e-Estonia: sueños y pesadillas de una tecnoutopía

Ñ, agosto 2013

En Estonia, el acceso a Internet es considerado un Derecho humano y su hiperconectividad, motivo de orgullo nacional. Sin embargo, tiene su lado oscuro: el peligro constante de ciberataques y avances contra la privacidad.

En una vereda gris y empedrada a muchos miles de kilómetros de la Argentina, un hombre abraza un acordeón. Sentado en un banquito de madera que golpea con sus zapatos hace tiempo invadidos por el tiempo, expande y contrae su instrumento con toda la fuerza que acumula en su cuerpo encorvado, cansado y viejo. Sobre su cabeza tamborilea un sombrero de marinero algo sucio de franjas azules, negras y blancas. Canta –vocifera a los gritos, más bien– en un idioma ajeno, con sobrepeso de consonantes. Mientras es ladeado por turistas italianos, colombianos, rusos, estadounidenses y uno argentino, no despega la mirada del horizonte. No pestañea, como si estuviera en trance, encadenado en ese gesto a un tiempo distante y ya extinguido, cuando Estonia, un país más chico que la provincia de Jujuy, su país, aun era un órgano no del todo central –ni vital– de aquel pulpo que fue en su momento la Unión Soviética.

Como a quien se le escabulle un recuerdo entre las mandos, el hombre rememora viejas épocas como si pertenecieran a la prehistoria, cuando en realidad esta república acostada sobre el mar Báltico en el norte de Europa cortó las cadenas que la unía al imperio rojo en 1991, hace poco más de 20 años.

Hoy Eesti –nombre original de Estonia– es lo que a los físicos les gusta llamar una singularidad: un objeto —en este caso, un país— cuyas características lo colocan fuera de las leyes físicas “normales”. Estonia es un espacio en el que conviven dos tiempos: pasado y futuro, el aura siempre mágica de lo que fue y de lo que será.

Descubrir un territorio nuevo es recorrerlo, atravesarlo con el cuerpo, tocarlo con la mirada. En el caso de Tallin, la capital estonia, internarse por sus callejuelas empedradas es lo más parecido a ingresar en el escenario medieval de un cuento de hadas. Si Shrek, el gran ogro verde, existiera fuera de las películas, su pantano se localizaría en las afueras de esta ciudad en pie hace más de 700 años: la plaza del Ayuntamiento, Raekoja Plats –el ombligo cívico donde se anudan todas las calles– se erige congelada en el tiempo al igual que los pasadizos que la rodean, las farmacias abiertas desde 1422 o los castillos convertidos en restaurantes desde donde cada tanto asoman aromas netamente extranjeros –el olor de una sopa de coliflor y carne de castor–, el punto de origen desde donde salen expulsados varios gritos –“¡Terviseks!” (“¿salud?”)– seguidos de choques de vasos de cerveza.

Doblar en la esquina equivocada transporta al turista en el tiempo, a los restos arquitectónicos de cada ocupación sufrida por sus habitantes: la de los suecos, los daneses, los polacos, alemanes, rusos, alemanes del Tercer Reich y la de los soviéticos. Las cúpulas abombadas de la catedral de Alexander Nevsky del 1900 recuerdan acaso al imperio zarista así como la vieja y parca casona gris que funcionaba hace unas décadas en la calle Pikk Tänav como oficina central de la KGB no permiten olvidar la presencia de los invasores del Este.

La escenografía tan de postal, sin embargo, oculta otra realidad: en lugar de ser un país atado al pasado y cuyo sentimiento oficial es la nostalgia, Estonia es noticia desde el año 2000 por vivir en lo que se presume será el futuro. En lo que muchos quieren que sea.

Fue entonces, hace 13 años, cuando, para la sorpresa de los constitucionalistas del mundo, el acceso a Internet fue declarado como un derecho humano en estas latitudes. En 1998 ya habían abarrotado de computadoras todas sus aulas. Estonia fue el primer país en el que se pudo votar por computadora en las elecciones generales de 2007 y por celular en 2011.

Su gobierno es netamente electrónico. El 99,8% de las transacciones bancarias aquí son electrónicas y el efectivo casi no circula. Si el dinero alguna vez desaparece, su extinción comenzará en Estonia.

El 70% de la población no comprende lo que es vivir sin Internet: hay señal de Wi-Fi (gratis) incluso en los bosques, lo cual hace que este pequeño país por millones de personas desconocido sea uno de los más conectados del planeta.

Su hiperconectividad no es una cualidad más para abultar su entrada en Wikipedia: su infraestructura digital y modo de vida –y de ser– digital es para los estonios un motivo de orgullo nacional. Un tema para alardear frente al mundo. De hecho, si por ellos fuera cambiarían el nombre de su nación y pasarían a llamarse “e-Estonia”, un paraíso digital que, como todo paraíso, tiene sus serpientes y manzanas rojas que no hay que probar.

Mi identidad digital

“Las tecnologías de información y comunicación mejoran los gobiernos, promueven la transparencia en los negocios, facilitan la vida de las personas”, asegura con la vehemencia de un pastor evangelista brasileño Anna Piperal, una de las tantas e-believers –como les llaman– que tiene Estonia para promover las bondades de su sociedad digital.

Joven, rubia de pelo largo, espigada, de maquillaje perfecto y sin dejar escapar su celular Nokia de su mano izquierda, levanta un brazo y muestra una tarjeta grande como la SUBE: “Toda mi vida está acá. No puedo vivir sin ella. Es mi todo”.

No exhibe la foto de sus hijos. Ni siquiera la de su novio (o novia). Es su tarjeta de identidad, o National ID card, una tarjeta obligatoria en Estonia, que funciona como un super-DNI: con ella pagan el transporte público, retiran de las farmacias los medicamentos prescriptos digitalmente por sus médicos, chequean si sus hijos faltaron o no al colegio. Con ella votan, conducen, pagan los impuestos (online, claro), acceden a sus historias médicas y hasta les permite saber qué propiedades tienen los políticos, el verdulero, el vecino. Con esta tarjeta gestionan su identidad electrónica. Sin ella, los estonios, oficialmente, no existen.

“La ID card es una llave electrónica para acceder a la información pública: me permite saber cómo el gobierno usa mi información y ver si alguien ve la mía –dice Piperal–. Yo soy el Gran Hermano”.

Hacia una nueva tecno-religión

Así como se lo ve, un país chico y remoto, escondido bajo la sombra de sus vecinos gigantes, Finlandia y Rusia, Estonia en realidad es un laboratorio donde desde hace 20 años se desarrolla un experimento social. Un rincón donde todo se encuentra informatizado, donde todo es tecno-dependiente. Acá estar offline –o pretender vivir desenchufado– es como no tener oxígeno para respirar. Infierno para los luditas, Estonia es una nación en la que en dos décadas todo se volvió “e-algo”: e-banking, e-escuelas, e-voto, e-policía, e-gobierno.

“Indirectamente, mucho se lo debemos a la ocupación soviética –cuenta Jaak Aaviksoo, ministro estonio de Eduación e Investigación–. Somos un país con poca gente, trabajamos mucho y hacemos cosas grandes. Cuando nos sacamos de encima a los comunistas, surgió la necesidad de hacer cosas nuevas. No tenemos miedo a la tecnología.” Fue en 1991 cuando Estonia recobró su independencia de un imperio que hasta entonces usaba su territorio como jardín trasero donde hacer explotar sus experimentos. Los estonios tuvieron entonces que reinventarse. Armar una administración casi desde cero. Y para ello, abrazaron a un nuevo dios, la tecnología.

Dos décadas después, Estonia es un pequeño gigante tecnológico donde se aprende a programar en las escuelas desde los siete años y que en mayo pasado lanzó al espacio el EstCube-1, su primer satélite, días después que debutase en órbita el primer nanosatélite argentino, CubeBug-1 o “Capitán Beto”.

Fue en Estonia donde nacieron Kazaa –el abuelo de los programas de P2P actuales de descargas– y Skype, aquel software que ya se volvió verbo, conecta a la distancia a abuelas y nietos y desde su creación en 2003 modifica la sensibilidad moderna (¿acaso el sexo virtual no es una muestra de la redefinición de la idea que tenemos del deseo y del placer?).

Tallin alberga a unas 150 compañías tecnológicas, lo que la convierte en la “Silicon Valley europea”. En Tartu, la ciudad universitaria estonia, hay centros de bio-robótica y bio-bancos poblacionales, como el localizado en el subsuelo del Centro Genómico de Estonia donde en gigantescos tanques descansan en nitrógeno líquido las muestras genéticas de unas 52 mil personas, casi el 5% de la población local.

El arte de la ciberguerra

Las utopías tecnológicas, sin embargo, también tienen su lado oscuro. A las diez de la noche del 26 de abril de 2007 Estonia desapareció del mundo. Se apagó. Ni una página web quedó en pie. Los sitios de las principales instituciones públicas, entre ellas, el Parlamento y varios ministerios, fueron inundados por un diluvio de mensajes spam procedentes de computadoras ubicadas en casi todo el planeta que no les dieron tregua y los colapsaron. En una segunda ola cayeron los portales de los bancos, diarios y compañías de telecomunicaciones.

El ciberataque fue tan violento que muchos políticos estonios invocaron el pacto de mutua defensa de la OTAN. Más que una ofensiva había sido una reprimenda nacionalista rusa: unos días antes, el gobierno había ordenado trasladar un monumento dedicado a los soldados soviéticos caídos en la Segunda Guerra Mundial del centro de Tallin a un cementerio alejado. Nunca se encontraron a los culpables pero todas las sospechas cayeron en el Kremlin y en su ejército secreto de hackers.

Uno de los principales males temidos del siglo XXI, la ciberguerra, y su capacidad destructiva habían debutado en este rincón del mundo. Las consecuencias fueron directas: hoy la “ciberguerra estonia” es estudiada por varios estrategas militares. Un año después, en 2008, la OTAN decidió instalar en Tallin el Centro de Excelencia para la Ciberdefensa, algo así como la Línea Maginot contra esta nueva forma de guerra, las consideradas batallas del futuro.

El golpe que recibió el país báltico fue uno de los daños colaterales de la tecnodependencia y del ciberutopianismo que permea el discurso tecnológico actual: las visiones utópicas y acríticas que plantean que Internet es una tecnología inherentemente democratizadora y liberadora. “Hemos construido una criatura mítica a la que hemos dotado de ciertas cualidades mágicas”, señala el escritor e investigador bielorruso Evgeny Morozov, uno de los máximos críticos a estas posturas demasiado celebratorias de la tecnología.

El autor de libros como The Net Delusion: the dark side of Internet Freedom y el reciente To save everything, click here: the folly of technological solutionism lo señala con claridad: las mismas tecnologías vendidas como la libertad pura son también las mejores amigas de las dictaduras, capaces de controlar la vida de sus ciudadanos y monitorizar su actividad diaria en un grado de detalle que no era posible hasta ahora.

La ciberutopía estonia no carece de grietas: pese a mostrarse como un paraíso digital impulsado por el avance tecnológico irrefrenable, Estonia sigue siendo uno de los países más pobres de la Eurozona. Su población no deja de caer en picada. Uno de sus grandes problemas es el alcoholismo y muchos jóvenes deciden tomarse para siempre el ferry a Helsinki donde los salarios son más altos.

Si Estonia no es un cuento de hadas tecnológico, al menos es el escenario donde podría transcurrir un capítulo de Black Mirror, aquella serie considerada La dimensión desconocida del siglo XXI en la que los miedos tecnológicos del presente se extienden a un futuro cercano y oscuro.

(Algunas fotos)

Skype

Shrek vive en Estonia

Batman estuvo en Estonia.

Robo-pez del Centro de Bio-robótica en Tallin, Estonia.

Bio-bancos poblacionales. Contienen muestras genéticas del 5% de la población de Estonia.

MUY Interesante Argentina

Septiembre 2013

MUY Interesante Argentina

Especial: Historia de la medicina

Agosto 2013

Una entrevista de mierda (literalmente)

Ñ, 27 julio 2013

Florian Werner, autor de “La materia oscura: historia cultural de la mierda” (Tusquets)

En “La materia oscura: historia cultural de la mierda”, este escritor alemán desafía los tabúes y examina los significados de esta sustancia invisibilizada en nuestras vidas y en el pensamiento.

 

Así como al italiano Pier Paolo Pasolini se lo recuerda en la historia del cine y de la literatura como el gran hereje, el provocador de la incomodidad y el escándalo, a Piero Manzoni se lo invoca como el embajador de la alquimia dentro del amplio universo de aquello que se considera arte contemporáneo. En su corto período activo como artista, este hombre bajo y de imaginación ampulosa puso el cuerpo –literalmente– y lo transformó en obra. Sólo vivió 29 años, tiempo suficiente para dejar una marca: vendió su aliento encapsulado en globos y firmó a varias personas, entre ellas a Umberto Eco, convirtiéndolas en el acto en esculturas vivientes. En una galería de Milán, estampó la huella dactilar de su pulgar en 150 huevos duros y se los ofreció a los presentes para que, al comerlos, entraran –según sus palabras– en una comunión física y psicológica con el arte. Y, si no hubiera muerto de un ataque al corazón en 1963, hubiera vendido su propia sangre. 

Sin embargo, pocos recuerdan las ideas provocadoras detrás de cada una de sus performances. Todos se escandalizan con sus ahora famosas latas: meses antes de que Andy Warhol convirtiera a las sopas Campbell en uno de los alimentos oficiales del arte y mientras la minifalda tomaba al mundo por asalto, Manzoni convirtió el producto de un acto íntimo y privado en un objeto público. Lo exorcizó: en mayo de 1961, tomó 90 recipientes de cinco centímetros de altura y con una puntería olímpica los llenó con excrementos frescos. Sus excrementos. Influenciado por el movimiento readymade de Duchamp y por figuras como Salvador Dalí, Georges Bataille y Alfred Jarry, selló al vacío las latas de conserva, las numeró, las etiquetó con datos de su contenido en italiano, inglés, francés y alemán y las firmó. “Mierda de artista: contenido neto 30 g”, dice cada una. Pese a su elevado precio, se vendieron todas. La mayoría se encuentra hoy tanto en colecciones privadas como en el Museu d’Art Contemporani de Barcelona, el centro Georges Pompidou de París, la TATE Gallery de Londres y el MOMA de Nueva York. En 2007, una de estas latas fue subastada en Sotheby’s por 96.774 euros.

Manzoni provocó un fuerte terremoto –dentro y fuera del arte– del que aún hoy se perciben réplicas. No tanto por su rebelión contra el gusto burgués, por su crítica a la arbitriaridad con la que se clasifica un material como valioso y por incitar la formulación de una de las preguntas que más se oyen por lo bajo dentro de un museo (“¿esto es arte?”). Manzoni causó conmoción porque en un solo acto corrió la cortina y –sin mostrarlo del todo– dejó al descubierto el gran tabú de la sociedad y cultura moderna. Nombró lo innombrable. Dijo la palabra y sustancia prohibida: mierda.

“La mierda es una sustancia cargada de fuertes estigmas sociales: apesta, provoca asco, es considerada impura, escandaliza, no se la piensa”, dice desde Berlín el doctor en literatura y periodista alemán Florian Werner quien, como un gran provocador, en efecto la piensa. Como el protagonista de La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, este autor reflexiona minuciosamente sobre la esencia de la mierda. Hace detonar la censura social y examina las capas de significados que la recubren en La materia oscura: historia cultural de la mierda (Tusquets), un ensayo de lo más original en el que cruza divulgación científica con análisis sociológico, literario y hasta con los estudios religiosos. “La mierda es una materia ambigua que difumina la línea de demarcación entre sujeto y objeto, entre el yo y el otro, lo interno y lo externo, lo puro y lo impuro –explica–: si bien es condición básica de la vida y es de lo más cotidiano del mundo como producto de nuestra actividad intestinal, se la considera una sustancia sucia. En cierto sentido, es una parte de nuestro ser, está dentro nuestro, de nuestros amigos, pero recién cuando la expulsamos la percibimos como repugnante y extraña. Y debemos hacerla desaparecer de la vista, del olfato, del pensamiento”.

Salvo raras excepciones como “The origin of feces: what excrement tells us about evolution, ecology, and a sustainable society” de David Waltner-Toews, no suelen escribirse ni publicarse libros sobre esta sustancia. ¿Cómo se le ocurrió hacerlo?

Hace poco nació mi hija y tuve que lidiar con excrementos cada vez que le cambiaba los pañales, unas seis veces al día. Me sorprendió la variedad de colores y texturas, cómo los excrementos de mi bebé cambiaban a medida que crecía y modificaba su dieta. Pero sobre todo me intrigó el hecho de que mi hija, como todos los bebés, no le tuviera asco a su propia mierda. Al contrario. La intentaba tocar y oler. Le parecía perfectamente normal y natural mientras que entre la mayoría de los adultos sanos esta conducta sería considerada asquerosa, perversa. Así me comencé a preguntar por qué y cómo es que esta sustancia tan común y corriente, tan presente en nuestra vida, puede disparar tantos sentimientos y reacciones: asco, risa, ofensa, por ejemplo. 

Pero no habla de heces sino de mierda. ¿Por qué, de todas sus acepciones, eligió esta palabra? ¿No podría haber sido “Historia cultural de los excrementos”?

No hubiera sido lo mismo. Pese a toda su vulgaridad, la palabra mierda es la correcta. Usar otra es como señalar algo y gritar: “no miren esto”. La mierda es, además de una sustancia, una construcción discursiva. Su designación corresponde a su contexto de uso: si provoca asco o si remite a lo vulgar es “mierda” o “caca”. Los padres dicen que su hijo hizo “popó”. Otros, en una forma neutral, hablan del “número uno” y el “número dos”. La gente puritana “hace sus necesidades”. En el discurso médico y científico es “materia fecal”, “excreción”, “excremento”, “deposición”, “heces”. Si es un fertilizante es “estiércol”. Y si uno padece de diarrea en América Latina sufre de “la venganza de Moctezuma”. El término mierda acentúa la absoluta falta de valor de esta sustancia, su valor totalmente negativo. 

Por eso se esgrime esta palabra como insulto.

Cuando se usa el término para ofender se pone de manifiesto el aspecto de desmerecimiento que se le tiene a la mierda. Convierte a todo objeto o persona a la que se le aplica en un excremento semántico. Cada mala palabra o insulto es tan fuerte como las barreras morales y los tabúes contra los que va dirigida. En Alemania, como en la mayoría de las culturas occidentales, estamos obsesionados con la higiene, así que “mierda” y “suciedad” son malas palabras potentes. En Estados Unidos, todo lo relacionado con el sexo parece ser un tabú así que las malas palabras suelen apuntar a lo genital, por ejemplo el insulto habitual es “fuck you”. Me intriga saber si en una sociedad donde imperase una relación neutral con el proceso de defecación todos los insultos ligados a cagar tendrían poco potencial ofensivo.

O sea, la mierda moldea el lenguaje. Siendo tan rica en significados, ¿por qué no figura en los estudios culturales, en los medios, en las conversaciones?

Al ser un poderoso tabú, sólo pronunciar esta palabra en ciertos ámbitos, incluso a un nivel teórico, corrés el riesgo de ser considerado obsceno, inmaduro, provocador. Cuando me invitan a hablar en la radio, me suelen pedir que me abstenga de decir Scheisse (mierda en alemán) al aire. Lo cual es gracioso teniendo en cuenta que mi libro trata sobre ese tipo de censura y tabuización social. Creo que esto ocurre porque nuestra mierda nos recuerda nuestra propia mortalidad, la caducidad orgánica de toda la vida. Es una parte de nuestro cuerpo que, literalmente, nos atraviesa. Cada defecación es una pequeña muerte. Evitamos tocar esta sustancia como evitamos el contacto físico con un cadáver.

¿Pero fue siempre así?

Para nada. En el último medio siglo se han depositado sobre este término toda una serie de connotaciones negativas. Recién a comienzos de nuestra edad moderna los excrementos humanos recibieron una carga de vergüenza e incomodidad. Hoy su visibilidad e invisibilidad es una escala para medir los niveles de desarrollo de un país. Curiosamente, la palabra excreción en latín, excrementum, tiene la misma raíz que la palabra secreto, secretum: la mierda es una sustancia oculta y misteriosa.

¿La costumbre de lo que ahora llamamos “ir al baño” está de algún modo relacionada con la moral y sensibilidad de cada época? Al fin y al cabo, comemos acompañados en restaurantes pero defecamos solos. 

No tanto. En la antigua Roma, las personas solían hacer sus necesidades acompañadas por docenas de otras personas en letrinas comunales. Cagaban y charlaban. “Ir al baño” era una experiencia social. Obviamente, esto ya no ocurre y defecar es considerado un acto exclusivamente privado. En Alemania muchas personas llaman al baño Klo que viene del latín claudere, que significa cerrar. El término está relacionado con palabras como claustro. El baño así es considerado una especie de monasterio. Hace 120 años, antes de la “era de la burguesía”, hubiera sido inadmisible cerrar la puerta del baño. En 1900 en los hogares burgueses europeos los cuartos de baño fueron provistos por primera vez de cerraduras para cerrarlos desde adentro. En su filme El discreto encanto de la burguesía, Luis Buñuel revirtió esta convención: las personas cagan juntas pero se retiran para comer en privado.

Como demostró el sociólogo Norbert Elias, el acto de la defecación se fue haciendo más íntimo y privado, se rodeó de sentimientos de pudor y vergüenza.

La privatización de la defecación es también el resultado del concepto del yo, de la identidad moderna. En la sociedad medieval, el concepto de “yo versus los demás” no estaba tan desarrollado como lo está en la actualidad. Las personas no se consideraban a sí mismas entidades únicas, cuerpos separados, cuya individualidad debía ser protegida frente a los olores e intromisiones de los demás. Se pensaban a sí mismos como parte de un sistema comunal. En la Edad Media, arrojar mierda constituía una práctica común en el carnaval. Pero con el tiempo, esta percepción cambió alrededor del siglo XVII y XVIII. Hoy el olor o sólo ver a alguien defecando en público es considerado una intrusión en el espacio personal. Nuestro asco a las heces y a defecar acompañados es parte y resultado del desarrollo del concepto del sujeto moderno.

Usted afirma que el asco a esta materia oscura no se limita a una sensación estética –un mal olor, gusto, apariencia– sino que en él resuena una dimensión ético-moral. ¿Esto implica que el asco no es un reflejo natural?

Los animales son ajenos al sentimiento de asco. El asco que provoca el olor de los excrementos es una construcción cultural. La antropóloga social Mary Douglas señala que no existe lo sucio en sí. Sus límites son definidos socialmente. Hasta entrado el siglo XIX perduró la creencia en las cualidades terapéuticas de las heces. Plinio el Viejo recomendaba caca de recién nacido como remedio contra la esterilidad. Esto se basaba en el pensamiento aristotélico de que la naturaleza –luego “Dios”– no crea nada sin una finalidad. Al ser omnipresente en las ciudades, el olor a mierda no existía. La susceptibilidad olfativa era menos marcada que en la actualidad. Las ciudades europeas se fueron desodorizando. Luego los niveles de tolerancia cayeron. Los olores ajenos se percibieron como una intrusión corporal.

El Papa lo hace, los reyes lo hacen, los actores famosos lo hacen, la presidenta lo hace. ¿Por qué elegimos olvidar que todas estas celebridades cagan? 

Todas estas figuras están sujetas al mismo dictado del cuerpo. Por eso, la mierda es un gran igualador. Defecar es una cuestión extremadamente democrática. Si queremos adorar e idealizar a alguien suprimimos el pensamiento de que ellos, también, defecan. Este olvido explica también por qué en las películas de Hollywood los héroes pueden estar días sin ir al baño.

En uno de los ámbitos donde se percibe con más fuerza este olvido es en el de la religión.

Sí. Hay un dilema teológico que ha perseguido por siglos a académicos y fieles: si Jesucristo fue humano y divino al mismo tiempo, ¿cagaba? Uno de los pacientes de Sigmund Freud se volvió loco sólo pensándolo. Si Jesús hubiera cagado, sus excrementos serían sagrados. Valentín el Gnóstico, a mediados del siglo II, intentó solucionar el dilema postulando que Jesús comía y bebía pero no defecaba. Ya lo dijo Kundera: “La mierda es un problema teológico más complicado que el mal”.

Papamanías

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Papamanías. El lado b del “efecto Francisco”: fanatismo religioso y éxtasis nacionalista

Revista Ñ, julio 2013

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/nuevo-mito-llamado-Francisco_0_959304070.html

l 13 de marzo de 2013 a las 19.06 (hora local) se abrieron las cortinas del balcón de la Basílica de San Pedro en el Vaticano y nació un nuevo héroe argentino. Sin las habilidades hipnóticas del gambeteo de un futbolista cargado de talento, sin la embriaguez revolucionaria de un médico devenido guerrillero y sin el timbre de voz de un zorzal criollo, Jorge Mario Bergoglio –ex técnico químico nacido el 17 de diciembre de 1936 en el barrio porteño de Flores y hasta entonces arzobispo de Buenos Aires– en un solo acto transmutó de un simple hombre de 206 huesos y 50.000 millones de células en algo más que humano, en un ídolo, aunque no en la acepción light de esta palabra que usamos todos los días sino en aquella que refiere a una “figura de un dios al que se adora”, a la que se le rinde culto ciegamente. En un solo instante, el panteón nacional que engalana la mitología argentina –Gardel, el Che, Evita, Maradona, Messi– se amplió, sumó un nuevo integrante, como si el ADN argentino –una entidad tan real como el unicornio– probara tener algo especial. Otra vez.

Otra parte semanal, julio 2013

Para una autopsia de la vida cotidiana: conversaciones

J.G. Ballard

Si la escritura conjuga dolor y placer en un solo acto, la conversación implica una comunión descarnada y sostenida con el mundo, un diálogo no sólo con un otro sino con uno mismo. J.G. Ballard (1930-2009) lo sabía y practicaba este deporte de la palabra con avidez, no tanto como una oportunidad para exorcizar sus demonios sino para lograr dar caza a la gran Moby Dick de su pensamiento, aquella idea que elude ser evocada y escapa de la conciencia.

En las ocho décadas que vivió en la nave espacial Tierra –“el único planeta alienígena”, como la definió–, el inclasificable Ballard, además de transformar alrededor de un millón cien mil palabras en novelas y quinientas mil en historias breves, concedió innumerables entrevistas, algunas todavía por ser descubiertas por los arqueólogos ballardistas y otras encapsuladas en libros mágicos comoExtreme Metaphors (2012) –inédito en Argentina– y el reciente Para una autopsia de la vida cotidiana, que logran lo que ningún pastor brasilero o pai umbanda consiguió hasta el momento: volver a un muerto –en este caso, el autor de Crash (1973), El imperio del sol (1984) y Noches de cocaína (1996), entre otros– a la vida.

Con la guía introductoria de una autoridad en el tema como Pablo Capanna, las conversaciones reunidas en esta compilación de la editorial Caja Negra desnudan los fantasmas internos de un hombre más preocupado por las esquirlas psicológicas provocadas por las nuevas tecnologías y la sobrecarga mediática que por los extraterrestres y demás lugares comunes de un gremio –el de la ciencia ficción de futuro lejano y espacio exterior– del que nunca se sintió parte.

Los diálogos que Ballard mantiene en este libro (toda entrevista, no importa hace cuánto haya sido publicada, siempre es letra viva, presente) echan luz tanto sobre la artesanía de su escritura como sobre sus obsesiones: su admiración por William S. Burroughs y por surrealistas como Ernst, Dalí y De Chirico, su fascinación por los choques de autos –imbricación entre lo erótico y lo tecnológico– y su amor por las autopistas, los shoppings y los suburbios –como Shepperton, su lugar en el mundo– donde, aseguraba, se vislumbra el futuro. “Lo que hago es ensamblar los materiales de una autopsia y trato la realidad que todos habitamos como si fuese un cadáver –revela Ballard–. Estoy interesado en el desmantelamiento del asfixiante dispositivo de convenciones que llamamos realidad. Mi obra está colmada de escombros de mitologías terminales, de piscinas vacías, hoteles abandonados, basura tecnológica, silencio y desiertos”.

En una suerte de remix de los temas que se filtran en sus novelas psicológicas (la aniquilación del alma, la muerte del futuro, los desplazamientos de la imaginación, los miedos que acechan en el fondo de la mente), cada una de estas conversaciones aporta una clave de lectura para ingresar en su obra y, a la vez, extiende la galaxia ballardiana, al funcionar como un laboratorio donde el autor forja nuevas ideas y establece conexiones sobre una realidad siempre más extraña que la ficción.

J.G. Ballard, Para una autopsia de la vida cotidiana: conversaciones, traducción de Walter Cassara, Caja Negra, 2013, 192 págs.

Le Monde Diplomatique, julio 2013

El pequeño, tórrido y riquísimo Qatar es un ejemplo fascinante de la arrolladora irrupción de las tecnologías occidentales en un medio de rígidas convenciones culturales, sociales y religiosas. El resultado es un cóctel que mezcla medioevo con los avances más vanguardistas.

 

o se conoce el calor, el verdadero calor –el asfixiante, el plomizo, el más parecido a meter la cabeza entera en un horno, no los 37° que disparan las quejas meteorológicas porteñas– hasta que no se deambula sin rumbo por las fantasmales calles de Doha, Qatar. A las tres de la tarde, un día de junio. Es verdad que este país árabe con forma de papa y que sobresale en el Golfo Pérsico no es el único lugar en el mundo donde cientos de miles de personas soportan a diario 48°, 50° desde hace generaciones y viven para contarlo. Pero la lejanía, los camellos que se mezclan entre los autos y avanzan a la par a los gruñidos, el horizonte cortado por las dunas del desierto, el mercado centenario de Souq Waqif y sus olores pegadizos y una sociedad moldeada por usos y costumbres de vestir ajenas –al menos para un porteño al que ya el traje y corbata le parecen tan exóticos como un traje espacial: los hombres ataviados con sus pañuelos y togas blancas (disdasha) y las mujeres envueltas en sus velos (hijab) y túnicas negras (abaya)–, todo este combo hace que en este punto exacto del planeta Tierra –latitud 25° 17’ 12” N, longitud 51° 32’ 0” E y cuyo prefijo telefónico es el 974– el calor adquiera otra dimensión, incluso una que transforma nuestros puntos de apoyo perceptivos.

Durante décadas, los psicólogos quisieron encontrar en las altas o las bajas temperaturas la razón del perfil mental de cada cultura: la alegría en países cálidos (si bien el calor extremo irrita y agobia, provoca agresividad, aplaca la creatividad y estimula los comportamientos impulsivos) y la alta productividad en países donde reina el frío (aunque las bajas temperaturas entristecen y en ciertas circunstancias empujan al suicidio). Pero aún no se pusieron de acuerdo. Ni siquiera para explicar por qué en los últimos años y en ciertas regiones, Oriente se parece cada vez más a Occidente.

Como experimento social, Qatar –un país gobernado por una monarquía absoluta y en el que el 85% de los 1,4 millones de sus habitantes son extranjeros– es una muestra palpable de esta tendencia. Sus contradicciones afloran por todas partes: en las calles donde se ven grandes palabras de aliento amarillas en inglés (“realize”, “dream”, “think”, “achive”), en los rincones de sus mercados donde no es extraño encontrarse a alguien con la remera de Messi del Barcelona (patrocinado por la Qatar Foundation) o en aquellos no-lugares, los megashoppings, donde el tiempo y el espacio se detienen.

A la sombra de la cercana y competidora en opulencia Abu Dhabi (en los Emiratos Árabes), Doha podría ser vista como una gran cancha en la que respetadísimos arquitectos compiten por quién hace el edificio más feo: salvo por el Museo de Arte Islámico, la Doha Office Tower –una construcción parecida a un proyectil–, la Tornado Tower –similar a un florero que a la noche resplandece en azul– y la Al Bidda Tower –algo así como un tornillo, rodeada por palmeras artificiales–, por ejemplo, no dicen nada sobre la historia, la identidad y la riqueza simbólica del milenario y heterogéneo mundo árabe. Sólo exponen –refriegan– el potencial económico de este país que hasta hace unas décadas era uno de los más pobres de la región –caracterizado por la pesca y la recolección de perlas– y ahora tiene un Producto Interno Bruto (PIB) tan alto como Suiza –más de 170.000 millones de dólares, gracias a la explotación de petróleo desde 1940: se estima que tiene unas reservas de crudo de 25.000 millones de barriles–. Están ahí, de noche y de día, como una declaración al mundo, como una exhibición de sus ambiciones: en Qatar –haya habido o no compra de votos en la elección hecha por la FIFA en lo que se conoce como el Qatargate–, estrellas del fútbol internacional jugarán el Mundial de Fútbol de 2022 en sus estadios con aire acondicionado, un artefacto aquí más ubicuo que las mezquitas y la explotación laboral.

En esta ex colonia británica que se independizó en 1971, sede de la cadena de noticias Al-Jazeera y en donde en 1995 el jeque Hamad Al Thani depuso a su propio padre tras un golpe de Estado, no hay historia. O está escondida. Todo es nuevo y artificial, como la pista de patinaje sobre hielo emplazada en el corazón del City Center Mall en la que por unos 35 riales qataríes (algo así como unos diez dólares) uno puede dar unas piruetas mientras afuera el mundo se cocina al spiedo. O como un canal de agua de 150 metros de largo dentro del Villaggio Mall en el que se puede pasear en góndola como si uno estuviera en Venecia bajo un techo pintado de celeste y blanco que recuerda aquello que uno olvida después de tantas horas de vagar comparando precios: el cielo.


Una mezcla sorprendente


Así es Qatar, un país de costumbres híbridas en donde Occidente y Oriente no chocan, como sugería el politólogo estadounidense Samuel P. Huntington en su clásico ensayo El choque de civilizaciones al referirse a los chispazos en la arena de la política internacional que se sacaban Estados Unidos y Europa con los países árabes. Acá, Occidente y Oriente se fusionan en una extraña mezcla aún confusa que estalla a la vista de quien se desplaza como un flâneur transpirado por esta ciudad diezmada por el calor y donde todo sucede puertas adentro (de los shoppings y megahoteles donde sea uno de la religión que sea se venera siempre al ingeniero estadounidense Willis Haviland Carrier, el inventor del aire acondicionado): mujeres cubiertas de negro de pies a cabeza –en su vestido hiyab y un velo que cubre el rostro conocido como niqab– con tacos y carteras Louis Vuitton colgando de su brazo izquierdo mientras balancean su iPhone con la mano derecha; jóvenes con turbante (kufiyeh) y túnica (thawb) chequeando sus mails en sus teléfonos BlackBerry en la cola del McDonald’s mientras avanzan en su msbá blanco –un rosario musulmán–, preadolescentes martillando sus iPads con las puntas de sus dedos frente a la vidriera de un local espacioso de Mercedes-Benz.

Las causas de estos cruces o contaminaciones culturales –lo tradicional (la prohibición de tomar alcohol y demostrar afecto en público, la subyugación de la mujer, el fundamentalismo religioso) y lo moderno (la colonización de los gadgets, el hiperconsumo, el sedentarismo)– son múltiples, internas y externas, obvias y extrañas. Pero hay una explicación más disipada, sutil, un fenómeno que podría estar funcionando como una suerte de caballo de Troya cultural que traspasa fronteras y una vez instalado desparrama su simbología: la tecnología misma.

Desde la irrupción de Marshall McLuhan y su fundamental Comprender los medios de comunicación (1965) sabemos que las tecnologías que compramos, usamos, desechamos y volvemos a comprar –el teléfono, el televisor, pero también el martillo, el lápiz, el tren, el auto, la máquina de afeitar, y sí, aunque suene raro, los consoladores– no sólo están ahí para transformar nuestro entorno, aquello que definimos como nuestro “mundo exterior”. Las mismas tecnologías que potencian y extienden nuestras limitaciones fisiológicas –la vista, el oído, el tacto– nos alteran. Cada una a su modo y a su tiempo, cada vez que las usamos producen un pequeño cambio en nuestros pensamientos, en nuestra sensibilidad, nuestra intimidad y nuestros vínculos sociales. Los modelan.

“Los efectos de la tecnología no se dan en el nivel de las opiniones o los conceptos –escribió McLuhan–. Más bien alteran los patrones de percepción continuamente y sin resistencia.” Lo queramos o no: la píldora, los preservativos y demás métodos anticonceptivos escindieron la reproducción del placer (y nos dieron un nuevo dominio sobre nuestros cuerpos), Internet empequeñeció el mundo y debilitó nuestras capacidades de contemplación y concentración, las webcams difundieron prácticas sexuales de un nuevo tipo, los celulares infundieron un miedo hasta hace no mucho desconocido, el temor a la desconexión, a estar solos como huérfanos en el mundo.

No es, claro, un proceso nuevo. A lo largo de los siglos, la irrupción de cada tecnología no solo torció el rumbo de la historia. También instaló un nuevo tipo de mente y una nueva ética. Como señala con precisión quirúrgica Nicholas Carre en The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains (en una especie de relectura de Técnica y civilización del inclasificable Lewis Mumford), la imprenta de Gutenberg impuso la mente lineal y literaria, la mente imaginativa del Renacimiento, la mente racional de la Ilustración, la mente inventora de la Revolución Industrial y la mente subversiva de la modernidad. Ya lo había dicho Karl Marx enLa miseria de la filosofía (1847): “El molino de viento produce una sociedad con señores feudales; el telar de vapor produce una sociedad con capitalismo industrial”.

Mucho antes, el reloj mecánico nos había expulsado de la Edad Media al redefinir como nunca nuestra percepción del tiempo. Y así hasta hoy: muy a pesar de los instrumentalistas (aquellos que sostienen que las tecnologías son artefactos neutrales subordinados a los deseos y antojos de sus usuarios: la retórica que impera en el periodismo propagandístico tecnológico, el de los diarios, revistas y programas de TV), cuando una herramienta alcanza un uso generalizado fomenta nuevas formas de pensar. Y lo que no es menor: extiende entre la población donde la tecnología detona los parámetros culturales de su punto de origen. Todas las tecnologías –llamémoslas ahora iPhone, iPad, GPS, Google, Facebook, Twitter, Skype–, así, son tecnologías de shock: producen una distorsión de la realidad –ni peor ni mejor, distinta–, perturban la relación con el otro, con el mundo, con uno mismo. Son capaces de corroer miles de años de una cultura sin preaviso.

La occidentalización del mundo


Como aquello que se palpa en Qatar y en otras tantas ciudades occidentalizadas o asimiladas como Bangkok, por ejemplo. Al viajar, ya cuesta encontrar un lugar verdaderamente exótico no solo en su envoltorio urbano –escasean las ciudades sin un McDonald’s, un Starbucks– sino en el comportamiento de sus habitantes (la mirada encadenada al celular, el pulgar gastado de tanto teclear). Las razones de este fenómeno de absorción y occidentalización del mundo no occidental más que imposición de patrones culturales hasta hace no mucho ajenos –y que procede no sin resistencias: de ahí, por ejemplo el resurgimiento de ciertos nacionalismos– no se pueden rastrear exclusivamente en los medios de comunicación.

La tecnología, como símbolo de deseo, pertenencia y de progreso, se filtra en las fronteras, en las calles, en la cama y en las mentes de las personas como una fuerza disruptora capaz de reconfigurar miles de años de tradición y provocar estallidos hasta hace no mucho inimaginables como el de la conocida “Primavera árabe”. Y lo hace con la misma fuerza y prepotencia con la que un virus se mete en una célula y replica su material genético.

Es cierto: los artefactos per se no barren ni disipan los valores y usos y costumbres vertebrales de una cultura. Pero en cierto grado los reconfiguran a través de la expansión del imaginario que acarrea implícitamente su uso.

Para evitar esta inundación cultural, muchos países optaron por el ostracismo extremo. Como Japón antes de la conocida revolución o restauración Meiji (1868): para conservar la cultura samurai tradicional y feudal, por ejemplo, prohibieron el uso de armas de fuego durante dos siglos hasta que no dio para más. Y Japón se abrió al mundo y el mundo cambió a Japón.

Otro caso es el de las comunidades amish en Estados Unidos que, pese a lo que se extiende y repite en las películas, no rechazan cualquier tipo de manifestación de la tecnología moderna. Más bien, tienen un vínculo distinto con ella que el que impera en gran parte del planeta. Lejos del ludismo, estas comunidades adoptan la tecnología a su manera. Pero lo hacen a otro ritmo. Sin querer depender del mundo exterior, reflexionan sobre las ventajas de una nueva tecnología antes de encandilarse y desearla acríticamente. Aceptan o rechazan aquellas tecnologías capaces de fortalecer a la comunidad –como el maíz genéticamente modificado, que es fácil de cosechar con viejas herramientas permitiendo así que las familias permanezcan unidas– o tecnologías capaces de debilitar los vínculos sociales, como los teléfonos celulares y los autos. También distinguen entre tecnologías para el trabajo y tecnologías para el hogar. Como señala Kevin Kelly en uno de los capítulos de su libro What technology wants, los amish son verdaderos hackers: personas que modifican lo que tienen a mano y lo adaptan a sus necesidades. En otras palabras, levantan barricadas para que no los tape la inundación y no terminen hundidos y culturalmente invadidos como Qatar o, como ya sucedió y sucederá varias veces, en el resto de un mundo cada vez menos distinto y plural.

Futurología urbana

Ñ, junio 2013

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Megalopolis-ciudades-del-futuro_0_946705350.html

En el corazón de Epcot Center, una vez que se dejan atrás aquella construcción similar a una bola de golf gigante que engalana la entrada, un sombrero azul de casi 4 pisos de alto y varios scooters y cuerpos XL tan norteamericanos, se encuentra uno de las atracciones menos concurridas de todos los parques temáticos de Disney en Orlando, Estados Unidos. En la puerta, una chico vestido como un antiguo botones de hotel y con el rostro invadido por un acné furioso agita el brazo con desesperación invitando a los que por allí pasan —distraídos y apurados— se detengan y entren, como si su trabajo dependiese de ello. Pero lo ignoran. Ellos se lo pierden: ahí adentro, luego de un pasillo largo de paredes tamizadas por una suerte de genealogía fotográfica de Mickey Mouse y justo en frente de un robot de Abraham Lincoln desnudo del cuello para abajo, se extiende una maqueta inmensa de lo que podría haber sido pero al final no fue: una ciudad ideal que nunca abandonó el papel y con los años derivó en este futurístico parque de diversiones (y meca del consumo) inaugurado en 1982 y cuyas siglas una vez extendidas significan Experimental Prototype City Of Tomorrow (o Prototipo experimental de la ciudad del mañana).

La idea de una comunidad del futuro asaltó a Walt Disney en los últimos años de su vida. Fue su fantasía final. De diseño radial como una gran rueda de carruaje —con un centro destinado a la actividad económica y comercial y anillos habitacionales y de recreación externos—, esta ciudad pensada para peatones y regida por una corporación iba a tener el doble del tamaño de la isla de Manhattan, un domo capaz de controlar su clima y su gran medio de transporte sería el monoriel, así como trenes eléctricos sin conductor —o personalmover— en constante movimiento. Sin embargo, el cigarrillo —y un cáncer de pulmón— terminó matando en 1966 tanto a este genio del entretenimiento devenido urbanista como a EPCOT. La junta directiva de Disney le bajó el pulgar al proyecto y esta ambiciosa ciudad marcada por la tecnología nunca terminó de construirse.

EPCOT, por supuesto, no fue ni es —ni será— la única “ciudad del futuro”, gimnasios para la imaginación de urbanistas, sociólogos y escritores de ciencia ficción. De hecho, estas utopías urbanas son un lugar común dentro y fuera de géneros literarios y especulativos tan bien explotados por el marketing tecno-científico. Más allá de sus ampulosos caprichos y características en ciertos casos imposibles, a todas ellas las une la misma proyección: las anticipaciones del futuro producidas por una sociedad hablan más de esa sociedad que del futuro que anticipan.

Los conceptos más disparatados de centros urbanos que circulan actualmente aluden sin escalas a miedos presentes. Ciudades verticales como Sky City exponen la actual escasez de espacio urbano. La ciudad flotante como Lilypad, la Wetropolis (Bangkok) y barcos-ciudades como la Freedom Ship remiten al pavor que causan las inundaciones y demás consecuencias del cambio climático. Y la Buenos Aires del siglo XXII, robótica y automatizada imaginada en el documental 2111 de Discovery Channel, exhibe los agudos problemas de tránsito y de contaminación que azotan en estos momentos a los porteños.

Posibles o irreales, las ciudades del futuro potencian un paradigma en plena expansión: la utopía racionalista de la modificación racional de la naturaleza, la apropiación de un territorio, con el fin último de lograr el gran sueño de la ciudad autosustentable y autoabastecida. Lo más curioso es, tal vez, que las ciudades del futuro son puro presente, existen en latitudes remotas como un recordatorio de lo lejano e inalcanzable. Dubai y Masdar, en los Emiratos Árabes Unidos, Dezhou y Dongtan en China. O New Songdo City, una ciudad que se está construyendo desde 2001 en una isla artificial de 680 hectáreas al sudoeste de Seúl, Corea. Con fecha de inauguración en 2015, se apoya en el concepto de “open data city” (o ciudad de información abierta), a través del cual los ciudadanos podrán acceder a información urbana en tiempo real gracias a sensores distribuidos por la ciudad que les permitirá saber sobre la calidad del aire en ciertos barrios o acerca de congestiones de tránsito. Empresas como Cisco e IBM están diseñando software para integrar los sistemas vitales y así asegurar que las ciudades funcionen como organismos vivos, capaces de responder rápidamente a problema potenciales, reduzcan el consumo de energía y las emisiones de carbono.

Como grandes colosos en el escenario urbano mundial, estas megaconstrucciones reorientan también la mirada sobre el destino de miles de centros urbanos actuales sin jeques, emires o empresarios multimillonarios con el dinero y el capricho de jugar al urbanista. Hacen foco sobre las carencias de las ciudades donde habitamos, palpamos y transitamos y que nos golpean física y simbólicamente antes y después de atravesar la puerta de nuestras casas.

Aunque predecir el futuro no es una ciencia exacta, muchos arquitectos y diseñadores bastante menos optimistas presumen que el futuro de la ciudad será más parecido al de la Los Angeles de Blade Runner —oscura, multicultural, caótica, gris, pluvial— que a la bucólica Ciudad de las Nubes de Star Wars o Ciudad Esmeralda de El Mago de Oz (y, se espera, no tan subterránea como Zion de Matrix).

"El siglo XXI es el siglo de la megaciudad, la megalópolis —señala la arquitecta Silvia Fajre, a cargo del seminario ‘¿A dónde van las ciudades?’ en la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes—. Las ciudades rápidamente se expanden en altura y horizontalmente como si fueran una mancha de aceite. Buenos Aires, por ejemplo, es una ciudad tentacular que se extiende a través de fenómenos de suburbanización. Están apareciendo nuevos conglomerados urbanos como ‘ciudades cosidas’: ‘BosWash’, por ejemplo, un corredor urbano conformado por Boston, Nueva York, Filadelfia, Baltimore y Washington. O Buenos Aires-La Plata".

O el corredor Chengdu-Chongqing en China o Tokio-Nagoya-Osaka en Japón, que hace creer que no estamos tan lejos de un mundo convertido en una ciudad continua —una “Ecumenópolis”— como Trantor de la Saga de la Fundación de Isaac Asimov. En la actualidad hay unas 22 megaciudades, Goliats urbanos con más de diez millones de habitantes. Vive más gente en Bombay que en Noruega y Suecia juntos. Para 2030 la población urbana de Africa superará a la población de Europa. A medida que las ciudades se vuelven más grandes y más pobladas, los efectos de los desastres naturales como terremotos probablemente se magnificarán. En el siglo de la megaciudad y del calentamiento global, se presume también que advengan los mega-desastres.

Insectos y animales colonizarán nuevos hábitats desparramando enfermedades como malaria y dengue y el Homo urbanus se verá obligado a cambiar, a adaptarse a las nuevas condiciones de vida con esturcturas hasta no hace mucho insólitas como granjas verticales —actualmente en plena experimentación como los techos verdes— o el incentivo de las actividades de los articultores, aquellos grupo de guerrilleros ecológicos que en todo el mundo atacan ciudades apostando por la proliferación de huertas y espacios verdes.

Los efectos psicológicos provocados por estos mega-ambientes son un gran misterio (¿cómo influirá en la creatividad y en nuestra sensibilidad cotidiana?). Aunque, como sugiere el siempre disruptivo escritor William Gibson, ya comenzamos a sentirlos: hace tiempo, dice, habitamos una metaciudad digital, una en la que no precisamos direcciones físicas ni pagamos ABL y, si la conexión a Internet lo permite, aún no son tan habituales los piquetes ni los trapitos.

Muy Interesante Argentina 

Julio 2013

MUY Interesante Argentina

Julio 2013

Cápsulas del tiempo y donaciones de ADN

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/tecnologia-comunicacion/mensaje-siglo-XXIII_0_929907022.html

Ñ, junio 2013

En la sala de espera de un laboratorio genético donde el murmullo de las centrifugadoras se sincroniza con el cóctel de nervios y esperanzas de aquellos que vienen acá en busca de su identidad y de un puñado de certezas, la voz de una mujer menuda y decidida llamada Rosa retumba y salta luego por la ventana.

–Extendé el brazo y apretá fuerte el puño– dice. Me dice.

Y entonces, la veo: una sombra roja que huye, como un preso que escapa de una cárcel de máxima seguridad sin mirar atrás. Es mi sangre que se adentra en el tubo de la jeringa con la misma velocidad con la que un mosquito recién alimentado se infla.

Hay toda clase de donaciones: de plata, de órganos, de semen, de pelo y, claro, de sangre. Aunque esta donación no tiene como destino abastecer un banco de sangre en caso de presentarse una cirugía de extensiones maratónicas. En el laboratorio Genda, dirigido por las biólogas Viviana Bernath y Mariana Herrera, quieren mi sangre más bien por lo que hay en ella, mi ADN, mi código interior, para que sea parte, junto al material genético de otras 11 personas elegidas al azar –un nutricionista, un presentador de TV, una diseñadora, una editora, un economista, una filósofa, una estudiante de medicina, un biólogo, una publicista, un cientista político y otra colega periodista científica– del mensaje de una botella a ser arrojada a un océano más profundo que el Atlántico, el futuro –precisamente, el siglo XXIII–, en forma de cápsula del tiempo.

“Como parte de los festejos del Bicentenario, con el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires construimos un puente en el tiempo para comunicarles a las futuras generaciones cómo vivimos”, cuenta Julián Gallo, editor de medios interactivos y director general de este proyecto, cargado de euforia e ilusión en el que se encapsuló el presente –el tiempo más escurridizo– en un cilindro de titanio de 236 cm de largo, 17 cm de diámetro y 35 kg. Como un verdadero back up de la información de nuestro momento histórico, este dispositivo en forma de torpedo almacena en 500 discos Blu-ray unas 400 mil fotos, documentos y testimonios en audio y video que más de 80 mil personas volcaron espontáneamente en 2010 en el ya extinto sitio www.capsula2210.com y que, junto a semillas de especies de árboles de Buenos Aires como ombúes y jacarandáes, revelarán a los habitantes de 2210 cómo era la vida cotidiana en las primeras décadas del siglo XXI en este rincón del sistema solar. Un compendio de época sin la intervención de eruditos o censores encaprichados en definir qué es lo bueno, qué es lo malo o lo significativo, qué entra o qué se pierde en las arenas del tiempo y el olvido.

“Generalmente, no le prestamos demasiada atención al paso del tiempo. Con este proyecto, se experimenta el tiempo como algo bien físico: 200 años es un tiempo que está fuera de nuestra escala. Salvo algunos árboles, nada de lo que está vivo ahora existirá dentro de dos siglos. En 200 años, va a morir toda la humanidad unas siete veces –dice este verdadero capsulólogo. Como todas las cápsulas del tiempo, la cápsula del Bicentenario es un objeto esencialmente optimista. Dialoga con una generación que todavía no nació. Nos invita a ir hacia el futuro, concebido no como aquello inmodificable que viene hacia nosotros. No somos víctimas del futuro. Con nuestras decisiones y acciones, lo modificamos”.

Sin contar la tumba de Tutankamón que permaneció intacta durante tres mil años, la primera cápsula del tiempo no fue una cápsula sino un sótano en el que el historiador Thornwell Jacobs, preocupado por la escalada del nacional-socialismo en Alemania en 1936, refugió aquello que, a su criterio, no podía desaparecer de la faz de la Tierra en lo que llamó “la cripta de la civilización”: una máquina de escribir, una copia del guión de Lo que el viento se llevó , microfilmes con obras literarias, un muñeco del Pato Donald, una cerveza y miles de objetos que aguardan en silencio volver a tomar contacto con la luz cuando las puertas de acero inoxidable del sótano de la Universidad de Oglethorpe, en Atlanta, Estados Unidos, se abran el 28 de mayo de 8113.

La iniciativa de este profesor agobiado excitó tanto la imaginación de su época que propició una suerte de contagio masivo. De repente, comenzaron a brotar cápsulas del tiempo por todos lados. La Tierra se volvió un arcón de la nostalgia: la compañía Westinghouse Electric, por ejemplo, diseñó dos cápsulas, una para la Feria Mundial de Nueva York de 1939 y otra para la de 1965. De forma cilíndrica, ambas fueron enterradas debajo del Parque de Flushing Meadows de Nueva York. Contiene abrelatas, una lámpara eléctrica, un reloj, una taza de Mickey Mouse, un bikini y mensajes de Thomas Mann y de Albert Einstein a ser leídos en el año 6939.

Entre los visitantes de la feria de 1939, había un chico de cuatro años llamado Carl Sagan que quedó tan conmovido por esta verdadera máquina del tiempo que años después, en 1977, impulsó la creación de la suya: dos discos de oro que condensan nuestra cultura y acompañan el vuelo de las sondas Voyager por el espacio en busca de compañía entre las estrellas.

A la Argentina, la fiebre tempo-capsular llegó en 1948 cuando fue enterrado en la Plaza de Mayo un cofre con un mensaje escrito a mano por Juan Domingo Perón para los jóvenes del año 2000. En 1957, sin embargo, la Revolución Libertadora lo destruyó. Recién hace trece años, la Legislatura porteña reinstaló una copia impresa en computadora.

Le siguieron las cápsulas del tiempo de la Exposición de Osaka, Japón, en 1970 –a ser abierta dentro de 5.000 años–, la Yahoo! Time Capsule –2020– y aquella diseñada por el arquitecto español Santiago Calatrava en 1999 a abrirse recién en el año 3000 en el Museo de Historia Natural de Estados Unidos, sin contar los decenas de miles de intentos particulares de sintetizar lo más característico del presente, realizar un inventario básico de la contemporaneidad y, sobre todo, de comunicarse con el futuro, una idea –un cosquilleo– que nació con los fórceps del capitalismo y de la ciencia moderna en el siglo XVIII. Aquel continente tan visitado por los escritores de ciencia ficción, jibarizado por los avances científicos y tecnológicos que nos dejan en un estado de perplejidad y asombro y a la vez un territorio impregnado de amenazas luego de décadas de guerras, genocidios, bombas atómicas, catástrofes naturales y calentamientos globales, no deja de ser reconquistado –reinstalado– por estos artefactos que permiten viajar al futuro sin moverse un centímetro.

En el anillo del edificio más extraterrestre de Buenos Aires, el Planetario, la cápsula del Bicentenario –colectiva, libre y en la que laten deseos íntimos de inmortalidad, clonación y trascendencia de sus donantes– aguarda. Hasta que el viernes 25 de mayo de 2210, al mediodía, si es que la Argentina y la Tierra aún existen, un hombre, una mujer, un robot o visitantes de un mundo lejano, como sugería la película Inteligencia artificial , abran este ajuar mortuorio de una cultura seguramente efímera y reciban el “hola” lanzado a través de los siglos, sin posibilidad alguna de responder el llamado.

De ocurrir, habrá sido la más lenta correspondencia. Y al mismo tiempo la más íntima.

Brando 
Junio 2013

Brando 

Junio 2013

Muy Interesante Argentina

Junio 2013