Adelanto #Cosmos s01e04 “A Sky Full Of Ghosts”

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El Chavo del 8 y el cometa Halley

Hasta en El Chavo del 8 hablaron del cometa Halley 

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Anticipos del capítulo s01e03 de Cosmos

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Lectura zapping

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Efectos colaterales del libro electrónico

A lo largo de la historia, los cambios de técnicas y soportes han ido modificando las prácticas de lectura. Algo parecido a lo que sucede hoy con la expansión del libro electrónico. Lejos de los diagnósticos apocalípticos, el libro en papel no está –aún– en vías de desaparición; el acto de leer, en cambio, sufre transformaciones profundas.

Le monde diplomatique, marzo 2014

@fedkukso

Se los ve en el fuelle de un subterráneo ensardinado de gente a las nueve de la mañana. Asoman como animales exóticos en asientos de un tren rumbo a Munro. Ahí, en esos tiempos muertos de la casa al trabajo (y del trabajo a la casa), fotocopias del día anterior, momentos donde se diluyen las horas y en los que la vida se congela en un continuum de rostros, ruidos y olores anónimos, ahí, los libros electrónicos poco a poco se muestran. No lo hacen ya como estandartes de lo último y de lo óptimo –aquello que, como un imán, atrae todas las miradas por su esencia de artefacto nuevo– sino como una alternativa con el tiempo mimetizada con el paisaje y con nuestra orquesta de objetos cotidianos.

Unos hablan y otros miran de frente a la nada. Están los pasajeros que escuchan música y sin moverse de su asiento se transportan a miles de kilómetros de distancia con sólo cerrar los ojos como ticket aéreo. Hay quienes empeoran su ludopatía con el Candy Crush. Los que refriegan su vida privada al hablar a los gritos por celular sin un átomo de vergüenza y, también, una minoría silenciosa y vital: personas que leen, personas que consumen signos. Son pocas, pero incluso entre ellas ha surgido recientemente una nueva subespecie: los lectores anfibios, los que un día devoramos palabras ancladas con tinta en papel y al siguiente nos nutrimos de los bits que desfilan en aquellos rectángulos negros descendientes lejanos de las tablillas cuneiformes de la Mesopotamia, embajadores de una nueva época que desde hace un tiempo protagonizan un terremoto cultural que sacude industrias y costumbres, aunque todavía no del todo.

Kindle, Kobo, Reader, iLiad, Papyre, CyBook, no importa cómo se los llame, cómo se los venda, los libros electrónicos tardaron pero de a poco están introduciéndose en los hábitos lectores de cada vez más argentinos de una forma tan rápida que ni siquiera nos percatamos de los efectos colaterales que silenciosamente producen. 

Aún difíciles de conseguir (y a precios astronómicos –objetos suntuosos–, comparados con los de su lugar de origen), estos libros infinitos aterrizan en nuestras manos cargando una promesa: la de la lectura total, el acceso instantáneo a aquellas obras raras y lejanas que las editoriales locales no tienen el coraje o la inteligencia suficiente como para publicar. Sólo basta con encenderlos para que las puertas del paraíso literario se abran.



Biblioteca infinita

Pero, claro, nuestra predisposición hacia ellos no fue siempre la misma: acostumbrados desde hace siglos a una cultura que enaltece lo táctil e impreso –lo que se puede tocar, oler, abrazar, el “aura del libro” según Walter Benjamin–, estos artefactos, hace unos años exageradamente promocionados como verdugos de la tinta y el papel como soporte primordial del conocimiento humano, no se presentan ante los ojos del bibliófilo como otra cosa más que como una amenaza. Aquello de lo que hay que mantenerse alejados. Hasta que las excusas, los caprichos vacíos y la tecnofobia sucumben y, al fin, se lo conoce. Y un nuevo estado de la materia, entonces, se conoce.

“En épocas en que la heladera se quiere transformar en tele, el teléfono en cámara de fotos, la laptop en el mundo, un Kindle es monómano, obcecado –escribía hace un tiempo con elegancia Martín Caparrós–. Un Kindle no tiene luz propia como las chicas irresistibles, no canta ni baila como las resistibles, no te ofrece juegos, orientaciones, sabiduría inagotable como todas: sólo sirve para leer textos. Un Kindle es un libro que no sirve para equilibrar mesas ni vestir bibliotecas ni sobaquear para que todos sepan qué buen poeta estoy leyendo. Un Kindle es, en realidad, el estado actual de la gran máquina libro.”

Ahí reside su ambivalencia, su magia, su delicioso engaño: el de ser un libro que contiene todos los libros –los que se escribieron y los que van a ser escritos–, pero que curiosamente no se lee como un libro. Tal vez porque en el fondo los e-readers sean otra cosa, una especie aún sin una taxonomía, cuasi-libros, artefactos cuyas claves recién ahora empezamos tibiamente a decodificar.

Lo percibimos apenas los tocamos: la migración del libro al reino digital no es un simple trueque de tinta por píxeles. Desde Marshall McLuhan sabemos que el embalaje del texto modifica la manera en que es leído. El medio interfiere con la naturaleza del mensaje que vehicula. Como recuerda el investigador belga Christian Vandendorpe, autor de Del papiro al hipertexto, la actividad del lector varía según la naturaleza del texto leído. Uno examina un contrato, devora una novela, recorre una revista, hojea un diario. Un diario no se lee como una receta, así como un e-book no se lee como un libro. 

“Desde hace muchos años diversas profecías sobre el futuro del libro anuncian la muerte del papel y la llegada de la ola digital –dice Germán Echeverría, director de AutoresDeArgentina.com–. Según ellas, pantallas, botones y diferentes dispositivos invadirían nuestra vida como lector cambiándola por completo. Con el paso del tiempo, estos anuncios fueron perdiendo fuerza. La tan esperada revolución digital se presentó de una forma diferente a la prevista, tardó en desarrollarse más de lo pensado y el libro en papel aún continúa mostrando signos vitales en la mayoría de los países del mundo. La revolución digital no se da en todas partes, ni de la misma forma. Realidades y culturas diferentes conllevan adopción, distribución y usos distintos a los de los países donde estas tecnologías fueron pensadas y desarrolladas.”

En un Kindle, una biblioteca infinita se expande bajo las yemas de nuestros dedos. Libro que quiero, libro que consigo, compro, descargo, libro que leo. Se acabó aquello de esperar un envío, aguardar que una editorial se digne a traducir y publicar una obra. Ahora el acceso es total e instantáneo. Y su costo simbólico es mayor que el económico: pronto se descubre que su contrapeso es la profundización de la gula. La gula literaria, un anhelo coleccionista y acaparador, nos consume y nos guía. Ya sea en tiendas oficiales (como la de Apple, Bajalibros.com, Grammata.com.ar, Librocity.com o la reciente Google Play Books) o en las no tanto, el deporte es conseguir, descargar, instalar. El desplazamiento a través de librerías virtuales nos empodera. Nos otorga la sensación de tener el control total de un objeto. Como el mouse de la computadora, navegar en una oferta ilimitada de títulos y autores es el equivalente exacto del control remoto para la televisión. La misión es alimentar nuestro chiche omnívoro literario. Conseguir la figurita difícil, aquella que –tal vez– alguna vez disfrutaremos. 

Entre una búsqueda y otra, nos calmamos y lo advertimos. Tenemos acceso a lo que nuestro deseo literario nos manda. Y si bien nuestra espalda lo agradece al viajar más ligeros, cargamos una verdadera biblioteca de Babel en nuestro bolso o mochila. Leemos mucho más que antes. Aunque, cuando lo pensamos bien, nos damos cuenta de que no leemos como antes. Lo hacemos de otra manera. Leemos haciendo zapping. 

La estructura del libro, tal como lo conocemos, se vuelve abstracta en estos dispositivos. Aquella entidad que conocíamos como “página” –que nació junto al códice– se diluye. Ya no existe. Los fragmentos de textos que aparecen en la pantalla no son páginas, sino composiciones singulares y efímeras. No hay más anverso y reverso. Cubiertas, contratapas y portadas pierden su peso. Sólo basta con aburrirse, estancarse en cierto pasaje de un libro para abandonarlo y saltar a otro. Y al siguiente sin siquiera tener que despegar nuestra humanidad del asiento. Excitados por la promesa de nuevos estímulos (aquella a la que tan bien nos acostumbran redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram con su bombardeo constante de datos, palabras, imágenes), en un movimiento seco –un doble click– rumbeamos a un nuevo autor, a otra época, a un escenario distinto con otros personajes y otras aventuras. Y entonces, vemos venir la idea: de los cientos o miles de libros que digitalmente almacenamos en aquel rectángulo negro infinito, no podemos decir que hayamos terminado muchos. 


Mutaciones

Los libros electrónicos proponen una nueva forma de presencia de lo escrito. Como señala la editora y correctora de estilo Cecilia Espósito –una de las máximas referentes de la edición digital en Argentina–, otra relación con nuestra corporalidad. “La lectura cambia como cambian también los gestos del cuerpo al sostener el libro –dice la encargada de Los Proyectos (www.los-proyectos.com.ar), una editorial digital de ficción breve argentina y latinoamericana–, cambia la adaptación a la luz o a la oscuridad del ambiente, el estar online u offline, la legibilidad material del texto, las aplicaciones empleadas para leer (constructores de vocabulario, diccionarios, interfaces), las coordenadas espaciales dentro de la obra y la memoria que de ellas tenemos: cómo recuperamos páginas marcadas, pasajes, anotaciones, líneas dentro del blanco del papel.” 

La dinámica de lectura es muy distinta de un soporte a otro. Mientras que la lectura del libro se ubica bajo el signo de la duración y de cierta continuidad, la lectura electrónica –como la navegación a través de hipertextos– se caracteriza por un sentimiento de urgencia, de discontinuidad y de una elección que debe renovarse constantemente. Los e-books nos inducen a terminar leyendo libros de la misma manera como leemos revistas y diarios: picoteando de acá y de allá. 

Los nuevos modos de leer, alejados de la lectura meditativa o intensiva valorizada en el pasado, ponen en tensión nuestra relación de inmersión con la literatura: el llamado “efecto ficción” no funciona realmente bien sino en la medida en que el lector se deje absorber totalmente en un relato, lo cual supone una plena atención. Extinguidas las páginas, en un Kindle no hay percepción física de avance, de aproximación al final. 

Ni siquiera la lectura tradicional y la lectura electrónica implican los mismos procesos neurofisiológicos: como describe el analista de medios Robert Logan en El fin de los medios masivos: el comienzo de un debate (La Crujía, 2009), no importa la resolución del monitor o del gadget: leer un libro en una pantalla implica que, primero, el hemisferio derecho convierta en el cerebro píxeles en letras, y que luego el hemisferio izquierdo convierta las letras en palabras, oraciones, significados.

Los libros impresos tienen una mayor presencia física que las palabras que discurren sobre una pantalla: cuando leemos, construimos una representación mental del texto en la que el significado se ancla a la estructura. La lectura, así, es una experiencia visual y táctil. En un libro recordamos la ubicación de una frase, de una idea: en una esquina a la derecha, arriba a la izquierda, y así… En los libros electrónicos, en cambio, esta asociación espacial se extingue. Los e-books no sólo no pesan. Los más recientes estudios cognitivos concluyen que los textos digitales se asientan menos en la memoria.

Pero aunque todas estas prácticas se presenten bajo la etiqueta de lo nuevo, en realidad no lo son del todo. La transformación del acto de lectura que hoy se observa se halla en curso desde hace varios siglos. Lo olvidamos, pero la lectura no fue siempre igual. Desde la aparición de los primeros sistemas de la escritura a finales del IV milenio antes de Cristo, ha conocido varias revoluciones. La manera de leer que hoy nos parece normal, no lo era entre los griegos ni los romanos, que concebían la lectura como el medio de restituir el texto a través de la voz. Las personas con suficiente dinero, por entonces, no leían; se hacían leer un rollo por un esclavo especializado. Mucho más tarde, la lectura se volvió plenamente visual. Y recién en el siglo XII los libros comenzaron a concebirse para una lectura silenciosa.

El gran investigador de la historia de la lectura, el francés Roger Chartier, señala que la situación por la que atravesamos actualmente es comparable con lo que ocurrió entre los siglos I y IV, cuando se pasó de los textos manuscritos en rollos a los códices, antecedentes de los libros tras la aparición de Gutenberg con su imprenta de tipos móviles en 1448. Con una peculiaridad: la revolución del códice no se limitó al orden ergonómico –la manera de agarrar la materia escrita–, sino que también tuvo una incidencia sobre la índole de los contenidos y la evolución de las mentalidades en general.

Aquello que llamamos “libro”, así visto, es el resultado de una construcción histórica que en cada época adoptó una nueva forma. Para tristeza de los apocalípticos, cada migración (la aparición de los papiros egipcios –el libro por excelencia durante tres milenios–, los pergaminos romanos –en el siglo III a.C.–, los códices –dominantes durante la Edad Media–, el libro impreso –con el que aparecieron el punto y aparte y la división en párrafos y capítulos– y ahora el libro electrónico) incitó no la desaparición de su antecesor, sino una coexistencia original entre los antiguos objetos y gestos y las nuevas técnicas y prácticas. 

La larga historia de la lectura, además, muestra que las mutaciones en el orden de las prácticas a menudo corren más lento que las revoluciones de las técnicas y los soportes. No se impusieron nuevas maneras de leer inmediatamente después de la invención de la imprenta. Hay ahí una buena razón para no caer en el fatalismo que suele envolver esta cuestión. Los libros electrónicos no son los enemigos de los libros de papel. Son una alternativa y una mutación que los enaltece. Pero no por eso hay que permanecer ciego a las transformaciones que están en curso. Si, como decía el escritor André Malraux, una modificación de las actitudes de lectura acarrea necesariamente una modificación del imaginario, tal cual ocurrió en la Edad Media con el advenimiento del libro, es en el cruce de estos dos artefactos emparentados –uno en cuyas páginas marcadas se exhibe la historia de su apropiación y otro que en su digitalidad invita a una fiesta literaria infinita– donde se gesta un nuevo mundo. 

Cómo perderse en un museo y nunca ser encontrado

Un recorrido por los pasillos infinitos del Museo del Hermitage en San Petersburgo, Rusia.

Ñ, marzo 2014. 

@fedkukso

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Con toda la prepotencia de aquellos que saben que están condenados al fracaso, ella alza el brazo derecho e intenta tapar el sol con su ridículamente pequeña mano. No importa que se llame Valentina por la primera mujer que viajó al espacio (Valentina Tereshkova). O que tenga el pelo oscuro y trenzado como los cables de un ascensor. Ella —una menuda oficinista de Moscú, madre de tres, fanática del arte (ruso, en especial) y de vacaciones con su marido panzón y cincuentón en San Petersburgo— es una de las 200, ahora 250 y un minuto después 300 turistas que se agolpan en una fila que bordea la Plaza del Palacio (o Dvortsovaya Ploshchad), el corazón de cemento de esta ciudad hasta 1991 conocida como Leningrado, el escenario de dos de los grandes acontecimientos de la historia rusa: el Domingo Sangriento (1905) y la Revolución de Octubre (1917).

Valentina observa con un ojo la colosal y maciza columna de Alejandro, cuya sombra funciona como las manecillas de este reloj urbano, y con el otro al grupo de japoneses que tiene a su lado y que ratifican en silencio el estereotipo que sobre ellos pende casi desde siempre: todos —hasta un nenito— portan un arsenal fotográfico, cámaras con teleobjetivos XL. Son las 9.55 de la mañana y, como Valentina, queremos entrar ya mismo al palacio blanco y verde pastel de estilo barroco que tenemos enfrente: el museo del Hermitage.

Toda ciudad tiene un ancla en alguna de las dimensiones del tiempo: algunas miran y se encuentran en el futuro, como Seúl y Tokio. Otras trascienden en un presente continuo, inmutable. Y están, también, las que no se despegan de su pasado. Es el caso de San Petersburgo. Ruidosa, colmada de autos y gente a ambos lados de la vertebral avenida Nevsky, cruzada por canales y calles eternamente largas y de confusa numeración, Píter —como la llaman los locales—, la ciudad más europea de Rusia, la casa de Pushkin, Dostoievski y Nabokov exuda nostalgia. Añora la opulencia zarista, su esencia arquitectónica nobiliaria. La época lejana en la que era grande, rica, majestuosa.

Más que la Fortaleza de Pedro y Pablo, la catedral de San Isaac, la Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada, su subte bien profundo o el río Neva —la morada final de Rasputín—, el órgano emotivo central de esta ciudad es el Hermitage —durante siglos palacio de invierno de los zares—, sólo comparable por su empacho artístico con el British Museum, el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York y el Louvre de París.

Los guardias desganados y de mirada apática para los que estas escenas son meras fotocopias del día anterior —hordas de turistas de todas partes del mundo que se colan y gritan— al fin abren las rejas. Y el malón pasa de largo un cartel electrónico con una cuenta regresiva para el 250° aniversario en 2014 de este museo integrado por cinco edificios y creado por la zarina Catalina La Grande en 1764.

Luego de dejar mochilas y bolsos en los gigantescos guardarropas subterráneos, una maratón comienza: tres millones y medio de piezas de arte a ver en 400 salas distribuidas en 22.000 metros cuadrados. Alguien ya se tomó el tiempo de calcularlo: si se contemplase durante un minuto cada obra —la Madonna Litta y la Virgen de la Flor de Da Vinci, El almuerzo de Velázquez, Baco de Rubens y obras de Rafael, Tiziano, El Greco, Goya, Van Dyck, Rembrandt, Monet, Van Gogh, Gauguin, Picasso, Kandinsky y Malevitch—, el recorrido completo duraría algo más de cuatro años.

Más que un museo, el Hermitage (www.hermitagemuseum.org) es un laberinto en el que cada giro alienta la desorientación y provoca los más variados encuentros: con guardias dormidas en sus sillas, con recuerdos de robos y de despreciables ataques como el de un un lituano de 48 años que en 1985 lanzó ácido sulfúrico contra la Dánae de Rembrandt.

Mientras que en los pasillos sobrevuela la historia de los 65 gatos que patrullan en los sótanos de este complejo para evitar que las ratas dañen sus tesoros, los salones son atravesados por la fuerza que impone el cara a cara con un microcosmos de la diversidad cultural, colecciones que representan una galaxia de pueblos y culturas. Los restos del Egipto faraónico se mezclan con los de la antigua Grecia y de la Roma Imperial. Frescos budistas, porcelana francesa y el célebre cuadro La Danza de Matisse se empalman con techos, sillas y escritorios rebosantes de oro, salones recargados en estilo neoclásico y barroco ruso, destellos del esplendor zarista.

La solemnidad se mezcla con la gula visual del visitante. Las cámaras fotográficas son los verdugos tanto de la memoria como de la contemplación desnuda. No se mira ni se disfruta, se consume. Se fotografía como un acto de apropiación. Con las horas, el entusiasmo se aplaca. Se convierte en otra cosa. Sopor. Lo majestuoso y el exceso suntuoso de los Romanov se vuelve más de lo mismo: pasado petrificado y congelado detrás de una vidriera o de una cinta. Los innumerables nombres de pintores y escultores se mezclan en un gran pastiche. En el recuerdo, se vuelven un remix. Sólo permanece una sensación vaga de haberse perdido en un pasado encapsulado en un edificio verde, una cárcel de cristal con una historia tan ajetreada como la personalidad rusa: un edificio bombardeado sucesivamente, cuyas colecciones fueron trasladadas a Moscú durante la revolución bolchevique y a los Urales en la Segunda Guerra Mundial.

Es imposible entender una ciudad sin sus museos y un museo sin su ciudad. El caos interno del Hermitage es así la prolongación del ritmo de una San Petersburgo vívidamente violenta que, pese a los locales de McDonalds, Starbucks y Subway, aún habita en el siglo XIX.

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Shows espaciales

Si te gustó “Cosmos”, acá otros seis grandes shows espaciales:

@fedkukso

1.
The fabric of cosmos

2.
The Universe

3.

Through the wormhole

4.
Into the Universe with Stephen Hawking

5.
How the Universe Works

6.
Wonders of the Universe

 

Escritorios científicos

Qué hay en el escritorio del astrofísico Neil deGrasse Tyson 

Nuestra dirección cósmica #Cosmos 

(vía we-are-star-stuff)

Criaturas invisibles

Las increíbles fotografías de insectos y arañas de Steve Gschmeissner

Muy Interesante Argentina, marzo 2014

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En su imaginación infinita, la humanidad creyó durante siglos que compartía el planeta con monstruos, seres fantásticos conocidos más por leyendas lejanas que por observaciones certeras y directas. Miembros todos de una zoología fantástica registrada por el historiador griego Heródoto y escritores como Jorge Luis Borges en El libro de los seres imaginarios: arpías —divinidades aladas de larga cabellera, más veloces que los pájaros y los vientos—, centauros —mitad hombres, mitad caballos—, el cancerbero —perro de tres cabezas—, el basilisco —gallo cuadrúpedo con grandes alas espinosas y cola de serpiente—, esfinges —leones con cabeza de hombres—, las banshees —hadas o espíritus femeninos, según el folclore irlandés, que se aparecen a una persona para anunciar con sus gemidos la muerte de un pariente cercano— y muchos más.

Desde el siglo XVII, sin embargo, científicos y exploradores con los años fueron matándolos uno por uno. No con lanzas puntiagudas y bien afiladas sino con hechos, evidencias, observaciones. Aunque, en realidad, nunca lograron exterminarlos del todo: las asombrosas fotografías del zoólogo inglés Steve Gschmeissner demuestran que los monstruos aún siguen vivos. Y que están en todas partes: bajo la lupa del microscopio electrónico de barrido de este fotógrafo científico, hormigas, abejas, gusanos, cucarachas y escarabajos revelan una cara oculta. Se muestran como coloridos extraterrestres, criaturas de ciencia ficción inventadas por los mejores especialistas en efectos especiales.

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“Mirar las estrellas a través del telescopio y observar el escondido universo microscópico por medio del microscopio son las dos principales vías para descubrir nuevos mundos —cuenta desde la ciudad de Bedford este ganador de innumerables premios y que hace ocho años se jubiló del Royal College of Surgeons and Cancer Research de Inglaterra—. En ciencia es muy cierto aquello de que una imagen vale más que mil palabras. Las imágenes son el pilar de la investigación científica. Las imágenes son internacionales y no sufren las barreras del idioma”.

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Gschmeissner, de 61 años, es, quizás, el principal fotógrafo de la ciencia. Sus retratos miscroscópicos ilustran y embellecen las páginas de las principales revistas científicas del mundo como Nature, New Scientist y, por supuesto, Muy Interesante. Sus trabajos artísticos también engalanan las hojas de libros como Inside the bodyNano natureMicromonsters,The human body close-up y la cubierta del disco Scratch My Back (2010) del músico Peter Gabriel.

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La clave de estas fotografías —que despiertan la fascinación de lo invisible— no está únicamente en el ojo de Gschmeissner. También está en su mega-lupa: un microscopio electrónico de barrido (Scanning Electron Microscope), con un precio que puede superar el medio millón de dólares, que utiliza un haz de electrones en lugar de un haz de luz para bombardear su objetivo y así formar una imagen. Con él, retrata en 3D todo lo que cae en sus manos: por su alta resolución, puede aumentar hasta un millón de veces los detalles más íntimos de arañas, fitoplancton, polen, neuronas, pulgas, glóbulos rojos, esperma. Y, luego de colorearlos con Photoshop, mostrarlos como nunca nadie los ha visto.

“Quería mostrarle a la gente los insectos con los que conviven a diario –señala—. No nos damos cuenta de lo que ocurre ni quiénes habitan en las sábanas de nuestras camas, en las alfombras o dentro de nuestros armarios”.

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Su obra, que alimenta el stock de fotos de la agencia Science photo library, incluso ha repercutido por fuera del mundo de la ciencia: en el año 2012, la diseñadora de moda holandesa Iris van Herpen se inspiró en las fotografías de Gschmeissner para su colección de alta costura primavera/verano titulada Micro. A través de impresoras 3D, diseñó prendas con formas similares a especies microscópicas que viven en simbiosis con la naturaleza.

“Nunca sabés lo que vas a encontrar —dice este fotógrafo fanático del club de fútbol Manchester United—. Estoy constantemente buscando nuevos materiales para verlas de una manera completamente nueva. Hasta lo más mundano se ve increíble en este microscopio. Es cuestión de mirar bien de cerca y hallar lo desconocido: una realidad que hasta entonces no se dejaba ver”.

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Para saber más: Sitio oficial de Steve Gschmeissner

http://www.theworldcloseup.com/

Anticipo del próximo episodio de “Cosmos: a space time odyssey”

Anticipo de los próximos episodios de Cosmos: a space time odyssey

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Lista de episodios de “Cosmos: a space-time odyssey”

Lista de episodios de “Cosmos: a space-time odyssey”

(fechas de emisión de EEUU)

Episodio 1 
Marzo 9
“Standing Up in the Milky Way”

Con la nave de la imaginación, Neil deGrasse Tyson viaja al pasado para conocer a Giordano Bruno en el siglo XVI. Luego muestra el Calendario Cósmico en el que se condensan los 13,8 mil millones de años del universo en 12 meses.

Episodio 2
Marzo 16
“The Rivers of Life”


Historia de la evolución y selección natural: desde los microbios a la increíble biodiversidad actual. Eventos de extinción masiva.

Episodio 3 
Marzo 23

“When Knowledge Conquered Fear”

Los estudios de Newton y Halley sobre el movimiento orbital del planeta y los cometas.

Episodio 4
Marzo 30
“Hiding in the Light”
El nacimiento del método científico

Episodio 5 
Abril 6

“A Sky Full of Ghosts”
Cómo la luz, el tiempo y la gravedad se combinan para distorsionar nuestras percepciones del universo visible. Relatividad.


Episodio 6 
Abril 13

“Deeper, Deeper, Deeper Still”
La nave de la imaginación se interna en la intimidad de la materia.

Episodio 7 
Abril 20

“The Clean Room”


Cómo se determinó la verdadera edad de la Tierra.

Episodio 8
Abril 27

“Sisters of the Sun”

Estrellas y mujeres astrónomas del siglo XX.

Episodio 9 
Mayo 4

“The Electric Boy”

La historia de Michael Faraday.


Episdio 10 
Mayo 11
“The Lost Worlds of Planet Earth”
Un vistazo cercano al planeta Tierra.

Episodio 11 
Mayo 18

“The Immortals”
¿Tenemos que morir? ¿Las civilizaciones tienen una fecha de vencimiento?
Intentos de comunicarnos con otras civilizaciones alienígenas.

Episodio 12
Mayo 25

“The World Set Free”
Cambio climático. ¿Terminaremos siendo Venus?

Episodio 13 
Junio 1
“Unafraid of the Dark”

Del corazón del átomo a las orillas lejanas del cosmos.
Lo poco que sabemos del océano cósmico.

Neil deGrasse Tyson: el científico más famoso del mundo en 25 fotos

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25 fotos para conocer al nuevo presentador de la serie “Cosmos”.

1

Es hijo de un sociólogo de origen caribeño y una gerontóloga.

Como Lisa en un capítulo de Los Simpson, un día cuando tenía 9 años —cansado de la contaminación lumínica— fue al Planetario Hayden de Nueva York y descubrió las estrellas. “Ese día supe que quería ser astrofísico”, dice.

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2

Su papá Cyril le compró un telescopio. Un día mientras entraba con él a un parque de Nueva York la policía lo detuvo pensando que era una bazuka.

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3 

Mientras estaba en la secundaria le escribió pidiéndole consejos al astrónomo Carl Sagan.

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4 

Y Carl Sagan le contestó.

De hecho, lo invitó a su laboratorio en la Universidad de Cornell.

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5 

Fue campeón universitario de lucha.

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…y de danza

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6 

Es el director del Planetario Hayden en Nueva York.

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7 

En el año 2000, mandó rediseñar la maqueta de los planetas. Y sacó a Plutón. Los primeros en darse cuenta fueron los chicos que inundaron su oficina con toda clase de cartas amenazantes. En 2006, la Unión Astronómica Internacional le dio la razón a Neil deGrasse Tyson: Plutón no es un planeta.

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8

En la web circula un meme con esta expresión tomada de una entrevista:

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9 

Fue considerado el “astrofísico más sexy”.

O mejor: con la mejor onda.

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10

Apareció en The Big Bang Theory.

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11

Es un gran defensor de la exploración espacial no como un capricho científico sino como una vía para impulsar la economía de una nación.

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12

Es un fanático de la ciencia ficción. Por ej., de Star Trek. 

Utiliza referencias de la cultura pop para contar la ciencia.

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13 

Suele aparecer en shows como The Daily Show con Jon Stewart.

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14

Sos groso cuando te sacás una selfie con el presidente de EEUU:

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15 

Es amigo de Superman. Lo ayudó a encontrar Kriptón.

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16 

Aparece en la tapa de toda clase de revistas y suplementos culturales.

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Suele criticar los errores científicos de grandes películas como “Gravity” y “Titanic” (James Cameron cambió el cielo nocturno estrellado de Titanic por recomendación de Tyson). 

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…y tiene en Twitter (twitter.com/neiltyson) más de un millón y medio de seguidores.

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Aparece en esta maravillosa colección de “héroes de la ciencia”.

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19

Sus charlas son magníficas.

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20

Es amigo de Pluto.

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21

Con Richard Dawkins combate los fanatismos y las pseudociencias.

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22

Este es uno de sus mejores videos en Youtube

23

Es el resultado de esta ecuación:

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24

Se unió con Seth MacFarlane en una nueva aventura

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25

En Cosmos: a space time odyssey, es nuestro guía estelar.

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Crónicas espaciales

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Neil deGrasse Tyson. “El universo incide en la cultura”, dice este astrofísico, que en la nueva versión de la serie “Cosmos” continúa los pasos de Carl Sagan.

Ñ. marzo 2014

Hasta no hace mucho a Neil deGrasse Tyson no lo querían ni sus hijos. Ninguno de los dos. En el año 2000, este astrofísico estadounidense decidió redecorar su segunda casa –el Planetario Hayden en Nueva York, que dirige– y en el rediseño de las maquetas de los planetas voló a Plutón. Y el mundo se le vino encima. Los primeros que advirtieron la ausencia fueron los chicos. Y se lo hicieron saber. De un día para el otro, decenas de cartas –amenazadoras algunas– comenzaron a inundar la desordenada oficina de este científico fornido de 55 años. “¡Plutón es mi planeta favorito! –decía una de ellas–. No me pueden hacer esto”.

Hasta que seis años después la Unión Astronómica Internacional dio su veredicto y la furia espacial se disipó: el pequeño Plutón fue descendido de categoría –y excomulgado del título de planeta– y el honor de Neil deGrasse Tyson, restaurado. Desde entonces, la celebridad de este coleccionista de vinos y amante del jazz no para de crecer. Sus apariciones en la serie The Big Bang theory, en las páginas del cómic de Superman –con su llamativo chaleco invadido de estrellas– y en programas nocturnos como The Daily Show y The Colbert Report así como sus críticas a los errores astronómicos de las películas Titanic y Gravity y un meme que no deja de circular en Internet lo elevaron a la categoría de científico pop. Uno con un millón y medio de seguidores en Twitter (@neiltyson), un asteroide bautizado en su honor y acceso directo a la Casa Blanca.

Sus primeros contactos con la astronomía, sin embargo, no fueron todos felices. Cuando tenía nueve años el pequeño Neil se enamoró de las estrellas: como Lisa en uno de los capítulos de Los Simpson, este hijo de un sociólogo y una gerontóloga de orígenes caribeños se refugió en el Planetario Hayden huyendo de la contaminación lumínica que cegaba el cielo nocturno en su casa en el Bronx y descubrió el universo.

–Más bien, el universo me encontró a mí –recuerda–. Desde entonces, supe que quería ser astrofísico.

“¿Por qué querés meterte en la ciencia? –le preguntó dos años más tarde un profesor–. No hay negros en el campo. ¿Por qué mejor no te dedicás a los deportes?”.

Pero Neil estaba decidido. No flaqueó entonces ni cuando, entrando al Parque Van Cortlandt con un telescopio que le había regalado su padre Cyril, la policía lo detuvo pensando que se trataba de una bazuca. O cuando sus vecinos llamaron al 911 y reportaron actividades sospechosas en el techo de su edificio. Tyson terminó enseñándoles a los oficiales las estrellas.

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Así, Neil deGrasse Tyson creció para convertirse en el científico más popular de Estados Unidos no por sus papers o por sus descubrimientos estridentes sino por un estilo efusivo y contagioso –distinto– de contar (y vender) la ciencia. Un poder de comunicación que lo volvió una estrella del rock científica a punto de convertirse en supernova cuando el próximo 11 de marzo a las 22 horas por los canales NatGeo y Fox –y en otros 170 países y 48 idiomas– se ponga en los zapatos del sacerdote supremo de la divulgación, Carl Sagan, el poeta del universo, y en la secuela de Cosmos tome la posta como nuestro guía del espacio.

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–Pasaron casi 34 años de la emisión de Cosmos: un viaje personal, una serie que siempre fue más que un documental de ciencia. ¿Cuál es la necesidad de emprender otra vez esta travesía? Ya hay otros programas que lo hacen comoThe Universe o hrough the Wormhole con Morgan Freeman.
–Pero Cosmos es distinto. Como Carl Sagan, excedió el campo de la ciencia, para devenir en todo un fenómeno cultural. Cosmos es una historia con muchos héroes, una saga sobre cómo varias generaciones descubrieron nuestras coordenadas en el espacio y el tiempo y comenzaron a comprender las leyes de la naturaleza. Cosmos se grabó y emitió durante la Guerra Fría. Internet no era lo que hoy conocemos. Para entonces, no teníamos evidencias de la existencia de planetas más allá de nuestro sistema solar. Ahora sabemos que hay miles. Las preguntas cambiaron como también lo hizo la audiencia.

–Lo que no cambia es la persistencia de cierta aversión hacia la ciencia. Según una reciente encuesta de la Fundación Nacional de la Ciencia de los Estados Unidos, uno de cada cuatro estadounidenses piensa que el Sol gira alrededor de la Tierra.
–Esa es una de las razones por la que Cosmos vuelve. Queremos cambiar cómo mucha gente piensa sobre la ciencia. Sobre su rol, como un elemento fundamental en nuestras sociedades modernas. Mostrar por qué la ciencia importa. Y transmitir algunas de las grandes preguntas: de dónde venimos, dónde estamos, adónde vamos. Una vía de hacerlo es a través del asombro, una de las más altas emociones de nuestra especie que aúna a la ciencia con el arte y la religión. Conocer nuestro lugar en el universo tiene profundos alcances emocionales, filosóficos y espirituales. En cada cultura a lo largo del tiempo, siempre ha habido alguien que se preguntó por nuestro lugar en el universo. Es algo muy profundo, inherente a lo que significa ser humano.

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–Usted conoció a Sagan. ¿Cómo fue el primer encuentro con el famoso astrónomo y escritor?
–Fue en 1975. Yo tenía 17 años. Me tiré el lance y le escribí para que me recomendara una universidad. Y me respondió. No lo podía creer. El ya era famoso. Me invitó a su laboratorio en Cornell. Fue una fuente de inspiración. Antes de Carl, la ciencia y la televisión no se llevaban bien. Hasta que llegó con su oda poética y nos voló la cabeza. Aunque mi verdadero ídolo científico es Newton. Leí prácticamente todo lo que escribió. Estaba conectado al universo como ninguna otra persona, antes o después de él.

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–La reciente llegada de un robot chino a la Luna no produjo una conmoción mundial. ¿La sociedad le dio la espalda al espacio?
–Nos olvidamos de aspirar a más. La novedad pasó a ser más de lo mismo. Si no continuamos avanzando en la frontera a nadie le va a importar más. En los sesentas, vivimos en una cultura de la innovación. Cada semana, cada mes, un nuevo avance espacial aparecía en las noticias. Por entonces, todo el mundo soñaba con el mañana. Era algo que importaba. Este clima de época impulsó el nacimiento de series como La dimensión desconocida o Viaje a las estrellas . Lo olvidamos pero nuestra presencia en el espacio afecta no sólo a los ingenieros y matemáticos. Afecta a la creatividad de aquello que llamamos cultura. La famosa fotografía de la NASA “Earthrise” o “Salida de la Tierra” tomada por la tripulación de la Apolo 8 en 1968 tuvo un impacto enorme. Fuimos a la Luna y descubrimos a la Tierra: un planeta sin separaciones geográficas, sin países coloreados. La Tierra como un todo. Su impacto en la cultura fue inmediato. El mundo reaccionó ante esta nueva perspectiva y lo que significaba estar vivo en este planeta que todos compartimos. El universo incide y opera en nuestra cultura y no se le puede poner un precio. Vemos sus efectos en el arte, en el cine, en producciones televisivas. Por entonces, no necesitabas buenos programas para convencer a la gente que la ciencia era buena y necesaria para nuestra identidad. Cruzábamos la frontera de la ciencia todas las semanas. Estaba en nuestra mente, en nuestra cultura, en nuestro Zeitgeist . Hasta que llegaron los setenta, el programa espacial se desinfló y nos despedimos de la Luna.

–Películas recientes como Gravity, Last days in Mars y Europa reportretratan al espacio como un lugar peligroso para ir.
–Es que lo es pero también es excitante. Cuando me preguntan “¿por qué gastar tanta plata para ir al espacio teniendo acá en la Tierra tantos problemas?”, me imagino a un individuo hace 20 mil años preguntándose a sí mismo: “¿Por qué subir a esa montaña, por qué cruzar el valle si estoy tan cómodo y seguro acá en mi cueva?”. O, “¿por qué salir de Africa y conocer el resto del mundo?”. Las personas que restringen y critican la exploración son las personas que están condenando a la especie humana a la extinción. Olvidan que el espacio es también un motor de la innovación. Y de la economía. Financiar la exploración espacial conduce directamente al crecimiento económico, impulsa la creación de empleos. Muchas veces les digo a los empresarios: “Inviertan en la actividad espacial no porque el espacio es lindo sino para hacerse ricos”. No es una actividad lujosa que sólo pueden darse el lujo aquellos países que tienen el dinero. Mejora la economía de tu nación. En el pasado, tres motivaciones condujeron a las sociedades a emprender proyectos ambiciosos y especulativos: la celebración de un poder divino o real, la guerra o la búsqueda de riquezas. La construcción de las pirámides de Egipto, del ejército de terracota en China y del Taj Mahal en la India son ejemplos de lo primero. El miedo a una invasión impulsó la edificación de la Gran Muralla China y la guerra justificó el Proyecto Manhattan. La sed de riqueza de la corona española financió los viajes de Magallanes y de Colón al Nuevo Mundo y la Guerra fría y lo que yo llamo el “momento Sputnik” encendió el Programa Apolo. Fuerzas geopolíticas y económicas deberían impulsar también nuestra expansión por el espacio. Si se duplicara el presupuesto de la NASA y se emprendieran misiones ambiciosas, épicas, los resultados se desparramarían por la economía, la sociedad y la cultura.

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–Hablando de desparrames, en su oficina se mezclan ciencia y cultura: tiene, por ejemplo, una copia de La noche estrellada de Van Gogh y una tercera edición de los Principia de Newton.
–Me fascina siempre que un artista trata de expresar la influencia que el universo ejerce en él o ella. Eso buscamos en Cosmos : no sólo inspirar a la gente a la que ya le interesa la ciencia sino también a los que no. Lo expresé en un video que se hizo muy famoso en la web hace unos años. Para mí el hecho más sorprendente es saber que los átomos que forman la vida en la Tierra, los átomos que forman parte del cuerpo humano se crearon en los grandes hornos espaciales que son las estrellas y que una vez que explotaron desparramaron sus entrañas por el espacio. Somos parte de este universo pero más importante es que el universo está dentro de nosotros.

–¿Esto es lo que usted llama la “perspectiva cósmica” que busca compartir en sus libros y su nuevo programa?
–Exacto. Es un baño de humildad. Algunos de los átomos de agua que tomamos atravesaron los riñones de Sócrates, de Juana de Arco o Genghis Khan. El aire que respiramos pasó por los pulmones de Napoleón o Beethoven. Hay más estrellas en el universo que partículas de arena en cualquier playa, más estrellas que la cantidad de segundos que pasaron desde que se formó la Tierra. La luz tarda mucho tiempo en llegar a los observatorios terrestres desde las profundidades del espacio; por ende, los objetos y fenómenos que vemos no están más allí. El universo, así, actúa como una gigantesca máquina del tiempo. Cuanto más lejos vemos, más nos adentramos en su pasado. Nuestro universo entero emergió de un punto más pequeño que un átomo y como especie somos recién llegados en una historia que tiene más de 13 mil millones de años. La perspectiva cósmica abre nuestras mentes a ideas extraordinarias. Nos muestra a la Tierra como un punto en el espacio, por el momento el único hogar que tenemos. Muchas personas dicen que saber esto las hace sentirse pequeñas en un universo inmenso. Sin embargo, saberlo nos conecta con el cosmos, nos hace sentir que formamos parte de algo más importante que nosotros mismos.

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RECUADRO

El universo desnudo

Cuando murió Carl Sagan en diciembre de 1996, el universo se volvió un lugar un poco más oscuro. Nadie explicó el espacio y su gloria desconcertante como él, en el show sobre ciencia más visto de la historia de la televisión –y emitido en septiembre de 1980– cuyo impacto cultural es aún incalculable (curiosamente el título original de “Cosmos” era “El hombre y el cosmos”, descartado por machista; otra opción que se barajó fue “There” o “Allí”). La visión y el legado de este showman de la ciencia –como lo bautizó la revista Time– y escéptico militante que combatió hasta su último respiro a los charlatanes de la astrología y demás pseudociencias sobrevive en sus libros (“La conexión cósmica”, “Sombras de antepasados olvidados”, “Un punto azul pálido” y “El mundo y sus demonios”, entre otros), en sus hijos, en su archivo personal recientemente inaugurado en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos y también en la escritora Ann Druyan, su última compañera, coautora de gran parte de sus obras y guionista de “Contacto” y “Cosmos”, serie que ahora regresa y en la que –con increíbles efectos especiales– 14 mil millones de años de historia del universo se condensan en 13 nuevos episodios, un viaje del Big Bang a la teoría de la evolución, de los orígenes de la vida a las extinciones masivas, de los secretos de la luz a los misterios galácticos.

“Tuve la suerte de tener a mi lado al mejor maestro del siglo XX –cuenta Druyan–. Cada una de sus respuestas a mis dudas me ponían la piel de gallina. Eso es lo que queremos lograr con esta nueva edición del show: no sólo informar sino emocionar, transmitir una pasión por el conocimiento, y por el misterio, en esta época aún hostil con la ciencia”.

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MINI-BIO

Neil deGrasse Tyson

Astrofísico estadounidense

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Director del Planetario Hayden en el Museo Nacional de Historia Natural en Nueva York. Es el conductor del programa radial “StarTalk” y de “Nova” de la PBS. Ahora será el presen-tador de “Cosmos: a space-time odyssey”. Publicó diez libros entre ellos “The Pluto Files: The Rise and Fall of America’s Favorite Planet” y “Space Chronicles”. Atención editoriales argentinas:ninguno fue traducido al castellano

La fórmula de la vida extraterrestre

Revista QUO (México), febrero 2014

La ciencia se replantea la búsqueda de vida extraterrestre

A la hora de invertir, Dmitry Itskov lo hace a lo grande. Encandilado por el futuro, este multimillonario ruso de 32 años que amasó su fortuna en Internet quiere ser inmortal. Y lo desea mucho: tanto que, para él, arañar uno de los sueños más persistentes en la historia de la humanidad se convirtió en toda una obsesión. Con su “Iniciativa 2045” (http://2045.com), este hombre que no come carne ni pescado, no toma alcohol ni agua fría busca vivir eternamente a través de un método bastante conocido por los fanáticos de la ciencia ficción: descargar el contenido de nuestros cerebros en cerebros artificiales. No es un delirio: ya contrató a más de 30 científicos para comenzar a trabajar en ello y planea abrir una oficina en San Francisco para informar sobre el progreso de sus investigaciones. “Estoy 100% convencido que para 2045 conseguiremos ser inmortales”, dice.

Lo que no sabe este millonario moscovita es que ya existen maneras más sutiles de pasar a la inmortalidad: que un asteroide o un cráter en la Luna o en Marte sea bautizado con nuestro nombre. O, como le sucedió a la canadiense Sara Seager, que una ecuación de ahora en más lleve su apellido.

La astrónoma y profesora del departamento de ciencias planetarias y física del Massachusetts Institute of Technology en Estados Unidos no tuvo que depositar un sólo dólar por este honor, este pasaje directo a la inmortalidad. A esta “Indiana Jones de la astronomía”, le bastaron con sus investigaciones pioneras en la búsqueda de exoplanetas, es decir, aquellos planetas fuera de nuestro Sistema Solar. Sus estudios atmosféricos de estos mundos lejanos, realizados con el telescopio espacial Kepler —una de las joyas de la astronomía moderna—, derivaron en una corta pero potente fórmula: la ecuación Seager, un nuevo modelo que, asegura esta científica, actualiza nuestras probabilidades de encontrar en algún momento vida extraterrestre en el espacio exterior.

"La ecuación en sí no tiene un verdadero poder predictivo en la actualidad —cuenta Seager a Quo—. Su intención es ilustrar el hecho de que estamos trabajando en una real búsqueda de vida alienígena. Nuestra idea es encontrar en la gran vastedad del espacio planetas rocosos similares a la Tierra, husmear en la composición química de sus atmósferas con sofisticados telescopios espaciales y buscar allí gases que podrían ser producidos por alguna clase de organismos. No sabremos inmediatamente si esos gases son el efecto de la existencia de bacterias, de algún tipo de vida simple o de complejas civilizaciones hasta investigarlos a fondo. Así hallaremos vida extraterrestre".

La ecuación pionera

Hace 50 años un astrofísico estadounidense curioso y para muchos alocado causó un revuelo en el mundo de las ciencias. Era 1961 y Frank Drake, la primera persona en en utilizar un radiotelescopio para escuchar una señal de vida extraterrestre, condensó todo lo que se sabía para entonces sobre el universo en una ecuación. Metió en ella el número de estrellas que nacen en nuestra galaxia cada año, la fracción de esas estrellas que cuentan con planetas orbitando a su alrededor, el número de mundos situados en la zona óptima para la vida, la fracción de estos planetas que pueden desarrollar vida, los planetas donde la vida inteligente podría alcanzar un desarrollo tecnológico que permita la comunicación interestelar y la vida media de una civilización avanzada tecnológicamente. El resultado de este verdadero trabajo de síntesis fue la famosa “ecuación de Drake”, una herramienta altamente especulativa que, pese a ello, brindaba la esperanza para que algún día nos sintamos menos solos: indicaba las probabilidades de un eventual contacto humano con otras civilizaciones de la Vía Láctea.

"Nadie había organizado jamás cuantitativamente nuestros pensamientos antes —recuerda Seager—. Esa es la naturaleza revolucionaria de la ecuación".

Desde entonces, mucho ha cambiado. En los últimos 20 años, astrónomos de todo el mundo han encontrado miles de exoplanetas o planetas extrasolares fuera de nuestro pequeño vecindario cósmico, el Sistema Solar. Son tantos que estiman que todas las estrellas de nuestra galaxia tienen al menos un planeta que gira a su alrededor. En la base de datos mantenida por el Exoplanet Data Explorer (http://exoplanets.org), figuran 755 exoplanetas confirmados y otros 3470 aun sin confirmar. Estamos aprendiendo más que nunca sobre la formación, distribución y evolución de los exoplanetas.

En este breve pero fecundo tiempo de estudio, los científicos sobre todo se han percatado de un detalle nada minúsculo: nuestro Sistema Solar es sumamente raro. Tanto que por el momento no han hallado otro sistema planetario que se le compare.

Sí han encontrado, sin embargo, planetas sumamente diversos: de todo tipo de masa, tamaño y órbitas, desde planetas rocosos tan cercanos a sus estrella con lagos de lava en su superficie a mundos que orbitan sistemas binarios de dos estrellas.

Las ecuación de Drake, así, necesitaba de una actualización, un upgrade: así surgió la ecuación Seager, una fórmula mucho menos especulativa y al mismo tiempo más humilde. Ya entre sus variables no incluye la ilusión de hacer contacto con otras civilizaciones desarrolladas como la nuestra. Se conforma con detectar simplemente vida fuera de la Tierra.

"Buscamos planetas que estén a una distancia prudencial de su estrella —dice la astrónoma, ganadora de la beca MacArthur, la llamada ‘beca de los genios’—. No muy cerca pero no muy lejos. Que se encuentren en la llamada zona habitable. Hasta el momento hay dos docenas de candidatos planetas habitables como Gliese 163 C, Kepler 62 F, Tau Ceti E, HD 40307 G. Lo que queremos es estudiar su atmósferas, evaluar qué clase de gases tienen".

Seager, sin embargo, señala que no hay que desechar la ecuación de Drake. Su fórmula es una herramienta más, una para usar en paralelo: en lugar de enfocarse en señales de radio procedentes de otras civilizaciones, esta investigadora y su equipo van al acecho de “gases de biofirma” o “firmas biológicas atmosféricas detectables”, concentraciones de gases químicos que estén fuera de equilibrio. En la Tierra, por ejemplo, nuestra atmósfera está cargada de oxígeno, ozono y metano sólo porque existe vida. De no ser así, hace tiempo que estos gases se hubieran eliminado.

“Puede que hayamos encontrado ya un planeta con vida —dijo recientemente el astrónomo suizo Didier Queloz, quien descubrió en 1995, el primer planeta en órbita de una estrella que no fuera el Sol—. Pero mientras no analicemos su atmósfera no podremos saberlo”.

Una sombrilla para cazar planetas

Jubilado el telescopio espacial Kepler —el gran cazador de exoplanetas que comenzó a fallar en julio de 2012—, ha comenzado una nueva época para la astronomía. Una con flamantes y más potentes ojos en el espacio como el próximo supertelescopio TESS, siglas en inglés de Satélite de Sondeo de Exoplanetas en Tránsito. Programada para ser lanzado en 2017, esta misión de 200 millones de dólares buscará exoplanetas rocosos entre las estrellas clase M más pequeñas y más frías que están relativamente cerca de nuestro Sistema Solar. Un año más tarde combinará fuerzas con el Telescopio Espacial James Webb, mucho más potente y capaz de analizar las atmósferas de los exoplanetas y la búsqueda de señales de vida: tendrá, por ejemplo, un espejo de 6,5 metros de diámetro, el más grande jamás lanzado al espacio.

Seager, además, tiene otra carta bajo la manga: una sombrilla espacial gigante que permitiría visualizar exoplanetas. La llama “Starshade”. Ocurre que los exoplanetas son tímidos a las cámaras: normalmente para detectar estos mundos lejanos fuera de nuestro Sistema Solar se utilizan métodos indirectos. Apenas se ha logrado fotografiar unos pocos exoplanetas. A la gran mayoría no se los ve directamente. El observatorio Kepler, por ejemplo, detectaba exoplanetas cuando pasaban delante de su estrella y se producía una pequeña disminución en la luz. “Es un trabajo muy difícil —revela Seager—: divisar un exoplaneta rocoso pequeño es como ver desde la ciudad de Boston una luciérnaga que está al lado de un faro marítimo en San Francisco”.

Los cazadores de exoplanetas están obsesionados con encontrar mundos rocosos y pequeños como la Tierra y relativamente cerca de su sol. Así, Seager pergeñó un sistema mediante el cual se pudiera tapar la cegadora luz procedente de la estrella y así observar al exoplaneta en cuestión: una sombrilla espacial cazaplanetas de unos 50 metros de diámetro que orbitaría alineada a miles de kilómetros de un telescopio. Junto a investigadores de otras universidades, Seager ya diseñó una prototipo a tamaño casi real. La Starshade tiene pétalos, como si fuera una flor, y se estacionaría entre el Telescopio Espacial James Webb y la estrella observada. Con la luz de la estrella suprimida, la luz proveniente de los exoplanetas en su órbita sería visible. Su diseño está pensado para que la difracción producida por el borde de la sombrilla cree el menor número posible de imágenes fantasma del exoplaneta. Los científicos esperan así poder tomar imágenes directas de los exoplanetas y observar sus atmósferas en busca de signos que puedan delatar la vida, como el vapor de agua y el oxígeno.

La astrobiología y la exometeorología se están desarrollando a pasos agigantados. Con diversos métodos, recientemente se ha detectado en un planeta extrasolar sólo 2,5 veces mayor que la Tierra y a 40 años luz llamado Gliese 1214b una atmósfera rica en agua. Otro joven exoplaneta conocido como HR 8799c, que orbita la estrella HR 8799, tiene agua y monóxido de carbono en su atmósfera, pero no metano. El primer mapa de nubes de un planeta exterior al Sistema Solar lo realizaron colegas de Seager en el MIT: como cuentan en la revista Astrophysical Journal Letters, en la atmósfera del planeta gigante gaseoso Kepler 7b, ubicado a unos mil años luz de distancia de la Tierra, hay nubes en el oeste y cielos claros en el este. Fue el primer reporte meteorológico extraterrestre.

Lo más curioso ocurrirá el día en que estudiando la atmósfera de uno de estos mundos se detecte una señal anómala, un marcador biológico, un gas procedente de algún tipo de actividad orgánica, un elemento sorpresa. Entonces, ¿qué harán los astrónomos? ¿A quién llamarán? “Por el momento, no hay establecido ningún protocolo —cuenta Seager—. Debería haber. Los primeros datos deberían ser chequeados una y otra vez para comprobar que se trata de vida. Por ejemplo, el gas metano es producido por organismos pero también por fenómenos geológicos”.

Como varios de sus colegas, la astrónoma reconoce que al buscar vida en otros planetas las investigaciones están condicionadas por las características de la vida que conocemos. De ahí que el descubrimiento en la Tierra de formas de vida extremas capaces de sobrevivir en las condiciones más inverosímiles —los organismos llamados “extremófilos” habitan en fosas submarinas y en ambientes de menos de -270ºC— ampliaron las perspectivas de encontrar vida en planetas con condiciones muy hostiles

Seager tiene confianza. Considera que encontrar próximamente indicios de la presencia de vida fuera de la Tierra es más probable que recibir una señal de alguna civilización extraterrestre. “Creo que en un tiempo no muy lejanos, podremos llevar a nuestros hijos a un parque y ver el cielo nocturno, apuntar a una estrella y decirles: ‘Ese sol tiene un planeta con señales de vida en su atmósfera. Esa estrella tiene un planeta como la Tierra’. Creo que dentro algunos cientos de años, cuando las personas viajen a las estrellas más cercanas mirarán atrás en el tiempo y nos recordarán colectivamente como la primera generación que descubrió otros mundos como el nuestro”.

Quizás suceda en una década, tal vez en dos, en cincuenta o en doscientos años. El multimillonario Dmitry Itskov, por su parte, espera estar para entonces vivo para celebrar la noticia con una gran fiesta.

RECUADRO 

HISTORIA PLANETARIA

El 6 de octubre de 1995 no fue un día cualquiera. Pocos lo recuerdan pero la humanidad por un momento se sintió menos sola. Los astrónomos suizos Michel Mayor y Didier Queloz abandonaron el anonimato habían descubierto el primer planeta extrasolar, una roca girando alrededor de otro sol distinto al nuestro. 51 Pegasi b, también conocido como Belerofonte (por el héroe griego mítico que capturó a Pegaso, el caballo con alas), fue oficialmente el primer exoplaneta detectado fuera de nuestro sistema solar. Se encuentra a 48 años luz de la Tierra en la constelación de Pegaso. Es un poco más grande que Júpiter y da una vuelta alrededor de su estrella cada cuatro días a una velocidad de 136 km/s.

Desde entonces, la lista no hace más que aumentar. Los hay para todos los gustos pero sobre todo gigantes y gaseosos. O peor: con órbitas muy cercanas a su estrella. Por ejemplo, COROT-3b, descubierto en mayo de 2008, 21,6 veces más denso que Júpiter. Tarda sólo 4 días y 6 horas en orbitar a su estrella que es un poco más grande que la nuestra.

PSR B1620-26 b, en cambio, es el exoplaneta más viejo jamás hallado: se formó hace 13.000 millones de años, menos de mil millones de años después del Big Bang. Apodado “Matusalén”, está en la constelación de Escorpio, a unos 5600 años-luz de distancia y gira en torno a una estrella enana blanca y un púlsar.

Los exoplanetas más famosos, sin embargo, no son ellos sino otros: aquellos parecidos en tamaño a la Tierra. Si bien hasta el momento hay cerca de 80 exoplanetas confirmados con un tamaño similar a la Tierra, solo unos pocos tienen la distancia adecuada hasta su estrella para tener agua líquida en la superficie. Según el Catálogo de Exoplanetas Habitables realizado por la Universidad de Puerto Rico en Arecibo, hay que prestarle atención a los siguientes exoplanetas:

- Gliese 581g: descubierto en 2010 y conocido informalmente como Zarmina. Es el planeta más parecido al nuestro de los descubiertos hasta ahora. Tiene poco más del doble de masa que la Tierra.

- Gliese 581d: hallado en 2007, podría tratarse de un planeta oceánico, según uno de sus descubridores, Stéphane Udry.

- HD85512b: tiene 3,6 veces la masa de nuestro planeta. Está cubierto de nubes.

- Kepler 22b: Se encuentra en la zona habitable de su sistema planetario. Gira alrededor de una estrella similar al Sol aunque más pequeña.

- Gliese 667Cc: es bastante más grande que la Tierra. Tiene 4,5 veces la masa de nuestro planeta. Y tarda sólo 28 días en dar una vuelta a su estrella.

RECUADRO II

El cazador de ETs

Cuando Frank Drake dio a conocer al mundo su famosa ecuación en los sesentas, se produjo una conmoción. No sólo porque aportaba un poco de coherencia a un campo en el que la confusión abunda. Aún en las posturas más conservadoras anunciaba algo sorprendente: matemáticamente hablando, no estaríamos solos. Con lo que se conocía para los sesenta, Drake estimaba que en la Vía Láctea, habría diez civilizaciones alienígenas.

La esperanza que incentivaba esta ecuación impulsó a diversos intentos de comunicación interplanetaria. El propio Drake fue el autor del llamado El “mensaje de Arecibo”, una llamada de radio enviada al cúmulo de estrellas M13 desde el radiotelescopio de Arecibo el 16 de noviembre de 1974. Fue el primer mensaje enviado a las estrellas. Consistía en unos 210 bytes de información y en él se describían ciertos aspectos de la Tierra y la especie humana (la altura media, su forma, la cantidad de población mundial para esa fecha), nuestra ubicación en el Sistema Solar, los símbolos de los elementos básicos que sustentan la vida en el planeta (hidrógeno, carbono, fósforo, oxígeno y nitrógeno). En el caso de que hubiera respuesta, esta llegaría dentro de 50 mil años.

Le siguieron otros intentos de comunicación. Como el realizado en 1999 desde el radiotelescopio Yevpatoria RT-70 en Ucrania. Se dirigió un mensaje a las estrellas 16 Cygni A y 16 Cygni B en la constelación del Cisne: incluía información codificada sobre la Tierra y la humanidad y los nombres y mensajes personales de unos 50 mil participantes de este proyecto.

La ecuación de Drake también ayudó al nacimiento del proyecto SETI (acrónimo de Search for ExtraTerrestrial Intelligence o Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) que desde hace 50 años busca una señal de la existencia de una civilización alienígena. Pese a los diversos golpes financieros, lo hace con sus “orejas espaciales” el Allen Telescope Array, un conjunto de 42 antenas, ubicadas a 450 kilómetros de San Francisco.

Las investigaciones realizadas por el telescopio espacial Kepler no hicieron más que alimentar la esperanza abierta por la ecuación de Drake. Científicos de la Universidad de Chicago, Estados Unidos, por ejemplo, señalaron recientemente en la revista Astrophysical Journal Letters que en nuestra galaxia puede haber unos 60.000 millones de planetas que podrían albergar vida, mucho más de lo que se estimaba hasta el momento.

El club de la testosterona

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Así como está la chic-lit, existe su reverso: la dick, guy o lad lit, literatura escrita por hombres para hombres.

Ñ, febrero 2014

Por Federico Kukso (@fedkukso)

En un edificio perdido de Barcelona, una máquina coquetea con lo imposible. Quienes la han visto aseguran que, cual banco porteño un minuto antes de las diez de la mañana, a sus afueras se forman largas colas de voluntarios para usarla y sentir de cerca la potencia estimulante de su presencia. Esperan, cruzan los brazos y, con la misión secreta de burlar al tiempo, contornean sus cuerpos y rostros en figuras aún no catalogadas por la geometría. Hasta que son aceptados y estallan de alegría. Ellos y ellas se desnudan. Excitados, comienzan a tocar sus cuerpos por los que no corre un átomo de vergüenza.

                Los creadores de esta máquina imposible insisten que no intervienen en ella drogas alucinógenas. En sus cables no fluyen moléculas de LSD, mescalina o peyote. Sólo electrones, muchos, que, amontonados como pelotón del Tour de France, fluyen hacia la meta dándole forma a aquella entidad invisible que dirige nuestras vidas y llamamos electricidad. Una máquina de este tipo podría haber salido fácilmente de la imaginación de Isaac Asimov y haberse llamado Multivac. Pero no: entre los pasillos se la conoce simplemente como The Machine to be Another o la máquina para ser otro. Una pregunta cruza el experimento del colectivo artístico Be Another Lab: ¿qué se siente ser una persona del sexo opuesto?

                Rotas las cadenas del pudor, programadores y hackers se desvisten para calzarse luego anteojos de realidad virtual, los tentáculos visuales de este artefacto. Frente a frente, bailarines sincronizan sus movimientos para ver el mundo por primera vez a través de otros ojos. Diseñadoras y músicos exploran la cartografía personal de cuerpos extraños, tan radicalmente ajenos que parecen de otra especie.

                Sólo faltaron escritores. No les hacía falta. De hecho, esta experiencia de gender swapping o cambio de sexo, tan común en juegos como World of Warcraft, no resulta una novedad para ellos. Por una razón simple: todos los escritores —por definición— son travestis.

                A la mañana, a la noche, en cafés sobrevolado por una mosca molesta, en la sala de espera de un consultorio odontológico cruzado por una cordillera de revistas añosas, ellos y ellas escriben, martillean el teclado, engordan sus libretas con ideas, nombres, frases sueltas, sueños dispersos. Y ahí, en el rincón más íntimo del universo —su imaginación—, burlan la dictadura fisiológica. Abandonan sus cuerpos. Son otros. Durante las noches de 2001, el sueco Stieg Larsson, por ejemplo, se volvía gótico: en sus cejas, lengua, nariz, ombligo y pezones afloraban piercings. Le crecían las tetas. Su espalda era surcada por un gran dragón de tinta. Dentro de la habitación infinita de su cabeza, Larsson —montado— era la hacker Lisbeth Salander.

                A su modo, en la indescifrable alquimia de la creación —el misterio por el cual un escritor engendra una voz, un personaje multidimensional—, cada autor construye una identidad literaria mediante estos enroques. Tolstói es Anna Karenina. Gustave Flaubert, madame Bovary. Patricia Highsmith, Tom Ripley. Marguerite Yourcenar, Adriano. Pero, por más bien que lo hagan, este cambio de género se produce siempre con fisuras. No importa cuánto sepa un hombre del universo femenino y una mujer del cosmos masculino —no hay que olvidarlo: como recuerda Judith Butler, el género es una construcción social y cultural—, su descripción y confección siempre resulta incompleta.

                A veces, los lectores lo advertimos. En nuestro paladar, queda flotando un incómodo sabor a engaño. Más allá de los esfuerzos inverosímiles de críticos literarios, semiólogos y lingüistas de separar quirúrgicamente al autor del narrador y el enunciador, cuando nos sumergimos en un libro —y entramos en hipnosis: nos olvidamos del calor y de la histeria verde— entablamos un vínculo personal, íntimo con el autor, persona a la que con seguridad nunca veremos a los ojos, nunca abrazaremos.

                Temibles instrumentos de desconexión, los libros son siempre el acto de una voz, el acto de una persona. No existen personajes huérfanos de un creador. Sin antes ver el nombre y apellido de quien engalana la tapa, no aceptamos convertirnos en víctimas de un hechizo, un trance únicamente interrumpido por un españolismo, una mina plantada en el texto por un mal traductor.

                Por más que ciertos escritores idealistas repitan, sin correrse un centímetro de la siempre mojigata corrección política, que “sólo existe la literatura, sin distinción de sexo”, quien escribe —y quien lee— está también anclado en su género. No hay literatura sin cuerpo (sin biología), así como no hay autor divorciado de su época, de su Zeitgeist.

                En el fondo, géneros literarios como la chick lit o literatura escrita por mujeres para mujeres y su reverso, la guy, lad o dick lit, libros escritos por hombres para hombres, emergen como la traducción de este síntoma. En un paréntesis de la búsqueda idealizada de lo bueno y lo bello, el lector anhela respuestas para su vida. Desea hallar en ese tsunami de nombres de autores que lo inundan y marean desde las vidieras de las librerías y los suplementos culturales a alguien capaz de poner en palabras lo que siente. Aquello que lo desconcierta. Chuck Palahniuk lo deja bien claro en el prólogo de Stranger than fiction: “Vivimos nuestras vidas a través de historias. Acerca de trabajar duro o inyectarnos heroína. Ser hombre o mujer. Nos pasamos la vida buscando evidencias, hechos, pruebas que apoyen nuestra historia”.

                A los libros les hacemos muchos pedidos: ser la catapulta de nuestra distracción, llaves para la diversión y enriquecimiento personal. Buscamos una relación perfecta, sin infidelidades, sin peleas embarazosas en restaurantes, sin reproches (hasta que en un vagón del subte vemos a alguien con el mismo libro entre las manos. Lo toca, lo acaricia. Y, entonces, sin golpear la puerta los celos nos invaden. ¿Acaso el autor, esa voz descorporizada y totalmente reconstruida por nuestra imaginación no me hablaba sólo a mí y a nadie más?). Pero de vez en cuando, deseamos hallar en ellos más que frases lindas. Queremos identificación, empatía, conexión: claves, un manual de instrucciones para el funcionamiento de nuestra vida. Como dice George Steiner, los libros son nuestra contraseña para llegar a ser lo que somos.

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                Todo es marketing. Desde la elección de las iniciales dobles o triples que preceden la presentación del apellido de un autor (J. R. R. Tolkien, J.K. Rowling, G.R.R. Martin, C.S. Lewis), a la foto que asoma en la solapa, la tipografía en la portada. Todo: los fenómenos etiqueteados como slow reading o book-crossing. Y las categorías que, además de provocar y encender debates, fragmentan el paisaje literario, también. Muchos autores en silencio —o en revistas literarias— disparan contra ellas. Pero a los lectores perdidos nos sirven. Mucho: funcionan como brújula para saber hacia dónde correr, una flecha verde flúo que frente a nuestro desconcierto existencial y literario nos grite “lee esto”. 

                Para muchos hombres —de 20, 30, 40— esto es ellos: Chuck Palahniuk (el de Fight club, Snuff, Fantasmas), Bret Easton Ellis (American Psycho, Menos que cero), Irvine Welsh (Trainspotting, Porno), Nick Hornby (Alta fidelidad, Fiebre en las gradas), Henry Miller (Trópico de cáncer), David Leavitt (Arkansas), Jonathan Safran Foer (Extremely Loud and Incredibly Close), Kurt Vonnegut (Matadero cinco), Douglas Coupland (Generation A), Martin Amis (London Fields), Jack Kerouac (En el camino), Hunter S. Thompson (Los diarios del ron), Michael Chabon (El sindicato de policía yiddish), Charles Bukowski (Ham on Rye). Y más. Miembros de un club cargado de testosterona —algunos de ellos “freaks barrocos”, como los definió alguna vez Rodrigo Fresán por su pulsión a bucear en el lado más oscuro del mundo contemporáneo— que, entre sus frases-látigo, sábanas manchadas, sátiras, manifiestos nihilistas, reguero de diatribas sobre la alienación, el estado de ánimo de la sociedad moderna y las frustraciones emocionales del consumo consumo, filtran guías para un sujeto en perpetua (de)construcción.

                Son más que cronista sociales del universo masculino. No se lo proponen en conjunto pero lo hacen: ponen en palabras una angustia, la insolencia del ser. Esconden entre sus historias manuales de autoayuda. Se dirigen a una generación, así como Salinger les habla a los adolescentes a través de Holden Caulfield.

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                “No sos un hermoso copo de nieve individual. Estás hecho de la misma materia orgánica corrompible que todos los demás y todos formamos parte del mismo montón de mierda —golpea Palahniuk en uno de los pasajes más recordados de Fight club—. Nuestra civilización nos ha hecho a todos iguales. Como individuos no somos nada”.

                Como señala Santiago Roncagliolo, el órgano sexual masculino es el gran personaje de la obra de Philip Roth. En un mercado lleno de best sellers para mujeres, Roth escribe fundamentalmente sobre la relación de esos hombres con sus cuerpos. “Tu cuerpo te hace traicionar a quienes te aman. Y luego tu cuerpo te traiciona a vos”, dice el autor de La contravida.

                De vez en cuando, como quien nos cuenta una historia que transcurre en una ciudad por uno conocida, este tipo de escritores recuerdan algo que sabemos (“Preguntale a cualquier tipo por su madre mientras está cogiendo y podrás retrasar el gran estallido para siempre”, susurra Palahniuk —de nuevo— en Asfixia). En otras ocasiones, vuelcan en tinta un grito (“Tengo todas las características de un ser humano: carne, sangre, piel, pelo —confiesa el protagonista de American Psycho de Bret Easton Ellis—. Pero ninguna emoción clara e identificable, excepto la avaricia y la aversión. Está ocurriendo algo horrible dentro de mí y no sé por qué. Mis sangrientas lujurias nocturnas están empezando a apoderarse de mí, me siento letal, al borde del frenesí, creo que mi máscara de cordura está a punto de desmoronarse”).

                Y no falta la confesión incómoda, el pensamiento border, como el de Alan Pauls en “Mi vida como hombre”: “No hay caso: el hombre es el colmo de lo primitivo. Mientras la mujer es pura cultura —autoproducción, autogeneración: los self made men ya no existen, son sólo un mito ejemplar del capitalismo norteamericano, mientras que toda mujer es siempre una self made woman–-, el hombre es la naturaleza misma: toda su identidad está armada a partir del efecto de una inyección de sangre en un órgano cavernoso. Y cuando a un hombre se le da por ser cultura… ¡deja de ser hombre! Es puto (o ‘puto reprimido’), es travesti (o ‘travesti reprimido’), es mujer (o ‘mujer reprimida’). O es Michael Jackson. Lo más notable de la identidad masculina es la cantidad inconmensurable de peligros que lo amenazan. Ser hombre es apenas vivir todo el tiempo la posibilidad de dejar de serlo”.

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                No hay fenomenología más compleja que aquella que se despliega en los encuentros íntimos entre un autor y un lector. Decimos que leemos un libro aunque, tal vez en un nivel más profundo, el libro nos lee a nosotros. En diferentes momentos de la vida, desencadena efectos diferentes. Toca fibras distintas.

                En este preciso momento, alguien busca hacer contacto: en algún lugar del planeta un hombre o una mujer está escribiendo aquel libro que detonará en nuestras cabezas —y nos transformará en adictos— dentro de cinco, diez, veinte años. Quizás no sea un libro monumental ni esté destinado a ser considerado clásico. Sólo bastará con que nos llegue. Que sus palabras nos golpeen con la fuerza con la que nos despierta el narrador de Fight Club: “Si estás leyendo esto, el aviso va dirigido a vos. Cada palabra que leas de esta letra pequeña inútil, es un segundo menos de tu vida. ¿Tu vida está tan vacía que no se te ocurre otra forma de pasar estos momentos? ¿Lees todo lo que te dicen que leas? ¿Pensás todo lo que te dicen que pienses? ¿Comprás todo lo que te dicen que necesitás? Salí de tu casa. Basta ya de tantas compras y masturbaciones. Dejá tu trabajo. Empezá a luchar. Demostrá que estás vivo. Si no reivindicás tu humanidad te convertirás en una estadística. Estás avisado”.

(Versión que debía haber salido impresa, pero no salió)