El libro de los autógrafos científicos

The Royal Society Charter Book: el libro de los autógrafos científicos. Newton, Darwin, Hooke, Boyle, Mendeleyev…

El himno en una bacteria

Para demostrar las potencialidades de la bioinformática y de la biología sintética, este investigador logró almacenar el himno argentino dentro de una bacteria. Y ahora va por más: quiere convertir el ADN humano en música. 

Muy Interesante Argentina, febrero 2014.

Un día de 1813 un hombre apasionado por la botánica y la astronomía —en especial por los cometas— recibió uno de los encargos más difíciles que se le pueden encomendar a un ciudadano de una nación en plena gestación: escribir las estrofas de la principal canción patria, la letra de una marcha capaz de unir con sus proclamas de emancipación a miles de personas bajo una misma bandera así como de contarle al mundo quiénes somos, que acá estamos. Sus tataranietos cuentan que, luego de asistir a una obra de teatro muy patriótica y en la que se hablaba de la libertad, Vicente López y Planes corrió a su casa impulsado por la inspiración, pidió que nadie lo molestara y se puso a escribir afiebradamente. Así estuvo horas. El resultado es conocido: de aquel trance salieron nueve estrofas inicialmente llamadas “Canción Patriótica Nacional”, musicalizadas después por el catalán Blas Parera, las cuales fueron recitadas por primera vez el 14 de mayo de 1813, en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson. Desde entonces, el Himno Nacional Argentino —nombre que adoptó en 1847— atravesó por varias mutaciones: cambios de letra, recortes y alteraciones en la música, adaptaciones en las canchas de fútbol y reversiones al compás del tango, la cumbia, el rock y la música electrónica. Recientemente, su larga historia sumó un capítulo más. Vicente López y Planes nunca hubiera imaginado que 200 años en el futuro su creación iba a ser ser insertada en bacterias, como quien guarda un mensaje dentro de una botella. Pero así fue.

Para homenajear al Himno Nacional en su bicentenario, el biólogo Federico Prada y un equipo de docentes, alumnos y músicos —Veronica Di Mateo, Guido De Luca, Julieta Nafissi— lograron almacenar la pieza musical de todos los argentinos dentro del ADN de una bacteria E. coli. “Queríamos mezclar arte con ciencia —cuenta el director de las carreras de Bioinformática y Biotecnología y del laboratorio de Biología Sintética de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE)—. Y también demostrar que utilizando herramientas informáticas simples era posible guardar datos no biológicos en ADN, la molécula de la vida, aquella que todos los seres vivos usamos para almacenar información. Le hicimos trampa a la naturaleza”.

—¿Cuáles fueron los primeros pasos de esta iniciativa?

—El proyecto se llama BaNDA. Una vez que decidimos cuál iba a ser la pieza musical y cuál iba a ser el “recipiente”, la biblioteca portadora de información, fabricamos un algoritmo, funciones matemáticas que con un software transforman la información de un lenguaje a otro automáticamente, como lo hace un traductor online. Es como una caja negra pero en una computadora: le metés una nota en formato MIDI y sale una secuencia de ADN. La secuencia es más larga o más corta según la cantidad de notas que le metés. O sea, tomamos información en formato musical y la transformamos en información en formato genético. Podría haber sido hecho con una foto también.

—Pero entonces se obtiene sólo una secuencia de letras —muchas A, C, G y T— en una computadora. ¿Qué hicieron después?

—Necesitábamos sintentizarlas, o sea, “fabricarlas”, “imprimirlas”. Le mandamos en un mail la secuencia de la molécula que habíamos generado en la computadora a una empresa especializada en síntesis y al tiempo nos enviaron un sobre con un papelito: ahí estaba, seco, el ADN del himno. Luego, lo pusimos en una solución como si fuera un té. Y se lo metimos a la bacteria a través de un procedimiento llamado transformación bacteriana: a través de cambios de temperatura, le incorporamos ese ADN a la bacteria. La gracia está en que cuando la bacteria se divide cada 20 minutos hace todas las copias del himno que nosotros queramos.

—¿Como si fuera una fotocopiadora?

—Sí. Las bacterias son tan eficientes que en 18 horas se pueden obtener tantas copias del himno como personas hay en el mundo. El ADN es magnífico porque en un volumen pequeño contiene gran cantidad de información. Y no sólo eso: tiene una durabilidad alucinante. Es una cápsula del tiempo perfecta. Podríamos guardar cualquier clase de información en células, como si fuera un pendrive de ADN. Es muy posible que dentro de poco tiempo utilicemos soportes moleculares de información. Si Carl Sagan hubiera conocido estos métodos, habría mandado en la sonda Viking o en las Voyager bacterias con información de la humanidad adentro. Hubiera sido genial.

Malabaristas de datos

—Este proyecto demuestra las potencialidades de la bioinformática. ¿Cuándo surgió esta disciplina encargada del análisis de grandes volúmenes de datos para resolver problemas biológicos complejos?

—Nació indirectamente con el Proyecto Genoma Humano. Hace unas décadas nomás apareció por necesidad un nuevo profesional con conocimientos de informática y biología. En los ‘60 en los avisos de los diarios se buscaban físicos y matemáticos para predecir el movimiento de la Bolsa. Hoy se buscan bioinformáticos. Somos los nuevos malabaristas de los datos. La vida es una ecuación multivariada: cuando dos personas charlan en cada uno de sus cuerpos miles de proteínas hacen cosas distintas. Somos el producto de 23 mil llaves —nuestros genes— que se prenden y apagan en distintas circunstancias. De repente, te parás y cambia todo. Esa combinación de llaves encendidas y apagadas es de determinada manera cuando estás bailando en un boliche. De otra cuando te cepillás los dientes.

—Pero no estamos determinados exclusivamente por nuestros genes, ¿no?

—Yo antes era un determinista. Decía: “somos lo que nuestros genes dictan”. Hasta que me dí cuenta que el ambiente tiene un efecto muy importante, como también la cultura. Somos el producto de nuestro genoma, del ambiente y de la cultura. Yo lo veo así: desde la concepción, somos un bloque granito macizo. A partir de ese momento, comienzan 23 mil llaves a cincelarte desde adentro hacia afuera. Y desde afuera hacia adentro, el ambiente con su temperatura, con la cultura hace lo mismo. Así el bloque de granizo, nosotros, se moldea. Es plástico. A medida que va pasando tu vida ese moldeado continúa. Ese resultado es lo que somos en apariencia y en comportamiento.

—Usted dirige el laboratorio de Biología sintética de la UADE. ¿Cree que esta nueva rama de la biología que busca amaestrar a las células, conseguir que organismos vivos realicen funciones que normalmente no hacen, impone un cambio de paradigma?

—La verdadera revolución se produjo con el advenimiento de la biotecnología que no es otra cosa que domesticar a un bicho para que produzca lo que vos quieras. Ese fue el cambio. Y fue hace unos 40 años cuando apareció la primera proteína recombinante y la primera empresa de biotech. Ahora podemos agarrar a un organismo más grande, tocarle ciertas vías y hacer que crezca o produzca el doble, que haga lo que no hacía antes.

—O sea, pasamos de ser observadores de la naturaleza a actuar sobre ella.

—Y a modificarla, a domesticarla para sacarle un usufructo para la humanidad.

—¿Se podrían comparar a la biología sintética con el comienzo de la agricultura y la domesticación de los animales hace unos diez mil años?

—No se me había ocurrido. Pero podría ser. Ese fue un cambio fundamental en la civilización. La biología sintética hoy es una rama de la biotecnología y de la biología molecular. Tiene un futuro que no nos podemos imaginar. Porque por el momento no somos originales haciendo biología sintética. Por ahora copiamos lo que ya hacen ciertos organismos y lo hacemos en otros. No creamos vida. Eso no es biología sintética. Biología sintética es modificar los procesos, las moléculas existentes o los metabolismos de ciertas células y organismos para que comiencen a hacer cosas distintas con beneficios en las más diversas áreas como la salud, la ciencia de los materiales, en el agro.

Hacer hablar al genoma

—En la Argentina, ¿cuál es la situación de la biología sintética?

—Acá no hay muchos grupos declarados de biología sintética. Hay un equipo de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA que participa en la competencia mundial de biología sintética iGEM (siglas en inglés para máquinas genéticamente modificadas) pero no es un laboratorio. Está muy bueno. Pero no hay más que eso. Lo que hicimos nosotros con el himno y la bacteria es sólo una chispa de lo que se puede hacer.

—¿Y tienen otros proyectos?

—Sí. Un proyecto de genómica: queremos seguir utilizando el ADN como soporte de información no biológica para hacer lo que se llama “trazabilidad” de animales y plantas. Saber de dónde sale y a dónde llegan para que cualquier persona o un ente regulador sepa de dónde proviene algo que tomamos o comemos. Se le puede poner un marcador o buscar los marcadores existentes. Por ejemplo, en una quinta de Mendoza podemos buscar una cepa determinada de uva y encontrás marcadores moleculares que son únicos de la región. La idea es ir un día al Mercado Central de Buenos Aires, tomar un par de uvas, hacer una extracción de ADN y chequear si son de allá. Sería una validación molecular. También se puede saber en qué época del año se cosechó. Los marcadores moleculares son variaciones que están dentro de los genomas que se pueden asociar a una característica o fenotipo determinado. También queremos hacer pequeños sellos o estampillas que contengan biomoléculas para que uno pueda validar un documento utilizando moléculas que estén embebidas en el mismo papel. Además, en el laboratorio trabajamos con microalgas, buscamos alargarle la vida media a ciertos alimentos, generamos olores y sabores que no existen en el mercado, y estudiamos métodos para diagnosticar molecularmente para una enfermedad muy rara llamado Síndrome de Ondina que consiste en un trastorno respiratorio durante el sueño.

—¿Hay alguna diferencia entre estudiar biología antes y después del Proyecto Genoma Humano?

—Muchas. Yo estudié para ver qué había en el genoma. Mis actuales alumnos desde el primer año utilizan modelos biológicos como peces cebra, moscas Drosophila y gusanos C. elegans para hacer investigación. Ellos buscan entender cómo funciona el genoma para modificarlo. Quieren hacerlo hablar. Y esa es una diferencia terriblemente grande.

Para saber más

Sitio oficial del proyecto BaNDA

http://adnmusica.uade.edu.ar/

RECUADRO

La música de tu ADN

Según Prada, podríamos tener como ringtone del celular nuestro propio ADN sonoro.

No es la primera vez que se logra almacenar datos en forma de ADN. Por ejemplo, un grupo de investigadores del Instituto europeo de Bioinformática recientemente logró insertar en ADN todos los sonetos de Shakespeare, un PDF del famoso paper de Watson y Crick y el discurso de Martin Luther King “I have a dream”. Esto, sin embargo, no le quita al mérito del proyecto de Prada y su equipo, el primero en su clase en la Argentina, que funciona en ambas direcciones: así como se puede traducir información musical a información genética, gracias a la iniciativa BaNDA es posible convertir ADN en música. “¿Cómo sonará el virus del HIV? —se pregunta este investigador de 41 años—. Me imagino a la insulina tocada por Charly García. Cada ser humano tiene su propia melodía. ¿Cómo suena nuestro ADN? Podríamos tener como ringtone del celular nuestro propio ADN sonoro”.

Consciente del poder de la información, Prada también forma parte de otro gran proyecto: WikiLife (http://wikilife.org), una plataforma abierta fundada por el emprendedor Daniel Nofal que recolecta datos personales sobre el estilo de vida —cantidad de pasos hechos en un día registrados con un podómetro tipo FitBit, cómo duerme— donados de manera altruista, anónima y gratuita para con ellos diseñar mejores medicamentos y planes de salud. “Somos máquinas que producimos información todo el tiempo. Somos máquinas gobernadas por nuestros genes —dice Prada—. Somos como un cometa que a su paso va dejando una estela de datos en todo lo que hacemos. Cuando nos subimos a un colectivo con la tarjeta SUBE, cuando usamos un teléfono, cuando compramos algo con la tarjeta de crédito. La idea es conocer eso y volver a esos datos útiles”.

Estampita

#DarwinDAY

Más —> http://instagram.com/fedkukso

Arqueología de la palabra escrita

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Manuscritos. En la era digital, los papeles escritos a mano tienen una magia que hipnotiza porque transmiten una esencia y dan cuenta de una época que ya pasó y no volverá.

Ñ, noviembre 2013

http://j.mp/1eSzXo8

En un perfecto día de verano en San Petersburgo, un guardia de seguridad se sacude el sueño del cuerpo a través de un bostezo. Con un movimiento seco, acomoda la gorra desproporcionadamente grande que pende sobre su cabeza mientras su mirada es arrastrada por la sombra de dos chicas que caminan agarradas de la mano –una señal de amistad femenina tan rusa– en el callejón Kuznechny. Sabe que sólo seis escalones lo separan de uno de los tesoros de esta ciudad injustamente reducida al eslogan de “la Venecia del norte”. Y aún así le da la espalda a la última casa donde vivió Fiodor Dostoyevski.

Una orquesta silenciosa de gestos que envidiaría cualquier estudiante de mimo –los empleados de museo en Rusia hablan tanto inglés como los argentinos manejan el coreano– y 160 rublos funcionan como llave de entrada a estos seis cuartos congelados en el tiempo que transportan al visitante al 9 de febrero de 1881, el día en que una de las estrellas de la literatura rusa dejó físicamente de existir. Ahí, en el segundo piso, está el comedor familiar donde se reunían Fiodor, su esposa Anna Grigorievna y sus dos hijos. La mesa aún está servida (un mantel blanco, tasas y platos de porcelana). Un silencio estancado recorre los pasillos de paredes empapeladas con retratos y con cartelitos que recuerdan de mala gana “prohíbo tomar fotografías”. Hay mecedoras, mesitas, una biblioteca y el gran trono: el mismísimo escritorio donde, por las noches, Dostoyevski escribió Los hermanos Karamazov .

No importa que su cuerpo haya sido enterrado en el cementerio Tikhvinskoe, en las afueras de San Petersburgo. Dostoyevski aún habita su departamento: vive en la lapicera con la que escribía y en la última receta que le dio su médico que descansan sobre una mesa. Está en el reloj detenido en el minuto de su muerte, en sus cigarrillos, en un ejemplar de la novela Eugenio Oneguin de Aleksandr Pushkin abierto en el capítulo ocho. Y sobre todo a Dostoyevski (y la epilepsia que lo endemonió durante toda su vida) aún se lo encuentra en las notas, páginas garabateadas y manuscritos que acá se exhiben.

Al igual que todo texto escrito a mano, estos papeles antiguos y los ríos de tinta que los bañan en las más curiosas formas transmiten una esencia. Algo que excede lo dicho. Ya sean documentos de escritores, políticos o de cualquier otra figura pública, sus cualidades rebasan las propiedades físicas de los átomos que los componen. Irradian un hálito vital, como lo llamaba Marco Aurelio, emanan ectoplasma. Hay en estas escrituras fantasmales un quantum de magia.

El autor desnudo 
En nuestra era digital en la que “lo último” es lo óptimo y en la que la palabra escrita ha sido dictatorialmente estandarizada –sustituimos nuestra firma por un pin, escribimos mediados por teclados y nos extrañamos incluso de la forma que adquiere nuestra letra (cuando recordamos que tenemos aún la habilidad de escribir a mano, nuestro más personal y subvalorado acto artístico)–, la palabra manuscrita de los escritores nos fascina porque actúa como catapulta de la nostalgia: funciona como un vaso conductor a la intimidad de quien escribe, un bypass a la sensibilidad de una época que ya pasó y que no volverá.

Ver la letra pelada de un autor es como ver a ese autor desnudo.  Así como no se termina de conocer a alguien cercano hasta que no se visita su casa –la principal obra espacial de cada individuo–, no se conoce a un escritor hasta que no se descubre su particular manera de acentuar las íes, de inclinar la cola de sus “g”, el grosor del trazo infundido en estado de temblor, el difuminado de un acento, sus puntos, sus comas siempre únicas. La obra de Borges, por ejemplo, no es independiente de su curiosa verticalidad caligráfica. Y nunca se completa –aunque se la haya leído toda– si no se echa un vistazo a las increíbles ilustraciones con las que engalanaba sus textos, como, por ejemplo, los dibujos del manuscrito de nueve páginas “Viejo hábito argentino de 1946” –un monstruo de muchas cabezas donde conviven Rosas, Perón, Mussolini, Hitler y Marx– que tiene la Universidad de Virginia entre sus colecciones.

Tendemos a elevar a ciertos autores en un pedestal y al hacerlo los convertimos en personajes de sus propias obras. Descubrir anotaciones al margen, la intensidad de la letra de escritores como Kafka, sus garabatos –las ilustraciones fálicas de Chuck Palahniuk, los dibujos de Lewis Carroll y de Victor Hugo–, la espontaneidad que enciende cada palabra y las heridas de sus textos –los tachones de los manuscritos de Proust, de Sartre y de James Joyce– los regresan a la tierra. Les devuelven su humanidad. A través de sus manuscritos y de la búsqueda de su voz en videos borrosos de Youtube, los invocamos.

Es como si en esa revelación, en ese acto de descubrimiento –el de la voz, el de la letra–, el o la autor/a muerto/a hace décadas diera una nueva bocanada de aire. Los manuscritos son letra viva por la simple razón de que son prolongaciones de sus cuerpos, aquello que la técnica expulsa del objeto literario. No hay soporte más visceral. Y a la vez, son espejos en los que vemos reflejados fragmentos de su yo interior. Cortázar resucita en sus ilustraciones de Rayuela como Tolkien vuelve a Mordor en sus impresionantes dibujos que acompañan las palabras que componen El señor de los anillos .

Cada arabesco en el papel es más que la traducción material de una idea. Cada pliego, cada vuelta condensa un estado de ánimo, una sensación, la emotividad que los tipos estandarizados despojan. La traducción, así, no es la única mediación que separa al lector del pensamiento e imaginación creativa de un autor con el que no se comparte el mismo idioma. La tipografía misma de los libros –aquella que naturalizamos tanto que no la cuestionamos ni la advertimos– nos aleja.

Si, como decía Voltaire, la escritura a mano es la pintura de la voz, los libros que leemos –y amamos– están desteñidos y son silenciosos.

Sismógrafos del alma
Por definición, la esencia de los manuscritos es la de aparecer, así como la esencia de los informes ultra-secretos es la de ser filtrados. Y una vez que asoman, cautivan. Tanto el hallazgo de un matambre de papeles hace tiempo considerados extraviados como la digitalización de un archivo privado y su exhibición en la Web son presentados mediáticamente siempre con la misma efervescencia triunfalista de la localización de un tesoro. Por una simple razón: ver un texto original –por ejemplo, el manuscrito deFrankenstein en el Shelley-Godwin Archive (http://shelleygodwinarchive.org), o las anotaciones al margen de Drácula hechas por Bram Stoker, los dibujos de las lunas de Júpiter de Galileo y las ecuaciones de Einstein en el paraíso de los manuscritos Fuck Yeah, Manuscripts! (http://fuckyeahmanuscripts.tumblr.com)– altera para siempre nuestra experiencia con una obra. Levanta el velo, hace tácito el conjuro del que se nutre la literatura y su industria: al leer un libro en realidad no leemos las palabras del autor; leemos cadáveres tipográficos. Una copia de una copia. Ecos lejanos, palabras travestidas y trajeadas de letras de molde, todas iguales.

Ahí anida la razón por la cual la caligrafía ajena secuestra nuestra atención. Le agrega a un autor que se supone conocido –y tantas veces leído– una nueva capa de significación. Es como ver por primera vez una foto rara de una figura pública demasiado familiar. Un escritor en una pose que en el fondo no es una pose: Borges orinando en los baños del Colegio San Ildefonso, Susan Sontag disfrazada de oso de peluche, Ernest Hemingway pateando una lata, Truman Capote dormido en el boliche Studio 54, Mark Twain jugando al pool.

Su estilo único de escribir –el recuerdo de su materialidad última– nos revela una faceta de ellos para nosotros inédita. Como quien escarba en la basura de una persona de su devoción y descubre entre cáscaras de banana y colillas de cigarrillos aquellos despojos que hablan de sus hábitos secretos e íntimos, asomarse a esta dimensión olvidada por la industria cultural nos permite adentrarnos en la estructura del pensamiento de un escritor: por ejemplo, cómo Gay Talese ordenó sus ideas y testimonios en su artículo “Frank Sinatra está resfriado”. “Los nombres de las casas de Hogwarts fueron escritos en la parte de detrás de una bolsa de vomitar de un avión. Eso sí, vacía”, contó J. K. Rowling, quien para organizar la maraña de datos que animan la saga de Harry Potter acudió al clásico cuadro sinóptico hecho con lapicera.

Desde hace miles de años, los chinos saben que la caligrafía expresa estados del ánimo. Y su dominio es un arte, un certificado de aptitud intelectual. Como dice el sociólogo Christian Ferrer, el ideograma es un sismógrafo del alma, así como la mano es el ventrículo de la imaginación, su médium.

Instrumentos de disección 
Las cartas personales, los cuadernos de notas, los apuntes de viaje, los borradores, las ideas espontáneas estampadas en alguna libreta Moleskine, los garabatos hechos con el lápiz-fetiche de Vladimir Nabokov, John Steinbeck, Capote –el Eberhard Faber Blackwing 602, un talismán para la creación– son tentaciones demasiado fuertes para los grafólogos, aquellos que dicen poder analizar la personalidad de un individuo sólo con un vistazo a su letra, representantes de una disciplina siempre en tensión por su estatus epistemológico: pseudociencia para muchos científicos, lectura del alma para los devoradores de horóscopos y habitués de las lecturas de manos.

Si es cierto que el lápiz y las teclas forjan estilos de escritura distintos, entonces la literatura puede –y debe– ser disecada de acuerdo a los instrumentos de su producción, a sus condiciones materiales, aquellas referencias siempre ausentes en las notas al pie y en las aclaraciones de los libros.  Pero deberían estar.

Los manuscritos y borradores son los esqueletos de toda obra. Lo cual, de cierto modo, nos convierte a los que los amamos y buscamos con fruición  en arqueólogos forenses. Indiana Jones literarios.

EXTRA: 10 asombrosos manuscritos

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1. J.L. BORGES

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C. PALAHNIUK

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2. DOSTOIEVSKY

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3. BRAM STOCKER

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4. GAY TALESE

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5. KAFKA

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6. POE

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7. MURAKAMI

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8. PROUST

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9. TOLKIEN

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10. DAVID FOREST WALLACE

Mini manifiesto de Carl sagan sobre la importancia de que los científicos comuniquen la ciencia. 

La tecnología como segunda piel

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Entrevista al historiador de la tecnología Helmuth Trischler (Deutsches Museum en Munich).

Ñ, febrero 2014

Se llama Anita. Así: “Aní-ta”, con una “t” bien marcada como sólo los escandinavos la saben pronunciar. De pelo negro lacio e imperturbable como el de una muñeca, rasgos orientales y una piel perfecta, ella es una Hubot, uno de los androides de la serie Äkta människor o Real humans (Humanos reales), seres artificiales –que tanto recuerdan a los robots de Isaac Asimov– empleados como mucamas, niñeras, repositores de supermercado, incluso como amantes. La creación de Lars Lundström, especie de producción-hermana de la inglesa Black mirror, no se sitúa dentro de cien años. La lluvia no se desploma sobre una megalópolis cosmopolita y siempre gris. El acá es ahora, un universo alternativo en el que el sueco se cuela en el monopolio del inglés como idioma oficial de la ciencia ficción. Todos lo  hablan: los chicos, los grandes, los robots. ¿Cómo no hacerlo? Es Suecia.


Además de plantear dilemas éticos sobre los derechos individuales, la identidad y la libertad –¿puede una cosa, un artefacto, tener derechos?– e incitar la reflexión sobre la soledad, la amistad y el amor, Äkta människor en un nivel más profundo dispara en la mente del espectador una duda que escapa la arena de la ficción: ¿la cultura en la que uno vive afecta la percepción social de la tecnología? “Claro que sí”, responde sin pestañar el
alemán Helmuth Trischler, historiador de la ciencia y la tecnología y director del departamento de investigación del Deutsches Museum en Munich, recientemente invitado a Buenos Aires por la Universidad Nacional de San Martín.


–¿En qué se aprecian estas diferentes perspectivas?
–Si bien como especie existen constantes y usos comunes, hay diferencias culturales en la utilización y apropiación de las tecnologías. Nos valemos de ellas para expandir nuestros sentidos y para experimentar de una manera diferente el mundo, al mismo tiempo que transforman nuestra sensibilidad e imaginación. Somos moldeados por las tecnologías. Pero además de estos factores antropológicos, como decía, hay diferencias culturales: los argentinos no tienen la misma percepción de la tecnología que los europeos, así como los alemanes no compartimos exactamente la misma percepción que los franceses, los españoles, los ingleses, etcétera.


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–¿Dónde se ven esas variaciones?
–Por ejemplo, está el caso de la tecnología nuclear. En Alemania, estamos atravesando por lo que llamamos una “transición de energía”: deliberadamente y como consecuencia en gran parte de lo ocurrido en
Fukushima, nos estamos alejando de la energía nuclear. Desde hace un tiempo y luego de un gran debate se están cerrando las plantas nucleares. En contraste, en Francia impera otra mentalidad: planean construir nuevos reactores nucleares y no hay una oposición de la sociedad relativamente
fuerte. Son tecnonacionalismos. Los alemanes somos más escépticos respecto a la tecnología que los franceses: hay cierta vacilación a la hora de aceptar grandes tecnologías como la energía nuclear. 


–¿Y a qué se debe?
–Tiene una larga historia. En Alemania se remonta al año 1890 cuando tuvimos el primer gran debate sobre la tecnología y la intervención humana en la naturaleza. Así surgió el primer movimiento ambientalista alemán y la idea de que la naturaleza debía ser salvaguardada. Sus primeras críticas fueron dirigidas a la urbanización y a la contaminación. Esta tradición romántica de la naturaleza es distinta a la de otras sociedades. En Alemania hay una obsesión con los bosques y los árboles. En 1980 tuvimos un gran debate sobre la muerte de los bosques debido a la lluvia ácida. Eso no ocurrió en otros países como Francia. Experimentan los mismos problemas pero no se dio tal discusión en la opinión pública. La percepción de lo tecnología así está enraizada en la cultura. Si bien en la actualidad la tecnología es nuestra segunda piel, no entablamos una relación ahistórica, abstracta, con los artefactos que nos rodean.

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–¿Por qué cree que cuando se habla de tecnología se piensa casi exclusivamente en gadgets y no en procesos culturales, modos de uso?
–Desde hace mucho tiempo, los estudios de ciencia, tecnología y sociedad subrayan cómo los seres humanos incidimos en la tecnología. Hablamos de una construcción social de la tecnología. No hay una evolución abstracta de la tecnología, independiente de su contexto social. La sociedad dirige sus transformaciones. Y en muchos casos son las decisiones e intereses de los consumidores las que marcan su paso. 

–Pero hay tendencias globales… 

–…y adaptaciones locales. Son las dos caras de la misma moneda. Y esa tensión se expresa en la percepción de la tecnología. Por ejemplo, la tan mentada idea del fin del libro. Se piensa que, porque en un país con gran penetración tecnológica como Estados Unidos se venden muchos iPads, esa tendencia se va a trasladar automáticamente al resto del mundo. Hay países con una cultura literaria muy fuerte como la Argentina, en los que el libro como objeto palpable ocupa un rol central, con sus librerías y cafés donde sentarse a leer. No se suelen tener en cuenta estos rasgos culturales.


–Es cierto. Más allá de eso, la mirada que impera es la opuesta: que es la tecnología la que nos cambia. Y no que nosotros cambiamos a la tecnología.
–Es un feedback permanente. La tecnología es el resultado de una negociación: entre el productor y el consumidor. La tecnología no evoluciona por sí misma. Y no hay que olvidarlo: la tecnología nos ha mejorado la vida pero también nos la ha empeorado.

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–En estos tiempos tan tecnologizados, ¿todavía le podemos decir que “no” a la tecnología?
–Por supuesto. La sociedad constantemente le dice “no” a la tecnología. Somos nosotros los que decidimos. No la tecnología. Los seres humanos estamos siempre tomando decisiones. Y es una de las dos grandes tareas para nosotros los historiadores: subrayar que siempre ha habido la posibilidad de elegir. Y recordar que no hay tal cosa como un progreso natural o lineal. Las tecnologías no evolucionan en línea recta, no siempre se reemplazan entre sí, se superponen, conviven. Han habido muchos callejones sin salida, tecnologías que han fallado no porque fueran malas sino porque no fueron socialmente aceptadas. El cementerio de las invenciones fallidas es inmenso.


–Aun así hubo grandes momentos de aceleración de la tecnología a lo largo de la historia. 
–Sí, pero no se dieron con un sentido teleológico. La primera aceleración ocurrió en la revolución neolítica hace más de nueve mil años con el desarrollo de la agricultura, si bien varias sociedades pre-neolíticas
tenían alguna clase de tecnología. Desde entonces, no dejamos de intervenir
en la naturaleza. Tanto que hemos inaugurado una nueva era geológica, el Antropoceno. La huella tecnológica humana se aprecia ya en el registro geológico. Los sedimentos que se van a encontrar dentro de miles de años estarán contaminados por vestigios de actividades de origen humano
tales como residuos químicos de la agricultura industrializada, restos de materiales plásticos sin biodegradar. La segunda aceleración ocurrió en la Revolución Industrial, cuando la población alcanzó la cifra de 1.000 millones y los niveles de dióxido de carbono se dispararon. Y la tercera en 1950, con el desarrollo de cohetes y la bomba atómica.


–Usted decía que no existe tal cosa como el progreso permanente y lineal de la tecnología pero no hay día sin que mi computadora o celular me obligue a actualizar el software, el antivirus, las aplicaciones.
–Ese estado de cambio permanente e impuesto desde afuera es promovido por el concepto de que lo nuevo sólo por ser nuevo es por definición mejor y deseable. Por eso siempre digo: “No, no quiero actualizar el software de mi computadora. Está muy bien como está. Déjenme en paz”.

Jared Diamond: Lo que aprendí de la tribu

Clarín, 28 de enero 2014

Bill Gates está viejo. Ya alejado de la cúpula de Microsoft, el hombre más rico del mundo divide sus días entre su fundación filantrópica y su gran pasión, leer. Ultimamente, un libro —de papel— lo desvela: lo lleva a todos lados y no deja de recomendarlo: El mundo hasta ayer: ¿qué podemos aprender de las sociedades tradicionales?, recientemente publicado en castellano por la editorial Debate, de Jared Diamond. En él, este geógrafo cultural de la Universidad de California y uno de los más reconocidos divulgadores científicos de la actualidad —cuya afición por el avistamiento de aves lo llevó a fascinarse hace cincuenta años con las poblaciones de Papúa Nueva Guinea— compara las sociedades tribales pequeñas con nuestras grandes sociedades modernas, en temas como la educación de los niños, la resolución de conflictos, el envejecimiento, la salud, la religión y la importancia de hablar varios idiomas.

"Las pequeñas tribus que aún sobreviven en el planeta representan infinidad de experimentos naturales milenarios en la organización de las vidas humanas de los que podemos aprender —cuenta desde su casa en Los Angeles este escritor ganador del Premio Pulitzer—. Las sociedades tribales como los Pirahã en Brasil, los Inuit en Alaska, los !Kung, Nuer y Hadza en Africa no deberían ser desdeñadas por primitivas pero tampoco hay que idealizar la vida tradicional como felices y pacíficas. Son una ventana al mundo humano tal como era ayer. Son tan similiares a nosotros y a la vez muy distintas. Por ejemplo, en Nueva Guinea es dificil encontrar personas con problemas coronarios, obesidad o diabetes".

—¿Qué nos pueden enseñar estas culturas respecto al cuidado infantil y la justicia?

—Depende de la sociedad. Las sociedades tradicionales son mucho más diversas en numerosas prácticas culturales que las sociedades industriales modernas. En muchas de ellas es común el  infanticidio, la guerra permanente y las viudas son estranguladas. En la mayoría, la mitad de los niños muere a los  cinco años. Sin embargo, en Nueva Guinea y en el Amazonas los niños tienen mucha libertad, incluso desde bebés, y así aprenden a tomar sus propias decisiones con más confianza y de manera independiente. Los grupos no se dividen por edades: los más jóvenes aprenden de los mayores que cuidan a los más pequeños. En cuanto a la resolución de conflictos, en el sistema judicial de nuestras sociedades modernas no se tienen en cuenta los sentimientos de los implicados. En las sociedades tradicionales sí: son grupos humanos en los que todos se conocen entre sí y donde la soledad no es un problema. Lo importante en ellas no es diferenciar entre el bien y el mal, ni imponer castigos, sino restaurar los sentimientos, mantener una buena relación entre sus miembros.     

—En estas décadas de viajes a Nueva Guinea, ¿qué prácticas o costumbres les son aún un misterio?

—Después de 50 años de visitar Nueva Guinea, hay prácticas que todavía las siento ajenas, aunque entiendo sus razones. Los argentinos y estadounidenses entablamos nuevas amistades con extraños simplemente porque nos cae bien tal o cual persona. Para muchos habitantes de Nueva Guinea, en cambio, los extraños son vistos o como personas a temer o de los cuales aprovecharse. Tienen un concepto de amistad muy diferente al nuestro. Una actitud respecto al matrimonio también me es extraña. Recuerdo que una vez alguien me dijo que iba a ser leal a su esposa mientras ella viviera, pero que si ella muriera él procedería a conseguir otra esposa inmediatamente. Por supuesto, los estadounidenses y argentinos que se convierten en viudos también pueden volverse a casar, pero no es probable que lo digan con tanta sangre fría.

—¿Está familiarizado con sociedades tradicionales que habitan en el territorio argentino?

—He leído acerca de las sociedades tradicionales en el extremo sur de Argentina. Los Alakaluf, Ona y Yagán. 

—¿Pueden las sociedades tradicionales evitar ser “contaminadas” por las sociedades modernas?
—Las sociedades tradicionales se transforman por el mundo moderno en dos maneras. Por la fuerza cuando las sociedades tradicionales son conquistadas y obligadas a cambiar. Y por su propia elección, cuando las sociedades tradicionales gozan de la libertad de decidir qué características de la sociedad moderna adoptar. En Nueva Guinea las características de la sociedad moderna que suelen ser adoptadas son las medicinas modernas, los alimentos, la ropa, la escritura, y la educación de sus hijos.

—¿Lee algo en sus viajes? ¿Los habitantes de Papúa Nueva Guinea le preguntan qué es, qué lee?
—Siempre llevo conmigo algún libro en italiano para leer. Mis amigos de Nueva Guinea no me preguntan acerca de mi lectura pero sí me preguntan acerca de la música que suelo silbar. Recuerdo una ocasión en que estaba silbando el primer movimiento del quinteto para piano de Brahms y me preguntaron si se trataba de una canción de Estados Unidos.

—¿Hay en estas sociedades alguna práctica que remotamente pueda ser emparentada con la ciencia?

—Sí, en Nueva Guinea tienen un conocimiento increíbemente detallado de su ambiente natural, saben mucho de las especies de aves, plantas e insectos. Todas las sociedades de Nueva Guinea que he visitado tienen un conocimiento muy detallado de su entorno natural, incluyendo sus especies de aves, plantas e insectos. Cada vez que voy a un nuevo pueblo en Nueva Guinea para estudiar las aves, le pregunto a la población local sobre las especies que conocen. La gente habitualmente me da más de 100 nombres para diferentes especies de aves. 

—¿Y existen en ellas innovadores como Bill Gates?

—Sí, toda sociedad, tradicional o moderna, tiene su propio Bill Gates. La diferencia radica en las oportunidades que se les dan a estas personas inventivas para usar sus talentos.

JARED DIAMOND (1937)

www.jareddiamond.org

Comenzó su carrera en el campo de la fisiología humana (el estudio de las funciones de los seres vivos). Luego de visitar por primera vez Papúa Nueva Guinea y otras islas del Pacífico sur en 1964 para estudiar aves, su interés se diversificó y se dedicó de lleno a la geografía cultural. Su primer best-seller fue Armas, gérmenes y acero: breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años, con el que ganó el Pulitzer en 1997. Lo siguió Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen y ¿Por qué es divertido el sexo?. Toca el piano y habla once idiomas.

Cvas, la coca cola rusa #Russia

Isaac Asimov. ¿El escritor? No, el actor de publicidades tecnológicas

Ciencia latina

El despegue de la ciencia en América Latina

Revista MUY Interesante México, diciembre 2013

La anécdota resuena como un eco desde el sur del continente americano. En el último cuarto del siglo XIX, el nombre de un paleontólogo argentino saltó a las portadas de los principales diarios del mundo gracias a una teoría tan impactante como descabellada: amparado en sus hallazgos realizados en las barrancas de un arroyo en una localidad llamada Mercedes, el naturalista Florentino Ameghino sorprendió a la comunidad científica internacional de por entonces al afirmar sin un ápice de duda que la cuna de la humanidad se encontraba en América, más precisamente en las pampas argentinas. Allí, afirmó con vehemencia Ameghino, había tenido lugar el nacimiento del Homo pampeaus, el más antiguo antecesor del ser humano. Y desde allí se había esparcido por el resto del planeta.

La teoría causó un gran escándalo cuando el naturalista la presentó en 1879 durante el primer Congreso Internacional de Americanistas, en París. Una lluvia de críticas y burlas cayó de inmediato sobre él. No tardó mucho para que investigaciones de científicos como el antropólogo estadounidense Alex Hrdlicka refutaran esta hipótesis americanista del origen humano y la condenaran al olvido.

Desde entonces, la ciencia latinoamericana carga con un estigma: la actividad científica realizada al sur del río Colorado es subvalorada. Obviamente, no es culpa exclusivamente de Ameghino sino más bien de las condiciones ecónomicas, políticas e históricas en que desde hace más de cien años se desarrollan las investigaciones en los 20 países de una región que con, más de veinte millones de kilómetros cuadrados de superficie, representa el 13,5% de la superficie terrestre. Eclipsada mediáticamente por los estudios realizados en institutos y laboratorios de países como Estados Unidos, Alemania, Francia y Japón, la ciencia lationamericana pareciera inexistente. Pero existe. Y cada vez crece más. De acuerdo al informe del SCImago Institutions Rankings, América Latina fue entre 2003 y 2011 la tercera región del mundo que más creció después de Asia y Oriente Medio en su presencia en revistas especializadas.

En los últimos cincuenta años, los golpes de Estado y las continuas crisis económicas que abatieron a la región no hicieron más que poner un freno a la investigación. Las diversas dictaduras militares que sufrieron los países de la región –Brasil (1965-1985), Argentina (1976-1983), Chile (1973-1990), Uruguay (1973-1984), Bolivia (1970-1982), Paraguay (1954-1989), Perú (1968-1980), Ecuador (1972-1979)— destrozaron la estructura científica de América Latina. En la Argentina, por ejemplo, la ciencia entró en un estado comatoso exactamente el 29 de julio de 1969 cuando en la recordada “Noche de los Bastones Largos” cuando la policía reprimió a estudiantes, profesores y científicos en cinco facultades de la Universidad de Buenos Aires que se oponían a la intervención del gobierno militar de Juan Carlos Onganía. No sólo corrió sangre y hubo decenas heridos. La joya de la ciencia argentina, Clementina (la primera computadora para fines científicos que funcionó en ese país), fue completamente destruida. Años de desolación le siguieron. Incluso durante democracia con la llamada “fuga de cerebros”, una emigración masiva de los científicos al exterior que, por las nuevas condiciones políticas, en los últimos diez años logró revertirse.

Ahora, en la segunda década del siglo XXI, soplan nuevos aires. La ciencia en América Latina está despegando con el empuje de países como Brasil, México, Argentina y Chile en una época en que la investigación es cada vez más internacional y colaborativa. Allí, por ejemplo, se encuentran las supercomputadoras más rápidas de la zona: el CENAPAD-SP (en el Centro Nacional de Procesamiento de Alto Desempeño en Brasil), Miztli (en la Universidad Nacional Autónoma de México), Isaac (Comisión Nacional de Energía Atómica en Buenos Aires) y Levque (en el Centro de Modelamiento Matemático de la Universidad de Chile).

Las características geográficas y la increíbe biodiversidad de la región atraen la inversión de consorcios científicos internacionales que ven en América Latina no un territorio marcado por la inestabilidad sino como un nuevos espacio de las posibilidades.

Por supuesto, el camino que tiene la ciencia latinoamericana por delante no está exento de obstáculos: la aún baja inversión pública en ciencia de los gobiernos, la calidad universitaria, la fuerte presencia de la Iglesia y la indiferencia mediática son deudas que América Latina debe superar para aspirar a convertirse en potencia científica como Estados Unidos, Alemania o China.

Muy Interesante eligió las diez iniciativas científicas más importantes de esta región multiculturalmente rica que se caracteriza por su extensión y variedad de ecosistemas de las que se hablará en los próximos años.

1

Observatorio ALMA (Chile)


Pese a que desde las últimas décadas América Latina se viene destacando en las biociencias (biomedicina, biodiversidad, ciencias agropecuarias, biología molecular y las biotecnologías), la disciplina que reina en este rincón del mundo es la astronomía. Las características del terreno y la limpieza de los cielos explican por qué los observatorios más potentes se instalan en Argentina, Chile, Brasil, Colombia, México, Venezuela y Puerto Rico. El gran ojo en el cielo de América Latina es el Atacama Large Millimeter/submillimeter Array, más conocido como ALMA: un proyecto conjunto de organizaciones científicas estadounidense, europeas y japonesas que consiste en un conjunto de 66 antenas (25 europeas, 25 estadounidenses y 16 japonesas) que, interconectadas, funcionan como un sólo telescopio gigante. La segunda construcción del ser humano más alta del mundo —después de una estación de ferrocarril en los Himalayas tibetanos— se encuentra a unos cinco mil metros de altura en el valle de Chajnantor, en el desierto de Atacama, al norte de Chile, donde rara vez llueve. Costó unos 1300 millones de dólares y desde que entró en funcionamiento en marzo de 2013 ha capturado la imagen del objeto más frío del universo (la nebulosa Boomerang a unos 5.000 años luz de la Tierra, donde las temperaturas llegan a unos -272ºC), observó el violento nacimiento de la estrella Harbig-Haro 46/47 y los astrónomos esperan observar, por primera vez, detalles de un agujero negro.


2

OBSERVATORIO PIERRE AUGER (Argentina)

En 1995 la Unesco eligió a la Argentina como la sede para instalar el Observatorio Internacional Pierre Auger en Malargüe, provincia de Mendoza, un megaexperimento que tiene como misión disipar las tres grandes dudas que rodean uno de los fenómenos menos comprendidos de la naturaleza: qué son los rayos cósmicos de altas energías (partículas subatómicas que impactan, como si fueran pequeñísimas pelotas de tenis, a toda hora la atmósfera terrestre donde se desparraman en forma de cascada), de dónde vienen y por qué se originan. Tan ambicioso como el Colisionador de Hadrones del CERN, este proyecto conjunto de más de 20 países en el que colaboran unos 400 científicos de 80 instituciones comenzó a funcionar en 2008. Las razones de la elección de la zona de su emplazamiento fueron más geográficas que políticas: la calidad del cielo y la planicie del terreno. Ocurre que técnicamente hablando, el Observatorio Pierre Auger —nombre elegido en honor al físico francés descubridor de la lluvia de rayos cósmicos— no es un telescopio convencional. Es, más bien, un telescopio distribuido, un telescopio híbrido: combina 24 telescopios de fluorescencia con 1600 detectores de partículas —piletones con 12 toneladas de agua—, distanciados 1,5 km entre sí y repartidos en un área llamada “Pampa Amarilla” de 3000 km cuadrados.

3

Sincrotrón de Campinas (Brasil)


Más modesto que el famoso Colisionador de Hadrones del CERN en Suiza, América Latina cuenta también con un acelerador de partículas. Su nombre oficial es UVX y se encuentra en el Laboratório Nacional de Luz Sincrotrón (www.lnls.br) en Campinas, una ciudad brasileña ubicada a 118 km al norte de San Pablo. Fue inaugurado en 1997 y tiene 30 metros de diámetro. Anualmente es utilizado por 2700 científicos para realizar unos 500 estudios. Por ejemplo, usan rayos-X y ultravioletas para comprender los fenómenos físicos y químicos, a nivel atómico y molecular, de materiales. Sin embargo, se espera que en los próximos años de paso a una iniciativa mucho más ambiciosa: el proyecto “Sirius” —nombre de la estrella más brillante que puede ser observada desde nuestro planeta— un acelerador de partículas circular, un anillo con 153 metros de diámetro que se construirá en un edificio de 31.000 metros cuadrados, similar a un estadio de fútbol. Tiene una inversión de 322 millones de dólares, se inaugurará en 2016 y operará con una energía de 3 gigaelectrones por voltio (GeV), lo que le permitirá analizar estructuras más densas de materiales. “Será posible ver el interior de un huevo fosilizado de dinosaurio, por ejemplo, algo que no conseguimos actualmente”, indica el físico Antonio José Roque da Silva. Una vez en operaciones será el proyecto científico más grande de Latinoamérica y permitirá realizar experimentos en disciplinas como nanobiología, farmacología, microelectrónica, paleontología, industrias de alimentos y análisis de materiales.



4

Gran Telescopio Milimétrico (México)

Es el proyecto científico más importante en la historia de México: localizado a 4,581 m de altura sobre el nivel del mar en el Volcán Sierra Negra, en el estado de Puebla, consiste en una antena de 50 metros de diámetro destinada a realizar observaciones astronómicas en ondas milimétricas, de 0.85 a 4 milímetros. Construido por el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE) y la Universidad de Massachusetts Amherst de Estados Unidos con una inversión de 180 millones de dólares, es el más grande en su tipo en el mundo. Inició sus operaciones científicas en 2008 y una de sus misiones es la comprensión de los procesos físicos que crean las estructuras cósmicas y su evolución en el universo, así como investigar la constitución de los cometas, las atmósferas planetarias, la formación de los planetas extrasolares, el nacimiento y evolución de las estrellas, el crecimiento jerárquico de las galaxias y cúmulos de galaxias y su distribución a gran escala. En julio pasado fue conectado con siete radiotelescopios en Estados Unidos en una red para lograr un mayor alcance y resolución en observaciones astronómicas.



5

Motor de plasma (Costa Rica)

Entre 1986 y 2002, el físico costarricense Franklin Ramón Chang-Díaz tuvo el privilegio de hacer lo que pocos seres humanos han hecho: ver a la Tierra desde afuera. Como astronauta de la NASA protagonizó siete misiones espaciales a bordo de los diversos transbordadores espaciales. Ahora, ya retirado, Chang-Díaz emprende una misión igual de apasionante: diseñar un motor de propulsión de plasma para viajes espaciales. Ideado por Ad Astra Rocket (http://www.adastrarocket.com), empresa de este héroe costarricense, a este sistema basado en un nuevo tipo de propulsión se lo conoce como VASIMR (Cohete de Magnetoplasma de Impulso Específico Variable): consiste en un motor que, en lugar de combustible, utiliza plasma —el cuarto estado de la materia—, un gas ionizado y supercaliente cuya energía puede ser convertida en impulso para propulsar sondas o naves fuera de la atmósfera terrestre. Si todo sigue su curso, podría ser llevado a la Estación Espacial Internacional para una prueba final en 2014. En un futuro cercano, serviría de propulsión de vehículos espaciales para actividades científicas y comerciales. “Mi cohete de plasma nos llevará a Marte en tres meses”, asegura Chang-Díaz.



6

Complejos astronómicos del Observatorio Europeo Austral (Chile)

En América Latina, los ojos no miran al cielo únicamente desde el flamante proyecto ALMA. Hace unos cincuenta años que el European Southern Observatory —un organismo europeo dedicado a la astrofísica creado en el año 1962 (www.eso.org)— se instaló en Chile con tres grandes complejos astronómicos: los complejos de observatorios de La Silla —a 2.400 metros de altura en la región de Coquimbo—, Paranal —en la región de Antofagasta y alberga entre otros el emblemático Very Large Telescope— y Chajnantor —que acoge el radiotelescopio ALMA—, los tres en en el desierto de Atacama. El próximo gran telescopio de ESO será el Telescopio Europeo Extremadamente Grande (o E-ELT) de 39 metros. Una vez que termine su construcción en el Cerro Armazones —una montaña de 3.060 metros de altura— y entre en funcionamiento en 2018 será la estrella de la astronomía mundial: con él los astrónomos esperan observar planetas como la Tierra en órbita de otras estrellas y estudiar la naturaleza y la distribución de la materia y la energía oscuras.

7

Ischigualasto (Argentina)

El Parque provincial de Ischigualasto o Valle de la Luna se encuentra a 330 km de la ciudad de San Juan en Argentina. Es conocido como “la cuna mundial de los dinosaurios” no por casualidad: allí se han encontrado los fósiles más antiguos del mundo. De hecho, la Argentina es, después de Estados Unidos y China, el país en el que se han hallado la mayor variedad de restos de especies de dinosaurios (alrededor de unas 60). Desde el Triásico hasta fines del Cretácico hace 65 millones de años, cada región ejemplifica una época distinta en la evolución de estos animales. Hace 230 millones de años, Ischigualasto era una sabana, ubicada en una zona del gran continente llamado Pangea que se fracturó en el Triásico. Un poco más al sur, en la provincia de Neuquén, por ejemplo, se encontraron los restos del dinosaurio más grande de la Tierra, el Argentinosaurus, del cual recientemente se logró reconstruir digitalmente su forma de caminar.



8

Ciencia antártica

Desde su descubrimiento a principios del siglo XVII, se sabe que la Antártida —el “sexto continente”— alberga el 80% de las reservas de agua dulce del planeta en sus 14 millones de kilómetros cuadrados de superficie. Y no es simplemente un ecosistema frágil que sufre los embates del calentamiento global: es también un gran laboratorio donde se realizan toda clase de investigaciones científicas. Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Urugua yPerú cuentan desde hace décadas con programas antárticos nacionales y bases de investigación en el continente blanco. Allí se estudian los efectos del cambio climático sobre las comunidades vegetales y la fauna y cómo organismos microscópicos sobreviven en condiciones tan extremas. Así también se investiga la genómica de estos microorganismos antárticos, potenciales fuentes de aplicaciones industriales (antibióticos, drogas oncológicas, enzimas que prolongan la duración de los alimentos). Argentina cuenta con 13 bases antártidas (entre ellas Base Esperanza, Marambio, Belgrano), Chile tiene cuatro bases permanentes, Uruguay una (Base Científica Antártica Artigas) y Brasil la base Comandante Ferraz en las Islas Shetland del Sur.



9

Organización para Estudios Tropicales (Costa Rica)

Fundada en 1963, es una red de tres estaciones biológicas destinadas a la investigación en el campo de la ecología tropical (www.ots.ac.cr). Agrupa a 63 instituciones (universidades, museos, fundaciones) de Estados Unidos, América Latina y Australia. La Estación Biológica La Selva está ubicada en las llanuras del Caribe, al norte del Parque Nacional Braulio Carrillo, y es reconocida por sus estudios sobre el bosque húmedo. La Estación Biológica Palo Verde está en el corazón del Parque Nacional Palo Verde, conocido por su bosque seco caducifolio y sus lagunas estacionales. Y la Estación Biológica Las Cruces y el Jardín Botánico Wilson están en las costas del Pacífico Sur. Gracias a esta organización se sabe, por ejemplo, que entre 1990 y 2010 los trópicos perdieron alrededor de 9,5 millones de hectáreas de bosques al año.



10

Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (Cuba)

Desde 1980, la biotecnología es una de las disciplinas científicas más desarrolladas en la isla caribeña y que ha ayudado al crecimiento del prestigio de la medicina cubana. Fundado en 1994, este establecimiento (http://www.cim.co.cu), ubicado en La Habana, se especializa en tratamientos y vacunas contra el cáncer. En 2008, por ejemplo, registró una vacuna terapéutica para el cáncer de pulmón avanzado. Otro medicamento contra el cáncer es el nimotuzumab, con el que se tratan tumores avanzados, por ejemplo cerebrales y de la cabeza y cuello. Actualmente, la industria biotecnológica cubana ostenta unas 1200 patentes y comercializa productos farmacéuticos y vacunas en más de 50 países.



Hay más:

Perú

- Centro Regional de Sismología para América del Sur: organismo internacional creado en 1966 para la realización de estudios y actividades sismológicas en América del Sur.

Ecuador

- Nanosatélites: en abril de 2013, lanzó a órbita su primer nanosatélite NEE-01 Pegaso.

Uruguay

- Recientemente el Instituto de Reproducción Animal Uruguay y el Instituto Pasteur de Montevideo lograron la clonación de las primeras ovejas transgénicas de América del Sur. Son fluorescentes si se las coloca bajo una luz ultravioleta.

Venezuela

- Cuenta con una agencia espacial propia (la Agencia Bolivariana para Actividades Espaciales) para darle soporte al Satélite de Telecomunicaciones Simón Bolívar.


Brasil

- Proyecto Genoma de la Xylella: secuenciamiento del genoma de la bacteria Xylella fastidiosa, primera descripción del genoma completo de un patógeno vegetal que afecta a los cítricos. Investigación realizada por un consorcio de 192 científicos brasileños y publicada en Nature.


Argentina

- Centro Nacional Patagónico: instituto dedicado a antropología, arqueología, biología, ecología, geología, paleontología, oceanografía y meteorología patagónica. Recientemente realizó un censo de la presencia de ballenas en la Península Valdés.

- Búsqueda vida extraterrestre: en el Instituto Argentino de Radioastronomía se buscan señales de vida extraterrestre desde 1986. Forma parte del proyecto SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence).

- Invap: centro tecnológico ubicado en la provincia de Río Negro en el que se construyen satélites como el satélite científico SAC-D/Aquarius y reactores nucleares.

Panamá

- Cuenta con una de las obras más colosales de ingeniería en el mundo: el canal de Panamá, una vía de navegación interoceánica entre el mar Caribe y el océano Pacífico que en 2014 cumplirá cien años.


Bolivia
- En diciembre de 2013 lanzó al espacio su primer satélite: Túpac Katari

La necesidad de un héroe

Revista Ñ, diciembre 2013. 

La inmortalidad existe. Para los que frecuentan los lugares comunes, se accede a ella a través de los hijos, escribiendo un libro destinado a nunca ser publicado o, de última, al sumergirse en nitrógeno líquido a -150°. Para aquellos que pretenden no contaminar tanto el planeta para conseguirlo, en cambio, la eternidad se encuentra en otro lado: en un asteroide, en un cráter lunar, en una arruga marciana o a lo sumo en una partícula invisible para cualquier mortal y fugaz en la que se pueda estampar nuestro nombre de una vez y para siempre.

Así lo hizo el físico británico de ojos pícaros y con un aire a Droopy llamado Peter Higgs. Cuando la Tierra deje de ser habitable dentro de 1.750 millones de años y todos nuestros conocimientos se transmitan a las estrellas, en ese flujo de datos, efemérides e historias de nuestra especie estará Higgs. No en cuerpo sino en idea, en partícula: aquella que predijo sólo con lápiz y papel hace medio siglo cuando tenía 35 años. “No tiene relevancia para la física”, le contestaron los editores de la revista a la que mandó su teoría, en la que proponía la existencia de un campo de partículas, invisible pero que baña todo el universo desde el Big Bang como si se tratara de una pileta inmensa, responsable en la resistencia que le opone al resto de las partículas de darle masa a todo lo que existe. En la condecoración del Nobel el martes pasado en Estocolmo, Higgs –de prolijo moñito blanco– les demostró cuán equivocados estaban aquellos hombres.

No existe descubrimiento sin su descubridor. Y viceversa. El tan buscado bosón de Higgs y la maquinaria mediática que echó a correr la “higgsteria” no podrían haber tenido mejor héroe en esta historia que este ex investigador inglés. No tanto por la genialidad ni por la elocuencia de este abuelo de voz profunda y reacio a las cámaras. Les viene bien porque le pone nombre y cuerpo a esa idea distorsionada que tiene gran parte de la sociedad de lo que es ser un “científico”.

Los estereotipos que nublan a la ciencia se alimentan de personas como Peter Higgs: hombres blancos, entrados en años, de anteojos y hablar “difícil”, algo retraídos y en cierto modo divorciados del gusto popular. Higgs cuadra perfecto en este esquema: no ve televisión, no usa celular, no navega por Internet, no juega al Candy Crush. Nunca mandó un mail y pide modestamente disculpas porque esta partícula cargue su nombre. El, en cambio, prefiere hablar del bosón ABEGHHKtH (iniciales de los otros físicos teóricos que aportaron en la predicción).

Ni un Newton, ni un Einstein, ni un Steven Weinberg. Peter Higgs no es el gran genio científico de nuestra época. Y lo sabe, lo dice. Higgs es un señor mayor que no hace ciencia desde hace 40 años, al que sólo le bastaron tres papers para ser catapultado a la fama. Desde hace décadas este hombre simpático al que la comunidad científica lo trata como una reliquia más que como una eminencia repite la misma charla (“Mi vida como un bosón”) en la que las transparencias se le mezclan.

Pero igual, la ciencia, los medios, la época necesitan de un Peter Higgs. Para que sea la cara, la humanidad, la mente, el individuo detrás del gran hito científico colectivo de lo que va del siglo XXI producido por una megamáquina –el LHC, el gran acelerador de partículas europeo actualmente en reparaciones para volver a funcionar al doble de potencia en 2015–, un experimento en el que trabajan 7.000 científicos de 60 países que incitó exhibiciones y libros como The Particle at the End of the Universe de Sean Carrol, el mejor libro de divulgación de 2013.

Toda una concentración de mentes, materia y dinero que produjo un salto cultural en nuestro conocimiento de la naturaleza. Y que, en esta verdadera historia de detectives subatómicos, se dispone a abrir las puertas a una nueva física: aquella capaz de hacer pie en un territorio desconocido, los dos grandes componentes del universo, la materia y la energía oscuras, que con sólo su nombre sacuden nuestra imaginación, desafían nuestro entendimiento.

¿Quién mejor acaso que un abuelo amable para contarnos una gran historia?

Lista antojadiza, arbitraria, incompleta y narcisista de los mejores libros de divulgación científica publicados en Argentina en 2013.

1

Contra natura: sobre la idea de crear seres humanos

Philip Ball

Ed. Turner

http://www.philipball.co.uk

http://www.turnerlibros.com/Ent/Products/ProductDetail.aspx?ID=441

No existe idea ni polémica que salga de la nada. Ninguna: ni la robótica, ni las células madre, ni la clonación ni la fertilización asistida ni la congelación de embriones. Así lo expone brillantemente el gran escritor Philip Ball en este libro en el que indaga a fondo sobre los orígenes culturales de prácticas científicas actuales y sobre las raíces de los temores que despiertan. Desde la Edad Media a las obras que salpicaron con la literatura. Un libro fundamental para cualquier amante de las ciencias.

2

El mundo hasta ayer: ¿qué podemos aprender de las sociedades tradicionales? 

Jared Diamond

Ed. Debate

http://www.jareddiamond.org

Cualquier libro del geógrafo de la Universidad Jared Diamond debería ser de lectura obligatoria. Y “El mundo hasta ayer” no es una excepción: quizás porque en cada una de sus obras, Diamond exponga un mundo al cual sólo conocemos deformado por las películas y ciertas crónicas, el universo de aquellos pueblos tradicionales a los que la civilización un día los infectó y se transformaron en otra cosa. En este caso, este gran investigador narra y describe las diversas formas de organización de las sociedades tradicionales de pequeña escala —sobre todo las tribus de Nueva Guinea—, resultados de cientos de experimentos naturales para resolver problemas humanos universales como criar a los hijos, envejecer, mantenerse en forma o gestionar los riesgos. 

3

La importancia del tenedor: Historia, inventos y artilugios en la cocina

Bee Wilson

Turner

www.considerthefork.com

http://www.turnerlibros.com/Ent/Products/ProductDetail.aspx?ID=470

Si todo tiene historia, los tenedores, cucharas, cuchillos con los que comemos a diario también. Aunque este libro ameno, ágil y con el que cualquier queda como un rey (o reina) regalándolo, no es una sumatoria de anécdotas. Similar a “Breve historia de casi todo” de Bill Bryson, es una combinación de historias provenientes de campos tan diversos como la antropología, la sociología, la psicología y las ciencias que se mezclan e intervienen sin que lo sepamos a la hora de sentarnos a la mesa. 

4

La materia oscura: historia cultural de la mierda

Florian Werner

Tusquets

http://www.tusquetseditores.com/titulos/ensayo-la-materia-oscura

Lo no dicho es tan importante como lo dicho. Y el alemán Florian Werner lo sabe. Quizás por eso eligió hace un par de años escribir sobre aquello de lo que no se suele escribir ni hablar: la mierda, una sustancia ubicua que tiene su historia, sus curiosidades científicas, sus raíces culturales, aquellas que moldean nuestras concepciones de asco y de civilización. 

5

Alucinaciones

Oliver Sacks

Anagrama

http://www.oliversacks.com/

http://www.anagrama-ed.es/titulo/A_458

¿Cuál es la explicación científica de las visiones místicas? ¿Por qué mucha gente afirma haber visto a extraterrestres, duendes, elfos? Como nos tiene acostumbrados, el gran neurólogo Oliver Sacks lo explica de la mejor manera: cómo nuestros cerebros pueden desvariar por alguna enfermedad para hacernos ver lo que no está ahí. Fundamental para entender fenómenos inexplicables, es imprescindible para echarle un poco de racionalidad a los discursos que afirman la existencia acrítica de fantasmas, presencias sobrenaturales y demás ficciones de la mente.

6

Historias del cerebro: la cocinera que perdió el olfato y la chica que no podía parar de correr

Alejandra Folgarait y Marcelo Merello

Debate

http://www.megustaleer.com.ar/ficha/9789871786688/historias-del-cerebro

Combinando fuerzas, un neurólogo y una escritora científica corren el velo que cubre al órgano más misterioso de todos: el cerebro. Con acertadas referencias a la ficción, los autores cuentan las odiseas de aquellas personas a las que de un día para el otro el cerebro les falla: un  chico que pensaba que era Adrián Suar, una famosa cocinera que perdió el olfato, una ex tenista con Parkinson que sale cada noche, la camarera que no podía parar de hacer gestos obscenos, el hombre que golpea a su mujer entre sueños. Y más.

7

Las buenas ideas: una historia natural de la innovación

Steven Johnson

Turner

www.stevenberlinjohnson.com

El escritor Steven Johnson es una máquina de producir best-seller. Pero no de los best-sellers light. Como gran pensador que ve el universo de la tecnología sin una mirada fetichista, es tremendamente hábil a la hora de hacer conexiones, de ver el panorama que se despliega. En su último libro se centra en los famosos chispazos de creación, los eurekas, por qué ciertas ideas revolucionarias son capaces de cambiar el mundo.

8

S=EX2: la ciencia del sexo 

Pere Estupinyà

pereestupinya.com/

Si el sexo vende, la ciencia del sexo vende más. Curioso, intrépido, desfachatado, este periodista científico español no se avergüenza ante nada y somete su propio cuerpo para la investigación sobre la disfunción eréctil y el orgasmo masculino. Muy bien documentado, este libro narra aquello usualmente eclipsado por el pudor: por qué hay mujeres mujeres multiorgásmicas, por qué algunos encuentran placer en el dolor o en el sexo online. Explicaciones se entretejen con consejos y reflexiones en una obra para leer luego de ver un capítulo de la gran serie Masters of sex.

9

Mentes brillantes en cuerpos enfermos

Los padecimientos físicos de los genios científicos: de Galileo a Stephen Hawking

Martín De Ambrosio

Ed. Capital Intelectual

http://www.editorialcapin.com.ar/libros/capital-intelectual/mentes-brillantes-en-cuerpos-enfermos/

Los estereotipos que penden sobre los científicos confluyen siempre en los mismos lugares comunes: la imagen de cerebros con patas, individuos sin cuerpos, de pura razón. La historia de la ciencia olvida al cuerpo cuando es el cuerpo la pista de despegue para cualquier reflexión, para la creatividad y la originalidad. Ahí, en la exploración de los cuerpos dañados de grandes personalidades de la ciencia, es donde reside al originalidad de este libro que a través de sus historias vuelve a Galileo, Newton, Darwin, Pasteur, entre otras 17 figuras, muchos más mundanos (y humanos). 

10

Ciencia en palabras: del Titanic a la máquina del Big Bang en 37 notas publicadas en los medios

Red Argentina de Periodismo Científico

Ed. Capital Intelectual

http://www.radpc.org/

Con prólogo de la gran periodista Déborah Blum, este compendio de las mejores notas de ciencia publicadas en 2012 es más que un libro de una agrupación de periodistas científicos: es todo un termómetro de la investigación local e internacional. Un cuadro compuesto por 37 miradas sobre una gran variedad de temas: del hallazgo del bosón de Higgs, la muerte de Neil Armstrong, el despegue de la bioinformática y la bioeconomía a de qué morimos los argentinos.

11

Todo lo que necesitás saber sobre ciencia

Federico Kukso

Paidós

fkukso.tumblr.com

http://www.libreriapaidos.com/9789501204018/TODO+LO+QUE+NECESITAS+SABER+SOBRE+CIENCIA/

Alguien alguna vez dijo que para conocer verdaderamente una ciudad ajena hay que deambular por su calles hasta perderse en ellas. El tema es que cuando se hace de noche y uno camina perdido en un país extraño nos pueden asaltar el miedo y la confusión. Lo mismo ocurre con el mundo de las ciencias: para no perderse y de a poco entender su dinámica, siempre es bueno andar con un mapa en el bolsillo. En este caso, “Todo lo que necesitás saber sobre ciencia” es ese mapa, una especie de “Guía T” de las principales ideas y conceptos de la ciencia del siglo XXI. Quizás al terminar de leerlo el lector no saldrá hecho un experto. Pero al menos sabrá dónde está parado. Y eso es mucho.

Jeremy Wade, el biólogo extremo

Brando, diciembre 2013

Como un Heminway moderno, este aventurero inglés es el biólogo más extremo: rastrea leyendas y busca los peces de río más raro del mundo para presentarlos al mundo en su show River Monsters. Perfil de un verdadero cazador de monstruos.

Nadó en el lago Ness, pescó en un estanque de Chernobyl, se contagió de malaria en el Congo, sobrevivió a un accidente aéreo en el Amazonas, fue detenido e interrogado como sospechoso de espionaje a orillas del río Mekong en Tailandia. Y aun así, lo que más miedo le causó a Jeremy Wade fue trabajar como maestro sustituto en un colegio secundario londinense.

"No me hagas hablar de la educación en Inglaterra —recuerda el pescador extremo más conocido y atrevido del mundo—. Me sentí mental y físicamente amenazado".

Viven: el presidente argentino de 2050 ya nació

Edición Nro 173. Noviembre de 2013

http://www.eldiplo.org/index.php/archivo/173-la-politica-que-viene/viven/

demás de hidratos de carbono, proteínas y grasas, nos alimentamos de información. La devoramos en todas sus formas y todos los días: noticias distorsionadas en la radio, titulares tendenciosos en diarios, reportes sensacionalistas en noticieros, cascadas de tuits y de entradas narcisistas en Facebook. Para saborear la información (y para atragantarnos con ella) no es preciso saber que uno de sus máximos teóricos –y padre de nuestra era de las comunicaciones electrónicas– fue el matemático estadounidense Claude Shannon o que su unidad de medida es el bit. La consumimos igual. Y siempre queremos más.

Sin embargo, en el bombardeo permanente y certero de estímulos que nos saturan e inmovilizan no se esconden aquellos datos capaces de sacudirnos por dentro. No vamos a encontrar ahí, en el ruido mediático, aquellas ideas capaces de nutrir nuestra imaginación y de incentivar aquel sentimiento tan movilizador y primario que es el asombro.

En los diarios, por ejemplo, no se cuenta que cada minuto nacen unas 253 personas en el mundo, al mismo tiempo que mueren otras 105. O que un mensaje enviado por el cerebro a cualquier parte de nuestro cuerpo puede alcanzar los 290 kilómetros por hora. Tampoco se dice que nuestros organismos –aquellos que llamamos con liviandad “yo”– están en constante renovación: nuestros glóbulos rojos sólo viven unos 120 días, las células de la piel un par de semanas y cada 15 años contamos con un esqueleto completamente nuevo, por lo que todos los humanos, sin excepción, somos quinceañeros. Para la biología celular, al menos.

Y hay más: tampoco se cuenta que los jugadores de fútbol, las estrellas de rock, los actores y actrices que adoraremos dentro de 20, 30 o 40 años ya están allá afuera. El presidente argentino del 2050 ya nació.

Es curioso: por lo general, se celebra a una persona cuando emerge del anonimato, cuando descolla por una habilidad en un área, así como se la llora públicamente cuando muere. Pero antes, nada. Ni se la piensa. Es como si previo a ese momento nunca hubiera existido. Pero existen: todos los protagonistas de la política, de la cultura y del deporte de los que ahora se habla y se escribe alguna vez fueron desconocidos, caras y cuerpos en una multitud. Alguna vez fueron chicos que juegan solos (o acompañados), que lloran y se ríen sin ser acosados por las cámaras y los micrófonos. Al igual que lo hacen en estos momentos los protagonistas de la política del mañana. Quizás –con seguridad– los líderes de las próximas décadas están ya en Facebook y Twitter, miran televisión hasta empacharse, se divierten con videojuegos o se entusiasman con un partido de fútbol. Navegan por la web como los surubíes nadan en el río.

Aunque no los conozcamos, ellos ya están entre nosotros.