmulas un autor ponga en un libro menos lectores tiene. El libro más vendido en Metatemas es Gödel, Escher, Bach, de Douglas R. Hofstadter que está repleto de ecuaciones. Metatemas es sobre todo una colección de ideas en la que científicos proponen puntos de vista de sus disciplinas para ser usados en otros campos. Es la condición de la interdisciplinariedad tan propia de nuestros días. Y a la vez, es una colección bastante personal: publico lo que me parece interesante. Nuestros principales lectores son sociólogos, arquitectos, biólogos, físicos, es una gran coctelera.

Pero no es sólo una colección de divulgación de científicos para científicos.

No, claro. Es accesible a todo el mundo, como debería ser la ciencia. En eso yo hago una distinción: hay una diferencia entre divulgar y vulgarizar. Divulgar es comunicar la ciencia y vulgarizar consiste en sacrificar el fundamento de un conocimiento para hacerlo comprensible. Yo soy de la idea de que no hace falta extraer rigor para explicar algo.

¿Le sorprenden ciertos vestigios de irracionalidad en las sociedades?

La verdad que no. Que se siga hablando con tanta liviandad en los medios de “milagros” podría considerarse algo atávico. La religión es una manera de controlar la incertidumbre. La ciencia no puede ni demostrar la existencia o la inexistencia de dios. Lo raro en el caso de los mineros chilenos rescatados, en el que los medios hablaron tanto de milagros, es que nadie se haya preguntado por qué dios los puso en primer lugar en esa situación. Más que un milagro su rescate fue una hazaña de la ingeniería.

Usted afirma que las ciencias y la literatura tienen más puntos en común de los que los escritores y los científicos suponen. ¿A qué se refiere?

La ciencia y la literatura son dos maneras diferentes de comprender la realidad. Ambas narran historias. Como el escritor, el científico es un creador. La diferencia está en que la ciencia es una forma de conocimiento que se elabora con la menor ideología posible. La literatura, en cambio, es la forma de conocimiento que más ideología permite. La ciencia intenta barrer de sus contenidos todo lo que huele a creencia, sentimiento y emoción. La ciencia expulsa el yo del creador científico para conseguir la máxima universalidad del conocimiento.

Los científicos no publican sus emociones en sus artículos o papers.

Para desgracia de los historiadores de la ciencia, no. En la mecánica clásica escrita por Newton o en la teoría de la relatividad de Einstein no quedan rastros de las complejas personalidades de los autores. Hay que buscarlas en las cartas. O sea, la ciencia trata de eliminar al narrador, sacrifica al científico; no asoma su nariz entre las leyes y ecuaciones fundamentales de la naturaleza. Por eso, el científico es un creador marginado. La literatura, en cambio, pone al narrador por delante de todo. Lo que digo es que se puede comprender la ciencia desde la literatura y la literatura desde la ciencia. Hay una frontera común. Ambas esferas tienen la capacidad de fecundación mutua. La literatura permite entrar en territorios vedados a la ciencia.

Los matemáticos no se cansan de leer a Borges y los neurocientíficos últimamente reivindican a Proust por su exploración pionera de la memoria y los recuerdos disparados por una madalena.

Eso expone la buena relación que hay entre ciencia y arte. La grandeza de la ciencia está en que puede comprender sin la necesidad de intuir. Nadie intuye la física cuántica porque no se ven directamente los átomos y no hay observadores cuánticos y nadie intuye la relatividad por que no corremos a la velocidad de la luz. En cambio, el arte es al revés: su grandeza está en que puede intuir sin necesidad de comprender. Así, los científicos dan comprensión a los artistas y los artistas dan intuición a los científicos. Dalí, por ejemplo, anticipó los fractales y la cuarta dimensión.

Otro caso es el del escritor Arthur C. Clarke que anticipó la red de satélites.

Exacto. Ciencia y literatura, además, provocan y alimentan el gozo intelectual es decir, aquel gozo ocurre en el momento exacto en el que uno empieza a comprender. El “eureka” de Arquímedes, el “cogito ergo sum” de Descartes, el “¡gotcha!” de Martin Gardner. El gozo intelectual es lo que provoca adicción al conocimiento. Es lo que los científicos, divulgadores y maestros deberían transmitir más que cualquier cosa. Un científico nunca está seguro de si está comprendiendo o cree estar comprendiendo. En cambio, sí distingue cuando está gozando y cuando cree que se está gozando. Un día le pregunté al físico estadounidense Leon Lederman si había sentido este tipo de gozo en sus investigaciones y me contestó: “¡Es mejor que el sexo!”.

O sea, reintroduce el principio de placer. ¿Cómo es ese gozo? 

Son tres. El gozo por estímulo, el gozo por comprender algo nuevo y gozo por la conversación. Un buen profesor es un buen estimulador y los seres humanos estamos hechos para gozar cuando nos estimulan. El científico goza cuando encuentra una contradicción. Es un error de la enseñanza esconder las contradicciones y castigar el error. En ciencias, el error no es una vergüenza sino la herramienta fundamental. Un científico se equivoca todo el día. Es la manera que tiene de avanzar para comprender la realidad.

¿Y el gozo por conversación?

Es un ciclo virtuoso. Conversar en ciencia es observar la naturaleza, conversar con los colegas, reflexionar con uno mismo. Uno de los lugares más importante de los institutos científicos es y debe ser la cafetería. Un científico que no converse con otro científico está perdido. El intercambio de ideas es estimulante. En la escuela se conversa poco. El profesor prefiere que el niño esté callado. Los diarios, los museos, los libros deben estar orientados a crear conversación. Uno saca algo de una película cuando sale del cine y conversa de lo que ha visto con los amigos. El éxito de un museo se mide por los “kilos de conversación” y no por el número de visitantes.

A los dueños de cafeterías les debe gustar lo que está diciendo.

Mire: los momentos más creativos de la humanidad han sido aquellos en los que se dieron las condiciones y los espacios para conversar, comprender, estimular. Por ejemplo, la Florencia del Renacimiento. En la Piazza della Signoria del siglo XVII Galileo inventó la ciencia. Allí grandes genios se cruzaron: Miguel Angel, Leonardo Da Vinci, Botticelli, Maquiavelo. Ese es el secreto: espacios que aumenten la conversación y el estímulo, que la gente se vea y converse. Otro caso es de la Viena de 1920. Con la conversación uno aprende a mirar de otra manera y hacerse preguntas.  Mire lo que pasó con Internet: aumentó la masa de la conversación a nivel global. Y eso obliga a comportarse de otra manera y a desarrollar nuevas aptitudes: por ejemplo, la de distinguir lo bueno de lo malo.

Usted creó y dirigió entre 1991 y 2005 el Museo de la Ciencia de la Fundación “la Caixa” de Barcelona. ¿Qué hace a los museos tan especiales?

Un libro, una película, una conferencia no dejan de ser representaciones de la realidad. El museo es la realidad misma. Me apasiona construir museos nuevos. Acá voy a ayudar con uno en el Centro Atómico de Bariloche. Un museo bien hecho te pone al instante en conversación con la realidad. Es complementario a los libros. El museo provoca adicción al conocimiento. Y yo me considero un adicto.

Los hombrecitos verdes existen

Por su ubicuidad da la impresión de que siempre fueron parte del paisaje de las ciudades. Pero no: los hombrecitos verdes que dan permiso para cruzar en las calles del mundo fueron inventados en la República Democrática Alemana por el psicólogo y diseñador Karl Peglau y en pocos años se diseminaron por todas partes. Hoy, una instalación artística ubicada cerca del Ground Zero en Nueva York muestra una colección de fotografías globales que exhibe al hombrecito en toda su diversidad cultural. Y también se dieron a conocer campañas, incluso en Argentina, que proponen otra diversidad básica: la de incluir mujercitas, porque las peatonas también existen.

(Publicado orginalmente en Radar, P12, abril 2011)

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-7008-2011-04-30.html

Los hombrecitos verdes existen. Están entre nosotros. De hecho, están en todos lados: en las esquinas porteñas, en las calles de París, en los caminos de Kiev, Moscú, Londres, Seúl, Nueva York, Roma. Y más. Desde hace 50 años que observan a todo el mundo pasar y de vez en cuando son mirados con desdén, desinterés y demás actitudes encabezadas por el prefijo “des”. Desde su llegada o aparición, se camuflaron progresivamente entre la invisible escenografía urbana deshistorizada, se convirtieron en aquellos cotidianos elementos de utilería que luchan por resaltar en el bombardeo visual que empieza y termina todos los días (publicidades engañosas, afiches electorales, stencils ingeniosos, volantes de chicas deseables por 20 pesos o menos). Sin embargo, la constante de estos extraños y a la vez conocidos personajes es el fracaso. Y la indiferencia su condena: no hay peatón que piense en ellos por más terrestres, globales y geométricamente simples que sean.

Estrellas del diseño, estas figuras verdes cuyas naves espaciales son los semáforos peatonales no vienen de Marte sino de una tierra también congelada en el tiempo: la extinta República Democrática Alemana o Alemania del Este. Así como los primeros Homo Sapiens salieron de Africa hace unos 70 mil años, estos hombrecitos verdes partieron de Berlín Oriental el 13 de octubre de 1961. El ancestro más antiguo de estos humanos verdes en miniatura no se llama ni Australopithecus afarensis (o Lucy) ni Ardipithecus ramidus (o Ardi) sino Ampelmann (o Ampelmännchen, en plural), cuyo look era (y es) más jovial, simpático y burgués que el de sus descendientes.

Fue lo que quiso su creador olvidado, el psicólogo Karl Peglau. “Por entonces, con el aumento de autos en la ciudad, los accidentes de tránsito que involucraban a peatones estaban en aumento –recordaba el padre del símbolo, antes de morir en 2009 a los 82 años–. El Ministerio de Tráfico alemán me encargó desarrollar un nuevo tipo de semáforo. Las luces rojas, amarillas y verdes no hacían más que confundir a las personas que caminaban por las calles así que se me ocurrió la idea de utilizar un hombrecito cuyo lenguaje gestual fuera comprensible por todo el mundo. Debía ser simpático, atraer la atención de los chicos y ser reconocido con facilidad por los ancianos. Mi secretaria Anneliese Wegner dibujó los primeros bocetos. Tenía sombrero, sus piernas y brazos eran cortos y transmitía cierta calidez humana. Temí que lo fueran a rechazar pero el ministerio lo aprobó casi sin objeciones”.

LA RESISTENCIA

Sin saberlo, Peglau –infinitamente menos conocido que Walter Gropius, cerebro de la Bauhaus, y que el gran diseñador gráfico Gunter Rambow– había creado una contradicción: un icono pop del comunismo, un símbolo cultural que sobrevivió a la caída de un régimen político, económico, social e ideológico al volverse global.

Ya en los ‘80, los Ampelmänchenn se habían escapado de sus manos (y de los semáforos): precursores de Fleco y Male (pero exitosos), estos hombrecitos verdes evolucionaron y se convirtieron en las caras visibles y los personajes centrales de la educación vial en las escuelas alemanas. Protagonizaron cómics, programas radiales y hasta tenían su espacio en televisión en una tira llamada Stiefelchen und Kompaßkalle que se emitía en el programa infantil más visto, Sandmännchen (u Hombrecito de arena).

Ni siquiera los terremotos políticos como el vivido en Alemania a partir de 1990 durante la reunificación lograron tumbar a los Ampelmänchenn. No bien varios de estos semáforos peatonales de Alemania del Este fueron reemplazados por los occidentales, las campañas de protesta se multiplicaron y salvaron a estos hombrecitos verdes de la extinción. De meras señales del tránsito, los Ampelmänchenn se habían convertido en objeto de culto, el fetiche de la simbología de la llamada “Ostalgia” (o nostalgia por la República Democrática Alemana) junto el auto Trabant (o Trabi), el café Mocca Fix Gold y los pepinos Spreewald (o Spreedwaldgurken), como se ve en la película Goodbye, Lenin!.

Como ya ocurrió con la imagen del Che Guevara, la máquina capitalista del merchandising –la tiranía del souvenir y del gift shop– en los ‘90 abdujo a los hombrecitos verdes y ahora se los puede ver en cada rincón de Alemania (y fuera de ella) en remeras, llaveros, bolsos, hieleras, tazas y demás productos-fragmentos de la identidad alemana hallables y comprables en Ampelmannshop.com, como parte de un negocio que factura 2,5 millones de euros al año.

SELECCION ARTIFICIAL

El verdadero éxito de los Ampelmänchenn, en realidad, se dio fuera de las fronteras teutonas. No hubo límite político ni geográfico capaz de detener su dispersión por el mundo. Como todo signo eficaz –simple y útil–, rápidamente fue adaptado en cada país donde hubiera un auto y un potencial peatón atropellado. O sea: en todo el mundo. Pero para transformarse en un icono universal los Ampelmänchenn tuvieron que sufrir una pérdida: su historia, el nombre de su creador y las circunstancias de su nacimiento fueron olvidadas. En un proceso de selección más artificial que natural, estos hombrecitos verdes se adaptaron a sus nuevos ambientes. Si Darwin los viera: en cada país, su fisonomía se alteró para concordar con un ideal, con la imagen social (y cultural) del cuerpo masculino. Y al hacerlo, estas figuras se incorporaron como un elemento más de la identidad visual que cada ciudad genera. Se volvieron un signo multiculural. En China tienen cabeza redonda, en Inglaterra caminan para la izquierda, en Austria son bastante musculosos, en Bélgica los acompaña una mujer, en Polonia parecen robots, en Grecia son luchadores olímpicos y en Dinamarca son soldados y llevan rifles.

Las diferencias entre unos y otros son en general mínimas e imperceptibles pero saltan a la vista una vez que se los alinea y se los ve uno al lado del otro. Así, por ejemplo, lo hizo la fotógrafa israelí Maya Barkai. Tras recibir la ayuda de cientos de conocidos (y desconocidos) y de amigos de amigos que subieron al sitio Walking-men.com los retratos fotográficos de estos hombrecitos tomadas en distintas ciudades del planeta, Barkai con paciencia los juntó y, también, los admiró. El resultado es una instalación artística urbana emplazada cerca de Ground Zero en Nueva York: un gigantesco collage compuesto por 99 de estos hombrecitos bidimensionales –estandarizados pero aún así diversos– dispuestos de tal manera que exhiben sus semejanzas pero sobre todo sus diferencias como parte del vocabulario gráfico de la humanidad.

Al ver la instalación de cerca o de lejos, lo primero que se advierte es la predominancia de testosterona. De las 99 figuras, sólo tres son femeninas. “La silueta masculina prevalece como representación de toda nuestra especie en todas las sociedades del planeta –indica la artista plástica uruguaya Luz Darriba–. Hay una ausencia de representación femenina en las calles que contribuye a la invisibilidad y la falta de autoestima.”

Para empezar a revertir la situación, junto a su hija, Micaela Fernández Darriba, y varios voluntarios, esta artista comenzó en 2006 una iniciativa de bajo costo económico pero de alto valor simbólico. El 8 de marzo de ese año (Día Internacional de la Mujer) salieron a las calles de Lugo, al norte España, y estamparon en cada semáforo peatonal que vieron un sticker con iconos femeninos. La intervención urbana llamada “Señales: peatona, tú también puedes cruzar” tuvo su repercusión: en ciudades españolas como Fuenlabrada, La Coruña y Zaragoza se adoptaron semáforos peatonales mixtos.

En 2009, la misma acción se realizó en 200 semáforos del microcentro porteño (www.luzdarriba.com/senales_II.htm) pero sin muchos cambios en un país como la Argentina donde existe un proyecto presentado en 2006 por Osvaldo Nemirovsci y Diego Sartori en 2006 en la Cámara de Diputados para volver a los semáforos peatonales de calles y avenidas más diversos.

Los hombrecitos verdes reclaman compañía.

e-Estonia: sueños y pesadillas de una tecnoutopía

Ñ, agosto 2013

En Estonia, el acceso a Internet es considerado un Derecho humano y su hiperconectividad, motivo de orgullo nacional. Sin embargo, tiene su lado oscuro: el peligro constante de ciberataques y avances contra la privacidad.

En una vereda gris y empedrada a muchos miles de kilómetros de la Argentina, un hombre abraza un acordeón. Sentado en un banquito de madera que golpea con sus zapatos hace tiempo invadidos por el tiempo, expande y contrae su instrumento con toda la fuerza que acumula en su cuerpo encorvado, cansado y viejo. Sobre su cabeza tamborilea un sombrero de marinero algo sucio de franjas azules, negras y blancas. Canta –vocifera a los gritos, más bien– en un idioma ajeno, con sobrepeso de consonantes. Mientras es ladeado por turistas italianos, colombianos, rusos, estadounidenses y uno argentino, no despega la mirada del horizonte. No pestañea, como si estuviera en trance, encadenado en ese gesto a un tiempo distante y ya extinguido, cuando Estonia, un país más chico que la provincia de Jujuy, su país, aun era un órgano no del todo central –ni vital– de aquel pulpo que fue en su momento la Unión Soviética.

Como a quien se le escabulle un recuerdo entre las mandos, el hombre rememora viejas épocas como si pertenecieran a la prehistoria, cuando en realidad esta república acostada sobre el mar Báltico en el norte de Europa cortó las cadenas que la unía al imperio rojo en 1991, hace poco más de 20 años.

Hoy Eesti –nombre original de Estonia– es lo que a los físicos les gusta llamar una singularidad: un objeto —en este caso, un país— cuyas características lo colocan fuera de las leyes físicas “normales”. Estonia es un espacio en el que conviven dos tiempos: pasado y futuro, el aura siempre mágica de lo que fue y de lo que será.

Descubrir un territorio nuevo es recorrerlo, atravesarlo con el cuerpo, tocarlo con la mirada. En el caso de Tallin, la capital estonia, internarse por sus callejuelas empedradas es lo más parecido a ingresar en el escenario medieval de un cuento de hadas. Si Shrek, el gran ogro verde, existiera fuera de las películas, su pantano se localizaría en las afueras de esta ciudad en pie hace más de 700 años: la plaza del Ayuntamiento, Raekoja Plats –el ombligo cívico donde se anudan todas las calles– se erige congelada en el tiempo al igual que los pasadizos que la rodean, las farmacias abiertas desde 1422 o los castillos convertidos en restaurantes desde donde cada tanto asoman aromas netamente extranjeros –el olor de una sopa de coliflor y carne de castor–, el punto de origen desde donde salen expulsados varios gritos –“¡Terviseks!” (“¿salud?”)– seguidos de choques de vasos de cerveza.

Doblar en la esquina equivocada transporta al turista en el tiempo, a los restos arquitectónicos de cada ocupación sufrida por sus habitantes: la de los suecos, los daneses, los polacos, alemanes, rusos, alemanes del Tercer Reich y la de los soviéticos. Las cúpulas abombadas de la catedral de Alexander Nevsky del 1900 recuerdan acaso al imperio zarista así como la vieja y parca casona gris que funcionaba hace unas décadas en la calle Pikk Tänav como oficina central de la KGB no permiten olvidar la presencia de los invasores del Este.

La escenografía tan de postal, sin embargo, oculta otra realidad: en lugar de ser un país atado al pasado y cuyo sentimiento oficial es la nostalgia, Estonia es noticia desde el año 2000 por vivir en lo que se presume será el futuro. En lo que muchos quieren que sea.

Fue entonces, hace 13 años, cuando, para la sorpresa de los constitucionalistas del mundo, el acceso a Internet fue declarado como un derecho humano en estas latitudes. En 1998 ya habían abarrotado de computadoras todas sus aulas. Estonia fue el primer país en el que se pudo votar por computadora en las elecciones generales de 2007 y por celular en 2011.

Su gobierno es netamente electrónico. El 99,8% de las transacciones bancarias aquí son electrónicas y el efectivo casi no circula. Si el dinero alguna vez desaparece, su extinción comenzará en Estonia.

El 70% de la población no comprende lo que es vivir sin Internet: hay señal de Wi-Fi (gratis) incluso en los bosques, lo cual hace que este pequeño país por millones de personas desconocido sea uno de los más conectados del planeta.

Su hiperconectividad no es una cualidad más para abultar su entrada en Wikipedia: su infraestructura digital y modo de vida –y de ser– digital es para los estonios un motivo de orgullo nacional. Un tema para alardear frente al mundo. De hecho, si por ellos fuera cambiarían el nombre de su nación y pasarían a llamarse “e-Estonia”, un paraíso digital que, como todo paraíso, tiene sus serpientes y manzanas rojas que no hay que probar.

Mi identidad digital

“Las tecnologías de información y comunicación mejoran los gobiernos, promueven la transparencia en los negocios, facilitan la vida de las personas”, asegura con la vehemencia de un pastor evangelista brasileño Anna Piperal, una de las tantas e-believers –como les llaman– que tiene Estonia para promover las bondades de su sociedad digital.

Joven, rubia de pelo largo, espigada, de maquillaje perfecto y sin dejar escapar su celular Nokia de su mano izquierda, levanta un brazo y muestra una tarjeta grande como la SUBE: “Toda mi vida está acá. No puedo vivir sin ella. Es mi todo”.

No exhibe la foto de sus hijos. Ni siquiera la de su novio (o novia). Es su tarjeta de identidad, o National ID card, una tarjeta obligatoria en Estonia, que funciona como un super-DNI: con ella pagan el transporte público, retiran de las farmacias los medicamentos prescriptos digitalmente por sus médicos, chequean si sus hijos faltaron o no al colegio. Con ella votan, conducen, pagan los impuestos (online, claro), acceden a sus historias médicas y hasta les permite saber qué propiedades tienen los políticos, el verdulero, el vecino. Con esta tarjeta gestionan su identidad electrónica. Sin ella, los estonios, oficialmente, no existen.

“La ID card es una llave electrónica para acceder a la información pública: me permite saber cómo el gobierno usa mi información y ver si alguien ve la mía –dice Piperal–. Yo soy el Gran Hermano”.

Hacia una nueva tecno-religión

Así como se lo ve, un país chico y remoto, escondido bajo la sombra de sus vecinos gigantes, Finlandia y Rusia, Estonia en realidad es un laboratorio donde desde hace 20 años se desarrolla un experimento social. Un rincón donde todo se encuentra informatizado, donde todo es tecno-dependiente. Acá estar offline –o pretender vivir desenchufado– es como no tener oxígeno para respirar. Infierno para los luditas, Estonia es una nación en la que en dos décadas todo se volvió “e-algo”: e-banking, e-escuelas, e-voto, e-policía, e-gobierno.

“Indirectamente, mucho se lo debemos a la ocupación soviética –cuenta Jaak Aaviksoo, ministro estonio de Eduación e Investigación–. Somos un país con poca gente, trabajamos mucho y hacemos cosas grandes. Cuando nos sacamos de encima a los comunistas, surgió la necesidad de hacer cosas nuevas. No tenemos miedo a la tecnología.” Fue en 1991 cuando Estonia recobró su independencia de un imperio que hasta entonces usaba su territorio como jardín trasero donde hacer explotar sus experimentos. Los estonios tuvieron entonces que reinventarse. Armar una administración casi desde cero. Y para ello, abrazaron a un nuevo dios, la tecnología.

Dos décadas después, Estonia es un pequeño gigante tecnológico donde se aprende a programar en las escuelas desde los siete años y que en mayo pasado lanzó al espacio el EstCube-1, su primer satélite, días después que debutase en órbita el primer nanosatélite argentino, CubeBug-1 o “Capitán Beto”.

Fue en Estonia donde nacieron Kazaa –el abuelo de los programas de P2P actuales de descargas– y Skype, aquel software que ya se volvió verbo, conecta a la distancia a abuelas y nietos y desde su creación en 2003 modifica la sensibilidad moderna (¿acaso el sexo virtual no es una muestra de la redefinición de la idea que tenemos del deseo y del placer?).

Tallin alberga a unas 150 compañías tecnológicas, lo que la convierte en la “Silicon Valley europea”. En Tartu, la ciudad universitaria estonia, hay centros de bio-robótica y bio-bancos poblacionales, como el localizado en el subsuelo del Centro Genómico de Estonia donde en gigantescos tanques descansan en nitrógeno líquido las muestras genéticas de unas 52 mil personas, casi el 5% de la población local.

El arte de la ciberguerra

Las utopías tecnológicas, sin embargo, también tienen su lado oscuro. A las diez de la noche del 26 de abril de 2007 Estonia desapareció del mundo. Se apagó. Ni una página web quedó en pie. Los sitios de las principales instituciones públicas, entre ellas, el Parlamento y varios ministerios, fueron inundados por un diluvio de mensajes spam procedentes de computadoras ubicadas en casi todo el planeta que no les dieron tregua y los colapsaron. En una segunda ola cayeron los portales de los bancos, diarios y compañías de telecomunicaciones.

El ciberataque fue tan violento que muchos políticos estonios invocaron el pacto de mutua defensa de la OTAN. Más que una ofensiva había sido una reprimenda nacionalista rusa: unos días antes, el gobierno había ordenado trasladar un monumento dedicado a los soldados soviéticos caídos en la Segunda Guerra Mundial del centro de Tallin a un cementerio alejado. Nunca se encontraron a los culpables pero todas las sospechas cayeron en el Kremlin y en su ejército secreto de hackers.

Uno de los principales males temidos del siglo XXI, la ciberguerra, y su capacidad destructiva habían debutado en este rincón del mundo. Las consecuencias fueron directas: hoy la “ciberguerra estonia” es estudiada por varios estrategas militares. Un año después, en 2008, la OTAN decidió instalar en Tallin el Centro de Excelencia para la Ciberdefensa, algo así como la Línea Maginot contra esta nueva forma de guerra, las consideradas batallas del futuro.

El golpe que recibió el país báltico fue uno de los daños colaterales de la tecnodependencia y del ciberutopianismo que permea el discurso tecnológico actual: las visiones utópicas y acríticas que plantean que Internet es una tecnología inherentemente democratizadora y liberadora. “Hemos construido una criatura mítica a la que hemos dotado de ciertas cualidades mágicas”, señala el escritor e investigador bielorruso Evgeny Morozov, uno de los máximos críticos a estas posturas demasiado celebratorias de la tecnología.

El autor de libros como The Net Delusion: the dark side of Internet Freedom y el reciente To save everything, click here: the folly of technological solutionism lo señala con claridad: las mismas tecnologías vendidas como la libertad pura son también las mejores amigas de las dictaduras, capaces de controlar la vida de sus ciudadanos y monitorizar su actividad diaria en un grado de detalle que no era posible hasta ahora.

La ciberutopía estonia no carece de grietas: pese a mostrarse como un paraíso digital impulsado por el avance tecnológico irrefrenable, Estonia sigue siendo uno de los países más pobres de la Eurozona. Su población no deja de caer en picada. Uno de sus grandes problemas es el alcoholismo y muchos jóvenes deciden tomarse para siempre el ferry a Helsinki donde los salarios son más altos.

Si Estonia no es un cuento de hadas tecnológico, al menos es el escenario donde podría transcurrir un capítulo de Black Mirror, aquella serie considerada La dimensión desconocida del siglo XXI en la que los miedos tecnológicos del presente se extienden a un futuro cercano y oscuro.

(Algunas fotos)

Skype

Shrek vive en Estonia

Batman estuvo en Estonia.

Robo-pez del Centro de Bio-robótica en Tallin, Estonia.

Bio-bancos poblacionales. Contienen muestras genéticas del 5% de la población de Estonia.

MUY Interesante Argentina

Septiembre 2013

MUY Interesante Argentina

Especial: Historia de la medicina

Agosto 2013

Una entrevista de mierda (literalmente)

Ñ, 27 julio 2013

Florian Werner, autor de “La materia oscura: historia cultural de la mierda” (Tusquets)

En “La materia oscura: historia cultural de la mierda”, este escritor alemán desafía los tabúes y examina los significados de esta sustancia invisibilizada en nuestras vidas y en el pensamiento.

 

Así como al italiano Pier Paolo Pasolini se lo recuerda en la historia del cine y de la literatura como el gran hereje, el provocador de la incomodidad y el escándalo, a Piero Manzoni se lo invoca como el embajador de la alquimia dentro del amplio universo de aquello que se considera arte contemporáneo. En su corto período activo como artista, este hombre bajo y de imaginación ampulosa puso el cuerpo –literalmente– y lo transformó en obra. Sólo vivió 29 años, tiempo suficiente para dejar una marca: vendió su aliento encapsulado en globos y firmó a varias personas, entre ellas a Umberto Eco, convirtiéndolas en el acto en esculturas vivientes. En una galería de Milán, estampó la huella dactilar de su pulgar en 150 huevos duros y se los ofreció a los presentes para que, al comerlos, entraran –según sus palabras– en una comunión física y psicológica con el arte. Y, si no hubiera muerto de un ataque al corazón en 1963, hubiera vendido su propia sangre. 

Sin embargo, pocos recuerdan las ideas provocadoras detrás de cada una de sus performances. Todos se escandalizan con sus ahora famosas latas: meses antes de que Andy Warhol convirtiera a las sopas Campbell en uno de los alimentos oficiales del arte y mientras la minifalda tomaba al mundo por asalto, Manzoni convirtió el producto de un acto íntimo y privado en un objeto público. Lo exorcizó: en mayo de 1961, tomó 90 recipientes de cinco centímetros de altura y con una puntería olímpica los llenó con excrementos frescos. Sus excrementos. Influenciado por el movimiento readymade de Duchamp y por figuras como Salvador Dalí, Georges Bataille y Alfred Jarry, selló al vacío las latas de conserva, las numeró, las etiquetó con datos de su contenido en italiano, inglés, francés y alemán y las firmó. “Mierda de artista: contenido neto 30 g”, dice cada una. Pese a su elevado precio, se vendieron todas. La mayoría se encuentra hoy tanto en colecciones privadas como en el Museu d’Art Contemporani de Barcelona, el centro Georges Pompidou de París, la TATE Gallery de Londres y el MOMA de Nueva York. En 2007, una de estas latas fue subastada en Sotheby’s por 96.774 euros.

Manzoni provocó un fuerte terremoto –dentro y fuera del arte– del que aún hoy se perciben réplicas. No tanto por su rebelión contra el gusto burgués, por su crítica a la arbitriaridad con la que se clasifica un material como valioso y por incitar la formulación de una de las preguntas que más se oyen por lo bajo dentro de un museo (“¿esto es arte?”). Manzoni causó conmoción porque en un solo acto corrió la cortina y –sin mostrarlo del todo– dejó al descubierto el gran tabú de la sociedad y cultura moderna. Nombró lo innombrable. Dijo la palabra y sustancia prohibida: mierda.

“La mierda es una sustancia cargada de fuertes estigmas sociales: apesta, provoca asco, es considerada impura, escandaliza, no se la piensa”, dice desde Berlín el doctor en literatura y periodista alemán Florian Werner quien, como un gran provocador, en efecto la piensa. Como el protagonista de La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, este autor reflexiona minuciosamente sobre la esencia de la mierda. Hace detonar la censura social y examina las capas de significados que la recubren en La materia oscura: historia cultural de la mierda (Tusquets), un ensayo de lo más original en el que cruza divulgación científica con análisis sociológico, literario y hasta con los estudios religiosos. “La mierda es una materia ambigua que difumina la línea de demarcación entre sujeto y objeto, entre el yo y el otro, lo interno y lo externo, lo puro y lo impuro –explica–: si bien es condición básica de la vida y es de lo más cotidiano del mundo como producto de nuestra actividad intestinal, se la considera una sustancia sucia. En cierto sentido, es una parte de nuestro ser, está dentro nuestro, de nuestros amigos, pero recién cuando la expulsamos la percibimos como repugnante y extraña. Y debemos hacerla desaparecer de la vista, del olfato, del pensamiento”.

Salvo raras excepciones como “The origin of feces: what excrement tells us about evolution, ecology, and a sustainable society” de David Waltner-Toews, no suelen escribirse ni publicarse libros sobre esta sustancia. ¿Cómo se le ocurrió hacerlo?

Hace poco nació mi hija y tuve que lidiar con excrementos cada vez que le cambiaba los pañales, unas seis veces al día. Me sorprendió la variedad de colores y texturas, cómo los excrementos de mi bebé cambiaban a medida que crecía y modificaba su dieta. Pero sobre todo me intrigó el hecho de que mi hija, como todos los bebés, no le tuviera asco a su propia mierda. Al contrario. La intentaba tocar y oler. Le parecía perfectamente normal y natural mientras que entre la mayoría de los adultos sanos esta conducta sería considerada asquerosa, perversa. Así me comencé a preguntar por qué y cómo es que esta sustancia tan común y corriente, tan presente en nuestra vida, puede disparar tantos sentimientos y reacciones: asco, risa, ofensa, por ejemplo. 

Pero no habla de heces sino de mierda. ¿Por qué, de todas sus acepciones, eligió esta palabra? ¿No podría haber sido “Historia cultural de los excrementos”?

No hubiera sido lo mismo. Pese a toda su vulgaridad, la palabra mierda es la correcta. Usar otra es como señalar algo y gritar: “no miren esto”. La mierda es, además de una sustancia, una construcción discursiva. Su designación corresponde a su contexto de uso: si provoca asco o si remite a lo vulgar es “mierda” o “caca”. Los padres dicen que su hijo hizo “popó”. Otros, en una forma neutral, hablan del “número uno” y el “número dos”. La gente puritana “hace sus necesidades”. En el discurso médico y científico es “materia fecal”, “excreción”, “excremento”, “deposición”, “heces”. Si es un fertilizante es “estiércol”. Y si uno padece de diarrea en América Latina sufre de “la venganza de Moctezuma”. El término mierda acentúa la absoluta falta de valor de esta sustancia, su valor totalmente negativo. 

Por eso se esgrime esta palabra como insulto.

Cuando se usa el término para ofender se pone de manifiesto el aspecto de desmerecimiento que se le tiene a la mierda. Convierte a todo objeto o persona a la que se le aplica en un excremento semántico. Cada mala palabra o insulto es tan fuerte como las barreras morales y los tabúes contra los que va dirigida. En Alemania, como en la mayoría de las culturas occidentales, estamos obsesionados con la higiene, así que “mierda” y “suciedad” son malas palabras potentes. En Estados Unidos, todo lo relacionado con el sexo parece ser un tabú así que las malas palabras suelen apuntar a lo genital, por ejemplo el insulto habitual es “fuck you”. Me intriga saber si en una sociedad donde imperase una relación neutral con el proceso de defecación todos los insultos ligados a cagar tendrían poco potencial ofensivo.

O sea, la mierda moldea el lenguaje. Siendo tan rica en significados, ¿por qué no figura en los estudios culturales, en los medios, en las conversaciones?

Al ser un poderoso tabú, sólo pronunciar esta palabra en ciertos ámbitos, incluso a un nivel teórico, corrés el riesgo de ser considerado obsceno, inmaduro, provocador. Cuando me invitan a hablar en la radio, me suelen pedir que me abstenga de decir Scheisse (mierda en alemán) al aire. Lo cual es gracioso teniendo en cuenta que mi libro trata sobre ese tipo de censura y tabuización social. Creo que esto ocurre porque nuestra mierda nos recuerda nuestra propia mortalidad, la caducidad orgánica de toda la vida. Es una parte de nuestro cuerpo que, literalmente, nos atraviesa. Cada defecación es una pequeña muerte. Evitamos tocar esta sustancia como evitamos el contacto físico con un cadáver.

¿Pero fue siempre así?

Para nada. En el último medio siglo se han depositado sobre este término toda una serie de connotaciones negativas. Recién a comienzos de nuestra edad moderna los excrementos humanos recibieron una carga de vergüenza e incomodidad. Hoy su visibilidad e invisibilidad es una escala para medir los niveles de desarrollo de un país. Curiosamente, la palabra excreción en latín, excrementum, tiene la misma raíz que la palabra secreto, secretum: la mierda es una sustancia oculta y misteriosa.

¿La costumbre de lo que ahora llamamos “ir al baño” está de algún modo relacionada con la moral y sensibilidad de cada época? Al fin y al cabo, comemos acompañados en restaurantes pero defecamos solos. 

No tanto. En la antigua Roma, las personas solían hacer sus necesidades acompañadas por docenas de otras personas en letrinas comunales. Cagaban y charlaban. “Ir al baño” era una experiencia social. Obviamente, esto ya no ocurre y defecar es considerado un acto exclusivamente privado. En Alemania muchas personas llaman al baño Klo que viene del latín claudere, que significa cerrar. El término está relacionado con palabras como claustro. El baño así es considerado una especie de monasterio. Hace 120 años, antes de la “era de la burguesía”, hubiera sido inadmisible cerrar la puerta del baño. En 1900 en los hogares burgueses europeos los cuartos de baño fueron provistos por primera vez de cerraduras para cerrarlos desde adentro. En su filme El discreto encanto de la burguesía, Luis Buñuel revirtió esta convención: las personas cagan juntas pero se retiran para comer en privado.

Como demostró el sociólogo Norbert Elias, el acto de la defecación se fue haciendo más íntimo y privado, se rodeó de sentimientos de pudor y vergüenza.

La privatización de la defecación es también el resultado del concepto del yo, de la identidad moderna. En la sociedad medieval, el concepto de “yo versus los demás” no estaba tan desarrollado como lo está en la actualidad. Las personas no se consideraban a sí mismas entidades únicas, cuerpos separados, cuya individualidad debía ser protegida frente a los olores e intromisiones de los demás. Se pensaban a sí mismos como parte de un sistema comunal. En la Edad Media, arrojar mierda constituía una práctica común en el carnaval. Pero con el tiempo, esta percepción cambió alrededor del siglo XVII y XVIII. Hoy el olor o sólo ver a alguien defecando en público es considerado una intrusión en el espacio personal. Nuestro asco a las heces y a defecar acompañados es parte y resultado del desarrollo del concepto del sujeto moderno.

Usted afirma que el asco a esta materia oscura no se limita a una sensación estética –un mal olor, gusto, apariencia– sino que en él resuena una dimensión ético-moral. ¿Esto implica que el asco no es un reflejo natural?

Los animales son ajenos al sentimiento de asco. El asco que provoca el olor de los excrementos es una construcción cultural. La antropóloga social Mary Douglas señala que no existe lo sucio en sí. Sus límites son definidos socialmente. Hasta entrado el siglo XIX perduró la creencia en las cualidades terapéuticas de las heces. Plinio el Viejo recomendaba caca de recién nacido como remedio contra la esterilidad. Esto se basaba en el pensamiento aristotélico de que la naturaleza –luego “Dios”– no crea nada sin una finalidad. Al ser omnipresente en las ciudades, el olor a mierda no existía. La susceptibilidad olfativa era menos marcada que en la actualidad. Las ciudades europeas se fueron desodorizando. Luego los niveles de tolerancia cayeron. Los olores ajenos se percibieron como una intrusión corporal.

El Papa lo hace, los reyes lo hacen, los actores famosos lo hacen, la presidenta lo hace. ¿Por qué elegimos olvidar que todas estas celebridades cagan? 

Todas estas figuras están sujetas al mismo dictado del cuerpo. Por eso, la mierda es un gran igualador. Defecar es una cuestión extremadamente democrática. Si queremos adorar e idealizar a alguien suprimimos el pensamiento de que ellos, también, defecan. Este olvido explica también por qué en las películas de Hollywood los héroes pueden estar días sin ir al baño.

En uno de los ámbitos donde se percibe con más fuerza este olvido es en el de la religión.

Sí. Hay un dilema teológico que ha perseguido por siglos a académicos y fieles: si Jesucristo fue humano y divino al mismo tiempo, ¿cagaba? Uno de los pacientes de Sigmund Freud se volvió loco sólo pensándolo. Si Jesús hubiera cagado, sus excrementos serían sagrados. Valentín el Gnóstico, a mediados del siglo II, intentó solucionar el dilema postulando que Jesús comía y bebía pero no defecaba. Ya lo dijo Kundera: “La mierda es un problema teológico más complicado que el mal”.

Papamanías

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Papamanías. El lado b del “efecto Francisco”: fanatismo religioso y éxtasis nacionalista

Revista Ñ, julio 2013

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/nuevo-mito-llamado-Francisco_0_959304070.html

l 13 de marzo de 2013 a las 19.06 (hora local) se abrieron las cortinas del balcón de la Basílica de San Pedro en el Vaticano y nació un nuevo héroe argentino. Sin las habilidades hipnóticas del gambeteo de un futbolista cargado de talento, sin la embriaguez revolucionaria de un médico devenido guerrillero y sin el timbre de voz de un zorzal criollo, Jorge Mario Bergoglio –ex técnico químico nacido el 17 de diciembre de 1936 en el barrio porteño de Flores y hasta entonces arzobispo de Buenos Aires– en un solo acto transmutó de un simple hombre de 206 huesos y 50.000 millones de células en algo más que humano, en un ídolo, aunque no en la acepción light de esta palabra que usamos todos los días sino en aquella que refiere a una “figura de un dios al que se adora”, a la que se le rinde culto ciegamente. En un solo instante, el panteón nacional que engalana la mitología argentina –Gardel, el Che, Evita, Maradona, Messi– se amplió, sumó un nuevo integrante, como si el ADN argentino –una entidad tan real como el unicornio– probara tener algo especial. Otra vez.

Otra parte semanal, julio 2013

Para una autopsia de la vida cotidiana: conversaciones

J.G. Ballard

Si la escritura conjuga dolor y placer en un solo acto, la conversación implica una comunión descarnada y sostenida con el mundo, un diálogo no sólo con un otro sino con uno mismo. J.G. Ballard (1930-2009) lo sabía y practicaba este deporte de la palabra con avidez, no tanto como una oportunidad para exorcizar sus demonios sino para lograr dar caza a la gran Moby Dick de su pensamiento, aquella idea que elude ser evocada y escapa de la conciencia.

En las ocho décadas que vivió en la nave espacial Tierra –“el único planeta alienígena”, como la definió–, el inclasificable Ballard, además de transformar alrededor de un millón cien mil palabras en novelas y quinientas mil en historias breves, concedió innumerables entrevistas, algunas todavía por ser descubiertas por los arqueólogos ballardistas y otras encapsuladas en libros mágicos comoExtreme Metaphors (2012) –inédito en Argentina– y el reciente Para una autopsia de la vida cotidiana, que logran lo que ningún pastor brasilero o pai umbanda consiguió hasta el momento: volver a un muerto –en este caso, el autor de Crash (1973), El imperio del sol (1984) y Noches de cocaína (1996), entre otros– a la vida.

Con la guía introductoria de una autoridad en el tema como Pablo Capanna, las conversaciones reunidas en esta compilación de la editorial Caja Negra desnudan los fantasmas internos de un hombre más preocupado por las esquirlas psicológicas provocadas por las nuevas tecnologías y la sobrecarga mediática que por los extraterrestres y demás lugares comunes de un gremio –el de la ciencia ficción de futuro lejano y espacio exterior– del que nunca se sintió parte.

Los diálogos que Ballard mantiene en este libro (toda entrevista, no importa hace cuánto haya sido publicada, siempre es letra viva, presente) echan luz tanto sobre la artesanía de su escritura como sobre sus obsesiones: su admiración por William S. Burroughs y por surrealistas como Ernst, Dalí y De Chirico, su fascinación por los choques de autos –imbricación entre lo erótico y lo tecnológico– y su amor por las autopistas, los shoppings y los suburbios –como Shepperton, su lugar en el mundo– donde, aseguraba, se vislumbra el futuro. “Lo que hago es ensamblar los materiales de una autopsia y trato la realidad que todos habitamos como si fuese un cadáver –revela Ballard–. Estoy interesado en el desmantelamiento del asfixiante dispositivo de convenciones que llamamos realidad. Mi obra está colmada de escombros de mitologías terminales, de piscinas vacías, hoteles abandonados, basura tecnológica, silencio y desiertos”.

En una suerte de remix de los temas que se filtran en sus novelas psicológicas (la aniquilación del alma, la muerte del futuro, los desplazamientos de la imaginación, los miedos que acechan en el fondo de la mente), cada una de estas conversaciones aporta una clave de lectura para ingresar en su obra y, a la vez, extiende la galaxia ballardiana, al funcionar como un laboratorio donde el autor forja nuevas ideas y establece conexiones sobre una realidad siempre más extraña que la ficción.

J.G. Ballard, Para una autopsia de la vida cotidiana: conversaciones, traducción de Walter Cassara, Caja Negra, 2013, 192 págs.