El profeta accidental

Marshall McLuhan x 100. Nota publicada en Radar, Página/12, el 17 de juliio de 2011.

El mundo lo recuerda por su frase-slogan “el medio es el mensaje”, que lo convirtió en un icono y le atribuyó poderes proféticos: Internet, 800 canales de tv, Facebook, Twitter, la inteligencia artificial… Pero la obra de este intelectual canadiense es más compleja que la premonición tecno: a partir del análisis del mundo mediático pop-publicitario que explotó en la posguerra, explicó cómo las herramientas que creamos moldean nuestra mente, cuál es la relación entre la tecnología y el cuerpo y cuáles son los efectos en la conciencia de los mensajes incesantes que recibimos.

 

Cuando la represa que ahora llamamos Internet abrió sus compuertas –¿hace cuánto?, ¿años, décadas, siglos?, ya nadie se acuerda ni importa– un aluvión de datos se nos vino encima. Fue como estar parado al pie de una montaña, aplaudir caprichosamente para tentar a la naturaleza y esperar que se desate un infierno blanco.

Y se desató: un Big Bang informativo estalló en las computadoras y al hacerlo las elevó al estatus de artefacto rey –o reina– de nuestras vidas. En un instante, el mundo de la pantalla para adentro se volvió Venecia. La información corrió como agua. Sólo fue cuestión de adaptarse al nuevo ambiente o autocondenarse a vivir como los niños burbuja, satirizados en algún capítulo perdido de Seinfeld.

Sin que mediara una nota de aviso, nuestros hábitos se reconfiguraron. Despertarse, encender la computadora, chequear el mail, mirar la página de un diario, Facebook y Twitter, se convirtió un acto reflejo y naturalizado. Pensamos y hablamos en lenguaje web. Decimos que subimos y descargamos un archivo como si hubiera algo ahí arriba. Tampoco tardaron en aparecer nuevos mandatos: si no está ahí, en la pantalla, no existe. Si uno no saca fotos o videos borrosos y epilépticos en un recital no hay pruebas fehacientes de siquiera haber ido. Hay nuevos “adentros” y nuevos “afueras”. Antes era los que tienen mail y los que no. Ahora es: los que tienen Facebook y Twitter y los que no. Negarse a pertenecer, a elegir qué consumir, dónde estar, qué decir –como repetir “no, no tengo celular”– se convirtió en un acto de resistencia y rebeldía adolescente por más que se haya pasado la barrera de los 30.

No hay que ser neurocientífico ni llamarse Nicholas Carr –ni escribir un libro llamado Los superficiales: ¿qué está haciendo internet con nuestros cerebros?– para saber que la revolución y el cambio también pasan por dentro, que nuestra paciencia se volvió ínfima (por algo le dicen a esta época “la era de la ansiedad”), y que atreverse a leer un libro de más de 400 páginas es todo un acto de arrojo y valentía intelectual.

Mientras las publicidades de proveedores de Internet continúan ofreciendo un acceso directo a la felicidad (más megas = más sonrisas, más conectividad = más jovialidad), los tecnopesimistas y los tecnooptimistas se tiran de los pelos y se pelean por definir quién tiene razón (¿Google nos hizo más tontos o más inteligentes?). Se arrojan iPads, ejemplares atrasados de la revista Wired, Kindles y muchas consignas con olor a viejo.

“La moda es el eterno retorno de lo nuevo”, repetía Walter Benjamin. Y estos tecnodebates también. Al fin y al cabo, antes de que el gran tecnogurú Kevin Kelly mostrara su barba blanca y abrumara a los tecnofílicos con su abrumador y adictivo libro What technology wants y su visión metafísica de la tecnología –el sistema tecnológico como un ser vivo que evoluciona y está sometido a las leyes de la complejidad y la auto-organización–, un canadiense espigado y de rostro rápidamente olvidable pensó, habló y exhibió las reglas de este juego. También, biológicamente.

“El próximo medio, sea cual fuere, podría ser la extensión de la conciencia –dijo en 1962 un hasta entonces no muy conocido Marshall McLuhan (1911-1980)–. Incluirá la televisión como su contenido, no como su entorno, y transformará la televisión en una expresión artística. La computadora como instrumento de comunicación e investigación podría mejorar la recuperación de información, volver obsoletas las bibliotecas y convertirse en una especie de línea privada de comunicación.”

Por entonces, Steve Jobs, Bill Gates y Tim Berners Lee –el auténtico padre de la web– tenían, los tres, siete años. Y ya había alguien en el planeta que hablaba de aquello que los iba a volver ricos, poderosos y conocidos.

EL MAGO Y LA ALDEA GLOBA

McLuhan se convirtió en el profeta de la era electrónica sin quererlo. No le interesaba el futuro sino el pasado y el presente, la obra de James Joyce, los panfletos de la Reforma protestante del siglo XVI y la aparición de la perspectiva en el Renacimiento. Como maestro en lo que se denomina “pattern recognition” (o reconocimiento de patrones) se asomó a una era y a un estado de la tecnología que recién estallarían 15 años después de su muerte.

Distraído y provocador, sarcástico y críptico, McLuhan fue uno de los primeros intelectuales en ver más allá de las apariencias tecnológicas y de su momento histórico. Sólo tuvo que rascar la superficie para ver la verdadera cara de las tecnologías (y dentro de ella, los medios): prolongaciones de alguna facultad humana, psíquica o física. Así la rueda es una extensión del pie; el libro, una prolongación del ojo. La ropa, una prolongación de la piel.

Como un faro en la noche, McLuhan fue capaz de advertir y catalogar los efectos psicológicos de los medios electrónicos. Su tendencia a comprimir y disolver las dimensiones del tiempo y el espacio. “Nos convertimos en lo que contemplamos –escribió en su primer hit, La Galaxia Gutenberg (1962)–. Modelamos nuestras herramientas y luego nuestras herramientas nos modelan a nosotros”.

Fue todo un mago. Volvió visible aquello que resistía oculto. Su musa, su diosa, fue la electricidad, en la que vio la extensión del sistema nervioso y el ingreso a una nueva fase de la historia humana. Luego de 3000 años de tecnologías mecánicas advirtió que la electricidad había llegado para modificar absolutamente todo: los hogares, las escuelas, el transporte, el entretenimiento y, también, las formas de pensar. Si en la era industrial predominaba la secuencia –cadena de montaje– y el pensamiento lineal, en la era eléctrica gobierna la simultaneidad.

“Los efectos de la tecnología no se producen al nivel de las opiniones o de los conceptos, sino que modifican los índices sensoriales, o pautas de percepción, regularmente y sin encontrar resistencia”, sentenció en su libro más vendido, Comprender los medios de comunicación (1965), una obra tan actual que al leerla pareciera haber sido escrita la semana pasada por este ciberfilósofo.

En la televisión McLuhan vio una fuerza que no respetaba ni distancias ni límites políticos o geográficos. Para bien o para mal, esta tecnología había logrado comprimir a la humanidad en una unidad, un campo unificado de experiencias, una “aldea global”, como la bautizaría entonces y para siempre.

UNA MAQUINA DEL TIEMPO

Para ingresar al panteón internacional de intelectuales –y codearse con gigantes como Lewis Mumford, Jacques Ellul, Walter Ong y Edward T. Hall– sólo tuvo que convertirse en la víctima literaria de un periodista y escritor en ascenso, Tom Wolfe, el duque blanco del periodismo, quien en un artículo de 1965 publicado en el New York Herald Tribune lo bautizó como el “pensador más importante desde Newton, Darwin, Freud, Einstein y Pavlov”.

Quizá Wolfe exageró, pero desde entonces McLuhan se volvió un icono, una estrella de aquello que desde hacía tantos años estudiaba: la cultura pop. Su rostro, de repente, estaba en todas partes: en la tapa de revistas, en entrevistas de revistas como Esquire, Playboy, Life, en la pantalla de TV de la que tanto hablaba (McLuhan entrevistó a John Lennon y a Yoko Ono en ocasión de su campaña War is Over!).

Y llegó a la cima del star system cuando hizo un cameo en Annie Hall (1977) donde Woody Allen lo saca de atrás de un afiche y le permite recriminarle a un hombre que se ufanaba hablando de él: “Usted no sabe nada acerca de mi obra. Hasta mis falacias las explica al revés”.

Al hacerlo, McLuhan se rió del fenómeno que había construido: él mismo, un producto más comentado que leído, el intelectual hippie de nombre pegadizo y de eslogans o aforismos llamativos –“el medio es el mensaje”, la frase-mantra más repetida en ciencias de la comunicación– que decía algo importante (pero no tanto como para recordarlo).

Mientras Los Beatles provocaban desmayos masivos y estropeaban las gargantas de sus fanáticas, mientras la minifalda provocaba ataques cardíacos y el pop art les sacaba canas verdes a los puristas, desde Toronto McLuhan se ubicó en el centro intelectual del mundo.

Aunque murió el 31 de diciembre de 1980, su voz, su imagen, su pipa siempre encendida y sus ideas disruptoras viven desparramadas por la web como data, flujos de información, píxeles en movimiento e imágenes comprimidas en videos de YouTube (marshallmcluhanspeaks.com). McLuhan vive. “McLuhan not dead”, se leería en las paredes la web si la web tuviera paredes.

Escucharlo y leer sus libros es como revisar las respuestas a un crucigrama antes de completarlo. Su pensamiento es tan actual que basta realizar una simple operación de sustitución para olvidar su verdadera fecha de publicación. Como sugiere el argentino e hipermediático Carlos Scolari (quien en mayo de este año reunió a los herederos de este pensador en las jornadas/festival Galaxy McLuhan en Barcelona), sólo hay que cambiar la palabra “televisión” por “Internet” o sustituir “medios electrónicos” por “medios digitales” para que asuman una contemporaneidad asombrosa.

Más que un oráculo, un gurú, un profeta, McLuhan es una máquina del tiempo. En él, el presente se funde en el pasado y conducen, sin paradas, hacia el futuro.

RECUADRO

 

Para leer a McLuhan

La novia mecánica: el folklore del hombre industrial (1951)

En él, McLuhan explora cómo la opinión pública de su época era manipulada por la industria publicitaria. Así habla del “trance colectivo de la sociedad tecnológica” y el desarrollo de un “público sonámbulo” o anestesiado que acepta acríticamente anuncios publicitarios que atentan contra la dignidad humana. “La dulce e inocente muchacha simboliza a la dulce y reconfortante, fresca e inofensiva Coca-Cola –escribe–. Tal vez la joven sea dulce, inocente, e inofensiva, pero la Coca-Cola no lo es. La próxima vez que se le caiga un diente póngalo en un vaso de Coca-Cola y verá cómo se disuelve en uno o dos días.” Ideal para leer mientras se ve un episodio de Mad Men.

The Gutenberg Galaxy: The Making of Typographic Man (1962)

Fue el primer hit de McLuhan. Analiza cómo la experiencia de la subjetividad moderna fue marcada por el invento del alfabeto fonético y luego por el de la imprenta. Cómo el ojo y la mirada se convirtieron en el sentido predominante de la cultura occidental. Cómo la imprenta impulsó el pensamiento lineal, el nacionalismo, la revolución industrial, entre otros fenómenos. En él, McLuhan expone toda su creatividad poética y análisis con frases como “Heidegger hace esquí acuático sobre la ola electrónica tan triunfalmente como Descartes cabalgó la ola mecánica”. Su estructura en forma de mosaico anticipa de alguna manera a los hipertextos de la web.

Comprender los medios de comunicación (Editorial Paidós, 1964)

Es el gran clásico en el amplio mundo de la comunicación. En él, desarrolla las ideas detrás de “el medio es el mensaje” y su concepción de medios calientes y medios fríos. Y como si se tratara de una autopsia, examina a la palabra escrita, la ropa, la vivienda, el dinero, los relojes, la imprenta, la historieta, la rueda, la bicicleta y el avión, la fotografía, la publicidad, el teléfono, el cine y, obvio, la televisión.

El medio es el masaje: un inventario de efectos (Editorial Paidós, 1967)

Libro-collage cargado de imágenes, frases sueltas y reflexiones sobre cómo la tecnología electrónica remodeló y reestructuró todos los aspectos de la vida privada: del individuo a la familia, la educación, el barrio, los gobiernos y las relaciones. Es una obra puramente experimental realizada junto a Quentin Fiore, conocido diagramador y dibujante estadounidense. “Sólo cabe desconectar la electricidad si queremos recuperar el espíritu de antaño”, remata el canadiense.

RECUADRO II

LOS HEREDEROS

LA FIESTA DE MCLUHAN

 

POR CARLOS SCOLARI

Pobre McLuhan. En los años 1960, cuando tocó el cielo de la fama mediática, sus colegas no lo querían ver ni pintado. Los críticos frankfurtianos lo consideraban un representante del electro-imperialismo yanqui que no cuestionaba el sistema (No crítica, no party); los empiristas le envidiaban la fama mediática y lo acorralaban preguntado a gritos “¿Cuál es su método?” (No método, no party); los semiólogos lo miraban de reojo. Si, como repetía McLuhan, “el medio es el mensaje”, entonces… ¿Dónde metemos esa ideología oculta que se escondía replegada dentro de los mensajes? (No signo, no party).

Después de su muerte en 1980 McLuhan entró en un cono de sombra académico. Por entonces en Argentina sólo un puñado de investigadores lo veía con cierta simpatía y no caía en la vulgata anti-mcluhaniana. Pero fue la misma evolución del ecosistema de medios la que lo llamó en causa: la difusión de la web, la explosión del debate cibercultural y la proliferación de nuevos medios han vuelto a poner a la ecléctica obra de McLuhan al centro de las conversaciones teóricas.

¿Cómo leemos hoy a McLuhan? Por lo general se tiende a leerlo como si fuera un gurú que visualizó un futuro de redes digitales que es nuestro presente. Esta lectura se basa en el carácter predictivo de sus ideas y aforismos: McLuhan habría anticipado la web, Facebook, la crisis de la escuela y, si seguimos en esta línea, hasta el empate entre Argentina y Bolivia en el primer partido de la Copa América 2011.

¿Un McLuhan-Nostradamus? Creo que estamos reduciendo la complejidad de su pensamiento a los de un mago de feria con una bola de cristal. McLuhan era un agudo analista de su realidad: me refiero a los años de la posguerra, cuando la televisión era el new media y las pantallas saltaban de las barricadas de París a unas pisadas en la Luna. Esa era la realidad que inspiraba a McLuhan, no la nuestra de redes sociales, convergencias y desintermediaciones.

McLuhan irrumpió con una mirada oblicua, desacralizadora e imposible de encuadrar en los esquemas académicos de su época. El canadiense identificaba patterns o hechos que se repetían y los sintetizaba en sus célebres aforismos. Al decir “el medio es el mensaje” McLuhan estaba identificando un pattern y, por el mismo precio, nos proponía una nueva forma de interpretar los medios y la cultura. Más que ver en McLuhan un Nostradamus, nos convendría identificar sus patterns analíticosy aplicarlos al actual ecosistema mediático. Grande McLuhan.

 

Carlos Scolari es licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Rosario, y doctor en Lingüística Aplicada y Lenguajes de la Comunicación. Es profesor e investigador de la Universidad Pompeu Fabra, España. Es autor de Hacer clic: Hacia una sociosemiótica de las interacciones digitales. Su sitio web es Digitalismo.com e Hipermediaciones.com. Organizó en mayo de este año las jornadas McLuhan Galaxy en Barcelona (www.mcluhangalaxy.net).

 

INDEPENDENCIA MENTAL

 

POR DERRICK DE KERCKHOVE

            Nací en Bélgica pero soy producto de mi educación en India y Paquistán. Viví de chico las glorias y miserias del mundo y experimenté civilizaciones totalmente distintas. De modo que cuando conocí a McLuhan estaba preparado para algo nuevo. Él fue el único profesor que he tenido en mi vida que hablaba del presente y no sólo del pasado. Odiaba hablar del futuro si bien vivía al borde de la realidad. Me enseñó a vivir y pensar en tiempo real. Era muy divertido, siempre tenía algo ocurrente que decir. A veces abría un diario y sacaba elementos de las noticias y se preguntaba qué nos quería decir tal hecho sobre dónde estábamos y hacia dónde íbamos. También era reservado como muchos canadienses.

            Cuando McLuhan murió en 1980 las computadoras aún eran tan grandes como oficinas. Y aún así se las ingenió para ver más allá, para describir la esencia y espíritu de lo que no existía, de Internet. Cuando en 1962 señaló que el próximo medio sería la extensión de la conciencia se refería a Internet, a los videos de Youtube, los podcast, Twitter y Facebook. Marshall nunca quiso hablar de cosas que él no había observado; aunque predijo Internet, él era experto en televisión.

            Las redes sociales han confirmado la observación de McLuhan respecto a que en la era de la información instantánea y omnipresente todo el mundo estaría implicado en los asuntos de todos los demás del mismo modo que sucede en una aldea, donde todo el mundo conoce a todo el mundo y habla sobre todos. La principal diferencia es que la gente tiene más y mejores medios y oportunidades para el chismorreo que bajo el imperio de la televisión.

Las configuraciones y gramáticas de Twitter y Facebook son claramente distintas: Twitter representa el pulso de la comunidad. Facebook es una red a largo plazo como puede serlo una relación de amistad.

            Vivimos en un mundo de ojos electrónicos que todo lo ven y todo lo registran. En Internet ya no existe la privacidad. McLuhan se dio cuenta de esto con mucha anticipación. Él sabía que la electricidad nos descubriría todo lo oculto y barrería nuestra existencia privada como arrastra la arena hacia dentro una marea. “Mientras más cosas se saben de vos, menos existís”, decía McLuhan.

            Los sistemas de procesamiento de información como el hipertexto son extensiones de nuestra mente. Son psicotecnologías. Todas las tecnologías que codifican, clasifican y transportan lenguaje, lo modifican también, al igual que modifican al emisor, al receptor, a los usuarios del lenguaje. El lenguaje mantiene una relación estrecha con nuestra mente, y todas las tecnologías que afectan al lenguaje afectan también a las estrategias que utilizamos para organizar el tiempo, el espacio y nuestro propio ser.

            Estoy convencido: Internet es un nuevo paso en la evolución humana. Internet es invisible, como el sistema nervioso. Navegar por la Web es una cuestión táctil. Las cosas aparecen en la pantalla, lo mismo que aparece en la parte frontal de tu mente al pensar o al recordar. Internet y la web son hijos de la electricidad. Somos la segunda fase de la electricidad, la fase cognitiva, digital.

            La red juega un papel similar al del alfabeto. Las sociedades alfabetizadas mejoraron su percepción de sí mismas y desarrollaron su imaginación. La diferencia radica en que el alfabeto tardó mucho en extenderse a una masa crítica de población. En muy poco tiempo hemos asimilado un importantísimo cambio tecnológico.

            Internet es una extensión de nuestras capacidades físicas. Se trata de una proyección, más allá de nuestras mentes, de las rutinas y hábitos mentales que hemos desarrollado aprendiendo a leer y escribir. El trabajo de escribir correctamente se realiza cada vez menos en nuestras cabezas, y más enfrente de ellas. Estamos condenados: conseguimos nuestra mayor independencia mental usando máquinas.

 

 

Derrick de Kerckhove es un sociólogo belga nacionalizado canadiense. Trabajó en los setenta con Marshall McLuhan como traductor, asistente y coautor. Es el Director del Programa McLuhan en Cultura y Tecnologia y autor de La piel de la Cultura (1995) y de La Inteligencia Conectada (1997).

 

 

SONDAS DE EXPLORACIÓN

 

POR ROBERT K. LOGAN

Marshall McLuhan fue uno de los pensadores más influyentes del siglo XX y probablemente el intelectual más incomprendido de su tiempo. Tuvo muchos fans que aplaudieron el hecho de haber creado un nuevo campo o disciplina al que llamó ecología de medios. Sin embargo, no faltan quienes sugieren que fue sólo un charlatán.

No importa si uno está de acuerdo o no con sus visiones. No hay duda de que McLuhan fue uno de los autores más enigmáticos y malinterpretados del siglo pasado. Sus propios comentarios alimentan el mito. “No pretendo entender lo que escribo”, “Necesariamente no estoy de acuerdo con todo lo que digo”, “¿No les gustan mis ideas? Tengo otras”, eran algunas de sus muletillas.

Para verdaderamente comprender a McLuhan hay que saber que no pretendía explicar nada. Él, más bien, exploraba. Así se entiende su estilo de escritura para muchos oscuro y críptico: sus argumentos no son exposiciones sino retazos de una exploración. O como él los llamaba: sondas. McLuhan utilizaba su escritura como una manera de testear nuevas ideas y de explorar sus observaciones sobre los efectos e impactos de los nuevos medios.

“Leer a McLuhan es como leer el I Ching”, dijo alguna vez Fraser McInish. Y es verdad: cada vez que uno vuelve a leer su obra uno encuentra algo nuevo.

A diferencia de otros académicos, McLuhan estaba más interesado en el acto de descubrimiento que en tener la razón todo el tiempo. Deliberadamente, él buscaba shockear a sus lectores, llamarles la atención. “No crean todo lo que les diga”, les aconsejaba. Su intención no era contarle a la gente cuáles eran los impactos de los nuevos medios; él quería que uno lo descubriera por sí mismo.

Más que un académico, McLuhan era también un crítico social, un reformista, un educador, un futurólogo. No era un defensor de las nuevas tecnologías ni tampoco les tenía miedo. Lo único que le importaba eran sus efectos negativos en la alfabetización.

Como Newton, Faraday, Maxwell, Einstein y Darwin, McLuhan era determinista, en su caso, tecnodeterminista. Cualquier gran formulador de leyes lo es. Las suyas emergían de sus observaciones de patterns o patrones en la cultura.

Por sus teorías, a McLuhan se lo podría clasificar de darwinista debido a sus metáforas biológicas. Hablaba de los medios como si fueren especies, organismos pertenecientes a una ecología mediática. Comprendía que la constante de los medios era el cambio. “Los medios pueden ser vistos como extensiones artificiales de nuestra existencia sensible —afirmaba—. El ambiente cultural así creado favorece la predominancia de un sentido sobre otro. Son como especies que luchan a través de varias mutaciones para adaptarse y sobrevivir”.

Para él, cada tecnología creaba un nuevo ambiente, ecosistemas que a su vez transforman a las personas y a las tecnologías por igual

A McLuhan le encantaba usar aforismos, epigramas, sentencias de una sola línea. Consideraba que con la sobrecarga de información que ya empezaba a abrumar en su época, la atención de sus lectores era ya limitada. En este sentido, no es descabellado sugerir que McLuhan vio venir a Twitter a lo lejos.

Su sentencia más famosa, sin duda, es “el medio es el mensaje”. Tiene varios significados: por ejemplo, que más allá de sus contenidos, un medio tiene sus efectos intrínsecos en nuestra percepción. También quiere decir que el medio transforma su contenido. Una película exhibida por televisión o una obra de teatro filmada afectan a la audiencia de otra manera que la versión original. Incluso hablar por celular es distinto que hablar por teléfono de línea: es el mismo contenido pero en medios con efectos diferentes.

Si hoy viviera, McLuhan no dejaría de reírse.

 

Robert K. Logan es un físico canadiense. Estudió la evolución del lenguaje junto a McLuhan. Actualmente extiende el pensamiento mcluhaniano para entender entender el impacto de nuevos medios como Internet, blogs, teléfonos celulares, iPods, motores de búsqueda y libros electrónicos.

 

 

EL TEATRO GLOBAL

 

POR ERIC MCLUHAN

            De chico planeaba ser ingeniero o piloto y terminé estudiando literatura inglesa y trabajando en medios y cultura codo a codo con él en los sesenta luego de ignorarlo durante muchos años. Esa es la influencia que tuvo mi padre en mí. Me abrió los ojos ante un mundo, un ambiente tecnológico hasta entonces para la mayoría invisible.

            Mi padre sabía que cada nuevo medio impone una nueva cultura, una nueva sensibilidad. Así acuñó la idea de ecología mediática: los medios nos cambian sin que lo advirtamos claramente. Cada nuevo medio reconstruye a su audiencia, altera completamente su imaginación.

            Ahora se ve más que nunca. La era digital creó una nueva cultura nómade. Nos convertimos en cazadores de información. En la antigüedad, usábamos arcos y flechas. Ahora nos valemos de laptops y WiFi.

            La cultura electrónica es participatoria. No soportamos el delay. Queremos todo ya. Su explosión implicó un cambio profundo en nuestra sensación del tiempo. Nuestros cuerpos ya no son relevantes en este ecosistema. Electrónicamente estamos en muchos lugares al mismo tiempo.

            La televisión y los satélites transformaron al mundo en un escenario, un teatro global. Ya no buscamos trabajos sino roles a desempeñar. Construimos nuestra identidad en relación a un espectador. Tu red social es tu audiencia. En este teatro debemos desempeñar un papel si no nos volvemos irrelevantes.

            La web no es un lugar muy confortable. Todos saben todo de vos. Estás siempre en contacto y cerca de otras personas. Es la cárcel del fóbico social.

            En esta nueva era el uso del alfabeto irá desapareciendo, debido a que las nuevas generaciones prefieren un video, un CD o un audiolibro antes que ponerse a leer. Para las nuevas generaciones, leer es ahora como querer comer brócoli.

            Internet cambió a la televisión y la televisión cambió a internet. Antes las noticias eran hechos. Ahora abundan las preguntas del tipo “¿cómo te sentís?”. 

            Los anunciantes ya no compiten por nuestra atención. Ahora luchan por nuestro subconsciente, un lugar donde no tenemos defensas. Es, por definición, un área de vulnerabilidad.

            La falta de análisis en los impactos psíquicos de las tecnologías provoca que vivamos un desequilibrio perfecto, en donde herramientas como Internet tienen altos impactos de modificación de la personalidad, de la sociedad sin que haya nadie que se haga responsable de esas alteraciones. No podemos dejar nuestro futuro en manos de la gente que sólo quiere vender estas nuevas drogas, motivo de enajenación. Si fuimos responsables del desarrollo tecnológico, ¿porqué no ser responsables de los efectos que tiene en nuestros sistemas educativos, en las relaciones personales, culturales y hasta psicológicas?

 

Eric McLuhan es uno de los seis hijos que tuvo Marshall McLuhan. Junto a su padre escribió The Laws of Media.

 

 

 

LA LUCHA POR EL CONTROL

 

POR PAUL LEVINSON

            La intención de McLuhan no fue predecir el futuro. Lo que hizo, más bien, fue observar con atención el ambiente mediático en el que estaba inserto. Y de ahí proyectó. Ahora podemos decir que le pegó. ¿Diríamos algo si las cosas hubieran resultado diferentes? Lo cierto es que McLuhan vio venir dos procesos para nosotros ahora muy naturales: la descentralización y la integración del mundo en una gran red. Los esbozos para comprender nuestra era digital estaban en el estante de los libros de McLuhan.

            Lo que no avizoró, en cambio, fue la transformación en la relación de poder entre los individuos y nuestras tecnologías. Con los años, ha aumentado el control que tenemos sobre nuestras máquinas.

            Siempre hemos tenido algo de control, pero en la era de los medios de comunicación en la que McLuhan escribió éramos más esclavos a la tecnología. Sin embargo, Internet ahora le da poder a los individuos. Tiene sus efectos sobre nosotros, sí, pero tenemos la capacidad de moldearla y hacer uso de ella como nunca lo hicimos en nuestra historia.

            Twitter, Facebook, Youtube son lo que yo llamo “new new media”. A diferencia de los “old new media” como Amazon y iTunes, el consumidor se convirtió en el productor. Es una de las transformaciones más profundas en la historia de la comunicación. Todos somos socráticos: Internet nos promete un interminable diálogo con el mundo, una red de unificación.

            Somos ahora los protagonistas de la evolución mediática. En términos darwinianos, la selección del ambiente mediático queda en manos de las personas, quienes contribuyen con su preferencia a la evolución de un medio determinado. Constantemente decidimos entre ir al cine o quedarnos en casa a ver televisión, leer un libro o ver un video, hablar por celular o enviar un correo electrónico. Los medios no evolucionan por una selección natural sino por una elección humana. El medio que mejor evoluciona es aquel que se ajusta más a las diversas necesidades del ser humano.

            Lo que McLuhan nos enseñó es que los medios son siempre mucho más que encuentros casuales. El tiempo que gastamos en cualquier medio —ya sea ahora la Web, la televisión en los sesenta— tiene consecuencias profundas en la vida de las personas involucradas.

            Igualmente, hay esperanza. Los seres humanos no somos esclavos de la tecnología. Tenemos opción. Siempre. Sólo hay que hacer la prueba: cerrá tu cuenta en Twitter y Facebook. Apagá la computadora, apagá el televisor, apagá el celular. 

           

Paul Levinson es profesor de comunicación y medios de la Universidad de Fordham en Nueva York, Estados Unidos. Es autor de The Soft Edge: A Natural History and Future of the Information Revolution (1997), Digital McLuhan: A Guide to the Information Millennium (1999) y Cellphone: The Story of the World’s Most Mobile Medium and How It Has Transformed Everything! (2004).

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