Cómo hacer una oreja

Las maravillas y promesas del bioprinting o de la impresión de órganos. Revista Brando, mayo 2011.

Dentro del amplio y empalagoso vocabulario de la ciencia y la tecnología, la palabra “revolución” es, sin duda, una de las más gastadas. Se la usa prácticamente para todo: para señalar algo que se viene pero que nunca termina de desembarcar; para promocionar el lanzamiento de un gadget que se descompone a las horas de comprarlo o, simplemente, para que los lectores, televidentes o el público en general abra los ojos (y las mandíbulas) y caiga fascinado ante una promesa. No es de extrañar: al fin y al cabo, las tecnociencias trascienden generando esperanzas, sacudones, conmociones.

            La mayoría de las veces terminan siendo falsas alarmas. Pero en muy pocas ocasiones, la revolución es verdadera y pega un volantazo. Ocurrió con la revolución científica del siglo XVII que, con Galileo y Newton como líderes, instalaron la razón donde imperaba el oscurantismo religioso. A fines de 1860, Charles Darwin fue más revolucionario que Fidel Castro y el Che Guevara juntos al revelar los mecanismos a través de los cuales evolucionó el ser humano. Los rayos X, la penicilina, la anestesia, los trasplantes de órganos, la clonación, el desciframiento de genoma, internet, los celulares, las nanociencias y muchas otras innovaciones fueron tan disruptoras como la invención del fuego y la agricultura hace diez mil años.

            No hay que ser Thomas Kuhn (nombre de aquel filósofo estadounidense que cualquier estudiante universitario que transitó por el CBC conoce y detesta) para identificar una verdadera revolución científica que se avecina como es el caso del “bioprinting” o “la impresión de órganos”.

            Bioprinting por acá, bioprinting por allá. De repente, se escucha esta palabra por todos lados: en los pasillos de las universidades, en los buffets de los grandes institutos y laboratorios y también en megacongresos como el de la sociedad científica más importante del mundo, la American Association for the Advancement of Science (AAAS), organizado este año en Washington, Estados Unidos.

            "Hemos estado trabajando con impresoras tridimensionales por un tiempo", se escucha que alguien afirma por micrófono, como quien arranca un discurso, en una de las miles de conferencia de prensa que hay en este tipo de eventos. Sólo hay que leer el cartelito que descansa sobre la mesa para saber que se trata del bioingeniero estadounidense Hod Lipson de la Universidad de Cornell. "Al principios utilizamos estas impresoras 3D para imprimir cosas inorgánicas como piezas de robots, polímeros y plásticos. Pero desde que muchos investigadores tomamos una plataforma de código abierto llamada Fab@Home, la usamos para imprimir una gran variedad de objetos biológicos. En el laboratorio imprimimos cartílago de meniscos de la rodilla. Lo incubamos y demostramos que sus propiedades biológicas son las mismas que un menisco original".

            Lipson habla casi sin respirar. Hasta que de repente, aprieta un botón y la audiencia grita “¡wow!”. La impresora que tiene a su lado comienza a funcionar. En lugar de tinta, tiene un gel. Y en vez de imprimir un documento Word en una hoja de papel, pacientemente “bioimprime” algo que se parece a una oreja, capa tras capa. “Hay mucho camino por adelante antes de que aquello que imprimimos se pueda implantar directamente en humanos —señala con prudencia —. Faltan tests en animales. Pero sólo imaginen si pudiéramos tomar células de un donante, cultivarlas, meterlas en una tinta, luego crear con ella un órgano e implantárselo al paciente que donó esas células. Sería algo muy útil para evitar el rechazo del cuerpo”.

            Lipson es, como el biólogo Vladimir Mironov (un investigador de la Universidad Médica de Carolina que, además de biomprimir órganos está fabricando carne artificial), de aquellos científicos optimistas  que imaginan el día en que cualquier médico pueda, con presionar un par de botones, imprimir nueva piel para una víctima de un incendio o fabricar a pedido un órgano para un paciente con insuficiencia renal o huesos para quien quiera reemplazar su vieja cadera.

            Si bien hay que tener paciencia (y prudencia), ya hay bioimpresoras a la venta como la NovoGen desarrollada por una compañía nunca mejor bautizada Organovo (www.organovo.com). James Yoo de la Universidad Wake Forest cuenta, por ejemplo, que diseñó una impresora capaz de analizar una quemadura y, con un láser, determinar el tamaño y forma exacta de una lesión y luego imprimir en menos de una hora un tejido para sanarla. “Las numerosas heridas sufridas por los soldados en las guerras de Afganistán e Irak nos motivó a empezar este programa”, revela sabiendo que la plata la pone el Departamento de Defensa estadounidense.

            Las implicaciones, consecuencias y cambios que producirán el bioprinting —de seguir por este camino y no terminar en la nada como la realidad virtual— son incalculables: diseño de órganos a pedido, mejoramiento de la calidad de la vida, la extinción de las listas de espera para trasplantes. Y mucho más, siempre y cuando, que las obras sociales cubran estos tratamientos y, más importante, que la bioimpresora no se encapriche y decida atascarse en el proceso como suele ocurrir cada vez que tiene que imprimir y entregar un trabajo a último momento.